CULTURA JUAN JOSE SAER

Todos los mundos posibles

Reconocido dentro y fuera de la Argentina como uno de los mayores exponentes de la lengua, este año se cumplen los 80 del nacimiento de Juan José Saer (1937 - 2005). Adelantamos la gran muestra que esta semana se inaugura en Santa Fe, y lo que está por venir para homenajearlo: un coloquio internacional, una nueva película sobre su vida y un nuevo libro.

En 1984, María Teresa Gramuglio le envió a Juan José Saer un largo cuestionario, a modo de entrevista. Asimismo, estuvieron de acuerdo en que tanto preguntas como respuestas fueran por escrito. Ambos confiaban en que de esa manera evitarían “la trampa de la escripción”, el término que Roland Barthes usó para definir el pasaje de la inocencia de la oralidad a la vigilancia de la escritura. Aunque ninguno de los dos, se intuye, haya pensado en tal candor de la primera. Pero a ese proyecto de estos dos amigos e intelectuales le faltaba una nueva vuelta de tuerca: Saer, además de evitarse la trasposición de lo oral a lo escrito, de saltearse la escena de intimidad que podría darse entre el entrevistador y el entrevistado, el acceso directo a la palabra del otro, suprime las preguntas. Escribe, entonces, respuestas que remedan ese cuestionario. En definitiva, escribe (sus) Razones, y así lo llaman y lo publican. Las dos inteligencias en contacto, la de Gramuglio y la de Saer, arrojan unas iluminaciones fragmentarias a modo de ars poetica, tratado sobre política y literatura, novela de aprendizaje, lecturas y divagues.

En esa suerte de prólogo de una antología de relatos inéditos, textos que eligió el propio Saer y un estudio de María Teresa Gramuglio, salió publicado con el título de Juan José Saer por Juan José Saer en 1986. El lugar de Saer –así se llama el artículo de Gramuglio–, lejos de ser, como muchos epílogos intentan, un espacio de cierre y clausura, es, por el contrario, algo de lo más abierto y esclarecedor que se haya escrito sobre él. A 25 años de la publicación del primer libro de Saer, La zona (1960), la crítica literaria se interroga (y contesta, claro) si no es tiempo de buscar algo más que una descripción de procedimientos constructivos. Detecta, tempranamente, el síntoma de ese texto –de la literatura de Saer, general– de abandonarse en esos asuntos y no contemplar otros. Cuestiones que tienen que ver con esa obra y el tiempo en el que vive, la apuesta del artista, lo efímero o no de la escritura, la obra bella frente al trabajo efectivo son algunas de las propuestas que hicieron expandir la literatura de Saer y con lo cual María Teresa tuvo mucho que ver.
Además, en ese mismo libro hay una foto del escritor santafesino. Se lo ve mirar de reojo, con una semisonrisa y el pelo algo alborotado. ¿Por qué él fue ese que fue y escribió lo que escribió? El mismo interrogante que el propio Saer se hacía de Miguel de Cervantes: “Para mí sigue siendo un misterio total. ¿Por qué le tocó escribir el Quijote a él, a ese soldado viejo, miserable, manco, que había estado en la cárcel?”.

Si leemos en Razones, ese prólogo-entrevista antes mencionado, la manera en que Saer hace “una concesión pedagógica” sobre sí mismo y escribe “Dicho esto, sí, nací en Serodino, provincia de Santa Fe, el 28 de junio de 1937. Mis padres eran inmigrantes sirios. Nos trasladamos a Santa Fe en enero de 1949. En 1962 me fui a vivir al campo, a Colastine norte, y en 1968, por muchas razones diferentes, voluntarias e involuntarias, a París. Tales son los hechos más salientes de mi biografía”, está la tentación de no meterse, en todo caso, mucho con su biografía. Por lo exigua, lo somera, lo discreta; también, por eso, prefigurar otra.

Ese ejercicio viene llevando a cabo Martín Prieto, profesor y crítico literario, desde hace mucho tiempo tanto estudiando sus textos como coordinando Año Saer, un programa de la provincia de Santa Fe, que comenzó el 28 de junio de 2016 y culminará el 28 de junio de este año, cuando se cumpla el 80º aniversario de su nacimiento. Para Prieto, esa infancia en Serondino, “el hecho de que Saer sea hijo de inmigrantes sirios (una colectividad pequeña en un pueblo pequeño), en un contexto no extremadamente favorable para el ejercicio de las letras (el padre quería que fuese abogado o que siguiera sus pasos en la tienda), atenta contra que haya terminado siendo uno de los grandes escritores argentinos”.
Uno que, en los años en que Gramuglio escribe, a comienzos de los 80, o cuando Adolfo Prieto, el padre de Martín Prieto, lo incluye en Literatura y subdesarrollo como un escritor para pensar los años de peronismo, ha tenido un círculo de lectores minoritarios. Que se fue ampliando, que creció y que las lecturas conjeturales (siempre las críticas lo son de algún modo) se fueron confirmando.

Hoy en día Saer no es más un escritor desconocido, aunque siga siendo un autor incómodo porque sus textos proponen un código propio, de desajuste y un tanto de conflicto con el lector. Quizá poco leído. O al menos estas intuiciones subyacen en las conmemoraciones y barruntan las faltas y las reparaciones.

Saer x Saer. Como si la impronta del libro citado al principio tuviera la pregnancia para sostenerse en el tiempo, nadie mejor que el propio autor para presentarse a sí mismo. Aun con esas pocas oraciones que apenas destacan su hilo de vida en Santa Fe. Eso ocurre en Conexión Saer, la muestra curada por María Teresa Constantin y Martín Prieto que forma parte de este programa extenso llamado Año Saer, y que se une a muchas otras actividades (ver recuadros); cuando se ingresa, el mismo autor los recibe. A los lectores fieles y a los futuros. Esa es al menos la esperanza de Constantin, que, a diferencia de Prieto, cree que Saer no es muy conocido aún. Mejor dicho: se lo conoce pero no se lo ha leído tanto. En cambio, el crítico literario puede evaluar la constante y persistente acumulación de lecturas saeriana: críticas, publicaciones, congresos y pedagogía. Este continuum es más que auspicioso.
En la primera sala del museo Rosa Galisteo, una de las tres que están involucradas para la exhibición, Saer guiña el ojo a los eventuales visitantes. Un gesto cómplice sustraído de una entrevista que le hicieron en 2002 para una Bienal de Santa Fe: “Miramos el crudo que conseguimos y ahí vimos ese momento, esos segundos, en los cuales Juan José le guiña el ojo a un amigo antes de empezar a hablar”, cuentan con entusiasmo los curadores. “Nos quedamos con esos segundos y los pusimos al comienzo, como una bienvenida”.

Además está su voz. Desafiando un poco la insuficiencia de la voz, de esa voz siempre muerta, de esa metonimia pobre, del grano de la voz sobre el que escribió Roland Barthes. Por el contrario, escucharlo hablar es impactante porque la sala se llena de presencia. La voz inunda el espacio, y en un loop, como el guiño, congela el tiempo. Es puro presente.
Ese era el guiño que estaban buscando y necesitaban para meterse en la biografía de Saer. Para “convertir un espacio expositivo museístico en una caja de resonancia donde vibren la vida y la obra de un escritor, sin abandonar, en el intento, los gestos curatoriales de una exposición artística en el cruce de diferentes disciplinas. Un ejercicio visual de ensayo literario y biográfico desplegado en el espacio”, tal como declaran en las palabras preliminares.

Contacto en Francia. Pero sobre todo, para hurgar en la intimidad de alguien que no quiso darla a conocer. Si el siglo XX derribó las barreras de una subjetividad entendida como el espacio privado e hizo de la interioridad, de lo íntimo (el diario, la carta) espacios de la literatura, escrituras del yo, es dable reflexionar de qué modo se ingresa al archivo personal. ¿Cuáles son los límites de ese corrimiento? “La esposa de Saer, que vive en Francia, me mostró algunos papeles y cartas con la premisa ‘vos los podés leer pero no hagas nada’. Por lo tanto, tuve un acceso discreto al archivo. Muy”, recuerda Prieto entre risas. Sin embargo, consiguieron que les dejara mostrar una carta que está en la muestra. Está dirigida a la madre. Con ella y con su hermana mantuvo correspondencia desde 1968, cuando se instaló en Francia, hasta 1978, cuando le ponen el teléfono. Las llamará todos los domingos. En esa epístola, le agradece que le haya mandado frazadas. “Está en el registro de la carta del inmigrante; del que se preocupa por la cotidianidad; en este caso, del frío”. O como él mismo escribió y puede leerse en uno de los textos de la muestra: “Lo que es mejor a orillas del Paraná que en París. El pan casero, el aire en invierno, los caballos, el jacarandá florecido, el amarillo y el moncholo, los aromos florecidos, el sol de enero y de febrero, los ríos espesos y entrecruzados, las guitarras súbitas, algún que otro pastizal, las piezas defendidas del sol por cortinas azules, los patios regados al atardecer, las achuras, las canoas, el olor de los paraísos, la arena hirviente, el azul turbio del cielo, la voz de las mujeres, el atardecer sin ruidos, el humo, la soledad, el benteveo, los perros, los campos de maíz, la siesta, los asados, el invierno entero, el barro atormentado de huellas de caballos, los naranjales, el fuego, las mañanas, el recuerdo, los domingos, el zenit, el esperma, la tierra, los detritus, las ocasiones, los juegos, la esperanza, el sonido, la madera, el destierro, la crecida, la seca, los espejismos de agua, las canoas, la muerte, el humus, el otoño, la fiebre, la llovizna, octubre, el sueño, el frío, los papeles, las lágrimas, los nombres”.

Conexiones. Si en el texto de Gramuglio estaba la invitación a pensar a Saer en sus múltiples posibilidades, esta exposición es un gran ejemplo. Desde el título alienta esa idea: “Primero nos conectamos nosotros dos: desde mi quehacer en las artes visuales y el de Martín en la literatura. Empezamos a pensar juntos, cuando nos dimos cuenta de que había que unir esas dos instancias. Tal como escribimos para la presentación: a las reflexiones sobre la vida y la obra de un escritor les cabe, preferentemente, un texto. Ensayo y crítica literaria, biografía, son sus géneros definidos. Y a los museos de arte les caben, preferentemente, como objetos de exposición, obras de arte”, explica Constantin. “Le pregunté a María Teresa si con esas cosas teníamos una muestra y ella me dijo que no. Nos faltaba mucho para eso; había que pensar en los espacios”, continúa Prieto. “Las salas, los lugares y el museo te dicen mucho de cómo van a ubicarse las obras y los documentos”, y ésa fue la tarea de la curadora.

El guión de una muestra anfibia entre la literatura y las artes visuales; el archivo personal, las fotos, los libros y los cuadros de Juan Pablo Renzi y Fernando Espino, a quienes el escritor admiró y para los que escribió textos. Esas obras se ubicaron en dos salas para cumplir con lo que María Teresa Constantin advierte que han logrado: “Una enorme prepotencia visual”.

El mapa y el territorio. El mapa está. Es el de Santa Fe y fue marcado por Saer. Hay una pantalla táctil que se puede activar para ver dónde está esto y aquello. Una manera de localizar su literatura. De territorializarla, cuando toda ella se desencajó de la orilla del Paraná, cruzó el Atlántico sin pasar por Buenos Aires y tuvo al Sena casi más tiempo como escenario que la ribera natal. A su vez, el Santa Fe de Saer es una zona. Un invento más cerca de una especulación filosófica, de un asunto literario que de un lugar determinado. Por la orilla del río, ese umbral difuso entre la arena y el agua, transitan los personajes y las ideas de los libros de Saer.

Por donde no pasaron fue por el llamado boom de la literatura latinoamericana. Su resistencia fue explícita tanto en la ficción como en las declaraciones. En El entenado monta esa obra de teatro, a modo de farsa, cuando el personaje regresa a Europa. Todo el tiempo se cambia el argumento, se vuelve disparatado, pero lo que importa es que haya naturaleza exuberante, indios medio en pelotas y el tópico de lo real maravilloso. En algunos reportajes fue aún más duro: “Yo creo que la filosofía de los autores del boom fue el mercado, y creo que ellos percibieron que en Estados Unidos se empezaba a ver este tipo de cosas que iban a ser, según mi opinión, la destrucción de la literatura latinoamericana”.

Los riesgos del color local están siempre presentes y Prieto lo sabe. Prefiere correrlos más por pedagogía que por confianza teórica. “Cuando enseñás literatura se verifica que lo que dice Borges del color local no es tan así, que no hay que prescindir de él. O por lo menos tenés alternativas. Si leés a Juan L. Ortiz y conocés el río, estás tentado de decir que es verdad, que el río te habla”.

Barthes escribió, en El grado cero de la escritura, que el estilo es aquello que está entre la mitología y la carne del escritor, y aquí se trata de tensar el límite de esta conexión. Para ello hay un diseño de dos grandes cuadros de clasificación: uno, de sus obras, y otro, de su personaje principal, Tomatis. “Nos interesaba armar un mapa de la obra de Saer y para ello encontré, solamente, 32 relaciones”, se burla Prieto del adverbio.

Un listado de temas, personajes, arte poética, contexto, ciudad unidos por líneas y flechas. El Aleph que contiene todo Saer en un museo de Santa Fe.

Laura Isola