CULTURA

Proust, el nenúfar

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Cuando en 1907 Marcel Proust comienza  la escritura de A la recherche..., su apuesta (ya mil veces meditada) –en ese augural modernismo de las primeras décadas del siglo XX– no gira en torno a la cuestión de “cómo escribir una historia” sino más bien a responder de qué modo la literatura es capaz de crear un mundo. La tarea parece armada en dos dimensiones antitéticas pero que confluyen en su rica materia verbal: una idea catedralicia de la literatura que piensa la obra como un producto de magnitud, con bóvedas y naves y rica en detalles manieristas que volverán una y otra vez en ecos y reverberancias, y otra –no menos artesanal y minuciosa– que pretende validar a la literatura como un arte sublime de la miniatura al privilegiar lo microscópica, lo infinitesimal de la vida humana, lo extremadamente pequeño y casi no observable de nuestras relaciones entre nosotros y con el mundo que nos rodea. Entre la catedral y la miniatura, la escritura de Proust es fácilmente reconocible por una proliferación de los puntos de vista que logran que cualquiera de los objetos de interés que caen en observancia en la vasta novela (el amor, los celos, el recuerdo) sea motivo de una fagocitación demorada y “glotona” por donde se la mire, y que, en definitiva, nos hace “deglutir”, como lectores, una miríada de sensaciones antes poco conocidas en la literatura o nunca llevadas a tal grado de exploración. A su vez, una notable transferencia de aura de un yo íntimo a la creación del personaje de un Marcel también caleidoscópico le otorga a cada “hecho” una sustancia personal que logra que nos sintamos “parte de un mundo” o testigos inigualables de un fenómeno de percepción amplificada, suerte de realidad aumentada que la literatura de Proust nos regala a cada paso. La imagen de la magdalena embebida en té como disparadora de la memoria involuntaria acaso ya es hora de que la reemplacemos –como genuinos lectores del siglo XXI– por una figura escamoteada una y otra vez, pero no menos recurrente (y perdida) entre los cientos de páginas de En busca del tiempo perdido. En Proust deberíamos reconocernos –acorde a los tiempos que corren– como si fuésemos nosotros ese nenúfar arrastrado por la corriente en un vaivén sin fin e inexorable. Un nenúfar torturado y bello, que no encuentra sosiego y que se empeña en volver, en continuar, en subir una y otra vez a la superficie.

*Miembro de la Cátedra de Literatura Francesa UBA.



Walter Romero