CULTURA HÉCTOR LIBERTELLA

Retrato de un patógrafo confeso

Autor de libros medulares para entender la tradición latinoamericana reciente, el Fondo de Cultura Económica reedita ¡Cavernícolas!, texto fundacional de uno de los mayores innovadores de la literatura argentina.

PERFIL COMPLETO

Foto:J.T.

A Héctor Libertella (Bahía Blanca, 1945-Buenos Aires, 2006) le gustaba señalar que en su apellido latía como un destino manifiesto una etimología: libro para la tierra.

No es el caso de ponderar aquí el grado de exactitud o de invención de esa arqueología ejercida sobre el propio nombre, pero no caben dudas de que quien fue en vida uno de los escritores más literalmente excepcionales de estas tierras se dedicó a cultivar a través de su obra, con una radicalidad precoz que no fue en menoscabo de su infalible lucidez, un íntimo jardín de la palabra; y que ese terruño se afincó en el margen más perturbador de la literatura de un país marginal, ubicación que, según el propio Libertella, lo convertía en un escritor centralmente argentino.
Este carácter libertelúrico atañe sobre todo a la letra impresa de su obra –a la que Libertella solía apegarse al punto de autodefinirse como un auténtico patógrafo–, pero también a sus modos de relación con el mundo. Como pocos escritores (Céline, Beckett, Macedonio, Lezama Lima, Borges, Juanele Ortiz, Calveyra), Libertella logró sostener su vida en sociedad como una prolongación de su obra; o, si se prefiere evitar la hipérbole, ostentaba, en su gozosa y hospitalaria conversación, grados de invención y de agudeza –y, sobre todo, un fraseo de la lengua– tan provocadores y deslumbrantes como los que era capaz de alcanzar en sus libros.

Esta condición singular pudieron comprobarla y disfrutarla sus contemporáneos más estrictos, algunos de los cuales contribuyeron a configurar junto a él la que tal vez haya sido la última vanguardia posible de la literatura argentina (Germán García, Osvaldo Lamborghini, Luis Gusmán, coartífices de la revista Literal), pero también otros, como Ricardo Piglia, Josefina Ludmer y Nicolás Rosa que por esos mismos años hacían, además de sus propias ficciones o críticas, la revista Los libros; y desde luego aquellos otros, muy próximos de Libertella en el afecto y en otras empresas literarias más cercanas a Lezama Lima que a Lacan, como Tamara Kamenszain, pareja de Libertella durante años, Arturo Carrera y César Aira; y, finalmente, quienes pertenecemos a generaciones posteriores, en un arco que incluye a Sergio Bizzio y a Daniel Guebel, a Alan Pauls y a Damián Tabarovsky, a Martín Kohan y a Ricardo Strafacce, y, entre otros, a Marcelo Damiani y a Rafael Cippolini, y que bien podría culminar provisoriamente en su propio hijo Mauro, quien, en su conmovedor texto Mi libro enterrado, deja constancia no sólo de los últimos días de su padre sino también de los efectos de la obra de éste en la propia.

En esa encrucijada de escritores y de escrituras, a veces simultánea y, en otros casos, más parecida a una carrera de postas, tuvo y aún tiene lugar el incomparable paseo internacional del perverso de la obra literaria de Héctor Libertella.

Autor de dos novelas escritas e ilustradas por él mismo a los 12 años, lanzado a la siempre resbalosa notoriedad literaria a los 23 por su novela El camino de los hiperbóreos (Premio Paidós, 1968) y confirmado en ese destino madrugador tres años más tarde gracias a su novela Aventuras de los miticistas (Premio Monte Avila, 1971), Libertella fue persistentemente precoz. No como una forma de anticiparse a un futuro que, como le gustaba afirmar, ya ha sido y se dedica a volver incansablemente, sino como un medio de traspapelar toda puntualidad posible, de esgrimir un atajo para escapar a la tiranía de toda forma de previsibilidad en el devenir de los hechos y de sus significados.

En sus libros, un puñado de títulos escritos (y frecuentemente reescritos) con una máquina de escribir portátil, buscando mimar artesanalmente todos los rasgos de la página de un libro impreso, Libertella fue fiel a su programa generacional: emasculó la ficción de sus atributos anecdóticos y de sus determinaciones causales y psicologistas, la pesada herencia del realismo, como si en algún momento, de una vez y para siempre, hubiese decretado que toda compulsión a caer en linealidades o en significaciones unívocas debía ser desterrada. Se rebeló, también –como señala Raúl Antelo en su notable ensayo Teoría de la caverna. Los restos de un futuro que vuelve incluido en El efecto Libertella, compilación de trabajos en torno a la obra del escritor realizada por Marcelo Damiani y publicada por Beatriz Viterbo–, contra una supuesta autonomía del arte, contra todo formalismo, contra la trampa de todo dualismo.

Reescritura permanente y persistente ejercicio a medio camino entre la ficción y el ensayo, la de Libertella es, si cabe, una auténtica escritura en superficie: toda realidad sólo parece posible, en ella, dentro de los límites del lenguaje, como si nada pudiera ser real o verdadero fuera de esa casa del ser que es, parafraseando a Heidegger, la palabra.

Y, sin embargo, lo que confiere a la obra ficcional o ensayística de Libertella un carácter único dentro de su estirpe literaria es la refinada sensibilidad para establecer, respecto de su fatal bidimensionalidad pampeana, de esa realidad restringida a la tipografía de la escritura, la perpendicularidad de una emoción que está en la lengua y que, al mismo tiempo, la perfora, la trasciende, no en un sentido kantiano sino heroicamente topográfico: la letra, con tinta, se cumple y, al mismo tiempo, se desplaza hacia su disolución, reclamando la intervención de un lector que deberá decidir, en cada frase, el grado de oscuridad y de transparencia, de hermetismo y de comunicabilidad que está dispuesto a conceder a lo que lee.

Fragmentada y disruptiva, en busca de un territorio utópico “siempre resistente a la interpretación”, como se describe el ghetto de El árbol de Saussure (2000), la escritura de Libertella es en cierto modo imposible de fijar. Pasible de ser descripta según el principio de incertidumbre de Heisenberg (es imposible saber, al mismo tiempo, la velocidad y la posición de una partícula subatómica, en un momento dado), acomete la atrincherada conciencia de su lector, no con el ímpetu de un ejército regular sino con la imprevisible y devastadora táctica de una guerrilla, cuyas Personas en pose de combate (1975) ejercen su lucha cambiando constantemente de posición.

Tuve el honor de editar y publicar en Losada uno de los últimos libros que Héctor Libertella entregó a un editor: El lugar que no está ahí, reescritura de uno de los textos incluidos en ¡Cavernícolas! (libro que ahora reedita Fondo de Cultura Económica): La historia de historias de Antonio Pigafetta, relato que es, a su vez, una reescritura libérrima del Primer viaje alrededor del mundo, que el propio Pigafetta escribió como testimonio de su participación en el célebre periplo iniciado por Fernando de Magallanes y culminado, por conocidas razones de fuerza mayor, por Juan Sebastián Elcano.

Cada encuentro con Héctor –quien, en verdad, me había ofrecido varios originales, en su emblemática presentación a máquina de escribir, casi todos reescrituras de libros suyos ya publicados– era una fiesta.

El cáncer todavía no había golpeado a su puerta, pero era evidente que su salud no era buena y, al mismo tiempo, que él se empeñaba en transmitir lo contrario, a fuerza de una cordialidad nunca impostada que llevaba las cosas, incluida la propia desgracia, hacia el territorio de una forma irónica pero cierta de la celebración, de la risa: Héctor era capaz de convertir el pesado envés de la existencia en un asunto irrisorio, condensando su propio padecer en una frase impecable que buscaba lugar no en una lápida sino en la página de un libro por reescribir.

Entre las muchas enseñanzas que me dejó ese último tramo de nuestra relación, intermitente pero siempre cómplice y afectuosa a lo largo de veinte años, la más inesperada fue que, mientras en el texto que íbamos a publicar Héctor mantenía su innegociable resistencia a las explicaciones, en las líneas para la contratapa que él mismo había escrito, realizó una auténtica traducción, es decir, un traslado desde el espacio de la escritura del autor al territorio necesariamente comunicativo, mercantil, del editor, que es quien debe hablar en la contratapa. Me permito transcribirlo aquí:

“Hace unos 485 años, el autor de este libro decidió subir al barco de Magallanes en la primera vuelta al mundo. Fragmentos del relato de esta bella y terrible aventura fueron publicados por etapas y después reescritos y traducidos a otras lenguas. Pero el viaje ya terminó y ahora Libertella nos ofrece la versión completa y definitiva.

“El lugar que no está ahí es, desde su mismo título, la exploración de un espacio en otra dimensión. Los marineros tienen la consistencia del fantasma. Magallanes muere, y no muere. El cronista Pigafetta, sumido en una laguna mental tan grande como el océano Pacífico, reemplaza memoria por sueño. La narración va hacia delante en busca de la línea recta del horizonte, que nunca se alcanzará porque la Tierra es redonda. Los hechos, siempre un poco a la deriva, exacerban al lector. El acompañará esta aventura como si la hubiera inventado.”

Remito a los lectores de esta nota a confrontar este texto, escrito por Libertella pero suscripto por el editor, con el del libro suscripto por el propio Héctor. No se me ocurre mejor modo de introducción a la sofisticada y al mismo tiempo simple y llana inteligencia de alguien que, como él, tenía muy presente que Hermes era, para los griegos, el dios del misterio, de lo hermético, pero también y al mismo tiempo, el de los ladrones y los comerciantes. O, como él mismo gustaba decir, que allí donde hay un solo lector, es posible configurar un mercado.

Y, desde luego, los conmino a que vayan y compren esta reedición de ¡Cavernícolas!, y a que exijan a los editores que reediten prontamente la totalidad de los libros de este formidable patógrafo confeso.



Guillermo Saavedra