CULTURA PALABRAS FINALES XX


Un canto de cisne a la heroína

Desconocido escritor de culto, el escocés Alexander Trocchi es el autor de “El libro de Caín”, un testimonio insuperable sobre lo que significa vivir adicto a la heroína, que hace más de veinte años fue publicado en una traducción lamentable –pero la única que se consigue– en la editorial Anagrama.

PERFIL COMPLETO


Foto:Cedoc
En la época en la que inyectarse un opiáceo en las venas estaba de moda entre los refractarios al sistema, el escocés Alexander Trocchi (1925-1984) se destacó por escribir un clásico sobre la adicción a la heroína, según lo calificó William Burroughs, que algo sabía del tema. Luego de haber editado la revista literaria Merlin en París en los 50, Trocchi escribió varias novelitas eróticas, algunas por encargo y con seudónimo, como Helen and Desire, School for Wives y Young Adam, esta última llevada al cine. Pero El libro de Caín fue su obra última y fundamental, la más subversiva, prohibida y literalmente incinerada en Gran Bretaña.
 El narrador de esta novela autobiográfica de apellido similar al autor, Joe Necchi, está a favor de la legalización de todas las drogas y critica la histeria de masas que permite el alcoholismo pero no tolera el consumo de otras sustancias: “Para los hombres comunes y corrientes, toda forma de trastorno mental, salvo emborracharse, es tabú… El alcohólico se humilla a sí mismo. Pero el hombre que está bajo los efectos de la heroína se encuentra más allá de la humillación… Bajo sus efectos te adaptas con toda naturalidad a un nuevo hábitat. Es posible vivir en el umbral de la puerta, en el sofá de alguien, en su cama, en su piso, siempre cambiando de lugar”. También sabe que es posible tener que mentir, estafar y robar incluso al amigo que lo ayudó a conseguir droga la última vez. “En el mundo del yonqui no tienes más remedio que ser muy tolerante con el otro”.
Publicado por Grove Press en 1960, al principio el libro sólo se conseguía en Nueva York dado que sus ejemplares a la venta en librerías británicas fueron confiscados por “incitar a la depravación” y quemados en 1963. En español recién fue publicado por Anagrama en 1992. Por cierto, el uso del argot ibérico en la traducción puede hacer difícil a un lector hispanoamericano entender que el protagonista, que trabaja y vive en una gabarra (chata o barcaza que transporta materiales), sobre el río Hudson, anda “trapicheando todo el día con la pasma pegada a los talones”, le dice a su novia que “tiene que dar el callo” mientras ella avisa que “se comería un rosco” porque es “como si la llevara pegada al chocho, guaperas, mientras no me metan en chirona”.
Traducciones aparte, los detalles, las etapas del rito, el uso correcto del instrumental, los diálogos lentos, el placer, el éxtasis y el cuelgue en las escenas donde el “líquido pálido veteado de sangre se escurre por la aguja y penetra en la vena” reponen de modo contundente la vida clandestina de esas figuras espectrales que eran los yonquis de Manhattan, “relegados a la pobreza, la suciedad, la miseria, sin siquiera la protección de un gueto legítimo”. Porque el narrador también fuma marihuana pero detesta la intransigencia de los consumidores de cannabis hacia la heroína, tanto como a los policías, jueces, médicos y expertos que condenan a los yonquis cometiendo “verdaderos asesinatos como si se sonaran la nariz”. Sin exagerar: en esos años, suministrar heroína a un menor podía ser castigado con la silla eléctrica.
En cuanto al autor, que compartía la aguja con todo el mundo sin importar la edad, tuvo que dejar Estados Unidos después de un serio traspié. Una vez fue a comprar droga a Harlem y al volver al centro lo detuvo la policía. Lo amenazaron con acusarlo de traficar heroína para que entregara a su dealer. Trocchi se negó a hacer esa delación y terminó preso. Por suerte, algunos buenos amigos lo sacaron de la cárcel bajo fianza. Pero el proceso continuó, agravándose cuando fue invitado a un debate por televisión y mostró en vivo cómo se inyectaba. Al advertir que no tenía ninguna posibilidad de evitar la condena, Norman Mailer, Leonard Cohen y otros lo ayudaron a refugiarse en Canadá.
En 1961 regresó a Gran Bretaña, donde pudo registrarse como adicto y recibir tratamiento y drogas de manera legal. Se dedicó a trabajos menores, entre ellos vender libros en el mercado de Portobello en Londres, y publicó una serie de artículos filosituacionistas sobre el Proyecto Sigma, una propuesta de red de artistas, universidad espontánea y agencia de comunidades no jerárquicas que en Argentina se publicó entre 1965-67 como “La insurrección invisible de un millón de almas”, por traducción de Ektor Nho (Miguel Grinberg) en la revista Eco Contemporáneo. También empezó a escribir otra novela, The Long Book, que nunca pudo terminar.
O sea que El libro de Caín fue la despedida de Trocchi de la literatura, si es que alguna vez estuvo allí. “Supongo que ésta es mi última voluntad y testamento, aunque mientras tenga la posibilidad de elegir tardaré mucho en morirme (sólo puedes cultivarte mientras esperas el desenlace)”, escribió en ese canto del cisne anticipado. Murió quince años más tarde, pero no a causa de la heroína sino probablemente del tabaco, un año después de una operación de cáncer de pulmón que se complicó con neumonía. Irónico: se salvó del “chute”, del “caballo” y de la “pasma” pero igual lo alcanzó la parca, como a todos. Eso se comprende.

Osvaldo Baigorria