CULTURA ALFREDO BIGATTI, EL ESCULTOR DE LA PATRIA

Pasiones monumentales

Pocos son los artistas que pueden ver reflejada la totalidad de su obra en el rostro de una nación. El caso de Alfredo Bigatti (Buenos Aires, 1898-1964), el mayor de nuestros escultores, ejemplifica con una muestra reciente la diferencia sutil entre lo gigante y lo sublime. Hasta el domingo 29, en el Museo Sívori.

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No hay patria sin monumentos. Por supuesto que la hay con otras cosas: con territorio, con lengua, con símbolos nacionales y hasta con infancia. Pero las obras que conmemoran las gestas y a los hombres, las que rescatan del olvido y discuten los consensos, las que se derriban y sobre sus ruinas se construyen otras, las que se vandalizan y se saquean, las que se olvidan y sólo sirven para que las palomas se posen sobre ellas, las que se reclaman, se trasladan, se desguazan, se ignoran, se ofenden como a seres vivos, ésas son, efectivamente, la construcción más sólida de un discurso cincelado en mármol y vaciado en bronce. Los Estados las necesitan para narrar su versión de la historia en edificios, plazas y parques. Como una lección de un manual escolar que se imparte al aire libre. Uno de los grandes escultores que modelaron, en la mitad del siglo pasado, un capítulo de esa historia, de la puesta en memoria de hombres y acciones, fue Alfredo Bigatti. Sin embargo, esta tarea le da un rasgo distintivo a su actividad artística, y podemos decir que fue escultor monumental a partir de 1935, cuando gana un concurso para realizar el monumento al general Bartolomé Mitre que fue inaugurado en 1942. Entonces, durante los años 40 y 50, Bigatti esculpe parte del relato que el primer peronismo quiere dejar para la posteridad en su proyecto fundacional. A diferencia de lo que estos tiempos, también peronistas, exhiben, los argumentos centrales están más en la historia liberal que en las versiones revisionistas. No sólo los trenes nacionalizados en 1948 se van a llamar Mitre, Roca y Sarmiento, los tres “malditos” para una coordinación estratégica del pensamiento nacional, sino que al monumento a Mitre en la ciudad de La Plata le siguió  el dedicado  a Julio A. Roca y a la Conquista del Desierto, en Choele-Choel, Río Negro,  y el Monumento a la Bandera (1942-1952) en Rosario. A su vez, no hay en el artista nacido en 1898 en Buenos Aires una filiación directa política con el gobierno de ese momento. Por el contrario, la construcción del Monumento a la Bandera que realizó con Fioravanti y les llevó diez años fue bastante problemática, ya que los fondos no llegaban y al desgaste físico se le sumó el emocional. Pero para que todo esto ocurriera, Alfredo Bigatti tuvo que transitar un largo camino anterior. Su encuentro con El centauro, la escultura de Bourdelle, anticipa la posterior visita al maestro. Fue en 1923 y participó de su taller, como también se cruzó con Rodin y Mallol, los representantes de ese intercambio productivo entre el pasado y la realización más moderna en la escultura. Un vaivén entre tradición y ruptura que Bigatti trajo a su regreso, ya transformado en un miembro del Grupo de París. Por eso, en la muestra que se puede visitar en el Museo Sívori están presentes las dos versiones del mismo Bigatti: sus sueños (y realizaciones) monumentales y sus cabezas y esculturas. La del poeta “loco” es notable. No sólo por el entusiasmo que todavía conserva el modelado de la cabeza erguida del que la tuvo ladeada, consecuencia de la locura o del ejercicio del violín, sino por el ambiente al que traslada esta pieza. La revista Martín Fierro fue sitio de Bigatti. Una experiencia en potencia que le permite unir vanguardia y revolución, arte y política, sin perder su identidad estética. Por el contrario, creando una nueva forma.

Laura Isola