CULTURA BICENTENARIO Y LITERATURA


¿Qué festejamos el 9 de Julio?

La literatura ha contribuido a la conformación de una identidad nacional. Pero también la ha discutido y, de alguna forma, combatido y disuelto. Opinan escritores, críticos y ensayistas.

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Foto:cedoc

De un modo ingenuo y célebre, Borges escribió que “nadie es la patria, pero todos lo somos”. Antes de Borges, entre los precursores románticos, la idea de la identidad nacional se asoció no a una invención sino a un espíritu que responde a un pueblo y a una geografía. Doscientos años después de la creación de una Nación, la idea misma de identidad es más endeble –y a la vez más poderosa en términos de marketing cuando empieza un Mundial de fútbol– que un junco empujado por el viento. ¿Qué une a los habitantes de un país? ¿El suelo, el común olvido, las referencias históricas, la adhesión a ciertos ideales? La literatura ha contribuido a la conformación de una identidad nacional. Pero también la ha discutido y, de alguna forma, la combate o la disuelve. Nuestro país festeja el Bicentenario pero esa celebración autoimpuesta está hecha menos de discusiones críticas que de pompa y exaltación desde las gestiones culturales de los gobiernos. Algunos intelectuales han pensado, desde los inicios, la relación de la producción literaria con la identidad de una Nación. Juan María Gutiérrez fue el primer escritor argentino que puso en jaque a la corona española. Gutiérrez discutió el lugar de una lengua universal válida para todas las naciones ligadas a la órbita del antiguo imperio español. El gesto de Gutiérrez fue no sólo una fuerte confrontación con la metrópolis sino también una forma de pensar en qué consiste una nación: el problema de la lengua va más allá del problema de la lengua.

¿Qué relaciones hay entre literatura e identidad nacional? Los escritores argentinos no discuten hoy –como sí lo hacían sus precursores del centenario– en qué consiste la identidad del país. En todo caso, se podría pensar de qué modos, a lo largo del tiempo, han representado el problema de la identidad y la idea de construcción de una Nación. Quizás sobre esa cuestión se pueda pensar un mapa de la historia argentina a través de la historia literaria. Y quizás así se pueda ver una trama entre novela e historia, y entre relatos fundacionales e historia de la Nación. Algunos ensayistas son escépticos respecto a la necesidad de pensar en la identidad nacional y otros, en cambio, ven en este asunto la ocasión de estudiar las modificaciones y los vaivenes entre producción cultural e historia política. El ensayista y ex director de la Biblioteca Nacional Horacio González, sostiene que es importante hacer un racconto de lo que ha sucedido en los doscientos años. La pregunta por el sentido del Bicentenario es importante pero “los cimientos de la institución literaria argentina son no más de una decena de escritos que reclaman sus proximidades con la originalidad”, rodeados de muchos textos secundarios. Y agrega que “hace doscientos años el país era otro, había más diputados en Tucumán venidos del Alto Perú que del Litoral y la Banda Oriental. Sarmiento tenía cinco años, Rosas 16 y apuntaba a joven y rico saladerista; la filosofía la traía buenamente Lafinur, que daba cursos inspirado en Condillac y acompañaba al ejército de Belgrano. Lavardén había escrito la Oda al Paraná en el Semanario de Agricultura, hacia comienzos del siglo, y no puede disputársele el mediano título de promotor de algunas perdurables metáforas que aún se estudian en algunas escuelas. Vicente López y Planes, en un arranque neoclásico no inesperado pero que podía no estar y estuvo, saludaba las tumbas del Inca y las veía poseídas de una particular conmoción. Abundaba la papelería política y no se puede negar agilidad en la pluma a Moreno, el Deán Funes, Monteagudo o yendo un poco más allá, en Juan Cruz Varela. A la literatura efectiva hay que buscarla en la gran panfletería de guerra, no pocos partes son memorables, y la Orden de San Martín al Ejército de los Andes es de una extraña prosa despojada, a la que el detallismo le impide ser completamente desesperante.”

El ensayista Christian Ferrer, en cambio, entiende que no tiene sentido hacer un balance del curso de la historia literaria considerando los años transcurridos: “En 1816 no existía la Argentina, sólo había bandos en disputa que se ocupaban de degollarse unos a los otros. Sin duda los métodos fueron cambiando a lo largo del tiempo, no así su propósito. Los discursos de aniversario –los habrá– pueden ser enfáticos o cremosos, pero es mala literatura, apenas papilla para historiadores o pienso para la amargura. De los asistentes al Congreso de Tucumán, cinco murieron en el destierro, dos por secuelas de la tortura, uno asesinado, otro envenenado, y otro más aún enterrado en tierra y su cabeza machacada por un tropel de caballos. No cuento a los que estuvieron encarcelados por un tiempo. La ex colonia española se había transformado en un matadero y a nadie le gusta leer tablas de sangre: aquí se huye para adelante.”
 Para el editor y crítico Luis Chitarroni “la compulsión decimal parece darle cierto dramatismo al balance, exigirlo con esa puntual financiación emotiva. En fin. A cada época y período, los griegos que nos merecemos. Digamos que es más o menos inevitable, no que vale la pena.” Daniel Link es lapidario y asegura que no tiene sentido hacer un balance: “El horizonte de la literatura ya no es la Nación (ya no puede serlo), sino el Mundo. Mejor sería empezar a pensar las relaciones entre Literatura y Revolución.”
 Para Dardo Scavino, antes que hablar de Nación habría que pensar que lo que se conoce como Argentina no existía como país en 1816. De modo que pensar en la existencia de una literatura nacional es una falacia o una idea absurda. Dice Scavino: “Convendría recordar que Argentina nunca se independizó porque el 9 de Julio de 1816 no se declaró en Tucumán la independencia de la Argentina sino de las Provincias Unidas en Sud-América, entidad que no coincidía ni geográfica ni políticamente con la posterior Argentina. Asistieron a Tucumán, por ejemplo, varios representantes de la actual Bolivia y ninguno del Litoral, por no hablar, por supuesto, de regiones como La Pampa o la Patagonia.”

Hitos argentinos. Aunque los intelectuales no están de acuerdo en el peso de la institución literaria en la conformación de una identidad nacional, han pensado en hitos en la producción literaria. Está claro que el tiempo ha sido testigo de notables transformaciones estéticas que se han producido en el mundo y en nuestra zona literaria. Según Horacio González no hay momentos insoslayables en los doscientos años de historia literaria “pero difícilmente se puede pasar con indiferencia ante el Facundo, el Martín Fierro, Allá lejos y hace tiempo, y la Excursión a los indios ranqueles. Del mismo modo, no puede haber distracción sobre el quinteto que le sigue, Macedonio, Lugones, Arlt, Borges y Walsh. No se puede ignorar la acción de la crítica, desde Juan María Gutiérrez a Nicolás Rosa, pasando por Viñas y Pezzoni. Siempre mencionando con melancolía no pueden dejar de anotarse los núcleos que se formaron alrededor de las revistas Martín Fierro, Contorno, a mediados de los 50 y Poesía Buenos Aires (Aguirre-Bayley). Los hermanos Lamborghini, Saer, Puig, Perlongher y Fogwill, iniciaron una renovación cuyos ecos aún oímos. En una lista así, ni Raúl Scalabrini Ortiz ni Martínez Estrada pueden faltar. Echeverría interesa o debe interesar. Su descendencia pasa por Ingenieros, Ponce y Agosti. La lista sería tacaña si no acercara a Bernardo Verbitsky, Enrique Wernicke, Haroldo Conti, María Elena Walsh, Olga Orozco, Juan L. Ortiz, Antonio Di Benedetto, Horacio Pilar, Zelarayán y Witold Gombrowicz.”
 Para Ferrer la lista no sólo es más corta sino también diferente. Hay menos nombres y un elogio decidido de los textos anónimos: “el Facundo, cuando Juan Manuel de Rosas –la musa de Sarmiento– era todopoderoso, y Radiografía de la pampa, de Martínez Estrada, publicado en la época de las mieses, el ganado y los primeros golpes de Estado. Otros circunstancias, otras letras: los libelos y testimonios escritos en situación de destierro –interno o externo– y sin importar el bando al que pertenecieran los autores; las cartas de despedida –si es que pudieron redactarlas– de los condenados a martirio; y las letras de algunas coplas y canciones populares cuyo tarareo ya nadie podrá cancelar. El lamento y el adiós, entonces, más que la buena composición o alguna que otra obra afortunada.”
 Chitarroni opta por la sucesión de escenas y ve en ese plan narrativo una especie de síntesis o de boceto de la historia. Al modo de unas vidas imaginarias de la narración argentina, Chitarroni plasma un índice y también un dibujo de ese proyecto de historia literaria: “Arlt que lleva a patentar alguno de sus inventos; Borges que se golpea la cabeza con la batiente de una ventana y escribe, alterando el curso de la historia, “Pierre Menard…” (no ‘El Sur’, como a menudo se cree, donde narra simbólicamente el hecho); Macedonio en un cuarto de pensión, limpiándose como un gato, en pos de recuperar el cuerpo de esa psique flotante; Cortázar que dicta una clase magistral sobre Lautréamont en Chivilcoy; Wilcock que deja caer un paquete (acaso con un preparado histológico) por la barranca del Parque Lezama; el coronel Ascasubi haciendo un asadito en París para agasajar a los amigos…”
 Más escueto, Link anota algunos nombres y deja en suspenso el resto: “La gauchesca. Rubén Darío en Buenos Aires. Manuel Puig. Copi. Todo lo demás es lo que sirve para explicar esos momentos de brillo inigualable.”

Invención de la identidad. Hace cien años Leopoldo Lugones, Manuel Gálvez y Ricardo Rojas coincidían en el rechazo del liberalismo burgués, en la defensa de una idea de tradición que renegaba de las posibilidades de un racionalismo moderno y de la democracia. Los nacionalistas del centenario compartían la idea de que el liberalismo y el capitalismo, fenómenos propios de la modernidad, opacaban y traicionaban el lustre de la tradición y, por tanto, negaban la identidad nacional de un joven país con expectativa de progreso.
 En nuestros días, los intelectuales ven con otros ojos la configuración de la patria en el ámbito literario. La identidad es menos una proclamación vetusta que una invención continua. Para González “sólo la literatura, y luego la filosofía, sin ignorar la poesía, construyen esa identidad nacional. Allí deben caber tanto los que  afirmaron ese concepto como los que no lo vieron de interés para sus reflexiones. Pero es sabido que la acentuación o el debilitamiento forman parte siempre del anverso y reverso que hace a la vigencia de un concepto. Así que aquí el listado es paradojal, pues Lugones le da a la identidad tan mentada un sesgo heroico y suicida, los Irazusta y Scalabrini la hacen antiimperialista y antibritánica, Leónidas Lamborghini la ve haciendo escuchar la voz escondida en los textos más frecuentados por el hábito nacional pero para de-sarmarlos (y hacerlos así más conmovedores), Perlongher la vio en los pajonales y León Rozitchner la asoció silenciosamente con su filosofía materialista sensualista y “ensoñada”. Borges fue un especialista en la Patria sin nombrarla, a la manera del supuesto Corán sin camellos, así como el nacionalismo hispanizado en la grave pluma de Ernesto Palacio, no hacía más que nombrarla. Leopoldo Marechal la alegorizó en el criollismo dando paso a Cortázar, que por un lado la redujo a una lengua porteñista lírica e irreal y por otro la expandió al universo, no como una forma de la identidad sino del juego involuntario, el dolor melancólico y una refinada culpa. Carlos Astrada pensó en la Patria como mito, Macedonio la entremezcló con su aristocrático ascetismo anulando las posibilidades del yo mundano y Walsh le hizo decir a su conscripto que moría gratuitamente en una revolución “no tiren hijos de puta”, observando que no pronunció “viva la Patria”. La Patria en la literatura es un fuerte arco implícito de nominaciones, desde el paisaje abstracto del Martín Fierro, esa grávida llanura de pocos nombres, hasta la Nueva York de Charly García en Soy un extraño.”

Según Daniel Link, hubo un tiempo en que la literatura ayudó a construir una identidad nacional. Pero ese tiempo ha pasado y “los resultados están a la vista. Todo patriotismo y todo nacionalismo son un obstáculo para la emancipación de las potencias creativas.”
 En oposición al lugar común, Ferrer piensa que la literatura ayuda menos a construir una identidad que a descrearla: “De no ser porque siempre están desbaratándose a sí mismas, una identidad y una identidad nacional serían invenciones peligrosas, a menos que sean empeños desesperados para que no se vaya cada uno por su lado. En cuanto a la literatura, no es una actividad edificante y no puede crear una identidad nacional, es decir un mito, pero con seguridad sí puede ayudar a descrearla.”
 Luis Chitarroni sostiene que el peligro mayor es el nacionalismo, aquel que impulsó a los autores del centenario: “Cierto nacionalismo a ultranza acompaña a menudo un diseño enfermizo. Y pasan los años malos y nos ponemos más ciegos (metafóricamente, claro; no nos convertimos en ciegos geniales, como Borges y como Milton).”

Ficción y Nación. Ricardo Rojas, en el Prefacio a su Historia de la literatura argentina, escribió: “Una literatura nacional es fruto de inteligencias individuales, pero éstas son actividades de la conciencia colectiva de un pueblo, cuyos órganos históricos son el territorio, la raza, el idioma, la tradición. La tónica resultante de esos cuatro elementos se traduce en un modo de comprender, de sentir y de practicar la vida, o sea en el alma de la nación, cuyo documento es la literatura”. Hoy la idea de Rojas puede parecer insostenible para un sector de la crítica. Rojas no se cuestiona la idea de alma y, mucho menos, el alma de la nación, expresión que en sí misma encierra un postulado metafísico. Habría que pensar cuándo hemos dejado de pensar –en un sentido fuerte– la idea de identidad nacional en las ficciones y de qué forma surgen y caen ciertas formas ciegas de la realidad o mitos fundacionales. En todo caso, las novelas, los cuentos y los poemas escritos por autores argentinos han promovido y difundido mitos o relatos necesarios pero no menos falaces que los iniciales relatos fundacionales con la diferencia de que los más recientes son más irónicos y han tomado la suficiente distancia para burlarse de la ingenuidad de Rojas o, incluso, de Borges. Quizás la opinión de Dardo Scavino sea representativa de aquellos intelectuales que se encuentran en las antípodas del pensamiento de los nacionalistas del primer centenario. Para Scavino, autor de Narraciones de la independencia, “expresiones como Independencia de la Argentina o Bicentenario forman parte de los mitos que inventaron retrospectivamente la llamada identidad nacional, esa ficción según la cual antes del 9 de Julio de 1816 ya existía una Nación, Argentina, sometida al Imperio español, que ese día se emancipó y que hoy sigue siendo la misma de entonces. Los mitos nacionales son esas ficciones de identidad. Y las celebraciones sirven para eso: como en la misa, los asistentes confirman ahí que creen en ese mito. Todos los Estados Naciones precisan este tipo de ficciones. Sarmiento, Echeverría, Hernández, Lugones, Borges fueron trazando los límites simbólicos de lo que sería la Argentina. Cuando Borges se pregunta “Y fue por ese río de sueñera y de barro/que las proas vinieron a fundarme la patria”, ya está reproduciendo cierta “mitología” nacional que distingue a los “fundadores” de la patria de aquellos que se los comieron. Pero esos límites no cesan de ponerse en cuestión conflictivamente, y eso es la política.”
 Las ficciones argentinas han postulado, quizás involuntariamente, una idea de Nación y la Nación –como entelequia o como déspota que devora a sus hijos– necesita de los mitos, de las ficciones, para obtener su hálito profano. En 2016, la Argentina festeja –de nuevo– el doble movimiento entre ficción y Nación, ese vaivén simbólico que hace a una y a otra tener la patente de la existencia: la existencia débil o fuerte de los relatos que supimos conseguir.



Fabián Soberon