DEPORTES MASCHERANO

La vibra del capitan sin cinta

Convencio a Messi para que fuera el capitan. Y asi comparten liderazgos: Leo es el alma con los pies, el es el corazon y el cerebro de la seleccion.

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Foto:Cedoc Perfil

Desde Belo Horizonte

Al final, el Diego tenía razón. “Mascherano y diez más”, solía decir en la antesala del Mundial 2010. Y si bien en Sudáfrica el ex River en soledad no pudo detener la hemorragia masiva de las heridas provocadas por Alemania, cuatro años más tarde, con una memorable actuación ante Holanda, le dio toda la razón a Maradona, con Alemania otra vez a la vuelta de la esquina (o del Maracaná).
La jugada en que Mascherano con un esfuerzo extremo evitó que el toque de Robben, con tiempo cumplido y todo el drama incluido, besara la red, se ha convertido en un símbolo de un modo de ser, de luchar, de dejar todo en la cancha. En el Arena Corinthians y en La Quiaca, esa “tapada” de Masche se festejó como un gol, con la sensación de que ninguno de sus compañeros hubiera podido lo que él, cambiar el curso de una historia que por algunos segundos pareció a punto de escribirse con tinta naranja. Por eso, y su actuación en conjunto, en las redes sociales aparecieron “estampitas” que juegan con palabras e imágenes: la cara del Che Guevara reemplazada por la del jugador del Barça: “Más Che”, claro. O aquella otra en que se lo ve como al “Libertador”, encima del usual caballo de bronce de San Martín. Nacido en la santafesina San Lorenzo, a Mascherano se lo podría emparentar también con Cabral, soldado heroico caído en plena batalla para salvar a otro, en ambos casos a muchos otros. Decilo Sabella, decilo: “Masche es nuestro emblema”.

El capitán sin cinta. “Casi me desgarro el ano”, admitió Mascherano sobre el agónico quite a Robben, una jugada que lo pinta de cuerpo entero. Terminó tirado en el suelo, boca arriba, tomándose la nalga, con el feliz dolor de que su sacrificio no fuera en vano, tuvo su recompensa en la pelota en el córner. Cuando Sabella, en los inicios de su era, le pidió a Mascherano que resolviera junto con Messi quién sería el capitán, el volante central, tipo noble si los hay, le insistió a su compañero del Barça que aceptara la cinta hasta convencerlo. El cambio de brazo no modificó un hecho: Leo es el capitán futbolístico, el mejor jugador del planeta, pero el verdadero líder del plantel, por alma, corazón y cabeza, sigue siendo Mascherano. Por eso fue él quien llevó la voz cantante para motivar a Sergio Romero antes de los penales. “Le aseguré que iba a ser su día, que hoy podía cambiar la historia y que podía ser recordado para siempre”. Sus palabras produjeron el efecto deseado, Chiquito fue tan grande como su tocayo Goyco en Italia 90. También su arenga final a todo el grupo antes de que Argentina sacase pasaje a su quinta final de un Mundial: “Les dije que estaba orgulloso de formar parte de un equipo de hombres como éste. Y que seguiría estándolo más allá de lo que pasase en los penales; mi orgullo por este equipo no iba a cambiar”.
No extraña que Mascherano haya sido el más buscado por la prensa en el mes de alojamiento en Cidade do Galo: también ante los micrófonos es reconocido por la claridad de sus ideas, que plasma con idéntica simpleza en la cancha. Tampoco que después que haya irrumpido con toda fuerza en Twitter el #DevuelvanlacintaaMasche.

Como el dulce de leche. A sus 30 años y a sólo un paso del título del mundo, Mascherano está identificado hasta los tuétanos con la albiceleste. Su caso es muy poco frecuente: debutó antes en la selección mayor –el 16 de julio de 2003, 2-2 con Uruguay– que en la Primera de su club, River. Con más de cien partidos internacionales, el número 14 tiene la madurez justa para ordenar a sus compañeros, probablemente ayudado por sus años en la zaga del Barça, con otra visión que en el medio. Con Lucas Biglia como ladero frente a Bélgica y Holanda, Mascherano retrocedió unos metros y creció en su despliegue y en su juego también. “No sé qué habremos hecho esa noche”, declararon con irónica complicidad sus padres sobre el momento de la concepción del Jefecito.
Hacía mucho que la selección carecía de un caudillo. Quizá desde los tiempos de Ruggeri. Como no podía ser de otra manera, el carácter de Mascherano se fraguó en el fuego de las frustraciones (los últimos mundiales y copas América). Pero también ha conocido la bonanza de la época de la lluvia de los oros olímpicos, en Atenas 2004 y Pekín 2008. O sea, sabe lo que es caer y levantarse, y también festejar con la celeste y blanca. Algo clave en la previa de la final contra Alemania.
“Vamos a jugar el partido más importante de nuestras carreras. Y sobre todo tenemos que estar a la altura de las circunstancias. Tenemos la tranquilidad de haber puesto al fútbol argentino donde se merece estar”, señaló en la zona mixta tras el partido con Holanda, con la paz de espíritu propia de los gladiadores después de una pelea bien peleada y merecidamente ganada.
Y, con la misma grandeza, no quiere hablar de revancha por la fea caída en Ciudad del Cabo. “Esa palabra es algo muy feo en la vida. Estamos ante una chance única. ¿Si llegamos hasta acá, por qué no intentarlo?”, argumentó.
Y luego sentenció: “Estamos en la final y no la vamos a regalar. Con el corazón sólo no alcanza para ganar, hay que jugar con la cabeza, la inteligencia, tener orden táctico”. Lo hizo parecer simple. Con él y diez más, se puede.

La ilusion por Di Maria
El día en Belo Horizonte de la Selección transcurrió en un clima de tranquilidad y optimismo. Quizás el único momento de dudas estuvo vinculado a Marcos Rojo, quien no terminó la práctica por un golpe en la pantorrilla y el tobillo derecho que, sin embargo, no pone en riesgo su presencia el domingo.
Quien está haciendo todo para estar, luchando incluso contra los protocolos de la medicina, es Angel Di María, quien intensificó las cargas con el objetivo de estar aunque sea en el banco en la final.
Ayer se cumplió el último día de entrenamiento en Cidade do Galo. Hoy, los jugadores van hacia Río de Janeiro y, de allí, salga como salga el partido de mañana, volverán a Buenos Aires.



Marcelo Androetto