CULTURA VIGENCIA DE PABLO NERUDA

Poeta pop star

Se estrena esta semana en nuestro país Neruda, de Pablo Larraín –nominada al Globo de Oro como Mejor Película Extranjera–, ocasión ideal para revisar el legado del enorme poeta chileno que extendió su influencia por todo el continente. Opinan editores y especialistas, y el actor que lo personifica.

Se estrena esta semana en nuestro país Neruda, de Pablo Larraín –nominada al Globo de Oro como Mejor Película Extranjera–, ocasión ideal para revisar el legado del enorme poeta chileno que extendió su influencia por todo el continente.
Se estrena esta semana en nuestro país Neruda, de Pablo Larraín –nominada al Globo de Oro como Mejor Película Extranjera–, ocasión ideal para revisar el legado del enorme poeta chileno que extendió su influencia por todo el continente. Foto:get

En octubre de 1971 el poeta chileno Pablo Neruda recibía el Premio Nobel de Literatura y pasaba a la posteridad. Cuarenta y cinco años después su nombre no sólo se ha asociado a la poesía, sino que ha excedido esa frontera, convirtiéndose en ícono pop y aparece mencionado en canciones populares, en diálogos de Hollywood, en capítulos de Los Simpsons. Sin leer un verso del autor de Residencia en la tierra, quizá su obra cumbre, y de Veinte poemas de amor y una canción desesperada, su obra más popular, diversas personas en el mundo saben que Neruda remite a poesía. Y es que no sólo fue un poeta, sino fue un fetichista, cosa fácilmente demostrable en una visita a cualquiera de las tres casas que funcionan como museo en su país, un militante del Partido Comunista, un seductor, un vividor, un salvador de vidas durante la Guerra Civil Española. Neruda marcó a fuego esa gran tradición poética del país trasandino, que componían, además de él, Gabriela Mistral, Vicente Huidobro, Nicanor Parra. Fue el sello de esa tradición, el poeta más visible, y no contento con ello, fue también un poeta popular.

La vida de Neruda ha sido retratada en la pantalla grande, no una vez, sino tres o cuatro: la más conocida hasta el momento había sido la basada en la novela de Antonio Skármeta, Ardiente paciencia, que fue llevada al cine dos veces, la última con el título Il postino (El cartero en castellano). Ahora se estrena en los cines argentinos Neruda, del director chileno Pablo Larraín, que acaba de presentar en Estados Unidos Jackie, basada en Jackie Kennedy, que en el pasado Festival de Cine de Venecia obtuvo el premio al Mejor Guión. Con estas credenciales de su director, Neruda se presenta en Argentina y en el mundo (ver recuadro). Una de las virtudes de esta película es que se trata de una ficción inspirada en la vida de Neruda; ya no basada en una novela, sino que a partir de algunos hechos ocurridos entre 1948 y 1949, cuando el PC es proscripto en Chile y se decreta la detención de varios de sus dirigentes, Neruda, el último de ellos, es perseguido por un policía interpretado por Gael García Bernal. La principal diferencia con las otras películas sobre la vida del poeta es que desde un inicio se plantea como una ficción cinematográfica. En este punto vale la pena retroceder y preguntarse, ¿cuál es la vigencia de la poesía de Pablo Neruda? ¿Es posible que esta categoría de ícono pop se haya comida a su poesía?

Julio Ortega, académico de la Universidad de Brown y uno de los críticos literarios latinoamericanos más prestigiosos, responde rápido: “La obra de Neruda es hoy una Enciclopedia de América Latina. Pero no es un mapa al tamaño de lo real, sino la historia de las representaciones de nuestra América. Desde los discursos fundacionales, hasta las sagas populares, desde la crítica de lo establecido hasta la historia emancipadora, desde el formidable surrealismo terrestre de las Residencias hasta las Odas elementales del mundo pródigo y cotidiano, todo lo ha registrado, cantado y hecho presencia material”. Pero además Neruda es una máquina de enunciación: “Todo lo pronuncia en tiempo presente, material y mutuo. Tiene una salud capaz de convertir en energía a la melancolía, que a veces lo visita”. Por eso, para este crítico, Neruda es un poeta con mayúsculas, y puede que sea “nuestro Victor Hugo, esto es, un poeta que escribió tanto que es inédito para siempre. No acabaremos de leer sus obras completas”. Recuerda que otro Nobel de Literatura, el mexicano Octavio Paz, habló alguna vez, con sarcasmo, de “la monotonía geográfica de Pablo Neruda”, lo que es cierto porque su obra es un paisaje extenso, “pero está lleno de apetitos y gozo”.

Pese al juicio de Ortega, la poeta y ensayista Tamara Kamenszain introduce un elemento muy interesante para tener en cuenta, esto es, de qué cantidad y calidad de crítica se produjo alrededor de la obra de Neruda. Para ella, mientras sobre la poesía de César Vallejo (contemporáneo a Neruda pero con menor visibilidad en vida, aun ahora) se han escrito cientos de miles de artículos, libros y papers, sobre la poesía del poeta chileno no se ha escrito tanto, “y mucho menos se escribieron, salvo honrosas excepciones, textos demasiado innovadores, y sin embargo, su obra ha logrado una difusión fenomenal. Si tomamos el Nobel como una medida de consagración, habría que decir que entre la crítica y la difusión pública que le da llegada a una obra se produce un desfasaje que va siendo cada vez más grande y que merecería alguna reflexión”. Se podría decir en este punto que la explicación podría remitir a que estamos ante una obra no tan literaria o no tan interesante, o bien, podríamos encontrar mejores explicaciones en futuras “reflexiones sobre Neruda que iluminen aspectos inesperados de su obra, sacándola de los nichos en los que se la fue metiendo”.

Para Kamenszain, en Argentina, la influencia de Neruda no fue tanta, y no porque no se haya leído, sino por el modo en que se hizo: “No veo que los poetas argentinos citen mucho a Neruda ni directa ni indirectamente (quiero decir que no registro tampoco citación encubierta que hable de una ‘lectura de trabajo’, como la llama Macedonio)”. La lectura que hay es más bien salvaje, poco elaborada, una lectura, en definitiva, más de secundaria que de universidad. Pese a ello, la influencia de “puedo escribir los versos” de aquel famoso Poema 20, “que Ariel Schettini definió como gesto atlético, nos dio a muchos –y me incluyo– un verdadero permiso de escritura (algo así como ‘si él puede, yo también’)”. Pero quizá la premisa de que Neruda excedió los límites de la poesía, o más precisamente no fue un poeta, fue algo más, habría que determinarla mejor. Y aquí Kamenszain no tiene claro si el autor de Residencia en la tierra logró ser uno de esos raros artistas que accedió a lo alto y a lo bajo a la vez, porque “para eso hay que ser al mismo tiempo de culto y popular, y ése es un oxímoron muy difícil de lograr aunque, por cierto, muy deseable, casi el ideal, diría”.

Matías Rivas, poeta y director de publicaciones de Ediciones Universidad Diego Portales, afirma que la vigencia de Neruda va más allá de la poesía, aunque centra esta vigencia, al menos en Chile, en que fue y es “un autor leído con devoción, no sólo por especialistas, sino por personas comunes. En particular algunos de sus libros, que han cobrado importancia como signos pop. El más evidente es Veinte poemas de amor y una canción desesperada”. Para él, la influencia de Neruda está en el inconsciente colectivo, se puede rastrear en los adjetivos que se usan en forma común, no sólo en la poesía, sino en el habla: “Neruda fundó un tipo de poesía amorosa muy cercana a las personas, muy visual. Pero que sólo Neruda podía hacerla sin caer en las estéticas el kitsch y en el camp, que es lo que le sucede a Mario Benedetti sin ir más lejos”. Sin duda marcó un antes y un después no sólo en la poesía chilena, sino en la de lengua castellana. En el caso de la poesía chilena, Nicanor Parra vio tempranamente que el recorrido de Neruda no se podía seguir y que tampoco valía la pena estar a la sombra de un gigante: “Neruda había sido muy influido por la poesía francesa y Parra se fue más al inglés, a la precisión. La historia de la literatura es dialéctica. No podemos saber qué sería de Neruda sin Vicente Huidobro tampoco, que sin duda lo influyó, lo mismo que varios poetas de su generación, además del surrealismo y otros movimientos que Neruda supo absorber con especial habilidad”. En este juego de influencia, Tamara Kamenszain pone el signo de interrogación, como la aparente obviedad de Neruda sobre la poesía de Zurita, “tan antinerudiana”, según ella, aunque de aceptar esta influencia, esto es, de que no se puede leer a Zurita sin leer a Neruda, “eso abriría a una nueva y muy deseable manera de leerlo”. La premisa de que sea además un ícono de la cultura pop la deja pensando.

Sin embargo, Magda Sepúlveda, académica de la Pontificia Universidad Católica de Chile y estudiosa de la producción poética chilena de los últimos cuarenta años, no duda que Neruda es un ícono popular y pop: “Ambas estaturas se funden en él. Tiene características que lo forman como tal: fue un perseguido político y murió en circunstancias no aclaradas del todo, como gran parte de los íconos populares y fue gozador de la vida: le gustaban las fiestas, las mujeres y la comida al modo de un rock star, sin olvidar que era un gran orador público, que congregaba multitudes como algunos poetas chilenos actuales, algo extraño, pero cierto”. En cuanto a la influencia de su poesía en la producción de los poetas trasandinos tampoco le cabe duda de que toda la poesía escrita a partir de 1973, año del Golpe de Estado y de la muerte de Neruda, está presente “ya sea como diálogo, confrontación, desvío o sátira de su obra”. Un ejemplo es Enrique Lihn, uno de los escritores destacados por Héctor Libertella en su ensayo Nueva escritura en Latinoamérica, “que escribe un poema que se llama Canto general, igual que el libro de Neruda”. Otro ejemplo más reciente es el de Diego Ramírez, que ofrece “un desvío de Canto general en su libro El baile de los niños, donde el deseo de escribir ‘las claves’ por amor hacia América Latina declarado por Neruda es ahora un deseo de escribir el amor gay”. Por eso para Sepúlveda la retórica nerudiana no se ha agotado, como dijo en una entrevista Raúl Zurita, y de hecho “ésta es tan múltiple que es difícil que se agote: cultivó demasiados géneros, como el soneto amoroso en Veinte poemas de amor y una canción desesperada, el tópico de la decadencia y la muerte en Residencia en la tierra, la alegoría continental en Canto general”. Y concluye con que “todo poeta chileno es nerudiano” y “que Neruda es como Los Beatles, todos lo han leído y toman una posición frente a ellos, es un imprescindible de la play list”.


“Una huida hacia la propia frontera”

Luis Gnecco es un prestigioso actor en su país: ha hecho teatro y cine, pero sin duda su interpretación de Neruda lo está haciendo conocido en más países. La película, que fue nominada al Globo de Oro como Mejor Película Extranjera, está dirigida por Pablo Larraín, uno de los directores latinoamericanos con más nominaciones y premios en los últimos festivales de cine. En Neruda actúan Mercedes Morán como la esposa del poeta y Gael García Bernal como el policía que lo persigue. Pese a que usa datos de la vida de Neruda, la película no tiene un tono documental.

—Si bien “Neruda” quedó fuera de camino de los Oscar y no ganó los Globos de Oro, Pablo Larraín se ha convertido en un director mimado por la Academia. ¿Cómo fue trabajar con él?

—Larraín, más allá de las relaciones públicas –que las tiene–, ha caído por su propio peso, su mirada es muy política y de una gran sensibilidad. En general sus películas no han sido muy bien recibidas por la crítica local, quizá porque no son fáciles, pero también por cierta mezquindad: hay personas que no se han cansado de restregarle en la cara que es hijo de un senador de derecha, cercano a Pinochet. De hecho, alguien dijo que nadie que se apellidara Larraín podía hacer una película sobre un poeta popular y comunista como Neruda.

—Una crítica en tu país trató a este Neruda como “fastidioso y poco creíble”, sin tener en cuenta que el propio Neruda hizo de sí un personaje. ¿Por qué cree que cuesta ver a Neruda como ese personaje que hizo de sí?

—Neruda en un momento tenía 20 años, vivía en el sur de Chile y decidió convertirse en un gran poeta: se vino a Santiago, se dio cuenta de que le quedaba chica la ciudad y se fue a Indochina a fumar opio, tomar whisky, conocer el mundo y escribir su obra. Después de la Segunda Guerra Mundial ya era un tipo muy importante. Lo genial de la película es que se presume que a Neruda sólo le faltaba convertirse en un mito, de hecho cuando recibió el Premio Nobel habló de esta huida. Es difícil entender el mundo nerudiano desde el hoy. ¿Cómo entiendes que un noble comunista como él fuera a la vez un noble hedonista? La dificultad de este papel fue que todo el mundo en Chile tiene su visión de Neruda, por lo tanto, hiciera lo que se hiciese, iba a ser criticada igual. A mí el guión, cuando lo leí, me pareció genial: no era una visión histórica; era y es una elaboración.

—¿Cómo ve a Neruda como intelectual?

—Neruda no era un teórico. No se sentaba a hacer sociología o antropología, él se desplegaba esencialmente en las áreas del lenguaje misteriosas que llamamos poesía. Era un tipo sensible e inteligente y sabía qué lugar ocupaba. Era un intelectual en una época donde era más necesario un intelectual activista que teórico. No teorizó sobre la Guerra Civil Española, subió a unos catalanes a un barco y los trajo a Chile para salvarles la vida.

—¿Aprendió algo después de hacer esta película?

—Aprendí que el mandato de ser artista es una búsqueda permanente de la libertad, de la reinvención. Esta película reinstala la idea de reinventarse a través de la ficción. Si tú me preguntas con qué Neruda me quedo, si con el Neruda real o con el de la ficción, me quedo con el de la ficción. La película está llena de metáforas narrativas. ¿La huida a la Argentina es otra metáfora narrativa? Creo que es una huida a la ficción. Y sólo hay que ir hacia esa dirección como artista. No es una ruta hacia la frontera con la Argentina: es una ruta hacia tu propia frontera.



Gonzalo Leon