CULTURA TALLERES LITERARIOS

¿Se puede enseñar a ser escritor?

Tradición argentina por excelencia, la idea del taller de escritura es una de las constantes del panorama local, que invita a pensar el adentro y el afuera de un oficio esquivo. ¿Puede una profesión solitaria como la literatura aprenderse y enseñarse? Ejercicio legítimo o negocio para los incautos, un análisis de esa forma de terapia que consiste en leer y escribir en compañía.

.
. Foto:GET
La casa es enorme y tiene dos pisos. En el jardín hay una pileta, muchas plantas, tumbas de gatos y una pequeña escalera que sube hasta un cuarto. Allí una ventana, una silla, un escritorio. En ese pequeño cuarto en el fondo de la casa de Key West, Ernest Hemingway escribió novelas como Adiós a las armas y Tener o no tener.

La figura del escritor suele asociarse con esos escenarios. Sin embargo, en otra instancia de este proceso creativo, el escritor necesita la mirada del otro. Probablemente en ese mismo cuarto, Hemingway le respondió una carta a Francis Scott Fitzgerald con sus impresiones sobre su última novela, Suave es la noche. Fitzgerald se la había enviado para conocer su opinión.

Hoy en día en Argentina, especialmente en Buenos Aires, la oferta de talleres literarios florece en librerías, en espacios culturales y en los livings de las casas de los escritores. La escritora Samanta Schweblin, autora de libros de cuentos y una novela, se formó en estos espacios desde su adolescencia. Para ella es un fenómeno muy argentino. “No fue hasta que empecé a viajar por Latinoamérica que entendí que los únicos que teníamos esta tradición éramos nosotros –quizá había algo muy incipiente en México, pero hasta hace diez años era algo que sólo sucedía en Argentina–. Me di cuenta de la envidia que sentían mis pares cuando yo les contaba que iba al taller de Liliana Heker. Ahí entendí lo importantes que eran estos talleres para nuestra literatura”.

La dinámica suele ser siempre la misma: una ronda donde cada uno lee su material y luego los demás realizan una devolución con sus observaciones, guiados por un escritor que coordina el encuentro. A su vez, el coordinador recomienda lecturas y dicta consignas para motivar la escritura.

Claves. ¿A qué se debe esta gran convocatoria que suelen tener los talleres? Para la escritora Angela Pradelli –publicó este año El sol detrás del limonero–, que se formó en el taller de Guillermo Saccomanno, compartir lo escrito es una de las motivaciones principales. “Algunos escritores, que todavía no han publicado, buscan sus primeros lectores en los talleres, más allá de los amigos y familiares, que pueden tener una lectura relacionada con los afectos y, por lo tanto, menos crítica”.

El escritor Santiago Llach, que dicta talleres de escritura creativa y también de lectura, cree que este auge se inscribe en un boom de la educación informal, “quizás por la emergencia de internet: como reacción hay una necesidad de algo presencial, y puede tener que ver con este fenómeno de la educación continua vinculado con la crisis del saber universitario”. Para Llach, nuestro país replicó, a su manera, las maestrías en escritura creativa estadounidenses, porque la carrera de Letras no satisface la necesidad. “Es una formación más académica y crítica, que puede ser útil a la hora de escribir, pero en los talleres se trabaja el hábito de una escritura más creativa”, agrega el escritor. Schweblin adhiere: “En la carrera de Letras se excluía, hasta hace muy poco, cualquier contacto real con la cocina de la escritura”.

Para Schweblin, además de una tradición literaria de cuentistas –un género que se trabaja mucho en los talleres–, influye también una actitud más activa hacia las artes en general. “Antes había muchísimos talleres literarios, que en realidad eran talleres de lectura, no de producción. Hoy un taller literario es un taller de apropiación de la literatura, hoy somos más escritores que lectores, y no está mal, hay que perderle el miedo a esta idea”.

La búsqueda. ¿Qué buscan quienes asisten a un taller? Selva Almada menciona algunas razones: “Algunos funcionan como lugares de prestigio. También existe la fantasía de que ir a un taller es un escalón para la publicación, o para conocer personalmente a un escritor que admiramos”. La escritora entrerriana se formó en el taller de Alberto Laiseca y ahora dicta clínicas narrativas y talleres de lectura.

“Siempre hubo una instancia que es una instancia en soledad, de la lectura en solitario, y después hay un montón de otras escenas donde los relatos circulan socialmente”, explica Llach, autor de Crónicas canallas, y agrega: “La escena del taller es una preparación para otra cosa –una novela, una publicación–, pero también es eso que está ahí: un grupo que se reúne a contar cosas que de algún modo lo inquietan”.

“Elijo talleres porque necesito, por un lado, la presión que genera el tallerista, y por el otro, el efecto contagio que se da cuando se está en un grupo que escribe. El acto de escribir es algo muy solitario y me sirve ir compartiéndolo con otras personas, ver si se entiende lo que armo, escuchar opciones e ideas ajenas. Y también el ejercicio de escuchar a los demás es muy enriquecedor. Te hace pensar sí o sí”, explica Mariana Leonhard, quien tiene una novela escrita y asiste a talleres desde hace algunos años. El taller aparece como el lugar que contribuye a incorporar el hábito de la escritura. Aunque, con el tiempo, Leonhard admite que esa presión a veces se diluye. “Lo que siempre sucede es que el grupo termina consolidándose más como un grupo de amigos que como un grupo de trabajo, y eso siempre repercute en la escritura: salvo por algunas excepciones, a la larga todos dejamos de escribir”. En esos casos, los asistentes siguen yendo pero como lectores de los que sí escriben. Y aparece como clave el rol de la persona que coordina el taller: “Hace un par de semanas la profesora me dijo ‘traé algo, lo que sea, algo viejo, sin terminar, para corregir, cualquier cosa’. Ese tipo de presión fue lo que necesité para empezar a retomar la escritura”, concluye Leonhard.

Para que la dinámica funcione, es tan importante el rol del coordinador como el de los asistentes. Aquel que va a lucirse no sobrevive en un buen taller.

El escritor José María Brindisi, que dicta talleres de escritura desde hace muchos años, señala dos condiciones imprescindibles: “La capacidad crítica, porque hablar en voz alta de las virtudes y los problemas de los textos ajenos decanta en la propia escritura; y por otro lado, la permeabilidad, es decir, la predisposición a escuchar y aceptar (no siempre, y esa suerte de independencia es esencial)”.

Para Brindisi, docente también de Casa de Letras, las personas que asisten a un taller deben tener la literatura como una prioridad. “Definitivamente, no como hobby, entre otras cosas porque yo pierdo interés en trabajar con esa persona, pero sobre todo porque esa persona no va a bancarse la crudeza de lo que eventualmente tenga para decirle”.
Por su parte, Pablo Ramos sostiene que quien asiste al taller debe tener “el deseo sincero de escribir, sin importarle publicar”.

Algunos reparos. Hace dos años, el novelista y guionista Hanif Kureishi dijo en un festival literario que las cátedras de escritura creativa no sirven para nada. El escritor inglés, autor de El buda de los suburbios, entre otros títulos, dijo que estos cursos son “los nuevos hospitales psiquiátricos” y que son una pérdida de tiempo. Podríamos decir que habla desde la experiencia: él mismo es profesor asociado en un curso de escritura creativa de Kingston University. El consejo que da Kureishi a los que desean ser escritores es que lean, que lean mucho. Sin embargo, un excelente lector no siempre resulta un buen escritor…

Para Daniel Link, escritor y catedrático, los talleres literarios sirven en el caso de que “no se tenga posibilidades de realizar estudios formales de literatura” cuando uno es muy joven. Y para que el taller sea bueno, Link advierte que debería “identificar los defectos de cada tallerista y estimularlo para que los solucione”.

Durante el auge de los blogs, allá por 2004, el escritor Hernán Casciari publicó en Orsai una columna afirmando la muerte de los talleres literarios a manos de los blogs. Como tantas muertes anunciadas, ésta no sucedió. Sin embargo, algunos escritores coinciden off the record con las observaciones del autor de Más respeto que soy tu madre. Según Casciari, los talleres servían antes de la llegada de internet para un fin muy alejado al narrativo, ya que lo que se buscaba era, digamos, “compañía”, y con la llegada de internet se abrieron nuevos canales para sentirse menos solos. Para el autor de El pibe que arruinaba las fotos, los que buscaban sexo ahora lo encuentran en las redes sociales, y los que buscaban mejorar su escritura ahora lo logran –o lo lograban– en los blogs. “Para el arte de narrar, es mucho mejor escribir en un blog que ir a un taller”, concluye Casciari en su columna.

Otro argumento que suelen usar quienes critican estos espacios es citar a grandes escritores que no asistieron a ningún tipo de taller: Franz Kafka, Julio Verne, Virginia Woolf, y así se podría seguir un buen rato. Lo cierto es que ninguno de estos autores pagó para que un escritor leyera lo que había escrito, pero sí podemos afirmar que la mayoría compartió sus textos con colegas deseosos de conocer sus impresiones.

Un trabajo para los escritores. Como Kureishi, algunos escritores se burlan de las personas que asisten a estos espacios, diciendo que están perdiendo el tiempo y la plata. Sin embargo, son pocos los que lo dicen de una forma tan rotunda como Kureishi. Quizás porque la mayoría de los escritores dan talleres. Frente al panorama de la industria editorial, donde los contratos suelen otorgarles pequeños adelantos y porcentajes menores en la venta de ejemplares, son muchos los que encuentran en los talleres un trabajo digno. Como explica Almada, esta alternativa aparece como “la manera que buena parte de los escritores encontramos para ganarnos la vida; en un oficio que está precarizado, que es inestable, coordinar talleres funciona como una entrada de dinero bastante rentable”.

El estilo propio. Entre los vicios en los que se puede caer, los entrevistados coinciden en señalar cómo, a veces, un coordinador homogeneiza la escritura. “Si hago un taller literario y todos mis alumnos escriben como yo, el taller es malo”, escribió Fabián Casas. Lo mismo señala Almada: “A veces los talleristas salen convertidos en clones del coordinador. Es difícil luchar contra la tentación de hacer que todos escriban lo que nos gusta leer o lo que nos gustaría leer; o hacer que lo hagan de la manera en que lo haría yo”.

Como todo buen lector no es por transferencia un buen escritor, no siempre un gran escritor es un coordinador ideal. “Un buen docente puede ser un mal escritor, y un gran escritor puede ser un pésimo docente”, opina Schweblin, y agrega: “El peligro sería un taller en el que la ‘verdad’ provenga del tallerista y no del propio material que propone cada texto, esos talleres en los que todo el mundo termina escribiendo igual y leyendo a los mismos dioses. Me han tocado malos talleres, y sí es verdad que pueden hacer daño. Pueden romper cosas que luego difícilmente puedan arreglarse”.

El escritor Pablo Ramos, autor de novelas como La ley de la ferocidad y El origen de la tristeza, menciona cómo lo ayudó asistir al taller de Liliana Heker, a quien considera una “escritora extraordinaria y una maestra sublime”. “Escribir bien es fácil, sin gerundios, pocos adverbios, poca descripción y pocos adjetivos. Ahora, escribir una gran historia es otra cosa: es encontrar la esencia espiritual de lo vivido y ordenar esas situaciones de la manera en que reflejen mejor lo emocional. La literatura es un arte de trazos gruesos, la belleza habita en el subtexto; uno no corrige un texto, se corrige uno y desde ahí vuelve a abordar la cosa”.

“Escucho a muchos defenestrar los talleres, hasta el día en que les va bien con una publicación y ahí empiezan a dictarlos. No iría a ese taller”, opina Ramos, y sintetiza en una línea la tarea del buen maestro: “Tener capacidad de ver y expresar el problema de una historia y dar una línea de corrección sin ser conductista es un arte aparte. No todos lo saben hacer”.
Son muchos los escritores argentinos que reconocen la generosidad de sus maestros literarios. Para Almada, el taller de Laiseca fue su lugar de pertenencia durante años. “Lai y mis compañeros fueron necesarios para mí y para todo lo que escribí. Creo que lo bueno de los talleres es esa compañía”. Para Llach se puede escribir solo, aunque no cree que exista el caso “de un escritor solo en su buhardilla que escribe y publica una obra genial”, ya que “el cotejo con los otros, llámense talleristas, colegas, editores, lectores, es necesario siempre”.

Brindisi destaca cómo estos espacios sirven para convivir con la literatura de manera más intensa. “Un buen taller es una red de influencias, lecturas, discusiones. Es, o debería ser, un mundo que se abre cada vez más”. Además, para el autor de Placebo es un espacio para convertir la escritura en un oficio: “Todo el tiempo me cruzo con gente talentosa, que cinco años más tarde sigue siendo sólo eso: talentosa. Pero el talento hay que desarrollarlo, y existe algo que se llama ‘oficio’”.

Aunque no se trate de una instancia imprescindible, Schweblin reconoce que siempre existirá la influencia de un otro. “Se puede no haber pasado nunca por un taller y ser un gran escritor. Pero siempre habrá detrás grandes maestros, gente que nos deslumbró y que admiramos. El taller ocupa un poco ese lugar, y en el mejor de los casos, lo hace desde una voz más ecléctica y democrática, que es la de un grupo de muchos otros metidos en el mismo embrollo”, concluye.

Malena Sanchez Moccero