CULTURA ENTREVISTA A PABLO ATCHUGARRY

Militante de la luz plástica

Es uno de los escultores más cotizados del mundo, y el artista más valorado de la historia de Uruguay junto a Joaquín Torres García. La fundación que preside en Maldonado alberga buena parte de sus obras y se constituyó en un espacio cultural ineludible para todos aquellos que visitan el país vecino.

Piedras que componen. En blanco y negro el artista en Brescia (1979), manejando un carro de bebé con su primera escultura en mármol. A la derecha, La piedad (1982), en mármol estatuario de Carrrara.
Piedras que componen. En blanco y negro el artista en Brescia (1979), manejando un carro de bebé con su primera escultura en mármol. A la derecha, La piedad (1982), en mármol estatuario de Carrrara.

Si San Francisco de Asís viviera y fuera artista plástico, se llamaría Pablo Atchugarry. Encontrar a una persona como él en un ambiente donde campean el esnobismo y la egolatría es tremendamente complicado. Pero este montevideano no sólo ha conseguido la santidad gracias a un hechizo que combina la belleza, la calidad técnica y la elegancia de su trabajo con un carácter repleto de dulzura y de fraternidad. También y, sobre todo, la ha conseguido gracias a una conexión directa, sin dogmatismos y sin escalas, con Dios y su obra mayor, a la que venera desde niño.
“Lo más importante que aprendí de la naturaleza es aceptar el ciclo vital. Me acuerdo de que cuando era chico tenía muchos animales domésticos, una pasión que heredé de mi madre: patos, conejos, pájaros, gallinas y ovejas. Y cuando se moría un animalito, yo lloraba inconteniblemente. Hasta que aprendí que no podía existir la vida sin la muerte y fui entendiendo que formamos parte de un todo más grande”, dice recostado sobre un sillón de su casa de Manantiales pocas semanas antes de empezar a recorrer un calendario agotador en el que desmontará con una grúa de 200 toneladas la muestra Ciudad eterna, eternos mármoles, del Museo de los Foros Imperiales de Roma, en el que expondrá bronces y mármoles en la galería Hollis Taggart de Nueva York y en el que su obra, cada vez más cotizada, estará en algunas de las ferias más importantes del mundo, como Brafa, Tefaf y Art Basel.

Le pido, y él accede con gusto, que hable de la famosa foto donde aparece con su primera obra de mármol en Brescia, año 1979, un hombre alto con el pelo largo y terco como una mula, cargándola en un carrito de bebé que le había traído un amigo. Pero nos detenemos en un escollo anterior a los problemas económicos de su primera etapa europea.
“Soy un agradecido a la vida toda, en primer lugar y, en segundo lugar, a mis padres, que me dieron la vida”, asegura, y explica: “Siempre sentí un apoyo incondicional de mis padres y mis hermanos, y siempre me pareció que ese apoyo se lo tenía que transmitir a otras personas, sobre todo a los jóvenes. Pero la escuela pública representó un momento delicado, el verdadero primer obstáculo fuera de mi casa. Y aunque fue una experiencia muy fuerte y muy dura porque yo era un niño disléxico, no era un buen estudiante y tenía muchísimas dificultades, la valoro mucho porque de alguna manera fue el primer paso hacia la vida real. Y cuando me homenajeó mi escuela, ya de grande, me emocioné muchísimo y pensé: ‘¿Cuántos de estos niños, a tantos años de distancia de mi pasaje por aquí, podrán alcanzar sus sueños?’. Existe en mí la voluntad de transmitir ideas, sueños y posibilidades, porque los invité a la Fundación y fue precioso: yo también traté de homenajearlos”.
Volvemos a Brescia. Es 1979 de nuevo y Pablo está lejos de imprimirle al mármol la forma de su corazón. Más lejos está, todavía, de revivir olivos de 800 años para que le cuenten a la gente los secretos que han guardado. Aquella foto, afirma, representa el entusiasmo de trabajar por primera vez con el mármol, de elegir el bloque en Carrara y de cumplir con un encargo en épocas aciagas. “Y, ¿sabés qué? Sigo teniendo el mismo entusiasmo”, sonríe.

Antes de terminar la charla, le pregunto cuál es la fuerza extraña que le ha permitido seguir adelante con su honda vocación. Y, como nunca, responde: “Siempre me sentí comprometido por la fe que mis viejos tenían en mí. Y cuando vi que mi padre, que tenía grandísimas condiciones como artista, no pudo dedicarse enteramente a pesar de su vocación y de su capacidad, sentí un gran impacto y me di cuenta de que tenía que usar mi fuerza interior para dedicarme al arte por completo, y de que para eso había que hacer bajadas infinitas y, por lo tanto, debía ir templando mi carácter como si fuera una hoja de acero. Pero pese a que fue un proceso angustiante y a que un artista se exige muchísimo, cuando el ser humano encuentra su camino está dispuesto a dar todo. Y ésa es una alegría”.
La última vez que había escuchado a un niño de 61 años, 140 kilos y 1,90 metros de altura, había sido en un sueño.

*Desde Uruguay.



Pablo Cohen