DEPORTES

Fracasó. Fracasaron. Fracasamos

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Fracaso es una palabra que los futboleros utilizamos mucho. Los periodistas la usan en las conferencias de prensa con entrenadores y jugadores, aunque entrenadores y jugadores se las apañan para dar a entender que ellos no, ellos nunca, ellos jamás, han fracasado. La utilizan los hinchas en la tribuna, convertida en adjetivo, para gritarle a un jugador al que se odia. La utilizan los hinchas entre sí, para impugnar lo que otro tenga para decir. La idea más o menos es “qué vas a hablar vos, si sos un fracasado”.
Y bien, por más que esta palabra esté gastadísima, no encuentro otra mejor como punto de partida para pensar en Independiente hoy. Fracaso. Fracasados. Fracasamos. La palabra cierra. La palabra sirve por donde se la mire. Salvo por el helicóptero, parecemos la Argentina de diciembre de 2001. Caos, frustración, violencia, quiebra económica, desorientación, rumores, renuncias. Fracaso.
En diciembre de 2011 fuimos muchos –me incluyo– los que nos entusiasmamos con la llegada de Javier Cantero a la presidencia de Independiente. Como pasa casi siempre, los socios votamos una imagen, un impulso, una intuición. Si a duras penas uno conoce los antecedentes de los políticos nacionales, ¿qué sabemos, en el fondo, de los candidatos de los clubes? No tenía aspecto de “empresario exitoso” como su antecesor Julio Comparada. Parecía un hombre moderado que se decía dispuesto a sanear las escuálidas finanzas del club, manejar los recursos con honradez, recortar los poderes de los criminales de la barra brava que venían gozando de privilegios casi principescos.
Cantero ganó las elecciones por un amplio margen. Decidió enfrentar a los violentos. Muchos socios e hinchas nos sumamos a esa iniciativa. La reacción virulenta del líder de la barra y de sus secuaces nos dio a entender que las decisiones dirigenciales los estaban –felizmente para el club– molestando.
Sin embargo, fracasó. Fracasaron. Fracasamos. Las deudas del club no sólo no menguaron, sino que siguieron agigantándose. La situación futbolística pasó de regular a mala, de mala a desesperante. En ese clima la ofensiva contra los violentos se detuvo. Según algunos, a mitad de camino. Según otros, reemplazando la amistad con unos barras por la amistad con otros. En junio de 2013 Independiente descendió por primera vez en su historia. Para agregar un poco más de nafta al fuego, la política nacional empezó a cruzarse con la del club. Como Hugo Moyano es la cara más conocida de la oposición, se empezó a decir –y eso, en un club, lo convierte en verdad más o menos asumida– que Cantero contaba con apoyo del kirchnerismo. ¿Es así? ¿Es verdad? Los socios no tenemos ni idea. Lo único que hacemos es pagar nuestra cuota. Ir a la cancha. Tolerar los fracasos. Bancarnos con más o menos dignidad, con más o menos entereza, los desaguisados que se cometen a costa de nuestros clubes. Algunos pidieron la cabeza de Cantero desde la consumación del descenso. Otros –entre los que me cuento– preferimos suponer que en el Nacional B las cosas podían empezar lenta, penosamente, a enderezarse. Pues no. Fracasó. Fracasaron. Fracasamos. El club no puede pagar normalmente a los empleados, ni a los jugadores. Las instalaciones son una ruina. Y mientras tanto, ¿cómo anda el fútbol? Horrible, gracias.
Cantero se va. Fracasó. Los que creímos que él podía ser una esperanza, también fracasamos. Ahora se supone que habrá un acuerdo entre oficialistas y opositores. ¿Será cierto? ¿Será bueno? La mayoría no lo sabemos. Independiente, herido, sigue dando batalla. En medio de la borrasca, como hormiguitas crédulas, los hinchas se siguen haciendo socios. Pasamos la barrera de los cien mil. Como si lo único que quedase, en medio del polvo de los derrumbes, fuese la devoción por tu camiseta. El sólido, el inocente, el inútil amor por tu club

*Escritor e hincha de Independiente.



Eduardo Sacheri