CULTURA NOVEDAD

Un viaje al interior de sí mismo en la Puna

Guanaco, de Esteban López Brusa, es una novela sobre la amistad en el Norte argentino, en la que el narrador recupera un espacio que supo ser iniciático y que ahora es turístico.

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Foto:Cedoc Perfil
De los muchos modos de interrogarse acerca de la identidad, la literatura de viajes es uno de los más atractivos y persistentes. Y cuando el propósito es encontrarse con esa zona fronteriza en más de un sentido que es el Norte argentino, el viaje podrá revelar diferentes rumbos.
La estrategia, en este caso, es la del viajero que registra los matices que puede contener un espacio antropogeográfico y que habla de una relación física con el entorno, más allá del deslumbramiento por el escenario humahuaqueño, condición de posibilidad de la novela. El espacio que se ha convertido en centro de atracción del turismo hippie extranjero y vernáculo para varias generaciones que hicieron del viaje de mochilero a Cuzco un rito de iniciación es el que el narrador recupera, pasados treinta años, en un segundo viaje que emprende con los mismos amigos con los que transitó su adolescencia durante la dictadura, como modo de conjurar la turbulencia emocional en que lo dejó su reciente divorcio.
Y es alrededor de una de las prácticas ancestrales más significativas, la cocina, con sus productos, sus olores y texturas propias, donde se desarrolla la trama, en el bar Huemes, un antiguo almacén que un grupo de mujeres jóvenes –y no autóctonas, pero que ha adoptado el lugar como propio– recicla hasta convertirlo en un centro de producción y vida, en resonancia con la tradición matriarcal de los pueblos agrícolas, haciendo de los recursos tradicionales, como la cría de guanacos y de llamas, la comida regional y un paisaje deslumbrante, una posibilidad cierta de vida.
No parece sencillo elegir, para salir al ruedo, la Puna, el espacio geográfico que Héctor Tizón convirtió para siempre en zona literaria. Sin embargo, la novela lo aborda con plena conciencia del riesgo del folclorismo –esa deformación de la cultura regionalista que, al mitificar, borra toda posibilidad de conocimiento y de crítica– y logra esquivarlo con habilidad.
Pero si en Tizón el espacio rural, frío y devastado, está, como en Juan Rulfo, dominado por la quietud, el atraso, la austeridad, el ensimismamiento, otra es la visión que aparece en esta novela –como lo atestiguan las movilizaciones de las comunidades rurales por la falta de agua potable– no casualmente escrita en un contexto político diferente, de protagonismo campesino e indígena.
Pero lejos de la denuncia, la mirada compasiva, la militancia pro indigenista o el color local, este texto elige ubicarse en un lugar –que la fotografía ampliada de un indio omaguaca que sus dueñas seleccionan para colgar en el bar Huemes refleja– donde poder “dejarse mirar por la foto ellas mismas”. Porque “si algo descubren las fotografías se ve no porque el tiempo vaya a paralizarse, como supone a priori una foto; más bien lo que capturan es una retención, la masa de tiempo que asimila por las suyas cada elemento del terruño”. Una imagen pictórica que en su plasticidad concentra y expresa la poética de este personal viaje al interior de sí mismo, en la que la figura no será la de un ser abstracto sino que tendrá el tono justo entre un yo que es, a la vez, muchos.

Maria Eugenia Villalonga