CULTURA HISTORIAS LITERARIAS XIII

Mujeres intrépidas

Fueron distintas, en la acepción que Coco Chanel le dio a la palabra irreemplazable. Todas ellas europeas, todas ellas atraídas por civilizaciones lejanas. Alexandra David-Néel, Isabelle Eberhardt, Ella Maillart, Annemarie Schwarzenbach, Freya Stark. Esos son los nombres de la sed por lo desconocido y la provocación. Y la literatura. El escritor argentino Edgardo Cozarinsky confiesa su idolatría y las recuerda con toda su radiante insolencia.

PERFIL COMPLETO

Foto:Cedoc Perfil
Freud lo iba a diagnosticar desde el título de El malestar en la cultura, libro de 1930. Me parece reconocerlo en varias figuras de mujeres europeas que en la primera mitad del siglo XX se sintieron atraídas por civilizaciones lejanas a la europea. Esa atracción dio lugar a viajes riesgosos, insólitos, y esos viajes terminaron en libros.
Pienso en Ella Maillart, en Freya Stark y Annemarie Schwarzenbach. No tienen casi nada en común, salvo que buscaron, todas ellas, vivir en una cultura ajena a aquella donde habían nacido, para la que habían sido educadas. Antes, en la bisagra entre los siglos XIX y XX, ya habían partido en busca de ese cambio Alexandra David-Néel (1868-1969) e Isabelle Eberhardt (1877-1904).
Anarquista, masona, feminista, a los 22 años David-Néel abandonó la vida burguesa de su familia franco-belga para viajar sola a la India, donde permaneció más de un año. Su vocación por el misticismo no mitigó un gusto por la aventura: cantó como prima donna en una compañía de ópera en gira por la Indochina francesa, hoy Vietnam. Se casó en 1904 con un ingeniero francés en Túnez, pero esto no le impidió pasar una primera, larga temporada en monasterios budistas de la India, algo inédito para una mujer en aquellos años. Viajó luego a Japón y, al volver, atravesó China hasta Lhassa en compañía del joven monje budista que iba a adoptar como hijo.
De vuelta a Europa, en 1928, se dedicó a escribir, pero en 1937 la vocación regresó con fuerza: viajó a Tíbet a través de la Unión Soviética y pasó allí la Segunda Guerra Mundial. En algún momento de esos años hizo a pie la circunvalación de la montaña sagrada Amnye Machen. En 1946 volvió a Europa y se instaló en Francia. Publicó más de cuarenta libros, y antes de morir, a la edad de 101 años, pidió que sus cenizas, mezcladas con las del hijo adoptivo y compañero de peregrinaje, muerto en 1955, fueran echadas a las aguas del Ganges.
Eberhardt, en cambio, sólo vivió 27 años. Hija “ilegítima” de madre luterana desterrada por la nobleza germana del Báltico y de un anarquista, sacerdote relapso de origen armenio y cultura rusa, nació en Ginebra y desde niña prefirió la ropa masculina. Políglota, estudió griego, latín y árabe clásico, leyó el Corán y eligió Argelia por hogar y punto de partida para explorar el Sahara. Convertida al islam, adoptó por nombre Si Mahmoud Essadi, no volvió a usar ropa de mujer y fue aceptada como “hombre honorario” por una orden sufí con la cual practicó la caridad. Nada de esto le impidió casarse con un soldado argelino. Eberhardt murió ahogada por una inundación súbita que arrastró la casa donde vivía, y fue enterrada según el rito islámico en tierra argelina. Dejó publicados varios libros, en los que palpita la sed de una experiencia casi mística del desierto, así como cantidad de artículos en periódicos franceses. Su vida novelesca suscitó biografías, una ópera y dos films olvidables y olvidados.
Estas precursoras tuvieron una azarosa descendencia. Ella Maillart (1903-1997) era suiza, campeona de hockey y de ski, yatchwoman ocasional. A partir de 1930 empezó a viajar por Asia Central, a escribir la crónica de esos viajes; también tomó fotografías y filmó, algo que hoy le ganaría la cárcel en esos países poco confiados. Sus libros le otorgaron misiones periodísticas, viajes cada vez más arriesgados: Turkestán, Manchuria, China, Afganistán. En 1939 salió en automóvil de Ginebra hacia Kabul, trayecto interrumpido por el estallido de la Segunda Guerra Mundial. Esperó la paz en el sur de la India y al volver a Suiza se consagró a escribir, primero en francés y más tarde en inglés, en el refugio alpino de Chandolin, que es hoy un museo dedicado a su memoria. A los 83 años no vaciló en volver al Tíbet para un último viaje.
En aquella travesía de 1939 la acompañaba Annemarie Schwarzenbach (1908-1942). La posteridad ha sido generosa con esta escritora y fotógrafa, hija de ricos industriales de Zurich que, aun sin usar ropa estrictamente masculina, había cultivado desde la adolescencia el look andrógino, que le ganó admiradores de ambos sexos en el Berlín nocturno de los twenties. La muerte en Persia, publicada póstumamente, tal vez sea su novela más perdurable, registro subjetivo de sus viajes por Asia. Pero el interés reciente por esta “suiza rebelde” es en gran medida anecdótico: su fraternidad con los Mann, cómplice de Klaus y amante de Erika, su indiferencia al amor de Carson McCullers, que le dedicó su segunda novela, las curas de desintoxicación, los intentos de suicidio. Con el ascenso de Hitler en 1933 y la adhesión de la familia a la extrema derecha suiza, Schwarzenbach se consagró a la militancia antifascista con artículos periodísticos y reportajes fotográficos. Financió la huida de Europa de muchos judíos. La madre iba a sellar una imagen de ángel caído al quemar manuscritos y diarios apenas muerta la hija; su retrato, en cambio, permanece en dos novelas de Klaus Mann.
Muy distinto es el personaje de Freya Stark (1893-1993), sin duda la mejor escritora de este grupo. Prototipo de la inglesa excéntrica, hija de familia cosmopolita y artista, Stark se sintió llamada a explorar durante una visita a Beirut en 1927. De allí continuó hacia el este y hacia el sur; fue la primera mujer que atravesó el empty quarter, el interior de la península árabe, que pocos hombres habían explorado, y el “valle de los asesinos” en Irán. Durante la Segunda Guerra Mundial el gobierno británico la enroló en sus servicios de inteligencia; en la posguerra recorrió Anatolia y Afganistán. Dejó más de treinta libros de viajes y una autobiografía. Murió a los cien años de edad en esa Italia amada por los escritores ingleses. Solía vestirse de árabe para asistir a recepciones en Londres, y con ropa de Dior para cenar en la tienda de algún jeque amigo.

Edgardo Cozarinsky