CULTURA EL ARTE DE UN EDITOR ATIPICO

Un excéntrico en su salsa

Eduardo Ojeda Ortiz nació en Chile y llegó a Buenos Aires a los 30 años. Se ganó la vida dibujando para las revistas “Humor” y “Fierro” (utilizaba el seudónimo “Artó”), y en 2005, a los 59 años, decidió abrir su propio sello editorial, Malas Palabras Buks, con el que lleva editada una treintena de libros, entre propios y de otros autores.

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Foto:Nestor Grassi

Cuando uno lee y conoce a Eduardo Ojeda Ortiz surge la misma pregunta que cuando se está por primera vez frente a un texto de Aira: ¿está loco o es un genio? El tipo no da entrevistas, entre otras cosas porque nadie se toma el trabajo de leer sus libros. Yo le dije que los leería todos (casi dos mil páginas en letra chica) y terminó cediendo, tal vez menos por convicción que por cansancio.

   Nos encontramos, no en su casa sino en un PH que alquila en Boedo, donde tiene su atelier. Ahí no hay cama, ni heladera ni placard. De las tres habitaciones, dos están repletas de suplementos culturales, recortes de diarios y libros (calcúlese unos diez mil) y otra de los cuadros que pinta, en los que aparecen personajes de cómics mezclados con gardeles, ceferinos namuncurá y algunos trazos del más pequeño de sus tres nietos. “Yo lo dejo que pinte, ¿qué le voy a decir?”, me dice.
Mientras le toman las fotos, entre risas –él siempre se está riendo– cuenta que, luego de treinta años, ha vuelto a pintar “en grande” (150 x 200) y que dos de sus pinturas –El gato Fritz y Ceferino corazón– ya quedaron seleccionadas en el Salón Nacional y en el Manuel Belgrano.

   Cuando enciendo el grabador, enseguida aclara: “Acá tengo cinco teles: miro todo, pero no escucho”. Le pregunto si es por su trabajo de posproducción, pero se ríe. “No, es una especie de cut-up burroughniano; me gusta mezclar Alienígenas Ancestrales con Fútbol para Todos, el canal rural con South Park”.

   Digamos que la cosa es más o menos así: Ojeda estudió en Bellas Artes en Chile y a los 30 vino a la Argentina con 686 poemas y un librito fotocopiado. “La idea era ir a París, pero Buenos Aires me atrapó”, dice. Al poco tiempo de haber llegado escribió dos libros: Manos arriba y Bellas artes. Tuvo la osadía de mandárselos a Carmen Balcells, y un día lo invitaron a Barcelona. Estuvo a punto de integrar el team máximo de la narrativa latinoamericana, pero su obra, de carácter experimental –ajena al mainstream que encarnaron otros “representados”, como José Donoso y Mario Vargas Llosa–, tal vez no tenía una legibilidad que le asegurara un público masivo. 

   De vuelta en Buenos Aires, se ganó la vida dibujando para Humor y Fierro (utilizaba el seudónimo “Artó”), haciendo retratos de escritores en La Nación, escribiendo guiones de radio, diseñando portadas de libros y en la producción de algunos programas televisivos, entre ellos VideoMatch, del que fue el primer productor general.

En 2005, a los 59 años, decide abrir su propia editorial (Malas Palabras Buks) y publicar sus libros, junto a textos de otros autores. Sin embargo, no se ve a sí mismo como un editor. “Lo mío no existe, no hay nada para destacar. Publico tres libros al año y a la mierda. Por favor, me siento un pelotudo hablando de este tema”.

   De todas sus excentricidades, hay una que es apenas comprensible: no lee los libros que publica. Encarga un informe de lectura, pero dice que no lo tiene en cuenta. Los criterios de selección del material parecen insondables. “Tenés que pasar el filtro mío, que la verdad no sé muy bien cuál es: me podés caer bien, mal.
Probablemente es el espíritu, la persistencia, las ganas”. Entonces, si ve que hay alguien que reúne todo eso, lo cita en un bar y le habla durante cuatro horas para bajarle las expectativas. “Mirá que no va a ocurrir nada, no te va a leer nadie”, le dice. Si el escritor no se derrumba, no desiste (y yo por cierto fui uno de los que sobrevivieron), al poco tiempo lo cita para firmar el contrato, le paga más de lo que le correspondería por regalías –a pesar de que la plata no le sobra: he ahí lo extravagante– y luego manda el texto a imprenta, sin corregirlo.

   Pero la excentricidad de Ojeda no se manifiesta sólo en su editorial, sino también en sus libros. Los primeros –Manos arriba, Bellas artes, Danzas clásicas– son como palimpsestos en los que se revelan las huellas de otras escrituras, de otras temporalidades y de los avatares de la edición: una orgía hipertextual ideal para cualquier dasein libidinoso de las letras.

   En los otros podría decirse que hace lo mismo que Oscar Lewis, pero en Buenos Aires y durante más de treinta años. Sin embargo, a diferencia del antropólogo estadounidense, cuyo objetivo era indagar sobre “la cultura de la pobreza”, lo que él intenta –sobre todo en Buenos Aires 25 + 6... y Señor dame tu fortaleza– es mostrar la picaresca de una verdadera corte de los milagros de una porción de la clase media que “constituye un material antropológico muy divertido”, dice.

   Como Lewis, se ha mezclado con todo tipo de personas, ha convivido con ellas y, grabador mediante y prejuicios a un costado, les ha arrancado sus secretos más íntimos, sus pequeñas corrupciones y sus más extravagantes cosmologías, aventuras, sueños y fracasos. Ha sufrido con y por ellos. De los escritores extranjeros, tal vez sea el que más obra nos ha dedicado: casi dos mil páginas en letra chica, todavía a la espera de un análisis profundo.



Gonzalo Santos