CULTURA MUESTRA

Un soplo de vida

“Doble de mujeres” reúne a Gachi Hasper (1966) y Mariela Scafati (1973), bajo la curaduría de Philippe Cyroulnik. Ambas artistas trabajan con el concepto de “Doppelgänger”, el doble fantasmagórico, “el que camina a nuestro lado”. El arte de representar y referenciar, como instancias de duplicación, en una lengua/arte abstracta.

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Foto:Galeria del infinito
Que sean dos no implica, de por sí, que sea doble. Para que esto ocurra, no basta con poner un par, dos elementos, un dúo de artistas. Es el caso de la muestra Doble de mujeres, de Gachi Hasper y Mariela Scafati. Allí la duplicidad se va tejiendo entre las de una y de otra y permite verlas en el concepto de “obra” de cada una de ellas, esa unicidad entre las intenciones del autor y los múltiples significados que se disparan en el análisis, y el sentido nuevo que se despierta en esa comunicación entre ambas.
La escena está preparada para que así sea. Sin embargo, juntar las dos posibilidades de  abstracción que estas artistas visuales proponen depara un riesgo. De esos que vale la pena correr, ya que lo obvio, el doble más mujeres, no es, ni por asomo, algo previsible. De esto último, lo femenino no ocurre como práctica subrayada. Ni tampoco en modelo contracultural. Es un devenir minoritario, una estela imperceptible que se respira como un aroma de delicada fortaleza. La ropa de mujer de Scafati es una consecuencia menos que una causa. Como lo es su pintura. Es su búsqueda expresiva, intelectual y en el ropero.
Por otra parte,  tanto Hasper como Scafati trabajan, ellas mismas, con el concepto de doble. Esa idea muy arraigada en el romanticismo, en las maneras que encontraron el arte y el pensamiento para explicar la existencia y la angustia de los hombres, se retoman y reformulan una y otra vez.
Las piezas de Mariela Scafati, una polera colgando de un cuadro o Bondage, una pollera rosada atada a la manera de esta práctica, hablan también de ese cuerpo ausente. Como en el concepto de Doppelgänger, el doble fantasmagórico o “el que camina a nuestro lado”, esa acepción maravillosa de Jean Paul, el novelista alemán de fines del siglo XVIII y principios del XIX,  Scafati crea sus propios fantasmas. Desocupa, muchas veces, sus propias ropas para insuflarlas del soplo de vida que le da el arte.
En las pinturas de Graciela se concentra la cifra de la representación artística. Esa dedicación que pone en la composición de forma y color para una gramática. Casi en la definición etimológica de esta: la tékhne (técnica) o arte de las letras. En el caso de Hasper, ya no con palabras sino con colores, construye una estructura que reglas y principios para organizarlos, al nivel de la sintaxis, y excitar al ojo y al espíritu, en el semiológico. Representar y referenciar, como instancias de duplicación, en una lengua/arte abstracta. Reelaboración del mundo de los símbolos, de las figuras para crear un pentimento in praesentia, visible y concretado. Sin necesidad de ver con rayos infrarrojos los arrepentimientos del artista, sino como una forma compositiva. Ensayos que van variando unas escalas exquisitas.
Frente a la geometría delicada de Hasper, la de formas coloreadas que llenan el espacio de la tela y hacen vibrar con la intensidad cromática, Scafati insiste con una paleta restringida y moderada. En ese encuentro, el del color, el carácter sustractivo de la última se potencia en la diversidad de tonos de la primera. Por otro lado, mientras que Hasper explora una bidimensionalidad férrea en sus pinturas, no se sale del cuadro y práctica un arte de cuerpos geométricos, Scafati extiende los límites. No sólo se sale del cuadro, lo hace de la pintura. O vuelve a ella como si fuera un objeto: es la pintura, como si se dijera “el balde”, “la taza”, “el mueble”. La tercera dimensión de sus suéteres y sus polleras, vacíos de cuerpos, remiten, de alguna manera, a los cuerpos geométricos de Hasper. En ese ida y vuelta que tiene (tuvo) la geometría con la imitación de la naturaleza. Encontrar la forma más perfecta de representar el mundo natural, el mundo humano, en cada caso, es despojarlo. Deshabitarlo, desinflarlo como a un globo, dejarlo colgando con esa ausencia que de tan explícita se vuelve presencia.

Laura Isola