DEPORTES LUCIANA AYMAR

“Hago terapia, pero para el retiro nunca voy a estar preparada”

La capitana de Las Leonas asume que le provocará angustia, pero no se pone plazos para dejar de jugar. Los planes para el día después y su charla con Aníbal.

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“Hola, me llamo Luciana y tengo dos caniches.” El chiste, una parodia de cualquier programa de TV sobre adolescentes, es el prólogo de la próxima entrevista. Una de las tantas que dará en un día que la tiene despierta desde las 7. Ya pasó el mediodía, y la chica de jeans y maquillaje no está hoy en plan jugadora de hockey: su presencia en un teatro, y su manera de resistir el desfile de periodistas frente a ella, tiene que ver con hablar del motor interior que la empujó a ser la mejor del mundo. Un evento, de los numerosos a los que la convocan las empresas, en el que su presencia cotiza. “Mi regla es ‘hago lo que me gusta’. Así me manejé siempre. Una publicidad puede ser, una clínica de hockey también, eso me gusta mucho. Cuando estuve lesionada, hace unos años, probé bastantes cosas, y conducir en la tele me gustó, por ejemplo. Me ayudó a desestructurarme, a tener que improvisar muchas veces. No estaba acostumbrada a eso. Pero no digo que sí a todo: ser jurado de un carnaval, no”, marca la cancha Luciana Aymar, la de los dos caniches, que a los 35 años estira una carrera deportiva que la dejará en la historia.
—¿Te ves reflejada en las chicas que empiezan a jugar en Las Leonas?
—No, nosotras éramos más reservadas. Hoy una que entra al plantel plantea lo que piensa, opina. Y eso está bueno, hay más flexibilidad. A mí la transición me costó, al principio era una jugadora más inconsciente, hasta que un día me dijeron: “Sos la mejor del mundo”. Pensé: “¡Ay, qué duro!”. O ir a la cancha y que te marquen distinto, llevar el cartelito de líder. Todo eso es difícil de sobrellevar.
—¿Cómo lo trabajaste?
—Con terapia. Yo quería asumir ese lugar, pero me costaba llevarlo y sostenerlo. Yo quería ser la mejor, ser la capitana, ser abierta con las demás jugadoras. Eran un montón de cosas. En mi caso, no es sólo ser talentosa, sino enfocarme en todo lo demás.
—Ahora tenés otro tema para tratar: tu retiro
—Con Nelly, mi psicóloga, siempre hablo de cómo encararlo. La terapia es fundamental para el deportista; uno pelea con uno mismo, entonces está bueno tratarlo con alguien que te ayude desde otro lugar.
—¿Y estás armada para cuando llegue?
—¡No! (se ríe). Por más que lo hable en terapia, para el retiro nunca voy a estar preparada. Seguiré con las clínicas, pero no va a ser lo mismo que jugar. Esa adrenalina no vuelve. Sé que estaré angustiada, que tendré que hacer el luto. Es parte de la vida.
—Tal vez será el momento de ser madre, algo que siempre mencionás.
—A los 20 decía que iba a ser madre a los 25, después dije a los 30. Al final, los hijos de mis amigas van a cuidar al mío. Aunque suene a lugar común, tener un hijo es mi sueño, claro.

La tormenta. Las últimas semanas fueron traumáticas para un deporte acostumbrado al perfil bajo. La decisión de Aníbal Fernández, el nuevo presidente de la Confederación, de echar a los entrenadores de las selecciones masculina y femenina agitó demasiado el ambiente.
—¿Te molestaste con Aníbal por lo que pasó?
—Hablamos de igual a igual, le dijimos un montón de cosas que nos habían movilizado. Estaba abierto a escuchar, aunque no estuviéramos de acuerdo. Nos recordó que siempre había hablado de los cambios. Le dije que nos hubiese gustado que nos avisara antes. El malestar era por las formas. Después, como presidente, está en su derecho de hacer lo que quiera. No me meto en su decisión, sí en la forma y en el momento en que se tomó. Igual, ya pasó.
—Pero se veía venir.
—Me imaginé que Aníbal y Marcelo iban a hablar, y no fue así. Por respeto, yo no me había comunicado con Aníbal antes de la elección, me parecía que no correspondía. Y cuando lo hicimos, ya las decisiones estaban tomadas. Pero si uno se pone a ver las entrevistas que él había dado, estaba claro que esto podía pasar. Pasa que nosotras guardábamos la ilusión de que no iban a hacerse ahora, a un mes del torneo (ver recuadro).
—Quizás ustedes deban aceptar reglas no habituales en este deporte.
—Tenemos que entender que desde hace un tiempo el hockey está a mitad de camino entre el profesionalismo y el amateurismo, y va a terminar más cerca de ser profesional. Ahora hay que acomodar la cabeza, poner onda y adaptarnos al cambio. El problema es que a veces desde afuera quieren meter a las jugadoras en una guerra política, y nosotras no estamos para eso. Sí esto debería servir para que la próxima vez las elecciones no sean después de un cambio de entrenadores, por ejemplo.
—¿Pensaste en bajarte de la Selección por esto?
—No. Es un momento especial que hay que pasar.
Lo dice antes de mirar por el espejo retrovisor de su trayectoria, como si revisara la película de sus años en el equipo; son tantos que cuando ella debutó, en 1996, el apodo Leonas todavía no se le había ocurrido a nadie.
—Tenía 18 años, era una niña. Fue en una gira por Inglaterra, antes de los Juegos de Atlanta, a los que al final no me citaron. Yo viví toda la evolución, desde que nadie sabía qué era este deporte hasta el momento en que aparecieron los sponsors, los contratos, los representantes, llegaron los medios. Empecé cuando no recibíamos ni un peso, y ahora las chicas que arrancan en la Selección tienen una muy buena beca. Las jugadoras se pueden dedicar sólo al deporte, si quieren. Y esto va a parecerse cada vez más a lo profesional. Pasa en la exigencia también: ahora nos entrenamos todos los días en doble turno.
—Mucho más que los futbolistas.
—Y... es diferente, ellos por ahí tienen más partidos... Ya tengo mucho con lo nuestro, ¡no me quiero meter en más problemas!



Andres Eliceche