DEPORTES FABIAN O’NEILL

La vida por una copa

Zidane lo definio como el mejor futbolista con el que compartió una cancha. “si el partido se complica, densela a el”, le pedia zizou a sus compañeros de la juventus. Ese crack era 0’neill, un uruguayo que disfrutaba tanto de un caño como de beber hasta el ultimo peso.

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. Foto:Juan Salatino
Aquel clásico uruguayo estaba tan caliente como cualquier otro clásico uruguayo. Mucha tensión, pocos espacios y los típicos nervios que casi siempre nublan los sentidos. En ese contexto, había un jugador que trotaba la cancha en busca del momento justo para cumplir su objetivo particular. Fabián O’Neill era todavía un pibe cuando salió al campo de juego del Centenario con una única meta: tirarle dos caños a Nicolás Rotundo. Eso le había prometido a su compañero Martín Parodi y a eso fue. La primera pelota que tocó pasó enseguida por entre las piernas del mediocampista de Peñarol. Pero no fue la única. Dos más repitieron ese mismo trayecto en una seguidilla que terminó con la expulsión de Rotundo.
Algún tiempo después, O’Neill reincidió en su osadía. Ya en Europa y con la camiseta de Cagliari, jugó un partido contra Salernitana, donde brillaba un mediocampista central de bravura similar a la de Rotundo: Gennaro Gattuso. Sus compatriotas Paolo Montero y Gustavo Méndez, que jugaban en otros clubes, le advirtieron antes del partido de la rudeza del calabrés, pero el Mago se rio y les dijo: «Le voy a tirar dos caños como a Rotundo». En los primeros minutos, Gattuso repartió patadas como siempre, pero esta vez había un esteta vengador esperándolo. Apenas se encontraron, O’Neill hizo pasar la pelota por entre las fornidas piernas del golpeador, que lo miró con los ojos desorbitados. Al rato se repitió la vejación. «La próxima te mato», le dijo Gattuso. «Tranquilo, Gennaro, que estás pasando vergüenza», fue la respuesta. «Si no tiramos un caño ante 60 mil personas, no somos nada», dijo un día Fabián O’Neill. Y con una decena de palabras simples expresó una manera de entender el complejo mundo del fútbol. Una ética del oficio.

Fabián O’Neill, a pesar de su apellido de gringo, era tan distinguido como cualquier joven arrabalero. Un crack de pueblo que quizás podría figurar más alto en el ranking del recuerdo. Quizás. Si se hubiera adaptado mejor al hábitat del gran show. Si no hubiera dado la vida por un caño. Si no hubiera tenido tanta sed. Que le sobraba pasta de crack lo demuestra la admiración que siempre le profesó nada menos que Zinedine Zidane.

No se puede hablar de él sin hacer referencia a su alcoholismo. Lo menciona en cada entrevista. Sin pesar y sin vergüenza. Como un rasgo de personalidad. Pero con clara conciencia de los riesgos. «Si sigo tomando así, no vivo diez años más», decía. Pero el trago no fue un lastre de adulto, sino una compañía desde la infancia. Tomaba desde los nueve años y aprendió a jugar con un vaso de vino en la mano. Si alguna vez hubiera estado sobrio, ¿habría jugado mejor? Quién lo sabe. Conoció los bares antes que los potreros. Y a los siete años comenzó a trabajar en los prostíbulos, donde le pagaban con Coca-Cola. Las propinas las usaba para jugar a las cartas y pronto se le dio por cortar la gaseosa con caña. Recién a los 13 años se topó con una forma más o menos organizada del fútbol. También fue su descubrimiento del día. Porque a esa edad estaba curtido en la noche como un veterano. Una experiencia que le permitió sacar ventaja en la cancha: «Era atrevido porque ya conocía todo. En Uruguay se jugaba el campeonato de baby de 13 a 18, todo en una sola categoría, yo tenía 13 y jugaba contra los de 17, pero no se sentía porque yo tenía más calle que ellos».

Con Pintos Saldanha, exfutbolista de Nacional y de la selección uruguaya (fue campeón en la Copa América 1987), comparte una historia medular de su frondoso anecdotario. Cuenta la leyenda que O’Neill salió a comprar mozzarella por pedido de su esposa. En el camino, se encontró con el Chango y, por supuesto, se fueron a refrescar el garguero. Regresaron varios días después, arrastrándose. Los más exagerados dicen que la gira duró veinte días. Como haya sido, algo es seguro: O’Neill volvió sin la mozzarella.

Nació en octubre de 1973 en Paso de los Toros, una ciudad del departamento de Tacuarembó. Se crió con su abuela materna porque sus padres no estaban en condiciones económicas para darle de comer. Se hizo hombre muy rápido, pero igual sufrió el exilio forzoso en Montevideo. A los 16 años llegó a Nacional gracias a un dirigente de las divisiones inferiores que viajaba por el interior buscando nuevos talentos. Como extrañaba mucho a su abuela, regresaba al pueblo todos los fines de semana y volvía a su hogar en la pensión del Parque Central los martes. Para poder viajar, mentía. Decía que su abuela estaba mal de salud y tenía que ir a cuidarla. Luego, juraba que había muerto. La mató unas diez veces. Cuando la dirigencia y el cuerpo técnico se dieron cuenta de que no le podían dar alas al diamante en bruto, le impidieron la salida por tres meses. De todas maneras, él se las arreglaba para mantener sus costumbres. Se escapaba saltando los muros y sobornaba al portero con una milanesa y un vino para que lo dejara entrar cuando despuntaba el alba.

Era un futbolista con una técnica impresionante, un enganche elegante, exquisito. Se ganó el apodo de Mago en las inferiores. Jugaba y hacía jugar; tenía habilidad, imaginación y panorama. Debutó en primera a los 19 años y una de sus acciones bautismales fue mostrarle la pelota con una pisada a Sergio Goycochea, que atajaba en Olimpia de Paraguay. Había trasladado esa frescura de los torneos de baby contra pibes más grandes al fútbol profesional. No tardó nada en convertirse en una de las figuras del campeonato y lideró al Nacional campeón de 1992. Ese fue el único título oficial de su vida.

Aquel año, en un encuentro frente a Cerro en el estadio Luis Tróccoli, los hinchas del local lo putearon de principio a fin. Ya era conocida su afición a la bebida y lo agraviaban por eso. Pero también era famoso su talento, así que nadie se sorprendió mucho cuando marcó un golazo en el último minuto y lo cantó a la cara de los puteadores, antes de tirarle la camiseta al grito de «Tomen, hijos de puta».

Jugó en Nacional hasta 1995, cuando Paco Casal lo llevó a Cagliari, que competía en la Serie B de Italia. Se adaptó muy rápido y fue una de las grandes figuras del plantel que logró el ascenso a primera. Con el objetivo cumplido, llegó a la dirección técnica Óscar Washington Tabárez, lo que en principio fue una buena noticia para un hombre necesitado de afectos y de voces familiares. Sin embargo, su relación comenzó de mala manera y terminó aún peor. En un entrenamiento, un juvenil le pegó una patada y O’Neill reaccionó con una piña certera. Entonces, el Maestro lo expulsó de la práctica, que de una se fue a hablar con el presidente. «Él o yo», le dijo. Y el dirigente hizo lo lógico: se quedó con el crack y despidió al DT. La opinión de O’Neill sobre Tabárez es muy clara: «Para mí es un mal técnico, a mí no me enseñó nada. En la selección sólo tuvo suerte».

Los periodistas uruguayos Federico Castillo y Horacio Varoli escribieron un libro llamado Hasta la última gota, la biografía líquida de O’Neill. En ese libro, el jugador admite haber arreglado un partido cuando jugaba en Cagliari: «Yo arreglé. Contra Chievo Verona, empatando nos salvábamos los dos, y nos pagaban 60 mil dólares a cada uno por salvarnos. Fui y hablé con el capitán de ellos, incluso jugamos al Supermatch (un sistema de apuestas deportivas) todos al empate. A los 87 minutos, un compañero mío le pega de la mitad de la cancha y la mete en el ángulo: 2 a 1 y habíamos arreglado el empate. Entonces le grito al defensor Diego López (también uruguayo): boludo, dejate hacer un gol que si no, nos matan a todos. Y el Diego fue y perdió una pelota y nos hacen el dos a dos».

Un día, vino Juventus y pagó doce millones de dólares por ese talentoso sudamericano que podía jugar como regista o como trequartista. Allí lo esperaba su compatriota y amigo Paolo Montero y estrellas del nivel de Alessandro Del Piero, Edgar Davids, Christian Vieri y Zinedine Zidane. Con el astro francés, Fabián forjó una relación de respeto y admiración mutuos.

Zizou llegó a afirmar que O’Neill había sido el mejor futbolista con el que compartió cancha. «Si el partido se complica, dénsela a Fabián que él soluciona todo», decía el campeón del mundo en 1998. El crack charrúa jugó una temporada en la Juve. Lo hizo como doble cinco, al lado de Davids, que se sacrificaba para que su ladero se destacara con la pelota en su poder. El equipo jugaba muy bien gracias al talento de Zidane y O’Neill, pero todo cambió cuando el oriental sufrió una grave lesión en la rodilla. Ese fue el hecho que lo alejó para siempre de los primeros planos. La inactividad es una pésima compañía para cualquiera que sufre una adicción. Aunque nunca dejó la vida nocturna, Fabián se había alejado del alcohol desde su llegada a Turín. La lesión atrajo a los antiguos demonios, que esta vez no lo soltaron. Al final lo prestaron a Perugia, donde sólo jugó nueve encuentros hasta un fugaz regreso a Cagliari y su posterior vuelta a Nacional de Montevideo.

«Cuando tengo dinero no le doy bola y me pica en los bolsillos, pero cuando no tengo me jode», explica sus vaivenes. Además, siempre dijo que jamás jugó por plata y que lo poco que le queda se lo sigue gastando en cómodas cuotas. «Hoy tomo mucho, nunca me propuse dejar y creo que si no tomo no soy yo. Lo que quise hacer siempre lo hice. Lo malo y lo bueno». Lo que se dice un hombre coherente. Seguramente hasta la muerte.