CULTURA APUNTES EN VIAJE

Noche

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. Foto:Marta Toledo
Abajo de un enorme timbó (ahora sé que se llama timbó, cuando era chica le decíamos “oreja de negro”) levantaron un rancho de juncos. Allí vamos a dormir en los esteros del Iberá. Hay cientos de gatas peludas por todas partes: caen del árbol, andan entre el pasto, trepan por las paredes del rancho y hasta por los bancos de madera donde nos sentamos a tomar mate. Los guías nos dicen que cuidemos las mochilas y que nos cuidemos nosotros de la chispa ácida que desprenden sus pequeños cuerpos peludos. Es época de apareamiento, dicen, por eso hay tantas en todas partes.

Aunque me crié medio en el campo, o justamente por eso, soy miedosa de los bichos: sé que pueden meterse adentro de las zapatillas o entre la ropa y que cuando te la vas a poner te clavan el aguijón, te muerden, te pican o te lastiman. No porque sean traicioneros, sino porque se asustan. Así que no voy a estar tranquila con todos esos gusanos andando por ahí. En la casa de mi infancia había una morera muy grande y las gatas peludas adoran las moreras. Esas eran más grandes que estas y de color verde brillante, como una guirnalda navideña. Las de acá no son verdes, son negro y rojo.

Nunca habíamos visto un atardecer como este. De dónde saca tantos colores el cielo: no sólo el clásico naranja, sino rosados espléndidos, casi fucsias; rosa pálido, celestes grisáceos, morados… la luz que proyecta sobre nosotros y sobre las cosas, sobre el mundo, es increíble. Intentamos sacar fotos, pero ninguna le hace justicia a este atardecer que dura un montón. Muchas veces pienso que es una pena que ahora podamos sacar fotos de todo en todo momento.

Cuando termina de caer el sol y el cielo ya es todo negro y profundo, emprendemos el camino hacia el rancho de Diana y Diego, los lugareños que nos darán de comer. Nunca mejor dicho que nos van a dar de comer, porque es así, porque ni los guías ni nosotros trajimos comida (un malentendido en nuestras comunicaciones de WhatsApp). Diego nos espera con las canoas y el caballo a orillas del estero. Dos canoas, amarradas entre sí, tiradas por el caballo y su jinete. El viaje será silencioso. Estamos impresionados: el monte negro se recorta a los costados, el estero brilla como asfalto mojado, los cascos del animal repican en el agua y de vez en cuando nos llegan algunos salpicones. Entre el ruido del agua también llega el sonido de algunos pájaros, graznidos, aleteos, movimiento en las copas de los árboles cercanos.

En el rancho comemos afuera, abajo de unos naranjos. Casi no se ve lo que hay en el plato así que nos explican: guiso de gallina y ahí en esa fuente chipá cuerito. Diego se sienta con nosotros, pero Diana no acepta. Se sienta apartada, abajo de otro árbol. No habla, pero por los movimientos que le veo de reojo adivino que se toca el pelo que ahora lleva suelto. Como si se lo peinara con los dedos. No puedo mirarla porque para eso tendría que girar la cabeza y me parece una intromisión. Pero soy mujer de pelo largo y a mí también me gusta meterme los dedos desde la raíz y deslizarlos hasta las puntas. Aunque no pueda verlo, siento que ese es un gesto de vanidad, tal vez el único que se permite una vez al día.

Hablamos poco. Más que nada son los guías los que hablan con Diego, de gente que ellos conocen o de cosas de los esteros.
Escuché que pasó la lancha, dice Diego. Sí, dice uno de los guías: fueron a llevarle remedio a los Villagra, parece que una de las viejas anda jodida. Los diálogos son así, cortos y secos como el sonido de una rama al quebrarse.


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