CULTURA

Premios ¿para que?

¿Se encuentra la literatura atravesada por la legitimación de los galardones literarios? Viaje al interior de la monstruosa industria de los premios.

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Foto:Cedoc

La percepción del tema que nos convoca aparenta un interés propio de escritores, críticos, académicos, también del sistema editorial, pero el fenómeno tiene tantas facetas y consecuencias como vanidades e intereses comerciales y políticos en pugna. Es indispensable marcar el eje “tiempo” como definitorio, ya por épocas signadas en modas, también porque el tiempo en la historia de la literatura tiende a la lentitud, hasta que se produce una nueva lectura crítica, cierto reconocimiento por parte de ustedes, lectores, sobre una obra olvidada o sumida en el ostracismo del culto marginal. Para salvar reclamos, tenemos a Franz Kafka: jamás recibió un premio y fue prácticamente inédito en vida. Cómo influyó Kafka en la historia de todas las literaturas del mundo se extiende a nuestros días, y tal premio no tiene galardón equiparable. Bajo semejante ejemplo, ¿quién se cree merecedor de reconocimiento alguno? Allí existe una paradoja del pasado que interpela por cierta ética; veamos si premios y concursos aluden a ella.

En 1957, Doctor Zhivago, novela crítica prohibida en la Unión Soviética, se publica en Italia de la mano de Feltrinelli obteniendo inmediato reconocimiento mundial. Al año siguiente, Boris Pasternak recibe el Premio Nobel de Literatura pero se ve obligado a rechazarlo bajo amenazas del Politburó. Dos años después, muere de cáncer confinado en el desprecio por el aparato represivo soviético. Recién en 1989 su hijo recibirá el premio. Muy distinto es el caso de Jean Paul Sartre, que en 1964 también rechazó el mismo galardón. Por encima de sus argumentos, el intelectual francés eludía dinero y prestigio, cancelando la posibilidad de ser manipulado culturalmente por el Occidente europeo. Pero el desaire generó tanta polémica y debate mediático que lo lanzó a la fama más que si hubiese aceptado. ¿Fue una estrategia de Sartre para redimirse como faro crítico en la división mundial de la Guerra Fría? A cincuenta años del suceso, parece que su obra quedó nublada en tal intento. En 1974, Thomas Pynchon rechaza el National Book Award norteamericano, lo había recibido por El arco iris de la gravedad, compartiéndolo con Isaac Bashevis Singer. Tal gesto, por el contrario, no afectó el reconocimiento de su obra. Por otra parte, la invisibilidad de Pynchon, su fobia a la figuración mediática, hace muy probable que decline a recibir el Nobel de Literatura si los suecos toman tamaña decisión. Pero la lista de los nunca premiados por la Academia sueca es inquietante y habla por sí misma de las limitaciones de sus jurados (ver recuadro). Este techo de reconocimiento mundial tiene correlato en otros premios, ya sobre obra édita o inédita, por elección de notables o por evaluación de prejurados, orientados hacia géneros o por una obra individual, generados por Estados, revistas, multimedios o fundaciones; la variedad resulta apabullante.

En nuestra lengua se destacan los institucionales: Premio Cervantes y Príncipe de Asturias (ambos en España), Casa de las Américas (Cuba), Rómulo Gallegos (Venezuela) y Premio Internacional Carlos Fuentes (México). En el camino, y por problemas del uso del nombre con los herederos, quedó el Premio Juan Rulfo de Cuento, con sede en París, cuya última edición fue en 2012, luego de treinta años de vigencia. A nivel editorial español, los premios de novela Planeta (falla el próximo 15 de octubre), Nadal, Herralde y Tusquets, entre otros. En América Latina, quedó en el camino el realizado por Editorial Norma de Colombia, La Otra Orilla, de novela, que nació en 2005 y culminó en 2011. Ya en Argentina, se han discontinuado el Premio Planeta Latinoamérica y el Sudamericana-La Nación, ambos de novela. Las fusiones editoriales multinacionales a nivel global y la reciente crisis económica europea han impactado en el mercado regional, descartándose ambos ya por presupuestos restringidos, ya por cambio de políticas editoriales. El prestigioso premio Emecé reaparece en 2015, así lo confirmó el departamento de prensa de Planeta. A fines de 2013, y durante el verano, corrió el rumor de que el Premio Clarín de Novela desaparecía. No fue así, y Ezequiel Martínez, responsable de la edición 2014, explica: “Nunca se planteó ni siquiera la posibilidad de suspenderlo, mucho menos de terminarlo. Justamente, su continuidad y permanencia son parte de su solidez”. Sobre las motivaciones del mismo, agrega: “Una genuina apuesta a la cultura, más allá del esfuerzo de recursos que involucra. En un contexto donde los grandes premios literarios desaparecen o están sospechados, prevalecer como uno de los certámenes en los que se premia una novela, desconociendo quién está detrás, habla también de la voluntad de sostener un premio literario que no desfigure el verdadero sentido de este tipo de concursos”. ¿Sospechas? En  la edición 8, otoño, de la revista La Balandra, se aborda el tema de manera amplia, donde expresan su opinión ganadores, jurados de preselección, editores, funcionarios y un agente literario en particular, Guillermo Schavelzon, allí escribe: “Preocuparse por si los concursos están arreglados o no es secundario, y la verdad es simple: algunos sí y otros no. Lo importante es saber que los concursos convocados por las editoriales intentan vender más libros, no buscar la consagración literaria”. Schavelzon, Piglia y Planeta, luego de diez años, fueron condenados judicialmente por la manipulación del premio de la casa editorial en 1995, por un título contratado previamente, Plata quemada. El demandante, Gustavo Nielsen, uno de los finalistas en dicho evento, generó polémicas y una carta de desagravio a Piglia refiriendo a una “campaña de desprestigio” (nunca constatada) y hasta de algunos cierres de puertas para editar. Pero a Nielsen el tiempo le dio revancha: ganó la edición 2010 del Premio Clarín de Novela con La otra playa.

A esa visión al estilo del “capital financiero” de Schavelzon, el escritor mexicano Gabriel Zaid opone sólidos conceptos: “Los premios pueden ser creadores, aportar una perspectiva inédita en la recepción de una obra. Animan al premiado y a la comunidad lectora en una dirección significativa. No hay que tomar a la ligera su creación y mantenimiento, aunque el monto sea bajo. Lo que está en juego es más importante que el dinero: la orientación de la opinión pública, la confianza en que los certámenes son serios”. (Claridad en los premios, Letras Libres, febrero 2012.) Podemos agregar que los actores de todo el espectro editorial tienen una responsabilidad, no pueden eludirla, caso contrario también son víctimas de sus propias omisiones. En ese sentido es el esfuerzo de Interzona, cuyo editor Guido Indij acordó con la Biblioteca Nacional la edición de un libro con los ganadores del concurso de cuentos Eugenio Cambaceres. Luego está el Fondo Nacional de las Artes, área de letras, donde premian con la subvención de la edición además de crear nuevos géneros para promover, como la novela gráfica. Y aquí encontramos una arista sensible: el estado nacional deriva más recursos anuales a la compra de libros impresos a las editoriales a través del Ministerio de Educación (por ejemplo, el plan de compras en poesía este año contó con un presupuesto de 75 millones de pesos) que a la promoción de ediciones, becas y premios para escritores, que podrían ampliarse en número y continuidad a través del Fondo Nacional de las Artes, como ocurre con el Conaculta de México.

Para Federico Jeanmaire, Pablo Toledo, Gustavo Nielsen y Federico Andahazi, faltan premios, y este último agrega: “Deberían organizarse concursos literarios comunales, municipales, provinciales y nacionales, de modo que los autores locales no se vean obligados a buscar la consagración en los grandes centros sino, antes, en sus propios lugares. Ese esquema funcionó muy bien en España durante muchos años y produjo una difusión muy amplia de las letras regionales”. En la misma línea agrega Hernán Vanoli: “Como dice Max Weber, la lucha es eterna, y entonces que haya mecanismos de competencia es importante. Me gustaría que hubiese premios por géneros, con jurados acordes. Creo que un buen sistema de premios vigoriza a un sistema literario”. Matilde Sánchez señala: “Lo que falta es tener premios nacionales y municipales que resulten fehacientes, auténticos y representativos. Más de una vez, los cuentos sobre las deliberaciones en torno a los premios nacionales han sido de escándalo. Otro caso: el premio del Fondo Nacional de las Artes es un estímulo importantísimo pero no tiene todas las consecuencias que debería tener para los autores, los autores lo ganan pero no tienen tres editoriales interesadas de manera automática. En una época era interesante el premio Boris Vian, que se concedía a una obra ya editada. Ese formato me parece el más fehaciente, en verdad; es decir, que el premio no esté sujeto al negocio editorial y que la venta de ejemplares sea más una consecuencia del premio en lugar de ser éste una estrategia para vender ejemplares”. Queda clara la deuda social hacia la literatura argentina, si alguien se hace cargo de las faltas.

Pero no podemos dejar de pensar en la ética. Porque si se aplica un sistema de premios y reconocimientos se corre un riesgo, y es el de la cooptación del escritor en un circuito donde puede quedar atrapado sin salida posible. Ricardo Romero advierte: “Me preocupa más la posibilidad de que los escritores terminen escribiendo para los premios. Si el motor de la escritura no está en la escritura misma, estamos hablando de otra cosa”. La puesta en juego de la libertad creativa a manos de un artefacto cultural paraestatal puede condicionar, domesticar y hasta acallar las miradas disconformes, esquivas, sobre nuestra sociedad y sus miserias, que no son pocas. Los pobres resultados del realismo soviético en materia literaria son una advertencia.

 

Los negados al Nobel

En 2004 renunció como jurado el académico Knut Ahnlund, quien calificó la obra de Elfriede Jelinek como “una masa de texto sin el menor rastro de estructura artística”. El desprestigio ante el avance de las “fuerzas progresistas” gobernadas por el mal gusto fue su otro motivo.
Estos son algunos candidatos descartados por el jurado para el Nobel de Literatura: J.R.R. Tolkien, Lawrence Durrell, Alberto Moravia, Robert Frost, E.M. Forster, Graham Greene, Karen Blixen, Marcel Proust, Ezra Pound, James Joyce, Vladimir Nabokov, Virginia Woolf, Jorge Luis Borges, John Updike, Saul Bellow, W.H. Auden, Witold Gombrowicz, Milan Kundera, Primo Levi, Salman Rushdie, André Malraux, León Tolstoi y Emile Zola. Otros olvidados: Carlos Fuentes, Louis Ferdinand Céline, Edith Wharton, Paul Valéry.



Omar Genovese