CULTURA

Simon Garfield y su ‘Curiosa historia de la correspondencia’

Después de haber escrito sobre los mapas (En el mapa) y la tipografía (Es mi tipo), el periodista británico presenta un ensayo sobre el género epistolar, el correo y los buzones.

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Foto:Cedoc Perfil
Amoroso homenaje a una forma de comunicación que llega a su ocaso después de dos mil años; carta de despedida a “la forma utópica de la conversación (…) que hace del futuro el único lugar posible del diálogo” –según leemos en Respiración artificial, de Ricardo Piglia–, la carta es lo único capaz de revivir a una persona y su mundo. Y por supuesto, Posdata. Curiosa historia de la correspondencia, de Simon Garfield, lo demuestra.
Desde las tablillas del siglo I d.C. encontradas en la Bretaña romana con invitaciones a cumpleaños y pedidos de vituallas para los soldados, pasando por las colecciones de cartas del maestro del arte de la oratoria, Cicerón, a las famosas misivas enviadas por Plinio el Joven narrando la destrucción de Pompeya y Herculano, aparece la primera carta de amor que se conserva de la Antigüedad, del mismo Plinio, a su tercera esposa (“No te imaginas el anhelo de ti que me posee”) o las enviadas por el futuro emperador Marco Aurelio a su amado tutor lamentándose de ser el causante de su dolor de rodillas, el género, junto con el alfabetismo, desaparecen hasta el siglo XII, cuando se produce la mayor tragedia romántica registrada en formato epistolar: la historia de Abelardo y Eloísa, que Petrarca redescubre. Devoto del género al punto de escribir su biografía en forma de carta: “A la posteridad”, su evidente confianza en el futuro lo convierte en el mayor de los utópicos.
Los manuales de escritura epistolar que no dejan de publicarse desde los comienzos hablan de la alta formalización de un género (de hecho, las formas de saludo o la disposición en la página no cambiaron en dos milenios) que no impidió a sus seguidores reconocerle el poder de exudar subjetividad, como lo demuestran las cartas enviadas por Erasmo a su hermano con reclamos afectivos por la falta de respuesta, la ansiedad erótica de Enrique VIII que trasuntan sus cartas a Ana Bolena o el carácter concentrado y meláncolico de Emily Dickinson expresado en su última carta: “Primitas:/ Me reclaman./ Emily”.
Pero también adquieren la rara capacidad de reemplazar al destinatario, de convertirse en su sustituto, como lo prueba la relación amorosa que se construye a lo largo del intercambio epistolar entre un soldado inglés durante la Segunda Guerra Mundial y su futura esposa que el autor de este trabajo intercala, en forma cronológica, haciéndonos testigos y voyeurs de la intimidad de dos desconocidos, de manera que al finalizar el libro lo único que nos interesa es saber cómo acabó su historia.
Mientras tanto leemos los chismes de la corte de Luis XIV en la pluma mordaz de Mme. de Sévigné; la carta más corta de la historia, la que le mandó Victor Hugo, preocupado por las ventas de Los miserables, a su editor: “?” (a lo que su editor respondió: “!”); la consternación que el suicidio de Virginia Woolf produjo en su sociedad, en las cartas de pésame a Leonard Woolf y una clase de maestría en el arte de la escritura epistolar, la edición de Cartas, de Ted Hughes.
Pero el correo electrónico arrasó. Hoy los mails se cierran con un “beso” en singular y se firman con una inicial en minúscula. Una convención como cualquier otra –sólo que con un corresponsal más abstracto– en el más convencional de todos los géneros.

Maria Eugenia Villalonga