CULTURA ELVIRA HERNANDEZ


Una vocación dictada por el secreto

Acorde con la sólida tradición de la poesía chilena –que nutre como un río subterráneo los mantos freáticos de la lengua– el trabajo poético de Elvira Hernández es uno de los más originales del idioma. En su visita por Buenos Aires a la Feria del Libro, PERFIL dialogó con ella. “La voluntad de escribir es política”, dice. Y dice bien.


Foto:Cedoc Perfil
Cosa extraña lo que sucede con algunos festivales internacionales de poesía. Ya en el transcurso del año se sucedieron una decena en estos lares, plagados de nombres “extranjeros” desconocidos para el público (¡tan específico lector/ público de poesía!). ¿Podríamos suponer un entramado de alianzas entre organizadores, que terminan conformando un circuito festivalero?
Por eso, en un balance algo rápido de lo que ha sucedido en la primera mitad del año, la presencia de la chilena Elvira Hernández en el Festival que se desarrolló en la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, hace un par de meses, fue un hito digno de subrayar. Jorge Monteleone estrenó cargo de curador, y armó mesas con poetas consagrados, y de estatura cabal. Indiscutiblemente.
Menuda, con una voz de tono bajo en la conversación, la lectura que ofreció Hernández en esa oportunidad se volvió carnal y audible, ante un auditorio repleto. Sus poemas sobre el mundo del deporte, se tornaron piezas de interpelación al auditorio, atravesaron la escucha y dieron la estatura de una poeta enorme. “(...) Acércate al lugar/ con tu escritura y encierra allí/ si te queda cierre/ la bestia de-senfrenada de la competencia”. En ese puente vibrante que une hace casi dos siglos las literaturas de Chile y Argentina, la poesía de Elvira Hernández imprime un rasgo de originalidad a la lírica política surgida a la luz de las dictaduras de los años 70.
En su semblanza, Monteleone expuso una lúcida lectura: “La poesía de Elvira se escribió siempre con una lengua que se siente física, imantada en lo corporal y vagamente extrañada de sí, como si su despliegue en el mundo implicara romper continuamente los límites que lo cercan. Por ello esta poesía busca siempre su vía de salida y quiere, como Artaud, hallar los destellos de lo orgánico y reconocer las inscripciones que deja. Por eso ese organismo en el aire no puede ser sino antagonista, resistente, anarquista. Las dictaduras no toleran esa presencia y la combaten. La poesía de Elvira Hernández siempre manifestó una disidencia: es política, porque en su lengua hay algo que no puede ser sometido aunque lo quiebren.”
Feliz, celebró su regreso a Buenos Aires. Elvira Hernández rememoró una historia –la de los vínculos, la de las sensaciones– que se remonta al primer viaje: “Nunca había salido de Chile. La primera vez fue en 1989 y a Buenos Aires. Todavía en esa época no sabías si podías volver, así era la incertidumbre.” Ese año, el poeta Víctor Redondo editaba en Ultimo Reino Carta de viaje. “Venía a buscar mis libros”, agrega.
“Una ciudad de ninguna manera imaginada, donde tuve esa primera impresión del aprendizaje al percibir los olores particulares, una luz particular. Y también, la importancia de la conversación. Yo venía del silencio, de hablar y mirar para atrás. Acá, todo el mundo andaba con mucha soltura, había cierta armonía. Me fui con la sensación de que tenía que volver muchas veces”, y así regresó, dos años después. “Percibí desde el aeropuerto que algo había cambiado. Esa arquitectura se parecía a la de Santiago, que a su vez se parecía a otros aeropuertos. Había entrado algo ahí que venía a reemplazar esas marcas de comienzos del siglo XX; los materiales que empezaban a aparecer le daban a Buenos Aires otra luminosidad, y era algo que ya estaba en Chile. Las marcas del neoliberalismo”, recuerda. Era 1991 y regresaba para presentar un libro mítico: La Bandera de Chile. Ese poemario que había empezado a circular clandestinamente a comienzos de los 80 –a la sombra de la cárcel padecida, a contrapelo de la ferocidad de la dictadura pinochetista–, se publicaba en Buenos Aires, gracias a otro poeta-editor, José Luis Mangieri.
Frente a la pregunta por la “poesía política”, asegura: “Hay una complejidad en el concepto, pero concuerdo con aquellos que sostienen que la voluntad de escribir es política. En ese primer período [el de La Bandera de Chile], ya había cerrado la puerta a una poesía íntima, de mi espacio cerrado. Empecé a desarrollar una poesía que he considerado ‘del espacio público’ donde en algunos momentos ha tenido un relieve político notorio, que luego sin desaparecer, está más subterráneo, pero no ha perdido continuidad.”
Además de los libros mencionados, completan su obra poética: ¡Arre! Halley ¡Arre!, Meditaciones físicas por un hombre que se fue, El orden de los días, Santiago Waria, Album de Valparaíso, Cuaderno de deportes y Un fantasma recorre el mundo. Una obra contundente, que le permite mirar atrás, sopesar lo propio y lo ajeno. “Estoy haciendo un tránsito, desde ese espacio público, desde esa exterioridad, a una especie de recogimiento. Sin abandonar ese espacio, ciertas sensaciones, ciertos sentimientos, ciertas cuestiones que se piensan y se dicen, se recogen ahora, van hacia una expresión en sordina. Quizás más audible para quien escribe y en rumor para quien escucha. Un tránsito de una intemperie hacia otra.”

Juan Fernando Garcia