DEPORTES ABELARDO CASTILLO

Los mundos reales

El escritor, que fallecio esta semana, era un apasionado del ajedrez. Algunos de sus cuentos se inspiraron en partidas que disputo.

UNA PASION. En la mesa del living de su casa tenía un tablero listo para la acción. También jugaba en la computadora.
UNA PASION. En la mesa del living de su casa tenía un tablero listo para la acción. También jugaba en la computadora. Foto:cedoc

El ajedrez no mentiría si mañana lanzara un spot en el que asegura que libros como Las maquinarias de la noche, Los mundos reales y El espejo que tiembla son gracias a él. Sería un video concreto, sencillo, apenas una escena y dos informaciones que habría que precisar. La primera: es 1991 y la novela Crónica de un iniciado se acaba de publicar. La segunda ya sería más desafiante, tortuosa. Abelardo Castillo vive lo que alguna vez ha llamado “el infierno blanco”, un momento en el que siente que las palabras han desaparecido, sencillamente no están más.

La escena, luego, corre rápido. Abelardo (hay nombres –como Román, como Diego– ante los que los apellidos se deben callar) se sienta a su escritorio, enciende la computadora, abre un programa de ajedrez. El programa se llama Chessmaster y es para dos, un sistema operativo que es la Mirtha Legrand de la computación. Abelardo ha guardado partidas suyas ahí, y acaso porque siente que nunca más escribirá ficciones, se pone a revisarlas. En un momento se encuentra con una jugada 11 de un ataque Max Lange; en el spot, entonces, aparecerá un flash: el escritor recuerda un torneo en el que, mientras un rival pensaba un movimiento, él se ausentó 45 minutos tomando un café. “Yo podría haber salido, matar a toda mi familia y, al volver, mi rival habría seguido ahí”, contará veinte años después, pero ahora –en el spot, ahora– Abelardo cierra rápido el Chessmaster, abre el WordPerfect 5.1. En el monitor se despliega una pantalla negra, y él escribe, empieza a escribir: “El hombre que está subiendo por la escalera en la oscuridad no es corpulento, no tiene ojos fríos ni grises, no lleva ningún arma en el bolsillo del piloto, ni siquiera lleva piloto. Va a cometer un asesinato pero todavía no lo sabe”.

La cuestión de la dama en el Max Lange es el cuento insigne que Abelardo Castillo le legó a su ajedrez salvador. Está en el libro Las maquinarias de la noche y lo escribió de un tirón, ese día, con ese disparador: un hombre deja a su rival pensando una jugada y sale a matar. Como dijo en Gambito de Papel, en una charla sobre el juego que está en YouTube, “en los cuentos, como en algunas partidas, se puede empezar por el final”.

Para el hombre que inventó la madrugada, el ajedrez era “un espacio de transparencia, de lógica absoluta”, un portal al que ingresaba para luego volver más poderoso al que sería “el mundo real, la historia, los cien chicos que se mueren por día por falta de atención…”. “En el ajedrez –le dijo al sitio Ajedrez12– no hay buenos ni malos, hacés abstracción total”.

El cordobés Luciano Lamberti, un escritor que la rompe toda en los libros de cuentos El loro que podía adivinar el futuro y El asesino de chanchos, fue la última persona que lo entrevistó. Lo hizo para el blog de Eterna Cadencia, y en la tercera oración, después de contar que la charla sucedió el Viernes Santo y que la casa en la que vive Abelardo es de techos altos, observó: “La entrevista tuvo lugar en el living, frente a un tablero de ajedrez”.


Con walsh y por guita

La imagen tiene la potencia de la tapa de un libro. De un lado de la mesa, con su cara hecha de roca, Abelardo Castillo. Del otro, con sus lentes inmortales, Rodolfo Walsh. Están en La Academia –el bar que está sobre Callao, a media cuadra de Corrientes– jugando al ajedrez. Castillo había llegado con el escritor Vicente Battista. Apenas entraron, vieron al autor de Operación Masacre, que estaba con su editor, Jorge Alvarez, jugando al ajedrez. Alvarez les propuso que se desafiaran por guita. Battista apostó por Abelardo. Alvarez, por Walsh. “Un hombre que siente que el ajedrez no es como la vida, sino ‘la vida’, seguro gana”, dijo alguna vez Abelardo. Aquella noche sintió eso: que el ajedrez era la vida, nomás.



Ignacio Fusco