CULTURA VIRGILIO PIÑERA

Virgilio ataca de nuevo

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Por razones que convienen a esta historia, es menester compartir una alusión personal que ilustra el funcionamiento esquizofrénico del represivo sistema cubano, deudor de una concepción estalinista de la cultura que tanto daño ha causado a la historia espiritual de la nación isleña. Corría la Feria del Libro de Buenos Aires de 2012, y mientras paseaba por los exangües anaqueles que representaban a la república cubana, me sorprendió encontrarme con las Obras completas de Virgilio Piñera en una edición llamada del Centenario publicada por Unión, perteneciente a la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, por lo que pregunté al encargado quiénes usufructuaban los derechos de la obra, y él respondió con caribeña arrogancia: “¿Cómo que quién, chico? ¡Piñera nos pertenece!”. Antes de ser expulsado del recinto ferial por comportamiento inapropiado, alcancé a expresar mi inconformidad ante el representante de un Estado que se dedicó durante la segunda mitad del siglo pasado a envilecer y destruir la vida de buena parte de sus mejores artistas, infamia que ahora, enterrados los difuntos, puede portarse como medalla de un gobierno malhadado que está lejos hoy en día de encontrar el rumbo para insertarse en un presente política y culturalmente desbocado.

Como pocas yerbas extrañas, la literatura cubana del siglo pasado le dio una impronta exclusiva a la lengua española llevándola a algunas de sus estancias más altas y complejas desde las que se nutre lo mejor de la tradición del siglo XX; en esa nave sensual, sostenida en su viga maestra por José Lezama Lima, destaca a su vez la presencia ecuménica de Virgilio Piñera (1912-1979), autor de teatro, narrativa, ensayo y poesía que es el otro pilar sobre el que se sostiene la literatura cubana, apuntalada por las columnas erigidas por Alejo Carpentier, Severo Sarduy y Guillermo Cabrera Infante (y en otro tenor por Eliseo Diego, Fina García Marruz y Reinaldo Arenas), quienes abrieron las puertas a un presente literario en ebullición que aún ahora, con menor fulgor pero innegable talento, siguen alimentando la lengua, como lo refieren los casos de Leonardo Padura y Pedro Juan Gutiérrez.

La reciente publicación de Las palabras de El Escriba, preparada por Ernesto Fundora y Dainerys Machado para Ediciones Unión, contiene sus artículos publicados en Revolución y el suplemento Lunes de Revolución –que aparecieron sin su firma debido a su condición de homosexual– rescatando una parte más bien desconocida de su obra, la de articulista, reseñista y ensayista coyuntural que no transige con la mediocridad ni el provincianismo y entrega, por el contrario, la obra de un ingeniero abocado a perfilar las bases de una tradición inteligente con una vocación prácticamente de mártir, oficio que desempeñó los últimos años de su vida, cuando enfrentó una muerte civil que lo mantuvo en el ostracismo absoluto y cuya relación con el régimen puede calibrarse con la conocida anécdota del Che Guevara en la representación diplomática cubana en Angola en 1964, quien al toparse con un tomo con las piezas teatrales de Piñera lo estrelló furioso contra la pared mientras le ladraba al embajador: “¡Cómo te atreves a tener acá la obra de este estúpido maricón!”; mismo maricón que, dicho sea de paso, sería el introductor del absurdo en la isla merced a sus traducciones de la obra de Beckett, Ionesco, Pinter y Mrozek; además de haber traducido Las flores del mal de Baudelaire, un documento que obsequió a Lezama Lima y se perdió para siempre, un cuento de Bruno Schulz, poemas de Rimbaud, Aimé Césaire y hasta la Sociología de la literatura de Robert Escarpit, entre otras extravagancias.
Para la perspectiva de un laico, insalvable será el karma de un régimen esclerótico abocado a una espantosa villanía: exterminar mariposas.

Piñera entre porteños. Si bien las andanzas de Piñera en la Argentina son de sobra conocidas, llama la atención que la suya siga siendo una historia sin novela. Es ya una efeméride continental el hecho de haber capitaneado la traducción de Ferdydurke, de Witold Gombrowicz, durante el tiempo que vivió bajo estos cielos: “Mi primera permanencia en Buenos Aires duró de febrero de 1946 a diciembre de 1947; la segunda, de abril de 1950 a mayo de 1954; la tercera, de enero de 1955 a noviembre de 1958”. Acá fue becario, trabajó en condiciones miserables para el consulado de su país y finalmente se desempeñó como corresponsal de Ciclón, una de las mejores revistas literarias del siglo pasado y rival de Orígenes, comandada por Lezama. Fue aquí, en 1952, donde publicó La carne de René: “He escrito este libro con hilos de mi propia carne: días enteros, meses, en fin, dos años, de manos a la obra, careciendo de lo más elemental, sumergido en la deletérea indiferencia de mis compatriotas, arrastrándome hasta Buenos Aires, viviendo en una pieza y en promiscuidad estremecedora... suplicando, abatiéndome, prosternándome… aquí sonrisas, allá sonrisas... haciéndome el tonto con los tontos, el imbécil con los imbéciles”. La obra narrativa de Piñera es una exploración de lo grotesco –goyesco, diría Cabrera Infante– donde la irreverencia se enfrenta al horror con una potencia lúdica extraordinaria, demostrando de paso que la gente es horrorosa.

Sin embargo, sus relaciones con el medio local distaban de ser negativas. Amigo de Adolfo de Obieta, hijo de Macedonio Fernández, había sido publicado en Anales de Buenos Aires (1946) cuando la dirigía Borges, con los cuentos En el insomnio y El señor ministro. Posteriormente tendría una participación destacada en Sur y no enturbiaría su relación con Borges pese a la crítica frontal y justa realizada en su célebre ensayo Nota sobre la literatura argentina de hoy, donde también se pasaba revista a Oliverio Girondo y Macedonio Fernández y en general a una literatura a la que acusaba de tantálica, es decir, demasiado preocupada por la metafísica y la trascendencia en lugar de buscar la forma de una expresión americana o, lo que es lo mismo, el intento de evitar la mediocridad reinante en el medio a través de la evasión literaria (Severo Sarduy, siempre ocurrente y exagerado, llegó a considerar a Piñera un escritor tanto cubano como argentino por el tiempo pasado en estas costas, pensando sin duda en sus extraordinarios Cuentos fríos, publicados por Sudamericana en 1956).

Los artículos de Lunes de Revolución permiten, sin embargo, entrar en contacto con un Virgilio rumbero y chispeante, cargado de esperanzas, que ante lo sostenido en el artículo sobre literatura argentina sobre Borges responde a un adocenado Miguel Angel Asturias que ya recetaba estamentos folclóricos para la composición literaria: “En medio de tanta novela social, ¿qué papel pintaría Borges? Es harto sabido que Borges carga desde hace tiempo con una leyenda negra: la de escritor anglizante y la de erudito, por ello no sorprendió que Asturias aprovechara estas leyendas para negar todo contenido social a la obra borgiana…Diré que en la Argentina nadie cree ya en tales leyendas; por el contrario, hoy Borges resulta ser el autor argentino más representativo de lo que pudiera ser llamado lo porteño”. Prosigue contra Asturias diciendo que, a no ser que los argentinos sean de Marte o de Venus, sólo Borges ha dado cuenta del crisol de razas y la babilonia cultural de Buenos Aires. Y pega en el blanco.

Otros textos atienden sus 25 años de vida como escritor, donde en una suerte de biografía intelectual se pueden palpar los alcances de su proyecto literario; cosa parecida a lo que sucede con su ensayo titulado Piñera teatral, donde explicita los alcances de su arte y entra el diálogo con lo cubano de su oficio: “Aquello que nos diferencia del resto de los pueblos de América es precisamente el saber que nada es verdaderamente doloroso o absolutamente placentero…Nosotros somos trágicos y cómicos a la vez”. Arremete también contra los parásitos de primer orden que conoció trabajando para la embajada de su país, cuando también resulta fulminante “a un señor cualquiera le interesa ser agregado cultural. Su meta no es promover el intercambio cultural entre países, sino la compra, a bajo precio, de un automóvil, el cual revenderá con pingües ganancias… o guiado por su santa ignorancia imagina que en tal cargo no hay nada que hacer”.
Sus dotes como antropólogo lírico también quedan bien representadas en su artículo Sexualidad y machismo: “No es un azar si el hombre nuestro prefiere la abundancia carnal en la mujer. Como él mismo se encarga de afirmar: odia los pescaos. Esto ha dado por resultado un tipo de belleza criolla a base de enormes glúteos, enormes senos y enormes muslos. Cuando una mujer se presenta en el ruedo sexual con tales atributos, el galán cubano exclama: ‘Qué santa estás, mi vida’”.

Otro texto memorable es el diálogo ficticio que mantiene con Jean-Paul Sartre, así como una visita a unas minas de extracción de guano, pieza sugestiva y divertida que demuestra que Piñera trastoca en literatura dondequiera que pose la mirada. Son frecuentes las tundas a noveles y viejos autores, hay pareceres, insolencias, complicaciones y esperanzas; por ello no deja de ser trágico lo que a la postre pasaría. Como insuperablemente lo ha referido Cabrera Infante en Vidas para leerlas: el poder corrosivo de la censura, que destruyó la ensoñada aurora de un mundo nuevo por la mecánica represiva de revolución, acabando en su trajín con un autor que merecía un trato, si no de prohombre, que lo era, sí al menos uno digno y de respecto: lejos de lavar sus culpas se encuentra el despótico régimen del todavía “coma-andante”.

Esa tristeza se expande aún sobre el legado de la obra de Piñera, puesto que sus libros, si bien conocidos en todo el orbe, siguen siendo objetos difíciles de conseguir. Las ediciones cubanas, con descuidos notables, prácticamente son inhallables fuera de la isla. En la Argentina circularon hace unos años sus Cuentos selectos publicados por Corregidor; en España hace rato que se agotaron sus Cuentos completos editados por Alfaguara. Algunas de sus novelas aún se dejan ver de vez en cuando por librerías de viejo, pero encontrarlas es poco menos que un milagro. De su magnífico teatro, y del cual  Ediciones Colihue publicó una selección nutrida hace unos años, mejor ni hablar. Resulta más difícil llegar a Piñera que a Montego Bay.

Es indudable que las hadas que lo tocaron en la cuna fueron crueles, puesto que, pese a ser uno de los mayores autores del siglo XX latinoamericano, Virgilio sigue bamboleante entre la indigencia y la zozobra. Más que opacada, la suya es un obra destinada a la sombra, y no sólo de Lezama, como supo ver él mismo en un hermoso soneto a la muerte del maestro barroco: “Por un plazo que no puedo señalar/ me llevas la ventaja de tu muerte:/ lo mismo que en la vida, fue tu suerte/ llegar primero. Yo, en segundo lugar”.
De acuerdo con Reinaldo Arenas, otro sofocado por el régimen, el mundo de Virgilio Piñera es “el mundo de la intemperie, del acoso y de la maldición. Sobre ese mundo, La isla en peso es un exorcismo implacable y luminoso”.
Poeta, proscrito y plebeyo, acercarse de cualquier manera al fuego auténtico que despierta su escritura permite darse cuenta de que las sombras, aunque eternas, tienen formas, también se encuentran solas y en su silencio que no claudica perpetuas nos acompañan.

 

Sartre nos visita

Virgilio Piñera
En pocos días más tendremos en La Habana a Sartre. Para nosotros, escritores, esta visita es tan importante como la reciente de Mikoyan para nuestra economía. No es el caso que Sartre tenga la facultad de hacernos mejores  escritores, pero es el caso que Sartre está facultado para pincharnos. Por supuesto, el único pinchazo que se negaría a dar será ese basado en la idiota pregunta: Maestro, ¿cómo estima usted que debemos escribir? Esa pregunta idiota se la hizo Gerard Phillipe a Carlos Fuentes y a Miguel Angel Asturias. Reconozcamos que todavía estamos en esa fase que es sentirnos empequeñecidos ante los maestros extranjeros que nos visitan. En ocasiones, tales maestros lo son menos que nosotros; en otras, lo son sobresalientemente pero nuestro complejo de inferioridad acaba por entontecerlos. Evitemos, pues, entontecer a Sartre. Tal extremo lo pondría furioso. El viene a Cuba a conversar de igual a igual, a esperar, de parte de nosotros, preguntas difíciles –sobre su obra y sobre la nuestra– (si es que conoce a fondo nuestra producción, cosa que dudo) y a no sentirse en esa posición desairada, que es la del maestro frente al discípulo.

A propósito de preguntas, se me ocurren algunas. ¿Qué piensa usted de su teatro? ¿Es cierto que usted enjuició su obra teatral en una conferencia en la Sorbona? ¿Es su teatro más filosofía que teatro? ¿Pasaría lo mismo con sus novelas? Cuéntenos exactamente su rompimiento con Camus. Díganos su parecer sobre la novela-objeto. [...] ¿Estima usted que el llamado arte realista soviético ha dado obras de importancia? ¿Qué admite y qué rechaza usted del comunismo? [...] A su vez, él nos devolverá los disparos, y habremos tenido la rara ocasión de enfrentarnos con un hombre inteligente.
Así como la Revolución plantea la disyuntiva sagrada: Revolución o Muerte, así también nosotros planteamos: Literatura o Muerte. Si a la Revolución se la desvirtuase, moriría; si a la Literatura se la pusiese a producir slogans pretendidamente literarios, moriría. El escritor está en el deber de crear para el pueblo, el escritor debe reflejar en sus obras los problemas nacionales, pero a condición de no quedarse en la nuda propaganda. Bajo esta cómoda postura se refugian muchos pretendidos escritores que, por el solo hecho de hacerla, pasan por tales. Si el obrero tiene autonomía en su trabajo, no veo por qué no habría de tenerla el escritor en el suyo. Si el escritor no es un pelma, si, por el contrario, es un ser dotado de una conciencia vigilante, obtendrá, por medios netamente artísticos, expresar el sentir de su tiempo.

Texto extraído de Las palabras de El Escriba, Unión, 2015.



Rafael Toriz