CULTURA APUNTES EN VIAJE

Un largo camino a casa

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. Foto:Marta Toledo
Una vez con mis hermanos estuvimos perdidos o a punto de perdernos. Fue el verano de 1980. Yo tenía siete años, Pedro doce y Lilian cuatro. Habíamos pasado unos días en Colón, en la casa de una tía. Toda una semana de ir al río, estábamos los tres negros como anguilas. Toda una semana de noches jugando al carnaval en la vereda con mis primos y los vecinos. O de cazar bichos de luz y meterlos en frascos de mermelada vacíos y bien lavados. De acostarnos tarde y levantarnos cuando el sol nos sacaba de la cama, medio zombis. Nos encantaba ir a lo de la tía porque era dulce y amable. También un poco ida, como esas personas que dan la impresión de estar con la mente muy lejos, en otro planeta. Quizá por eso mismo era dulce y amable. Le gustaba peinarnos a mi hermana y a mí, porque ella sólo tenía hijos varones.

Llegó el día en que debíamos partir, la tía nos llevó a la terminal y nos metió en un micro. Nos saludó con la mano desde el andén y se fue. Pero nos había metido en el micro equivocado. En algún punto del trayecto mi hermano se dio cuenta, le dijo al chofer y el tipo sencillamente nos bajó en una garita de cemento, a la salida de un pueblo.
Recién caía la tarde y Pedro dijo que no había problema, que solamente había que hacer dedo y alguien nos llevaría a casa.

¿Como en El increíble Hulk? Sí, claro, todos los días veíamos la serie, todos los días el doctor Banner se echaba el bolsito al hombro y salía a la ruta. Siempre alguien lo levantaba. Parecía sencillo. Yo tenía que ocuparme de entretener a Lilian mientras él estiraba su brazo flaco, de adolescente en ciernes, y movía el pulgar al ritmo del paso de los autos.
Durante un rato fue divertido, aunque los coches siguieran de largo a toda velocidad. El próximo para seguro, decía Pedro. Y cuando no paraba le gritábamos “¡pajero!”. Como estábamos solos, podíamos putear sin que nadie nos retara. Pero cuando empezó a caer la noche, ya no nos daba risa. Ni siquiera rabia. Veíamos agrandarse los faros delanteros de los autos e inmediatamente empequeñecerse los faros de atrás, alejándose. Tal vez mi hermano era todavía demasiado chico y los conductores al volante no llegaban a verlo. Tal vez pensaban que era un chiste o una trampa: tres nenes haciendo dedo.

Mi hermana empezó a preguntar cuándo llegaríamos a casa, dónde estaba mamá. Tenía hambre, ganas de hacer pis, sueño, todo eso junto. Yo también pensaba en casa, en la mesa puesta para cinco, esperándonos. Pensaba en qué pasaría si no conseguíamos volver, cómo sería la casa sin nostros, si ellos –nuestros padres– se acostumbrarían a ser dos de nuevo, si los perros se darían cuenta de que ya no estábamos. No sé quién lloró primero, si Lilian, que era la más chica, o yo, que tenía estos pensamientos. El caso es que Pedro tuvo que dejar su lugar en la banquina para venir a consolarnos.

No sean pavotas, dijo, cómo van a tener miedo si yo estoy acá y soy el hermano mayor. Nos abrazó a las dos contra su pecho flaco de niño, hasta que nos calmamos y del llanto sólo quedó un hipo suave. En la oscuridad, los ojos de mi hermano también brillaban.

Volvió al borde de la ruta con la cabeza gacha y otra vez estiró el brazo, casi sin fuerzas. El conductor paró unos metros más adelante, oímos sonar las piedritas de brosa bajo los neumáticos. Pedro nos agarró de la mano y corrimos los tres con las mochilas puestas. Le preguntó al tipo para dónde iba. Teníamos el mismo destino y resultó que el hombre era conocido de mi padre.