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Peligro de gol

Cada vez se convierte menos. En ochenta años el promedio bajo a la mitad. Si siguiera asi, en 2130 los partidos terminarían cero a cero.

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Foto:Cedoc

Se puede discutir si el fútbol de antes era mejor o peor que el de ahora, o si en la actualidad se prioriza el orden defensivo por sobre la creatividad ofensiva. Se puede debatir sobre torneos cortos o torneos largos. O especular con que el negocio se lo devoró todo. Lo que está fuera de toda polémica es que cada vez se convierten menos goles. Década a década el promedio baja a niveles preocupantes.
En las 29 fechas del torneo que termina este fin de semana se convirtieron 965 goles en 435 partidos, lo que arroja un promedio de 2,2 tantos por encuentro. Dos festejos por partido son, por estos días, la media de todo hincha, aunque en las populares no suele haber demandas para que los jugadores conviertan más. Un repaso retrospectivo demuestra que no siempre fue así: durante la década del ‘30, con la incipiente profesionalización del fútbol, el promedio fue de 3,9 goles.

A medida que avanzaron las décadas los arcos se empezaron a cerrar. Y si hoy la cantidad de goles que se convierten por partido llega casi a la mitad, lo que viene podría ser aun más alarmante. Al punto que si la curva descendente continuara, los goles ya no estarían secuestrados: estarían desaparecidos. Una hipotética proyección de la tendencia señala que en el año 2130 todos los partidos terminarían 0 a 0. Doscientos años después, el fútbol se devoró aquello que le da sentido.
El Beto Acosta, ex goleador de San Lorenzo, intenta una explicación de este fenómeno: “En este momento se juega  al fútbol más físico, faltan grandes estrategas y el número nueve está desapareciendo. Los equipos se preocupan más por defenderse que por atacar, la necesidad de obtener buenos resultados hace que se resguarden más y no salgan tanto a jugar”.

Repaso. En 1932 el diario Crítica decidió premiar con una medalla al arquero que lograra que Bernabé Ferreyra, delantero de River, no le convirtiera goles: tardaron 13 fechas en entregarla. En esa misma década, el paraguayo Arsenio Erico brilló en Independiente y quedó en la historia como el jugador que más tantos convirtió: 293. El paraguayo, además, formó parte del Rojo campeón en 1938, un año en que el promedio de gol llegó a 4,9 por partido.
Los goles que llenaron esa década de a poco se empezaron a desdibujar. Hasta los años ‘50 el promedio se mantuvo por encima de 3 goles por partido. Pero en los 60 bajó esa barrera: el torneo de 1962, recordado por el penal que Roma le atajó a Delem para que Boca saliera campeón, tuvo una media de 2,7 goles por encuentro. La tendencia siguió en baja.

Carlos Morete, goleador que debutó en River en los 70 y después pasó por Boca e Independiente, interpreta esa escasez de festejos: “En el fútbol argentino es difícil hacer goles porque faltan talentos, hoy no se ven las grandes virtudes de los goleadores. Se puede trabajar para que un delantero mejore, pero el olfato del nueve es algo que no se puede importar, que viene desde la cuna”.
A mediados de los 80 volvieron los campeonatos largos, la tendencia goleadora siguió para abajo, pero lo peor estaba por venir: en el Apertura  de 1991 se alcanzó un récord negativo para el fútbol local: las pelotas ingresaron a los arcos apenas 366 veces, lo que da un promedio de 1,93 goles por partido. Fue la primera vez que la media bajó de los dos goles.

Lo que viene pinta desolador. Es como esas películas futuristas donde todo está en decadencia, destruido por obra y gracia del hombre. Fantasear con la posibilidad de que todos los partidos terminen cero a cero es una verdadera pesadilla. Los goles, la más maravillosa explosión del fútbol, están en vías de extinción. Tal vez las generaciones futuras añoren un pasado que no conocieron, pero que fue maravilloso, un pasado en el que, según se enteraron, el planeta era habitable y en los partidos se convertían goles.



Alejandro Fainstein