DEPORTES FUTBOL Y VIOLENCIA

Las barras argentinas, las más sanguinarias de todo el continente

En lo que va de año ya hubo dos muertos en el país, y el total histórico asciende a alrededor de 300. Esa realidad no tiene que ver con lo pasa en el resto de Sudamérica. Comparaciones no, que son odiosas.

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Rafael di Zeo se casó en diciembre de 2005 en la quinta Los Galpones, en Benavidez, con Soledad Spinetto, la ex secretaria privada de Felipe Solá. A la fiesta, asistió hasta el mismísimo Diego Maradona, según relató el periodista Gustavo Grabia en el libro La Doce. También Carlos Stornelli, que era fiscal federal. Di Zeo ya tenía una condena y otras dos causas abiertas, y terminaría preso durante cuatro años. Vueltas de la vida: hoy, Di Zeo mueve los hilos entre bambalinas en la interna de la barra de Boca, y Stornelli, que fue también ministro de Seguridad de Daniel Scioli, es el jefe de seguridad del club.

Es apenas un ejemplo de la imbricación entre los políticos y los barras en la Argentina. Otro: Di Zeo le contó en octubre de 2011 al diario Olé que participaba de la agrupación La Kirchner de Rudy Ulloa. Otros: las banderas en contra de Clarín en las hinchadas de Boca y River, o la bandera (¡de treinta por cincuenta metros!) a favor de Francisco de Narváez que desplegó Hinchadas Unidas Argentinas durante la última Copa América.

En consecuencia, resulta difícil, si no imposible, resolver una problemática, la de la violencia en el fútbol, que dejó ya casi 300 muertos –según contabiliza la ONG Salvemos al Fútbol– y que convierten a la Argentina en el país más violento de Sudamérica.
En definitiva, como se pavoneó alguna vez Di Zeo, “Argentina es Harvard para las barras del mundo”. 

Modelo para exportar. En Colombia, las barras son novedosas: aparecieron hace veinte años, después de las caídas de los carteles de la droga, y están constituidas por jóvenes de entre 25 y 30 años. “Las barras colombianas –le cuenta a PERFIL el periodista Juan Diego Ortiz Jiménez, del diario ADN– manejan estereotipos copiados de la Argentina: cánticos, costumbres, rituales, trapos, insignias.” Aunque muy de vez en cuando, también hay batallas campales intramuros en esas barras: el domingo, integrantes de la barra de Atlético Nacional desataron una durante un partido ante Quindío. Agrega Ortiz Jiménez: “Hay nexos entre los barras y los presidentes para las entradas y la reventa, pero no con políticos”.

En Bolivia no se registran muertes, según le comenta a este diario el periodista Javier Méndez Vedia, de El Deber. Tampoco las hay en Chile desde 1989: Christian González, periodista del diario La Tercera, le cuenta a PERFIL que la última muerte que se registró allí sucedió en 1989, cuando La Garra Blanca, la barra de Colo Colo, asesinó a golpes a un hincha de Unión Española. Esa barra, según relata González, ya asistió a clases en Harvard: “Algunos de sus integrantes viajaron para estar con las hinchadas de Boca, River y Chacarita”.

En Ecuador, las barras también se espejan en las argentinas: el líder de la de Emelec (llamada Boca del Pozo), Giuseppe Cavanna, admitió que la barra tiene relaciones con las de Chacarita y Vélez. En Ecuador, la violencia se disparó y, en noviembre, hasta Rafael Correa la salió a repudiar y a solidarizarse con la familia de George Murillo, de 20 años, asesinado por un balazo durante una batalla entre barras de Emelec y Barcelona. Para comparar: en Ecuador se registran cinco muertes desde la aparición de las barras a mediados de los noventa; en la Argentina, se registran 119 en los últimos veinte años.  

En Perú, “el hecho más dramático de los últimos años” –según califica el periodista Juan Aurelio Arévalo, de El Comercio– fue el asesinato de Walter Oyarce, un hincha de Alianza, durante un enfrentamiento entre hinchas de ese equipo y Universitario. “Oyarce –cuenta Arévalo –cayó desde las gradas, empujado. Los implicados están en prisión.”

En Paraguay, en lo que va de año, ya murieron dos personas, como en la Argentina: en enero, Rolando Ramón Pérez, de 26 años, fue baleado durante un tiroteo entre barras de Cerro Porteño y Olimpia, y en febrero, Alberto Fabián Valdéz, de 16, también fue baleado durante un enfrentamiento entre esas barras. No por nada, un clásico es custodiado por dos mil policías.

En Uruguay, hubo un escándalo tres días atrás, cuando se descubrió que el jefe de seguridad de Peñarol, Washington Vega, le había regalado cincuenta entradas protocolares para el partido que se avecina ante Vélez al líder de la barra, Jorge Rivero. La argumentación de Vega es hilarante: “Le di más entradas de lo normal porque los ánimos están calientes. Eran para él y los otros hinchas que iban a trabajar en la seguridad del partido”.

La institucionalización. Las barras de Brasil, llamadas torcidas organizadas, vienen de acaparar las primeras planas policiales, tras la muerte en Bolivia de Kevin Espada, de 16 años, como consecuencia de una bengala lanzada por la hinchada del Corinthians en un partido ante San José de Oruro por la Copa Libertadores, y por la agresión de la barra del Palmeiras a sus futbolistas en el aeropuerto Jorge Newbery.

Le explica a PERFIL el editor de Deportes de la revista Veja, Silvio Nascimento:
“Las torcidas organizadas no tienen lazos políticos. Son sociedades en las que se pagan cuotas mensuales, que comercializan merchandising no oficial del club y que organizan fiestas y otros eventos para recaudar dinero”. Más: las torcidas organizadas están institucionalizadas: son ejércitos de entre veinte y cuarenta mil personas (Gavioes da Fiel, del Corinthians, por caso) que tienen presidente, vice tesorero y hasta jefe de prensa.

No son carmelitas descalzas, para nada. Pero están, así como las barras del resto de Sudamérica, a años luz de las argentinas. Desde 1988, cuando se registró la primera muerte de un hincha (Cléo Sóstenes Dantas da Silva, del Palmeiras), Brasil acumula 11 víctimas en el fútbol.



Federico Bassahun / Marcelo Rodriguez