CULTURA EL DIARIO DE VIAJE DE LEWIS CARROLL

Turismo para degenerados

Se publica por primera vez en Argentina la traducción del diario de Lewis Carroll en su viaje por Rusia.

PERFIL COMPLETO

Foto:Eduardo Lerke

Si se analizan las cartas que Lewis Carroll firmaba con su verdadero nombre, Charles Lutwidge Dodgson, y se cruzan con sus diarios, se encontrará un perturbador perfil de este diácono, profesor de matemática en Oxford, fotógrafo aficionado y autor de, entre otros libros, Alicia en el país de las maravillas y de Alicia a través del espejo, inspirados en Alicia Liddell, hija del reverendo Henry George Liddell. Este perfil evidencia su inquebrantable fe y su gusto por las niñas que, como consigna Javier Fernández Paupy, encargado de la traducción, en el posfacio y las notas de Diario de mi viaje a Rusia en 1867, quedó plasmado en los tres mil retratos fotográficos que hizo a niñas, en algunos de ellos semidesnudas, de los cuales se conservan mil ya que “destruyó muchas de esas copias para que no fueran reproducidas”. Las cartas, especialmente las compiladas en Cartas inéditas a Mabel Amy Burton, que es la correspondencia con una niña de 8 años, completan este singular perfil. Pero quizá este cruce sea excesivo y baste con este diario de viaje, ya que aquí se muestra como un hombre lleno de contradicciones entre virtud y pecado, moral y deseo, religión y turismo.

Diario de mi viaje a Rusia en 1867 es el registro del primer y único viaje que realizó fuera de Inglaterra, y es una ínfima parte de los 13 volúmenes de sus diarios, escritos durante toda su vida, de los cuales se conservan nueve volúmenes que van desde 1855 hasta su muerte, en 1897. El valor de este diario que presenta Mansalva es que fue el primer extracto de esta obra en aparecer hace ochenta años; en 1950 se publicó una selección de ella, y entre 1993 y 2008 salió una versión anotada y completa publicada por The Lewis Carroll Society. ¿Pero cuál es el valor literario de este diario? Fernández Paupy explica que el objetivo de este viaje fue “hacer contactos con el clero ortodoxo ruso y la iglesia anglicana”, y que “los intereses de Carroll y los de su amigo se oponen al perfil típico del turista”. Cabe aclarar que Carroll fue acompañado por Henry Liddon.

Si Dodgson no es el típico turista, hace muchos esfuerzos por serlo: recorre galerías de pintura, mausoleos, palacios y lugares típicos. Es un turista religioso, que perfectamente podría participar en el circuito papal que se hace por Buenos Aires para mostrar los lugares donde se movía Jorge Bergoglio antes de ser papa. En el prólogo de Viaje sentimental, de Lawrence Sterne, Elvio E. Gandolfo diferencia los diarios de viaje tradicionales del que hizo Sterne, y para ello se vale de una cita de Virginia Woolf: “En cualquier libro de viajes la Catedral siempre ha sido un edificio enorme y el hombre una figura pequeña”. Sterne, en cambio, hace del viaje una experiencia en sí, donde lo que hay que visitar o ver carece de importancia. Carroll aplica viejas recetas: “El día de ‘la bendición de las aguas’ una gran misa se llevó a cabo, en parte en la catedral y en parte en las orillas del río”, y cuatro días después, para el día del jubileo en Troitsa: “Acá me encontré en una posición excepcional, porque era el único vestido de laico entre muchos obispos y eclesiásticos”.

Sin embargo, si es un turista, lo es al modo que decía John Kennedy Toole: “Sólo los degenerados hacen turismo”. Y eso se profundiza en sus observaciones sobre los niños: en cada liturgia pareciera encontrar uno, esforzándose por describirlo. A finales de julio se detiene en un niño de tres años, cuya madre lo hace arrodillarse “hasta tocar el suelo con la frente”; a veces los dibuja, como en el camino a Nueva Jerusalén cuando ensaya dos dibujos de seis niños dentro y fuera de la casa en la que se encontraban, y desde luego también compara el rostro de los niños rusos y los alemanes: “Después de los niños rusos, cuyo tipo de rostro es por lo general feo y sólo excepcionalmente liso, es un gran alivio volver entre los alemanes”.

Carroll recorre Bruselas, Berlín, París, San Petersburgo, Moscú. En las 37 entradas de este libro no hay mucha reflexión sobre lo que significa este viaje; es más, hay pocas descripciones urbanas y de sus habitantes. Sin embargo, el mercado (Dvor) de Moscú le llama la atención y lo califica como un “lugar maravilloso” donde “constantemente nos estábamos encontrando con seres extraños, con aspecto poco saludable y vestimentas inauditas”; también le impresiona París, y en general los lugares en los que durmió y comió, remarcando que normalmente se levantaba a las cinco y media.

A 150 años de la publicación de Alicia en el país de las maravillas, la edición argentina de este diario entrega otra clave de lectura para este autor que fascinó a tantos niños y niñas.



Gonzalo Leon