CULTURA ENTREVISTA EN PROFUNDIDAD

Sarlo: "Me resulta difícil responder por qué son K los intelectuales más jóvenes"

Desde hace décadas, se destaca no sólo como historiadora de la literatura y conspicua crítica literaria, sino esencialmente como una sagaz observadora política.

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Foto:Télam

¿Qué es básico para la formación de un intelectual?
—Un saber específico. Porque a partir del mismo puede elaborar argumentos sobre cuestiones que no pertenecen estrictamente a ese campo. La idea de un intelectual generalista es una idea realmente arcaica y no estoy segura de que haya funcionado nunca.
—Una noción más bien conservadora.
—No sé si es conservadora, lo que no sé es si ha funcionado alguna vez. Al pensar en el siglo XX argentino allí no hay intelectuales sin saber específico. Pienso en Martínez Estrada, David Viñas o Tulio Halperín Donghi, y es claro que lo tenían. Por ejemplo, Martínez Estrada escribió posiblemente el mayor libro de crítica literaria de Argentina que es Muerte y transfiguración de Martín Fierro. Y después pudo escribir un libro sobre el peronismo, pensar al peronismo, que no era su objeto de saber. Hay un ejército de sociólogos, y muy pocos convertidos en intelectuales. Se puede mencionar a Guillermo O’Donnell, típico sociólogo con aportes importantes en su campo de saber, y luego esos aportes funcionaron en un sentido más ideológico-político.
—¿Qué piensa del rol del intelectual cuando es vocero de la oficialidad, como es el caso de Carta Abierta?
—Me parece perfectamente legítimo que un conjunto de intelectuales y académicos manifiesten su apoyo a un gobierno. No veo problemas en eso. Los problemas están en las modalidades de ese apoyo. Un intelectual resigna los rasgos que lo constituyen cuando deja de argumentar según tres reglas básicas: la regla de la buena fe, que obliga a no pasar por alto, por cálculo táctico, aquello que parece criticable en la política que se defiende; la regla de rechazar el autoengaño, que suspende el examen de cuestiones contradictorias, falsedades o mentiras en función de una marcha progresiva de la historia que, justamente así, queda sin ser demostrada; tercero, la regla de la buena argumentación, que implica aplicar ese método de discusión al campo propio y al ajeno. El intelectual oficialista no debería hacer una excepción con sus propias ideas, que necesitan someterse al mismo ejercicio crítico que las ideas de sus adversarios.
—¿Por qué cree que el kirchnerismo sedujo a muchos intelectuales?
—Quienes forman parte de mi generación, ven en el kirchnerismo la última oportunidad para vivir en este mundo la realización de ideales y proyectos que fracasaron en los 70. El kirchnerismo los ha convencido de que es la post forma de los paleoideales. En lugar que pensar qué significan hoy igualdad y justicia, se resignan a no ser contemporáneos del presente aunque crean serlo: encuentran en esta coyuntura las huellas del pasado, más que los anuncios del futuro. Se han convertido en una rara especie de realpolitiker ideológicos. Me resulta más difícil responder por qué son kirchneristas los intelectuales más jóvenes. La fuerza de una mitología de modulación popular, reduplicada en Néstor y Cristina, ha marcado a técnicos y académicos de nuevas promociones que encuentran en esta última versión del peronismo un impulso fundacional donde se tejen juvenilismo (más allá de los verdaderamente jóvenes) y fuerza de decisión política, liderazgo carismático y populismo de buena ley (es decir, populismo redefinido por la teoría).
—Para el reconocimiento intelectual, hay un retroceso en publicaciones periódicas y su circulación, que supongo tiene que ver con el funcionamiento de las redes sociales. Hoy no existen publicaciones sin ayuda oficial, no hay pauta publicitaria disponible para una revista cultural.
—Ahí existen varios fenómenos que se deben analizar. Uno es que algunos diarios se propusieron dar a sus lectores revistas culturales semanales. Empezaron a sobreimprimirse sobre el campo de las revistas culturales periódicas, y además utilizaron a los escritores preparados allí. Esa fue una transformación fuerte, se llevaron a todos, sin excepción, que comienza en los años 90, y se acentúa cuando aparecen la revista cultural de Clarín o ADN, y se aumentan las páginas de las mismas. La otra cuestión se encuentra en los kioscos, que se transformaron. Ya no pueden exhibir revistas culturales independientes, sobre todo por la cantidad de material proveniente de la importación durante la época del menemismo, y entonces empiezan a ser barridas del kiosco. No desaparecen los avisadores solamente, la cuestión es que la revista queda apresada en un mercado que ya no es receptivo, sumando a los potenciales escritores migrados a otros lugares abiertos por el periodismo. El periodismo no se hace más culto, sino que se abren los temas culturales que reemplazan a sus temas clásicos como pueden ser la política, la economía... Internet hace todo más sencillo, incluso la producción de una revista. Se escribe al mismo tiempo que se publica y en formato gratuito. Además, combina con una modalidad del uso de los recursos culturales por parte de un público más joven. ¿Eso sucede así en todas partes? No estoy segura.
—Según el informe de Kulesz sobre la edición digital, India es el país con mayor cantidad de investigadores dedicados al tema, al punto que han desarrollado una tablet con una pila que dura una semana. Eso sería una solución para la educación en torno a la red wi-fi, ahorrando recursos como libros de textos, información y distribución de contenidos multimedia. En Rusia se utilizan los dispositivos telefónicos para la lectura...
—En Estados Unidos también se está leyendo mucho sobre la pantalla telefónica. Sabemos que ése es el fenómeno, ahora, ¿son resistencias arcaicas o son formas que también van a sobrevivir en paralelo con aquellas que se mantienen sobre papel? Para los optimistas tecnológicos esas formas están ineludiblemente destinadas a la desaparición. Y en el razonamiento advierten que no conectan con la cultura juvenil, y si eso no ocurre, no pueden conectar la herencia con el futuro. Veo ciertas apuestas, en otros países, donde el papel mantiene la especificidad. Te doy el ejemplo de la revista brasileña Piauí, que es extraordinaria. Anclada en una gran diagramación e impresión sobre papel, con notas muy extensas. Uno, acostumbrado al formato argentino, ve que para ellos 30 mil espacios es lo mínimo, y cuando terminás un artículo parece que escribiste un libro. Y tiene la siguiente política con la web: cuando sale impresa, durante un mes no está en la web, y al mes vencido, cuando sale el número siguiente aparece el anterior. No pierde lectores y mantiene su lugar. Ahora, ¿cuáles son las características de Piauí? Una es la extensión, porque ella define la forma y un pensamiento. Cuando te habituás a pensar una nota en 40 mil espacios se te amplía inmediatamente la cabeza, esa forma define. Por otra parte, la otra característica es el requisito de la buena escritura. Se puede decir: qué requisito arcaico. Sin embargo, terminás de leer los números de esta revista y la buena escritura le da un plus. Como The New Yorker, al que la buena escritura también se lo da. Otro rasgo característico es la inmensa extensión que tienen los artículos de The New Yorker, son interminables, no se los puede leer de una sola sentada. Sigue siendo una de las revistas socioculturales más importantes de Occidente. La pregunta sería, ¿son supérstites estas revistas en el medio del mar de la web, como náufragos en una pequeña islita, repitiendo cierta forma del pasado? ¿O es algo que puede continuar en paralelo? Esta es una pregunta que no podemos contestar hoy. Pero que define estilos de intervención, longitudes y públicos, y es una pregunta que se irá contestando porque es fundamental. Si yo digo que son supérstites me pierdo la persistencia, me pierdo el hecho de...
—La memoria.
—No, ni siquiera la memoria. Me desintereso de la memoria. Me pierdo la idea de que incluso haya capitalistas interesados en financiar estas revistas o que haya avisadores, me pierdo un dato del mercado también. El otro lado de la cuestión. Salvo excepciones, la web no se financia. Esta encrucijada es la que viven los diarios. Los diarios y las revistas están enfrentando el problema de que la producción de contenidos no está financiada en la web, y mirá que el New York Times le debe haber dado su vuelta al tema, y pueden ser vendidos como contenidos en todas las tablets que repartan todos los gobiernos del planeta. Y sin embargo, el New York Times está cobrando el ingreso a su página porque la web no se financia, porque es el diario sobre papel el que financia la producción del material de lectura.
—En ese contexto de pauta publicitaria insuficiente en lo virtual, se hace muy difícil pensar en proyectos web de información sostenibles.
—El diario El País, Le Monde, intentaron cobrar el acceso a la web, pero cedieron, porque los lectores en la web no quieren pagar. Una entrada de trescientos pesos a un recital es barata, ahora, una entrada de treinta pesos mensuales a material irrestricto es cara.
—Es lo que ocurre con los libros digitales, aunque tienen sistemas de seguridad terminan distribuidos libremente.
—La web hay que celebrarla, es el campo de la libertad. Algunas bandas hacen el tour mundial y por eso no les importa que les copien el CD. Pero otras bandas no pueden hacer eso. Y ahí se produce una aristocracia en la web, la cual compensa la falta de ingresos porque hace otro tipo de presentaciones. Pero eso no está al alcance de otros. Y después existen cambios en la modalidad de la lectura, que no sabemos cómo van a repercutir en el futuro. Es decir, hay quien dice “se lee cada vez más”. Antes de la aparición de internet, eso mismo se decía porque la gente leía carteles, boletos de colectivo, indicaciones de tránsito, y yo decía “qué razonamiento más idiota”. Podemos pensar que hoy se está leyendo cada vez más y que la web haya producido una expansión gigantesca de la lectura. Ahora, hay varios tipos de lectura. Hubo una que murió históricamente, que es la lectura intensiva, provocada por los textos religiosos. Aquellos protestantes que tenían un solo libro en la casa, y ese libro lo leían toda la vida, cada una de las páginas la atravesaban como con una sonda. Ninguno de nosotros hace esa lectura intensiva. Por ahí, en un momento de iluminación, podemos leer un poema con esa intensidad. Después viene la imprenta, la aparición de la novela y la biblioteca circulante, con una lectura extensiva. Nos acostumbramos a leer muchísimo material más rápido de lo que se leía antes de la aparición de la imprenta. Antes, los intelectuales más altos leían mucho menos material y más lento. Y ahora yo creo que viene un nuevo tipo de lectura. No en vano se usó la palabra “surf” para describir el uso que hacemos en la web, se trata de una lectura surfeada, por deslizamiento.
—Y por superficie.
—También. Pero yo no digo que no sea una lectura productiva, lo que creo es que es distinta. ¿Surgirá un nuevo lector del Finnegans Wake por deslizamiento? No lo puedo imaginar. La cuestión es qué tipo de textos soporta una lectura por deslizamiento. Cómo ciertos textos van a pasar a ser parte de la tradición, porque no aguantan ese tipo de lectura, es una cuestión que tendría que ser abordada hoy. Somos especialistas, aquellos capaces de tener varios tipos de lectura, los que andan a caballo con silla mexicana y también con silla inglesa. Pero los que se entrenan para la lectura en la web quizá no tengan el tipo de disposición que exigen los textos hasta 1950. ¿Cómo se lee por deslizamiento a Robbe-Grillet? A lo mejor no se lo puede leer por deslizamiento, y entonces pasará a la tradición como la Eneida. La web entrena para un tipo de lectura, y no vamos a vivir lo suficiente para ver cómo esto culmina. Por eso ciertos textos pasarán a ser tesoros de la tradición, no piezas vivientes del paisaje cultural o literario.



Omar Genovese