CULTURA NUEVAS LECTURAS SOBRE FOUCAULT

Vigencia de una industria pagana

Como parte de un “loop” eterno que da vueltas sobre su eje, la “foucaultología” que tanto temió Pierre Bourdieu avanza una casilla con la publicación de “Foucault, un pensamiento de lo discontinuo”, de Judith Revel.

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Judith Revel es especialista en filosofía contemporánea y miembro del Centre Michel Foucault. Catedrática en la Universidad de París I Panthéon Sorbonne, ha dedicado gran parte de su estudio a la filosofía de Foucault. Recientemente se ha editado su nuevo libro: Foucault, un pensamiento de lo discontinuo (Amorrortu).

Las aproximaciones a la obra de Foucault se han abierto en la última década de modo exponencial. En año aniversario, a treinta años de la muerte del filósofo, todo parece volver a recaer en sus conceptos. Pero Revel es precisa: el pensamiento de Foucault desorienta. Y todo su libro no hace sino dar cuenta de los límites de la fidelidad o infidelidad hacia el autor en cuestión. ¿Qué es una interpretación correcta? ¿Qué es “leer bien” a Foucault? Precisamente, es una interrogación impropia hacia un autor que hizo de su crítica a las verdades con mayúsculas un eje central. Foucault es un autor disperso, señala Revel, lo que no quiere decir que sea ilógico. Dispersión no implica incoherencia. Lejos de ello, la filosofía foucaultiana se revela cada vez más sólida, justa, casi kantiana (un aspecto que se realza estos años en detrimento del impacto de Nietzsche en su producción). Revel pasa revista a la idea de coherencia, al tránsito de la arqueología a la genealogía, a lo literario y lo político, a la radical innovación de la analítica del poder, a la subjetividad y los procesos de subjetivación, a la invención de sí y demás categorías en cuestión.

Es muy notable la revisión que hace Revel respecto del “trip grecolatino” del último Foucault en la década del 80. Allí señala el hallazgo de un fragmento del curso final del filósofo en el Collége de France (1984) titulado El coraje de la verdad que el curador de la obra, Frédéric Gros, cita y que Foucault escribió pero no pronunció: “Para terminar, querría insistir en esto: no hay instauración de la verdad sin una postulación esencial de la alteridad; la verdad nunca es lo mismo, sólo puede haber verdad en la forma del otro mundo y la otra vida”. Esas palabras resuenan, en particular “otra vida”. Tal vez allí se cifra la clave del cinismo que Foucault retoma antes de morir. No como trascendencia sino como adopción de la vida filosófica de Diógenes y los suyos. De eso se trató la filosofía para Foucault: experimentación de sí. El modo de producir e instituir otros regímenes de verdad en la propia subjetividad. En eso, muy lejos está de su amigo Gilles Deleuze y del supuesto estructuralismo de los comienzos. La mentada vuelta al sujeto en el Foucault del ocaso tal vez no haya sido un regreso sino una toma de conciencia programática de quien siempre pensó la subjetividad (sea desde el saber o el poder) y que al final de su vida señala su posibilidad en lo que llamó “prácticas de libertad”.

Quizá la parte más jugosa del texto de Revel sea el post scriptum de ciertas lecturas actuales de Foucault. Allí la investigadora demarca la total libertad para hacer uso del pensamiento del filósofo siempre que se mantenga la exigencia de entrelazar reflexión y experiencia, y se cuestionen las categorías de nuestra relación con el mundo y la subjetivación. Dicho ello, hay dos caminos enfrentados que acontecieron estos últimos años para leer a Foucault: en primer lugar, la lectura crítica, que lo juzga con severidad en sus equívocos políticos (el caso Irán en 1978). Esta lectura, que señala a un Foucault “inmoralista”, ve sus límites en su nietzscheísmo sin normas para comprender que no hay democracia sin universalidad. Es una lectura condenatoria, que sindica la fibra anarquista del pensador (que late, es indudable), pero que no visualiza la sutileza del Nietzsche que rescata Foucault (no es el de la voluntad de poder) y no reconoce las autocríticas que hizo el filósofo en vida.

La segunda lectura es la que lo salva. Es la que podemos llamar, a grandes rasgos, liberal. Dice Revel: “La lectura neoliberal de Foucault no está falta de argumentos”. Efectivamente, esta lectura liberal (o libertaria, en su acepción anarcoliberal) de Foucault es la que destaca sus últimos temas: la producción de subjetividad, la ética como estética de la existencia, el análisis de los biopoderes y la biopolítica. En definitiva, es aquella que da cuenta del estudio de Michel Foucault del liberalismo (alemán y estadou-nidense) en su curso de 1978-1979 en el Collége de France. Lectura a través de la cual es posible pensar el liberalismo incluso como un elemento de liberación en el sentido de la invención de sí, de la resubjetivación, de la reapropiación de la individualidad como una política de la vida en su singularidad y no sólo como resistencia.

Esta aproximación, que algunos de sus más importantes especialistas han señalado (Rorty, Descombes, Castro, Abraham), tal vez sea un aporte central del libro de Revel. El citado Vincent Descombes dijo que había dos Foucault: el francés anarquista y el norteamericano liberal. Tal vez no hayan sido dos cabezas, sino la misma en diferente fase.



Luis Diego Fernández