CULTURA EL FUTURO ES HOY

Nuevas librerías

Los cambios del mercado frente al paradigma digital obligan a pensar, ya sea como apocalíptico o integrado, el futuro del lugar más amado por los lectores luego de la biblioteca: la librería.

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Todo enunciado que contenga la palabra “futuro” tiene cierta aspiración profética. ¿Cómo hablar de la forma que adoptará cualquier cosa en los próximos años cuando atravesamos tiempos en que el cambio se da por quinquenios en sucesión geométrica? De todas formas, la cuestión de cómo serán los nuevos espacios para consumir cultura en general, y en particular el tema de la edición y los formatos de lectura, genera interés en decenas de blogs –su soporte por excelencia– y publicaciones en todo el mundo –bien vale revisar, por ejemplo, el catálogo de Trama editorial–.

Se piensa, se propone, se experimenta. Y todo en un tiempo presente en el que casi nada parece haber cambiado realmente, del mismo modo que el cambio climático parece no existir más que en el cine de Hollywood –aun cuando cada año se supera algún récord de calor, frío, nevadas o sequías–. Pero los lectores digitales empiezan a ser usuales, quiebran librerías a diario en todo el mundo (el caso español, en el artículo “Game over” en antinomiaslibro.wordpress.com, un blog insoslayable a cargo del emblemático Manuel Gil), y el universo editorial se pregunta adónde va y cómo serán las reglas para esta pequeña y preciosa orbe en medio de una revolución que no se vio en 500 años, básicamente desde que se inventó el libro.

La nueva librería. Más allá de las licencias propias de conjeturar el futuro, existen señales, que pueden verse hoy en la Argentina y el mundo, que nos permiten proyectar el camino que tomarán nuestros hábitos. Podemos imaginar, por ejemplo, que lo primero que pretenderán varias de las librerías en el futuro es parecerse a las de siempre –cabe recordar que la implementación de los cambios tiende a ocupar cada vez menos espacio–. Podemos inferir que el lector entrará y verá los anaqueles con libros, y que probablemente las bibliotecas serán de madera –Eterna Cadencia, una de las librerías más completas y bellas de la Argentina, bien podría ambientar una película del 30 y apenas fue abierta hace unos años; permitirnos la contaminación visual seguramente nos lleve unas décadas–. Habrá para todos los gustos, claro, como hoy, pero es muy probable que haya mesas donde leer, comer o tomar algo, donde navegar en un dispositivo electrónico que muestre catálogos, géneros, fichas de autores, fragmentos, editoriales, y todo esto integrado a un código de usuario que podrá relacionar cada obra con música y películas, críticos de confianza, material extra, grupos de chat, entre más etcéteras de blogs, prensa y contenidos en general –todo esto, huelga decir, ya ocurre en las redes sociales–; nada muy lejano del dispositivo Nook de Barnes & Noble o de la página de Tematika.com, entre tantos.

La librería tenderá a ser un espacio donde hablar con un librero, con autores, incluso contratar servicios editoriales, asistir a seminarios, lo que se vaya presentando y construyendo entre el deseo y el fetichismo –¿ha pasado usted por Crack-Up, en Palermo?; allí puede tomar una copa de vino, escuchar charlas y dejarse aconsejar por un excelente librero–. Caso contrario, como menciona Joaquín Rodríguez –una de las voces más autorizadas en la materia a nivel mundial, autor del blog Los futuros del Libro y de El paradigma digital y sostenible del libro, entre otros títulos (ver apartado)–, lo mismo dará pedir por internet o comprar el libro en un mercado.

Tan adentrados en lo interdisciplinario, podemos imaginar que el concepto de obra –tanto como historia o como tema– volverá a tiempos en los que el mito trascendía el soporte, ya fuera música, recitado o puesta en escena. La oferta del arte, y por qué no pensar en cuadros en las paredes que ya no necesitarán abarrotarse de libros, incluirá merchandising temático –Strand, de Nueva York, entre las librerías más famosas del mundo, no dejó de lado sus interminables volúmenes, pero su puerta de salida ofrece desde remeras hasta bolsos, “chupitos” o golosinas– y hasta cabe pensar en etcéteras como la impresora 3D, un nuevo dispositivo casi inverosímil, de producción nacional, ya de uso corriente entre arquitectos y afines. Seguramente se busque escapar de los no lugares, construir identidades y otros elementos fidelizadores –concursos, blogs, presentaciones– y no será extraño que una librería con la Espresso Book Machine tenga su propio sello editorial y acuerdos con universidades y demás centros de estudio para imprimir contenidos especializados –cabe mencionar que las universidades son hoy largamente los clientes principales de la EBM; aquí, un mapa de la localización de cada máquina: http://ondemandbooks.com/ebm_locations.php–.

Con seguridad habrá librerías que vendan y hagan buen culto de los ejemplares que aún producimos a destajo, pero es necesario dejar en claro que el formato actual de novedad con impresión anticipada y venta incierta es insostenible, tanto como negocio como desde el punto de vista ecológico. No se trata de matar al libro, sino de pensar las nuevas vidas posibles, ver cómo dar espacio a la mayor cantidad histórica, sólo creciente, de títulos a disposición.

Los distintos formatos. Actualmente existen tres formatos de libro: tradicional, de impresión bajo demanda y digital –los audiolibros, muy populares en otras latitudes, podrían considerarse una cuarta opción–; más allá del cruce entre estas variantes y sus desarrollos propios, aún no parece haber otras necesidades.

El libro tradicional está en la librería de su barrio y todo indica que tenderá al objeto de culto o regalo y buscará formas de particularización, en impresiones muy reducidas, como un elemento decorativo, con características no seriables como firmas de autores, grabados, etcétera, y/o un tamaño que no podrá ser reproducido por la impresora local, tal el caso de libros para niños.

La impresión bajo demanda (en esta nota nos referimos a la que se realiza en el local, al público general) consiste en una máquina en algún lugar del salón, del tamaño de una fotocopiadora, junto a –aunque existe también  la opción de que lo diseñe uno por internet, tal vez en la tablet mientras toma el café– una persona encargada de configurar el libro a imprimir (acerca de las opciones que presenta hoy una EBM, ver apartado entrevista a Jason Beatty). Con la excepción de aumentar las opciones y la velocidad de configuración e impresión, todavía parece que queda muy poco para mejorar. Los costos resultan aún una discusión bizantina, pero un libro sin derechos de autor cuesta más o menos lo mismo que su par editado, y no generó gasto previo alguno –como bien señala Juan Villoro en el recuadro “McNally Jackson y ‘El libro exprés’”–. La calidad del libro es ya muy buena; la distinción está en la oferta: los contenidos del mundo entero, desde diarios a novelas o lo que fuere, a disposición en minutos.

En relación con la versión digital, se desarrollan extras comentados, links de todo tipo, diccionarios, sonidos, y etcétera, cada cual con su propia creatividad. Tampoco olvidemos que, cuando lleguen las realidades virtuales, será un libro que nos lleve a su universo, y ya no será un libro.

El futuro de las editoriales.
Acerca del fin de las partes “no escribientes” –los escritores cobrarán mayores regalías y estos cambios sólo redundan en beneficios para ellos–, se debate, comenta e imagina mucho; en este punto sí hay algo más de futurología: no tenemos bien claro de qué manera se comportarán los “espíritus animales”. Pero sí podemos señalar una cuestión fundamental: en la oferta infinita necesitaremos de alguien que nos diga qué elegir, los autores nuevos querrán distinguirse, que les “limpien” sus textos, que los recomienden, y ahí es cuando los editores y demás actores dedicados a poner su nombre detrás de una obra tendrán el poder de sugerir y hasta validar. En el inacabable panteísmo virtual, donde el anonimato tiene la opción de ser perpetuo para quien lo quiera, nos encontraremos con el imperio del nombre. De bautismo, colectivos o seudónimos, pero el poder de legitimación lo van a tener los nombres porque el valor lo tendrá su convocatoria. En una asociación simbiótica, la gente decidirá a quién erige y quién le da voz a su entidad. El infinito no termina siendo más un espacio a la espera de una medida que le otorgue realidad.

Libros y lectores. Los distintos formatos son algo más que opciones de lectura, son –aun con sus bemoles, y en ningún momento esto pretende ser taxativo– también parte de la construcción de una identidad como lector y consumidor de cultura en general, incluso cuando cada cual utilizará los distintos formatos según necesidades y posibilidades –los editores han encontrado en estos dispositivos la solución a la carga ingente de manuscritos–. Hay quien consume literatura con el único fin del entretenimiento, sin pretender emociones imprevistas ni trascender ese presente; es lógico que considere entonces que los libros ocupan un espacio desmedido y que para él los libros digitales resulten una solución perfecta. Para otros, cada vez que se mire el lomo de La muerte en Venecia se olerá otra vez la muerte, o al ver en fila libros de un mismo autor aparecerá el recuerdo de quién fue uno cuando los leyó en forma compulsiva, o cómo fue cambiando su percepción de Borges al ver el bloque de sus obras completas: esos libros queremos tenerlos, porque persisten, y nunca son iguales.

 

El futuro híbrido de la librería

Joaquín Rodríguez
Aunque Argentina es uno de los países iberoamericanos con índices de producción editorial y acceso al libro más prominentes, lo cierto es que su red de librerías sigue siendo proporcionalmente bajo con respecto al número de habitantes, y su concentración en los polos urbanos deja al resto del territorio en condiciones muy precarias de acceso a ese bien cultural. La revolución digital en el acceso a los contenidos a través de la web convertirá en superfluos o redundantes muchos de los canales de distribución y comercialización tradicionales, porque los libros son un tipo de bien, de mercancía, fácilmente virtualizable, y la experiencia de la búsqueda, la consulta y la compra no sufren menoscabo ninguno en la red, más bien al contrario. Ocurre, por tanto, que a una red de librerías débil y concentrada se superpone una revolución de desintermediación digital que amenaza con hacer superfluo su papel y su presencia.

¿Qué cabe hacer, entonces, ante la magnitud de un cambio en los modos de producción, de creación, circulación, distribución, uso y venta de los contenidos editoriales? Es necesario reconocer que las grandes librerías virtuales proporcionan una experiencia de búsqueda, encuentro y compra cómoda y ventajosa, más todavía cuando alguna de ellas proporciona dispositivos de lectura a precios asequibles a través de los que consumir los contenidos adquiridos en esas mismas plataformas (el Nook de Barnes & Noble). ¿Qué pueden o qué deben hacer los libreros ante la penetración creciente de grandes plataformas multinacionales con una masa crítica de contenidos incomparable? ¿No sería plausible pensar en una alianza global de los libreros y los editores para construir una plataforma única y global, iberoamericana, fundamentada sobre la existencia previa de sus respectivos catálogos nacionales y la estandarización de los registros de la producción editorial ISBN conectada con el catálogo español? La magnitud de la tarea es, claro, equiparable al tamaño de la amenaza. De llegar a existir una plataforma digital compartida de contenidos digitales, cabría pensar en un mapa de acceso y distribución a la oferta editorial sustancialmente distinto: sobre una red creciente que conectara progresivamente todo el territorio, podría accederse a todos los contenidos ofertados en la plataforma; en los puntos de venta tradicionales sobrevivientes cabría acceder a toda la oferta viva de los catálogos nacionales y servirlos título a título mediante una red bien dimensionada de impresión bajo demanda. Quizás el Cerlalc (Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe) tenga algo que decir en todo esto: crear una plataforma iberoamericana única que beba de los catálogos nacionales, repositorios estandarizados y bien etiquetados, dotados de los metadatos y el fundamento semántico necesario para que su oferta sea visible y accesible, para que su impacto en la red pueda llegar a equipararse al de los grandes actores internacionales.

El futuro de las librerías es obligatoriamente híbrido, mixto, fruto de la suma de lo más propio y exclusivo de lo analógico y de lo más pujante y abarcador de lo digital.

 

La máquina de hacer libros

Jason Beatty es vicepresidente de On Demand Books, empresa que fabrica y comercializa la Espresso Book Machine.

—¿Qué es la Espresso Book Machine?
—La EBM es la única máquina de impresión bajo demanda para venta al público. La particularidad es que nos permite ofrecer nuestro producto a librerías, bibliotecas y otros minoristas, quienes tienen con la EBM la oportunidad de acceder a más títulos sin la necesidad de inventario extra y, a la vez, de captar el creciente mercado de la autoedición.
—¿Cuántas están produciendo cada año?
—Nuestra producción viene creciendo en forma sostenida. En la actualidad, hay casi setenta EBM instaladas y hay varias instalaciones en camino. Además, anunciamos recientemente una asociación con Kodak y ReaderLink para llevar la EBM a nuevos comercios y ofrecer así a los consumidores un servicio completo de impresión digital.
—¿Cómo está la relación con el mundo de las editoriales, acuerdos, etcétera?
—Seguimos trabajando con los editores para tener su contenido disponible en la EBM. Recientemente hemos anunciado acuerdos con Harper Collins y Penguin Group, que se suman a otros grupos importantes.
—¿Cómo ve el futuro de la EBM con respecto a las librerías?
—Como una parte fundamental en el futuro de la librería. Las librerías no podrán ser capaces de competir con Amazon, pero sí de crear una experiencia local que no se pueda encontrar en internet. Al trabajar con la comunidad, seguirá siendo un lugar de encuentro. Tendremos mayor cantidad de autores, más independientes, que podrán publicar sus propios títulos, y las librerías se convertirán en el lugar perfecto para desarrollar este proceso.
—¿Cree que en el futuro todas las casas editoriales tendrán sus libros disponibles para la EBM u otra máquina de impresión?
—La EBM presenta un nuevo canal de ventas para editores y elimina devoluciones, gastos de envío, la cadena de distribución y los costos de inventario. Por lo tanto, creo que cada vez más editores verán el valor de la EBM y harán que su contenido esté disponible para dispositivos de este tipo.

 

El caso McNally Jackson y “El libro exprés”

J.G.S.
Es probable que esta ya emblemática librería de Nueva York resulte el mejor ejemplo de hacia dónde se dirige el espacio para comprar libros y cultura. Música, cine, una taza o una remera, tertulias variadísimas, club de lectura, una bien provista cafetería, y una Espresso Book Machine, que sirve, entre tantas otras cosas, como centro de impresión para un extraordinario proyecto editorial llamado Brutas Editoras (www.brutaseditoras.com), cuyos libros se diseñan y diagraman en Santiago de Chile y de ahí salen al mundo. Mucho de todo esto, gracias al empuje y la creatividad del librero uruguayo Javier Molea.

Entre su destacado catálogo aparece Destinos cruzados, de Matilde Sánchez y Juan Villoro, quien tras la presentación produjo un texto fundante en lo que a nuevas formas de vivir la edición se refiere, El libro exprés. En este breve pero insoslayable relato (que puede encontrarse en internet) da cuenta de la experiencia de ver cómo, tras agotarse los libros impresos, “gente se formó como si hiciera cola para comprar el pan. En cuatro minutos su ejemplar quedaba listo. Dos variantes de la cultura se mezclaron en la operación: el atavismo de ver cómo se produce un instantáneo producto artesanal y la modernidad de que eso sea un libro”. Y resume parte de la cuestión general en un párrafo: “En el sistema de publicación sobre pedido, el editor apenas hace gastos previos. No necesita comprar papel, ni contratar un almacén, ni colocar los volúmenes en una red de librerías. El libro se anuncia por internet y sólo se imprime cuando tiene comprador. La fórmula puede dar insólito impulso a la edición independiente y la autoedición, pero también a las editoriales establecidas, interesadas en repartir su catálogo entre obras impresas –que suponen un gasto fijo– y otras generadas de acuerdo a la demanda”.



Juan González Del Solar