CULTURA FOGWILL Y SU TIEMPO

Un nombre un tanto pichiciego

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Fogwill es un nombre un tanto pichiciego, un tanto marciano, salido de alguna runa cavernaria. Una cosa que parecería un cartel solitario que resiste al viento en una ruta perdida, publicitando algún tabaco o alguna marca de software. Su carácter burlesco, maestro en el arte de la picaresca, salía de un dolor personal que podía suponer el reverso de su conversación de estilista que hiere finamente con su florete. Elige un nombre ficticio, como una banda plástica puesta con irónico humor, sobre su nombre verdadero.

Al parecer, buscaba por debajo de las palabras sin cambiarlas demasiado, como si fuera un poeta no del siglo XII sino del tiempo de las cavernas, donde acaso había seres humanos que tallaban signos en la piedra, y allí acababa todo. Eran los grabados definitivos, la poética inicial que quizás buscaba. Amigo inquisidor. De una Inquisición que buscaba el grabado oculto detrás de las conversaciones y las insignias de piedra detrás de los grabados ocultos. Por eso parecía un Mefistófeles hecho de paciencia y arbitrio, esperando que sus provocaciones líricas desencadenaran una reacción, que no importaba que fuera brutal. El que reaccionaba hacía saber así quién era, ante este confesor fogwilliano, con su reverso eclesiástico de sutil bufón epistemológico. El hecho de buscar verdades en la picaresca quiere decir que vio el lenguaje como un manto sagaz de ocultamientos y figuras del yo que se creen selladas en una virginidad ideológica, mientras las va acechando esa pequeña corrupción que igual nos permite vivir y que, si la conducimos por los pantanos adecuados, quizás permite crear una obra. La obra de Fogwill no es una obra, es ese acecho. Lirismo en grado de elevación.

Alto lirismo es casi una forma del sadismo. Conducido con escéptica gracia, es sadismo como forma de revelación, la religión literaria de Fogwill. De la picaresca se extrae el terror como figura de transformaciones, el militante que se hace ejecutivo, el izquierdista que dará cursos de management, el policía que trata con la psicoanalista, los encerrados en cuevas malvineras que “viven adentro” de lo que sería la conciencia de sus enemigos. Todo ocurre en el vasto sueño del lenguaje, cuya estructura de intercambios es la forma del “dealer”. El método de la asociación automática de ideas guía a Fogwill hasta cierto punto en que las técnicas de marketing se hacen delicia literaria y el psicoanálisis una jerga que aleja a las personas de sus verdades. Pensó la literatura como un conjunto de sonidos musicales, un tarareo confuso y enigmático de donde salía luego el desafío casi místico de decir que no se entendería Perlongher sin las partituras de Rubén Darío. Lo que usualmente llamamos “el saber”, pensaría Fogwill, es un evento desgraciado que sería malo no poseer pero es ponzoñoso cuando se lo posee. De ahí el profundo escozor que producía su método de interpelación, que obedecía al deseo de revelar que el conocimiento se extrae de una “utopía indigna” que busca la imposible conciliación de pensamiento y existencia. Esa utopía sólo puede ser un juego, pues de lo contrario establecería una fórmula despótica para las vidas, consistente en un cinismo disfrazado de libertad: pensamiento en estado originario. Pero perdido. Toda literatura debe mentarlo, buscar el hueco que ha dejado su desaparición. Toda literatura es sustitución.

En esa coyuntura, descubrió el nombre de Fogwill, que está en varias napas geológicas encerrado, pero a veces a la luz, en sus tantos poemas y novelas. Leemos En otro orden de cosas, respecto de la red idiomática que controla la vida personal: “Ahora nadie usaba ‘bochorno’ y en su reemplazo se decía ‘vergüenza-ajena’. Las jergas de la droga, la administración de empresas y la psicología invadían todos los ámbitos. Era tan frecuente oír ‘bajón’, ‘trucho’ o ‘zarpado’ en ámbitos ajenos al submundo marginal como encontrar a un chofer de taxi que hablaba de sus ‘objetivos en la vida’ o se manifestaba ‘paranoico’ por la nueva reglamentación de multas de tránsito. La televisión, pensaba, debía ser responsable de estas modas de lenguaje”. Esta inquisición emancipatorial, dolorida, sarcástica, nos vuelve el lenguaje como tallas en granito, que una vez descubiertas se hacen efímeras, el humo victorioso y tibiamente infernal que despedía el aliento de Fogwill.


*Director de la Biblioteca Nacional.



Horacio González