CULTURA YVES BONNEFOY Y LO INACABABLE

Poeta de nuestro tiempo

El ensayista Miguel Espejo reflexiona en este artículo sobre la vasta obra de Yves Bonnefoy –con quien dialogó en París días atrás–, que ayer fue galardonado con el prestigioso premio Juan Rulfo, uno de los más importantes en lengua castellana.

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Foto:Cedoc Perfil

Este año, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México) ha decidido romper con su tradicional ámbito geográfico, reservado a América latina y al Caribe, y le entregará en los próximos días su principal premio, llamado Juan Rulfo, a Yves Bonnefoy, un poeta central de nuestro tiempo. Dotado de US$ 150 mil, es la primera vez que se otorga a un escritor de lengua francesa. Anteriormente, sólo tres autores de lengua portuguesa (Nélida Piñón, Rubem Fonserca y Lobo Antunes) habían recibido este galardón que, desde 1991, se ha convertido en una de las máximas distinciones literarias de América latina. Es una de las ocasiones en que un premio honra tanto al que lo recibe como a quien lo otorga.
En el mes de enero de este año, la librería Blaizot de París tuvo la deferencia de invitarme a la lectura que Yves Bonnefoy iba a realizar en el pequeño local de la firma. El poeta, después de algunos minutos de acomodamiento general, empezó a leer algunos poemas de La Grande Ourse, una edición para bibliófilos en verdad impresionante: siete gruesos volúmenes, ilustrados con collages originales de Bertrand Dorny; sólo se habían tirado unos pocos ejemplares de cada volumen, que habían circulado con extrema delicadeza por nuestras manos de improbables compradores. Las cuarenta personas reunidas allí escuchábamos con algo de unción esa voz apagada, pero al mismo tiempo impregnada de matices. Posiblemente cada uno de nosotros sabía que oíamos al mayor poeta vivo de la Francia de hoy. Un hombre a quien le faltaban unos pocos meses para cumplir 90 años y que mantenía en plenitud esa mirada penetrante que lo caracterizó desde que irrumpió con sus poemas Del movimiento y de la inmovilidad de Douve, en una edición que se aprestaba a cumplir seis décadas. “A cada instante morir”, escribió en uno de los primeros textos de un libro encabezado por un epígrafe de Hegel, como si le hubiera sido necesario subrayar, desde un comienzo y de un modo explícito, que toda palabra poética es el reflejo de la dialéctica entre la vida y la muerte.
En 2012 Yves Bonnefoy reunió en L’Inachevable sus exquisitas y densas entrevistas en torno a la poesía y el arte, que se le habían efectuado entre 1990-2010. Completaba de esta forma el volumen Entretiens sur la poésie (1972-1990) que había publicado veinte años antes. “Lo inacabable” ha sido para este gran poeta y ensayista, que no dejó nunca de efectuar su tarea de traductor, especialmente de Shakespeare, un concepto medular que a mí, personalmente, me llevó de inmediato al inconcluso proyecto de Malcolm Lowry The voyage that never ends. Este viaje interminable, en algunos pocos y grandes autores, se confunde no sólo con el desarrollo de su obra sino con la percepción que muchas civilizaciones y sociedades, incluida la nuestra, han tenido de su destino. ¿De qué otra manera comprender los viajes interespaciales, además de la implícita arrogancia técnica, sino por el acto primigenio del desplazamiento que ha marcado a fuego, y a través del fuego, a nuestra especie? ¿El viaje no es acaso la historia del hombre, anterior a toda historia, que nos permitió el poblamiento del planeta?
Con espontánea cortesía, Bonnefoy conversó con todos los que nos acercamos a saludarlo. Las palabras claves y mágicas que conmigo establecieron el puente fueron Borges y Octavio Paz. Había colaborado, al igual que yo, en la revista Vuelta fundada por Paz, después de que un grupo irrelevante de escritores y poetas le arrebataran la dirección de la revista Plural, en nombre de una supuesta revolución, allá por el año de 1976. Bonnefoy se encontraba entre aquellos que habían decidido retirar públicamente sus colaboraciones en señal de repudio.
La evocación de Borges lo llevó a preguntarme algunas pocas cosas sobre nuestro insondable país; pero ninguna memoria, por excepcional que sea, alcanzaría a reproducir los conceptos que Bonnefoy expresara en La verité de parole o en L’Inachevable: “Se toma a Borges por el practicante satisfecho de una poética textual de la escritura, aquella que está feliz de jugarse en el seno del lenguaje, aquella que se acepta y que incluso se desea como un fin en sí mismo, mientras que este escritor, una de las figuras mayores del siglo, en los hechos decía claramente, en numerosos puntos de su obra –piensen en La forma de la espada o en El jardín de los senderos que se bifurcan– que el acto de escribir es una falta precisamente por el hecho de que quien lo hace se encierra en sí, aboliendo esta presencia del otro que debería ser vivida, en el amor, como la única realidad. Borges sufría por lo que la literatura es en esencia”. [La traducción es mía.]
Yves Bonnefoy ha respirado a cada paso esta carencia, esta ausencia, sobre la que se construyen las obras de arte y los monumentos. Mientras más grande es el esfuerzo del tributo (Keops, Chichen Itzá, la basílica de Reims y tantos otros sitios), más transparente es la dimensión de la orfandad del hombre. En uno de sus poemas más bellos y contundentes, el autor llega a una especie de conclusión poco edificante, pero de intensa belleza en su ambigüedad: “Amar la perfección porque ella es el umbral, / Pero conocida negarla de inmediato, olvidarla muerta, // La imperfección es la cima”



Miguel Espejo