CULTURA LA OTRA FERIA DEL LIBRO

Una familia que se burla del mercado

Hace ocho años quisieron hacer una contraferia del libro y los echaron a patadas. Tomaron su propia ruta y hoy constituyen un mercado paralelo, autogestionado, que extendieron por toda la Argentina y Sudamérica. Títulos a 30 pesos vendidos por sus propios autores y escritores, excluidos de las librerías. Esto es FLIA, la Feria del Libro Independiente.

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Foto:Cedoc

Fueron a la puerta y tiraron los paños con sus libros. Fueron a decirles a los de La Rural que ahí estaban, con sus propios libros, que reclamaban el derecho de ser leídos también. Pero se armó flor de bardo. “Pensamos que nadie nos iba a echar, que no iban a decirnos nada. Y nos echaron, se armó un quilombo tremendo”. Ezequiel Abalos es uno de los que se pegaron la vuelta, con los libros en la mochila, ese abril de 2006. “Después de eso nos dimos cuenta de que no era una contraferia lo que teníamos que hacer, y que teníamos que armar nuestra propia movida”. Era uno de los tantos que andaban inquietos en la ciudad desde finales de los 90, desde la época (y el circuito) del Buenos Aires No Duerme, de los Festi Poet de la radio comunitaria La Tribu, en Almagro. Un germen literario del under porteño que reclamaba cierta forma. “Por una idea de Matías Reck (fundador del sello Milena Caserola) surge la moción de hacer de toda esta experiencia colectiva, nuestra, una gran feria. Pero nuestra feria, independiente del mainstream, de la cadena de monopolios editoriales. Entonces conseguimos el Sexto Cultural (en Chacarita) y ahí fuimos todos estos que veníamos haciendo lecturas, programas de poesía, varios que ya editaban sus libros y los repartían por Palermo”.

La FLIA (Feria del Libro Independiente y A: alternativa, autogestiva, amiga, andariega) cumplió hace unos días ocho años. Frente a los 40 de su Goliat, la versión indie no sólo advirtió que el camino era otro; los senderos de su jardín se bifurcaron lo suficiente como para exceder al puñado de organizadores pioneros y haber llegado hoy con este “formato-de-feria” a Bolivia, Chile, Colombia, México y una decena de urbes en Argentina (Rosario, La Plata, Mendoza, Entre Ríos, Neuquén, Bahía Blanca, Salta). Cada tanto –tampoco se vieron en la obligación de hacerla sólo una vez al año– alguna cuadra de San Telmo, alguna sede de Sociales en la UBA, alguna cooperativa recuperada, se transforma en el polo de este mercado editorial paralelo, y por uno, dos o tres días la feria se exhibe, desinhibida y desprejuiciada, abierta a todos (a vender incluso, no exigen permisos). “Acá viene gente de Chaco, de Rosario, de Córdoba. Hacemos intercambio, nos dejan y les damos material en consignación. Cuando terminemos se van un montón de libros míos a todas esas ciudades y yo me llevo libros de un montón de gente para vender en Córdoba”, dice Guillermo de Pósfay, otro de los escritores que inició el fenómeno FLIA, que lleva editados 17 libros y vendidos más de 37 mil.

La autogestión les ofrece eso: no esperan la aprobación de nadie para imprimir, lo hacen a bajo costo, con mayor o menor calidad, los promueven (el mismo autor es el que te lo está vendiendo) y así circulan. “La FLIA incentiva a leer. Vos podés venir, armar tu puesto, vender, hacer tu historia.

Podés venir a comprar libros a un precio accesible, de la mano del escritor. En una librería podés toparte con un vendedor que no sabe qué te está vendiendo” agrega Ezequiel. “Por eso pensar que la gente no lee es una estadística basada ¿en qué? ¿En que los libros cuestan promedio 120 pesos? ¿La gente no lee porque no paga el precio que le están poniendo a un libro?”, se pregunta De Pósfay. “Si nosotros que somos unos poligrillos podemos vender libros a 30 pesos, marca a las claras que una empresa que probablemente tenga más bajos costos tiene otra intención. Uno busca una cosa y otro busca otra”.

“Gracias a la FLIA estuve en Uruguay, en Chile, recorrí todo el país; y en esos viajes noté que hay mucha gente con interés de leer otro tipo de cosas”, dice Xuan Pablo González, autor, editor de sí mismo, presente en la feria desde el principio. “En otro tiempo existía el riesgo editorial, hoy ya no. No lo digo yo solamente, lo dicen las mismas editoriales. Hoy una novela como Rayuela, si no fuera de un autor famoso como Cortázar, no la edita nadie”, agrega. Para Carlos Gallegos, que participa en FLIA desde hace tres años con su sello editorial Arbol Animal, la Feria es “el circuito que me interesa porque me permite hacer libros de autores que quiero y venderlos. Yo quería, además de escribir, fabricar libros, editar, y ahora vivo de esto, de vender los libros que edito en la Feria”. En su puesto se ven ediciones breves y alternativas de Carver, Bukowski o Pizarnik (a $ 10) junto a títulos propios e inéditos. “Voy a editar a un chileno, Cristóbal Gaete, que hace ficción lumpen. Pero tengo Altazor también, de Huidobro, que en librerías está a 80 pesos. Yo lo tengo a 30”.

Excepto Washington Cucurto, Fabián Casas, Liliana Bodoc y algunos más, Abalos dice que los escritores reconocidos no conocen FLIA. “No saben ni qué es, piensan en todo caso que es una ‘hiponada’ de unos cuantos, y salvo esos que nombrás, nunca han leído nuestros libros”. “Para mí que sí la conocen”, disiente Guillermo. En cualquier caso, poco parece importarles. Deben atender menesteres de otra edición que transcurre, de una FLIA que parece cada vez más grande, e infinita.



Leandro Ceruti