DEPORTES EMPATE EN PATRICIOS

Negocio de puntero

River ganaba 1-0 con gol de alario y el lider, estudiantes, no creaba peligro. pero llego el empate de auzqui y el partido termino 1-1. Los de nuñez siguen lejos de la punta; el pincha se fue conforme.

Duro abajo. Ponzio, el volante que volvió a jugar de marcador central, y Lucas Rodríguez, el joven de 19 años que maneja los hilos en el puntero.
Duro abajo. Ponzio, el volante que volvió a jugar de marcador central, y Lucas Rodríguez, el joven de 19 años que maneja los hilos en el puntero. Foto:Pablo Cuarterolo
La imagen final, con los jugadores de Estudiantes saludándose y los de River mordiéndose los labios, sintetizó bastante bien lo que había pasado antes, durante esos 95 minutos en que los hinchas millonarios se derritieron por el calor, insultaron porque su equipo no generaba nada (o generaba poco) y se fastidiaron por la incomodidad que representaba –y representa siempre– enfrentar a Estudiantes. El Pincha se fue feliz de Parque Patricios, con cierta razón: mantuvo la distancia con uno de los probables rivales directos que tendrá en este torneo XL.

River fue un poquito más, es cierto, y por eso todos esos estados de ánimo son más o menos entendibles. Pero esa superioridad mínima, a veces, no alcanza cuando se juega contra un equipo que transforma sus únicas dos llegadas al arco rival en un gol –el de Auzqui, a los 13 del segundo tiempo– y en un cabezazo –el de Solari, a los 21 de la primera parte– que pegó en el travesaño. Estudiantes es así: todo lo que no tiene de vistoso lo tiene de pragmático.

En el partido pasó poco, al menos en lo referido al juego y a cierta pretensión de ver un duelo visualmente digno. Se enfrentaban, en definitiva, dos equipos que están en los primeros puestos de la tabla de posiciones. Pero Estudiantes se dedicó a cumplir su legado histórico: defendió bien, puso como pilares de esa táctica a sus centrales –Desábato y Schunke– y al todoterreno Ascacíbar, y encontró en Auzqui alguna bocanada de oxígeno, un lugar donde refugiarse entre tanta defensa irrestricta.

Del otro lado, el local, que se mudó del norte al sur porteño, que convirtió al Palacio Ducó en un Monumental improvisado, tampoco hizo mucho, en buena medida por la defensa del rival, y también porque D’Alessandro no tuvo como socios ni al Pity Martínez ni a Nacho Fernández. Los tres casi nunca pudieron encontrarse. Y cuando intervinieron se notó ese plus, ese valor agregado que pueden ofrecer: en ese centro que tiró D’Alessandro y Alario se llevó por delante; o en esos tiros de media distancia de D’Alessandro, primero, y de Martínez, después, que estuvieron a punto de convertirse en gritos de gol. O en esa triangulación entre D’Alessandro y Nacho Fernández que el ecuatoriano Mina cabeceó mal, ya cuando el partido iba empatado y faltaba poco para el final.

El gol de River, paradójicamente, llegó por una jugada dudosa, de esas que nunca van a ser unánimes: un empujoncito que el árbitro Diego Abal consideró falta y penal. Y que Alario convirtió en gol. Un gol que, más tarde, quedó casi en el olvido por el cabezazo de Auzqui.