CULTURA RETORNAR A LA ÉPICA

Néstor Sánchez

Dueño de una obra fundamental y poderosísima, Néstor Sánchez sigue vigente. La aparición de un volumen de ensayos –inéditos en algunos casos– y otro de charlas, permiten acercarse a la mítica, fascinante y más bien fáustica leyenda de uno de los autores centrales de la literatura argentina. Luz en la penumbra.

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A fines de los 80, cuando Néstor Sánchez regresaba de su periplo por el mundo, hablaba de su falta de épica y explicaba con eso su incapacidad para escribir. Su último libro fue La condición efímera, una recopilación de relatos. En 2003, la muerte lo visitó. Desde hace unos años su hijo, Claudio, junto a otras personas, está tratando de difundir la obra de este autor del contracanon (junto a Libertella, Aira, Fogwill, Saer, Puig). Para eso, primero cedió los derechos para la reedición de su primera novela a una editorial argentina y a otra española, y luego cooperó con Osvaldo Baigorria en su investigación de Sobre Sánchez, la posbiografía. Pero no se quedó ahí: recientemente fundó La Comarca Libros, para combatir “la idea de que un libro sólo dura 15 minutos en una editorial”, y desde este lugar acaba de editar Ojo de rapiña: monólogos sobre una experiencia de escritura, que reúne textos críticos fechados entre 1966 y 1974.

Como se indica en el comienzo, estos monólogos fueron un proyecto del que Néstor Sánchez habló en algunas entrevistas: “Mis proyectos son: terminar un libro de ‘monólogos’ sobre mi experiencia de escritura sobre la base de notas que he ido acumulando en cuadernos con espiral de alambre, durante cada uno de mis tres libros. Al mismo tiempo, escribo algo que podría llamarse ‘relatos’, pero que en realidad no lo son, aunque integrarán alguna vez un volumen”. La tarea de armar un libro “no escrito pero existente” no fue fácil, hubo una ardua investigación a cargo de Fernando Barea para pesquisar los textos y luego ordenarlos en tres capítulos. A pesar de que la mayoría de ellos había sido publicada con anterioridad en revistas mexicanas, peruanas, venezolanas y argentinas, hay un texto inédito sobre Cesare Pavese (ver recuadro) que fue hallado “en un cuaderno con espiral de alambre”. En este trabajo de investigación encontraron además un cuento inédito, Las medias rojas, que “él nunca mencionó”. De ahí que la intención de esta editorial (ver otro recuadro) sea “hacer un libro por año, con una edición cuidada y con una investigación seria”. Para ello la editorial cuenta con el diseño de Paula Bisignano.

Los textos incluidos en Ojo de rapiña no sólo son la experiencia de escritura de un escritor, sino que también constituyen una continuidad de su obra. No hay cosas que Sánchez diga y que no haya aplicado en sus libros. Aquí, por ejemplo, se encuentran sus definiciones sobre escritura poemática, la crisis de la novela tradicional, su visión del lector, la tradición surrealista que admiraba (Alfred Jarry, Jacques Vaché, André Breton), la importancia de la memoria involuntaria (tomado del ensayo de Samuel Beckett sobre Proust), la escritura como instrumento de conocimiento, el papel de la crítica literaria y su modo adversativo de afrontar la creación: “No contar una historia o historias, porque en última instancia ya están contadas”; “no ficcionar por ilustrar una tesis o por ficcionar en sí, porque ¿en qué momento un hombre recurre a la ficción, así, sentado solo frente a la máquina de escribir?”; “no admitir la puerilidad del ‘compromiso’, acaso por tratarse del pariente pobre de este siglo, tristemente preparado por el naturalismo”; “ni las convenciones del ‘escriba dios’ porque antes que nada se trataría de mentira en el sentido más inmediato”.

Como se sabe, las novelas de Sánchez están dotadas de una musicalidad, de una cadencia que obliga al lector a estar atento, porque en cualquier minuto se viene la improvisación con respecto a un tema. En Nosotros dos, sin ir más lejos, hay un capítulo donde improvisa un diálogo con un poema de Raúl González Tuñón. La narrativa del autor de Siberia blues está influida por aquellos jazzistas que “primero tomaban un tema conocido y a su conjuro improvisaban, es decir, corrían la aventura para, después, retomar el tema; poco tiempo más tarde mantuvieron  el  tema  pero  ya  sólo  como  punto  de partida”. Cadencia como poesía, entendida como “un ritmo que sólo busca vibración (no complicidad o confort) en el otro”. Sánchez lucha con la visión un tanto extendida, incluso hasta hoy, de que la literatura –o mejor dicho la narrativa, las novelas y los cuentos– comunica, “y que tiende en resumidas cuentas, casi siempre, a confirmar los rituales de la tribu y sus jerarquías, a fin de conservar el principio sacrosanto según el cual un hombre escribe y demuestra cosas, investido de un poder absoluto, y otro lee con una disponibilidad absoluta”. El escritor como “semidiós” y el lector “como fatigado esposo de Scherezade”.

Néstor Sánchez coincide con que la novela está en crisis, pero es optimista en cuanto a ella: “La mentada crisis de la novela contemporánea es, a lo sumo, un estado natural del arte y, por lo tanto, esto tendría que llenarlos de tranquilidad”. Esta oportunidad es una suerte de último llamado para el novelista tradicional, “ese hombre empeñado en dramatizar –novelar– una visión del mundo poniendo en orden las palabras”, y que ha cultivado un género que es apéndice del pensamiento especulativo, cuestión opuesta al pensamiento artístico. Para ilustrar este último llamado al novelista tradicional cuenta la siguiente anécdota, que lo tiene como protagonista: “Mientras corrija una prueba de imprenta de su novela-río, descubrirá de improviso y con síntomas de estupor que a un párrafo le faltan cinco líneas y que por lo tanto dos palabras distantes, separadas por la ausencia de su pensamiento iluminan, al encontrarse, algo en lo que nunca había pensado hasta ese momento. En secreto y a sus años, descubrirá que se puede hacer lo mismo con otro párrafo, que se podría hacer lo mismo, por extensión, con su memoria, con el ritmo de su vida, con todo lo que se obstinó en comprender y novelar y que, finalmente, había cedido ante tanta insistencia. Ya viejo, sospechará que haber descubierto el humor, el rapto de azar en que el lenguaje escrito se hace, a su vez, lenguaje, habría implicado vivir de otra forma. Y esta última visión de la diversidad, este posible desgarramiento entre arte y cultura, ha de ser lo que le provoque el infarto”.

En este punto plantea que existen tres maneras de escribir novelas: la realista (donde “el lenguaje, esa aventura artísticamente descomunal y bastante desacreditada, ha sido enajenado para otros fines”), la experimental “(en algunos casos no tan experimental como ecléctica y donde además de una tendencia a la ‘cosmovisión’ sobreviven las ‘ideas’ y la perspectiva tradicional)” y la antinovela, “o sea el rescate de la poesía que acepta el riesgo de no comprender su precariedad y sus síntomas”. Ulises, de Joyce, es un magnífico ejemplo de novela experimental. Y para avanzar hacia la construcción de la antinovela argentina, Sánchez propone tomar nota de los poemas que aparecían en las revistas de esa época, ya no de autores consagrados sino de poetas que hacían sus primeras armas: “Lo que cuesta escuchar es que el embrión de antinovela futura está en cualquiera de aquellos poemas”. Dos anuncios de antinovela son para él Adán Buenosayres y Rayuela.

La cineasta Matilde Michanié tiene avanzado su proyecto de llevar estos planteamientos a un documental con el tentativo título Se acabó la épica.

Para ella, en la obra de este autor está su vida, pero no de manera clásica, es decir, despojada de los aspectos biográficos o particulares. Como decía Sánchez, en cada novela hay un ciclo de vida, o “una transformación no obligadamente previsible al iniciar la primera frase de la primera página y sólo constatada después de la última”, o bien, “el lugar común por excelencia, casi sin atenuantes, es la total ausencia de relación entre un hombre que escribe y su propia vida en un sentido lato, aquí y ahora”. Mientras la etapa de investigación del documental de Michanié está prácticamente finalizada, la del grupo que lidera Claudio Sánchez no termina: quiere pesquisar todos los textos inéditos de su padre, pero también que se discuta su obra, y para eso hacia finales de septiembre ya tiene contemplado un debate que volverá a realizarse a fin de año. Pero eso no es todo: para los próximos años anuncia un libro de cartas, otro de cuentos hasta ahora no incluidos en ningún libro y uno más sobre su experiencia con Gurdjieff. La épica ha vuelto, al parecer sin atenuantes.

 

La deuda con Pavese*

A eso de los veinte años, cuando toda la lectura apa­recía amenazada por el caos de la diversidad informativa y el horror de las disidencias tendenciosas de todo orden, se produce mi primer encuentro con un pequeño libro fundamental, Oficio de poeta, es decir con lo que sería un testimonio único de dos esmeros después difícilmente reiterados en los que tendrían a su cargo ejemplificar: la reflexión estricta, impiadosa, en forma paralela a una escritura asumida como perfeccionamiento individual; el reclamo constante que en el italiano llega a expresarse sin ningún tipo de atenuantes: todo escritor está obligado a ser el hombre más culto de su tiempo.

Poco más adelante aparece –para completar el espec­tro ético de una manera insoslayable– la recopilación de diarios íntimos escritos año a año, minuciosamente y sin excepciones, en torno a la obsesión por su propia vida como interrogante y por lo que sería la respuesta del sui­cidio: El oficio de vivir, volumen inobjetable que reitera su capacidad de rigor y su desgarramiento frente a un siglo contaminado por las grandes contradicciones ideológi­cas del racionalismo a ultranza. Escribe el último Cesare Pavese, antes de ingerir la dosis necesaria de barbitúri­cos: éste es el balance de un año que no terminaré, el balance de siempre entre sinceridad y mistificación, y agrega: se requiere humildad, no orgullo, mujercitas lo han hecho... todo esto da asco, ni un gesto, no escribiré más.

Así, con la naturalidad intrínseca de una demanda, fue quedando en mí su voz (leído en italiano se perfec­ciona el sabor de ciertos pasajes), y así fue quedando en la memoria despojada que adhiere por su cuenta al ritmo de una frase, o a la tensión de la gracia. Más de veinte años después, su influencia específica de entonces per­siste y se verifica en el entusiasmo repentino de citarlo al azar: eres el sótano oscuro con el piso de tierra al que entró alguna vez descalzo el niño y lo recuerda siempre; o en todo caso: si me acerco a esta tierra, del límite humano no queda más que el instinto de cuajarme en palabras, soy humedad, peñasco, zumo de fruta, viento.

Siempre en Pavese (se queja y se critica, en un mo­mento: estoy enfermo de literatura) la prerrogativa de encon­trar el ritmo de lo que ocurre (narrar es monótono; narrar es como nadar), siempre la necesidad imperiosa de percibir la alianza terminante entre poesía y prosa sin la menor disyuntiva de que lo prosaico (lo fatalmente anecdótico o utilitario) triunfe sobre la cadencia impensable que se esconde, como resultado, en toda actitud disponible y maravillada: cuando se toma la pluma para narrar, todo ha sucedido ya, se cierran los ojos y sólo se escucha una voz que está fuera del tiempo.

De la frecuentación va surgiendo también el hom­bre desesperado por la incomprensibilidad brutal de la guerra y por las limitaciones estéticas de la preceptiva del partido comunista italiano, que llega a convertirse en uno de sus más tenaces remordimientos injustos. Pa­vese deja en claro –para todo aquel que lo aproxima sin prejuicios– que el viejo y fatigado problema del com­promiso político en la escritura no pasa de un equívoco limitativo incapaz de aludir, en la página, a la ideología de base de la persona psicológica fatalmente limitada y urgida de conocerse en todos los aspectos cambiantes y contradictorios de su espectro total conflictivo. Nos explicita en qué medida (todo se improvisa, menos la riqueza interior) el escritor que “hace ideología”, que “desciende al pueblo”, llega a convencerse de dos falacias: por un lado cree que le habla a una multitud, y por el otro se convence de que dicha multitud está a su vez convencida de escuchar a la cultura.

*Extracto de La deuda con Pavese  (inédito), incluido en Ojo de rapiña.

 

La editorial Néstor Sánchez

Claudio Sanchez /Paula Bisignano / Federico Barea*

No imaginábamos cuánto la obra de Néstor podía crecer, incluso considerando las Conversaciones con Carlos Riccardo o el trabajo Sobre Sánchez de Osvaldo Baigorria.

Nos pusimos a trabajar fuertemente y conseguimos material muy valioso para tres libros futuros, un documental en proceso (que consideramos necesario), reedición en España, contactos en Francia y la inestimable colaboración de escritores fieles a la obra (los testimonios vertidos en el blog Visiones de Néstor Sánchez serán el material de un próximo libro).

Desde Nosotros dos, Néstor ha desarrollado un pensamiento singular, una postura ética y una posición marginal sobre su experiencia de escritura. Este desarrollo fue plasmado en varios cuadernos de notas con espiral de alambre durante años (según entrevistas realizadas). Varios de estos monólogos fueron publicados en diferentes espacios culturales de Buenos Aires, Caracas, Lima, Madrid, París y en ciudades de Estados Unidos y México.

Nuestra primera tarea fue comprobar cuáles de los textos rescatados pertenecían al proyecto original Ojo de rapiña. Con la colaboración del escritor Hugo Savino fuimos descubriendo las coordenadas de la estructura creada por el autor. El libro estaba completo, en espera.

Los monólogos que estamos presentando justifican un fuerte impulso hacia el discernimiento y la discusión dentro de un ciclo de debates sobre la experiencia de escritura, convocando a escritores, talleres literarios, críticos y lectores. Néstor ha considerado principios singulares para el proceso de tal experiencia: conocerse a sí mismo, situarse en el camino, decidir. Adherimos a estos conceptos, los ponemos sobre la mesa de debate para encontrar voces dispares, hipótesis nuevas, otros criterios de trabajo: “Es necesario vivir en permanente estado de pregunta”. El primer encuentro se realizará el próximo 30 de septiembre.

Su postura, su conducta y su desacato nos posicionan como editorial fuera de las normas establecidas. Conducta: el autor debe participar activamente en todo el proceso del objetivo literario. Nuestra editorial, La Comarca, trabaja junto al “único dueño” de la obra y es convocado para decidir e intervenir sobre la postura creativa en cuanto a diseño y producción de su libro. Desacato: nos oponemos a la vergonzosa humillación de que los escritores reciban un mínimo porcentaje de derecho de autor, cuando todos sabemos que sin su creación no podrían existir libros, editoriales, distribuidores ni críticos literarios. ¿Quién puede explicar esta injusticia?

*La Comarca Libros. www.nestorsanchezescritor.com



Gonzalo Leon