DEPORTES

El hombre ilustrado

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Si no me equivoco –porque no lo he vuelto a leer desde que soy chico–, hay un libro de Ray Bradbury que se llama El hombre ilustrado. Es la historia de un hombre que tiene todo el cuerpo tatuado y cada tatuaje es una historia. La primera vez que entrevisté a Leandro Atilio Romagnoli fue en el Balneario 12, en Mar del Plata, él estaba en malla y me llamó la atención las caras inmensas de sus dos progenitores tatuadas casi a tamaño natural en su pecho. Me imaginé a la mujer del Pipi conviviendo en su intimidad con la mirada clavada de sus dos suegros. Le comenté eso al Pipi y me dijo: “Nunca lo pensé”, y se rio. San Lorenzo es una construcción colectiva que abarca miles de espíritus, miles de historias, pero como el periodismo necesita sintetizar, yo creo que el Pipi Romagnoli es una persona en la cual se puede metabolizar todo el aleph de sucesos y sensaciones que pasaron por la mente azulgrana el miércoles pasado. El ya es, como el personaje de Richard Matenson, leyenda. Encarnó el desparpajo adolescente a la hora de jugar en sus partidos iniciales, y la habilidad del enganche que tanto extraña uno en el fútbol mundial. Es un hombre del club que puede resignar dinero pero nunca gloria, y que nos sacó del descenso hace apenas dos años –recuerdo su apilada mortal para el gol de Gigliotti contra el Newell’s de Martino, nada menos–; y lo que jugó en el primer tiempo contra el Bolívar, en ese partido perfecto del Casla. Como escribió Joseph Conrad de Lord Jim, los cuervos sentimos que el Pipi es “uno de los nuestros”. ¿Qué significa eso? Que es un simple mortal con un corazón grandísimo para jugar al fútbol. A diferencia de esos jugadores maquetados que parecen ultramodelos de viedojuegos, hechos de materia virtual, el Pipi es de carne y hueso. Y uno de los misterios más grandes de la humanidad no es que las computadoras piensen como los hombres, sino que la carne pueda engendrar pensamiento y electricidad. Como el Espíritu, el Pipi sopla donde quiere.

*Escritor.



Fabián Casas