CULTURA PSICODELIA Y ARTE

Volver a la experiencia

La alianza entre creación y drogas cuenta con una tradición que no conoce fronteras; entre ellas, la surgida entre el LSD y la plástica, que en esta ocasión demuestra que el viaje interno no se ha extinguido: sólo andaba de parranda.

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Foto:El Mirador Espacio

Timothy Leary saltó a la fama con Turn on, Tune in, Drop out, algo así como un instructivo para activar, sintonizar y luego dejarse llevar a otros estados de conciencia, siempre con el dios LSD como guía, una mañana de 1967 mientras se estaba bañando. Se le ocurrió el slogan, tan poderoso como la droga, que Marshall McLuhan le pedía para promocionar los beneficios de esa sigla mágica. Pero, como el momento que dio con esa frase era muy poroso, no sólo impactó en el ámbito científico universitario. Además de haber recibido la crítica de Charles Manson por lo poco que aprovechó ese descubrimiento en lo relativo al control de las masas, el mundo artístico se apropió de las mayúsculas y, también, de la experiencia.

Leary y el LSD fueron la música y las letras de muchas disciplinas del arte. En ese sentido, el legado del psicólogo entusiasta en las drogas psicodélicas que había nacido en 1920 fue como una segunda revuelta surrealista. Dejar que la conciencia fluya, se expanda, para que escriba, pinte, filme y cante. Por eso, la muestra colectiva LSD: Luminancia Sobrenatural Dominante, de la que intervienen las obras de Elvira Amor, Paul Loubet, Diego Mur y Federico Villarino, abreva de esa tradición desde su título. Lo estrafalario del nombre hace serie con el sentido diferido, casi como una broma, sobre volver a definir ese trío lisérgico. En todo caso, hay que empezar por luminancia, eso que es la densidad superficial y angular del flujo luminoso, y seguir su estela. Porque con ella podremos atravesar las pinturas de estos cuatro artistas que, como cuatro jinetes, cabalgan técnicas tan distintas, pero que se reconocen, simpáticos, en la desautomatización de los procedimientos y, sobre todo, de la percepción.
Algo de lo sobrenatural sobrevuela las obras de Loubet. Sobre espejos con aerógrafos y toda una tradición de street art a cuestas, imagina un mundo de muñequitos y personajes jibarizados de las películas noventosas. Todos caben en ese degradé un poco anacrónico con la impronta de lo que está buscado con ese propósito. De vez en cuando, por los intersticios que deja en el espejo, se cuela nuestra imagen, metamorfoseada como parte de ese paisaje mental. Por su parte, Villarino elige contraponer dos tradiciones bien marcadas: sobre un paisaje figurativo, imprime una figura geométrica que acentúa en los valores del color y crea una asociación inusitada. Ni el número áureo de la geometría ni la intencionalidad de la representación naturalista. En ese entredos disonante se produce la fórmula perfecta que aleja a sus cuadros de cualquier convencionalismo o encasillamiento de estilo.

Mur juega con el desplazamiento de las formas hasta lograr que se “muevan” en el cuadro. Una paleta muy subida, incluso con colores fluorescentes, advierte sobre los límites del “gusto”. Es posible pensar en cierta ironía en esas cuadrículas desajustadas y de tonalidades que chirrían que enfrentan con desenfado las visiones descuidadas y les proponen mirar cosas nuevas.

Elvira Amor se despereza en las alturas del espacio El Mirador, una esquina que otea las inclemencias del Parque Lezama y aguarda, aunque lenta, su pronta recuperación. La búsqueda de esta artista es más sosegada e introspectiva. Sus cuadros susurran, pero exigen una mirada de cerca: veladuras que cubren la totalidad de las telas y dejan, otra vez, que se entrevea la técnica junto con cierto misterio. Una geometría diluida, sin líneas ni precisiones. Un borrón mental. Ese que ocurre cuando la imaginación levanta vuelo.

 

LSD

Loubet/Villarino/Mur/Amor
Hasta el 6 de septiembre
De martes a viernes de 15 a 21 y de 12 a 18
El Mirador Espacio, Brasil 301



Laura Isola