Publicado en edición impresa de Guerrilla de locura  

A 25 años del ataque a La Tablada

Los autores del libro cuentan cómo Enrique Gorriarán Merlo esperaba obtener apoyo de las masas y causar la caída de Alfonsín. 

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Líder. Gorriarán Merlo, inspirador del ataque. “Es el último tren de la historia y hay que tomarlo”, decía. | Foto: Cedoc

Todavía está oscuro, pero ya se acerca el día cuando Ramón Ortiz marca 113 en el teléfono. “Seis horas, cero minutos, cero segundos”, responde la voz imperturbable y algo metálica de la grabación de la hora oficial. El cabo primero Ortiz, de 24 años, mira por la ventana como para entretener el tiempo. Falta media hora para que llamen a formación. El Regimiento de Infantería Mecanizado 3 General Belgrano (RIM 3) está tranquilo este lunes de verano. Desde su puesto de comunicación, Ortiz puede ver la galería de pinos de la calle de acceso al cuartel y, detrás, la Compañía de Comandos y la Mayoría, el edificio de la subcomandancia de la unidad. Poco se mueve, salvo algún camión sobre la avenida Crovara o la gente de la Guardia

A lo lejos, Ortiz ve un auto verde con baliza y un camión de proveedores que encara para el Puesto Uno de la Guardia. Ahí, en ese momento, está de servicio el soldado clase 1970 Juan Manuel Morales. Como todos sus compañeros, espera que este año la incorporación de nuevos conscriptos empiece temprano, así le dan antes de baja de la “colimba”, que a esta altura ya se le hace interminable. El conscripto Morales también ve el Falcon verde parado y un camión Ford 7000 rojo de Coca-Cola que lo pasa y se dirige a la barrera. Supone que viene a dejar mercadería, como es habitual en un comienzo de semana y a esa hora. Sale entonces de la garita y se acerca al portón cerrado con cadena. A un costado de la entrada está un muchacho de civil que, pese a sus 23 años, parece bastante mayor que Morales, por esas cuestiones de las jerarquías militares. Es el cabo primero Daniel Cejas, recién llegado de su franco del fin de semana. Está en una charla animada con su compañero, el cabo primero Juan Pío Garnica, de 25 años, que en ese momento lo interrumpe y va detrás de Morales para pedir la documentación de rigor a los proveedores.

Todo parece comenzar como es de rutina la mañana del 23 de enero de 1989. Pero en los últimos cincuenta metros antes del acceso al RIM 3, el Ford 7000 acelera y embiste el portón. La cadena estalla. Morales y Garnica salen despedidos por el golpe de las hojas de madera. Quedan tirados y conmocionados, pero ven que, tras el camión, entran a toda velocidad el Falcon de la baliza y otros cinco vehículos: un Taunus, un Renault 12 Break, un Renault 12, un Renault 11 y una camioneta Toyota. La extensa caravana transporta a 46 personas armadas. “¡Viva Rico! ¡Viva Seineldín! ¡Mueran los generales hijos de puta!”, gritan desde el camión y los autos. Los nombres de los jefes de los levantamientos militares que en los meses anteriores agitaron al país, Aldo Rico y Mohamed Alí Seineldín, parecen anunciar que se trata de una nueva intentona “carapintada” contra el gobierno de Raúl Alfonsín. Esa versión circulará durante buena parte del día, en los medios, en los rumores de la gente y hasta en los despachos oficiales, aunque pronto en el cuartel se comprobará que esta vez se trata de algo completamente distinto.

El cabo de cuarto, Alberto Sosa, de 23 años, está sentado en un cantero del edificio de la Guardia de Prevención cuando escucha la arremetida de los vehículos. Se levanta y entonces ve el camión. Carga su fusil automático liviano (FAL) y le dispara ráfagas hasta agotar los veinte tiros del cargador. Desde los vehículos responden. El camión pasa y los dos autos siguientes también; pero el cuarto vehículo para y bajan varios hombres. Uno de ellos grita: “¡Ríndanse, hijos de puta!”. Desde adentro de la Guardia, el sargento Atilio Escalante escucha los gritos y sale, con el FAL en la mano. De inmediato comprende que es un ataque al cuartel; dispara sobre el camión y se repliega hacia el teléfono público, que está en el acceso a la Guardia. Vuelve a tirar, pero el fuego es muy intenso y no puede sostener la posición. Sin embargo, los disparos llegan a su objetivo y matan al acompañante del chofer del camión. Es la primera baja de los atacantes y del combate. Cuando todo termine, se sabrá que se trata de Pedro “Pety” Cabañas. Azulejista de profesión y nacido en el Paraguay, Cabañas era un veterano de la organización guerrillera setentista PRT-ERP (Partido Revolucionario de los Trabajadores-Ejército Revolucionario del Pueblo).

En esos primeros cruces de disparos, el Ford 7000 termina chocando contra un árbol frente a la Enfermería del cuartel, unos metros más allá del edificio de la Mayoría. Su conductor, sin embargo, sale ileso. Con el correr de los días se sabrá que es el cordobés Juan Manuel “Fede” Murúa, de 36 años, también veterano del ERP y que ha combatido junto con los sandinistas en Nicaragua.

El cabo Sosa se tira al piso para esquivar las balas y quiere disparar, pero el FAL se le traba. Entonces ve que el soldado Roberto Taddía, un conscripto de 19 años, sale de la Guardia con las manos en alto; pero una bala entra por debajo de su axila izquierda y se desploma. Es el primer muerto del regimiento. Desde su posición, también Escalante es testigo de la escena: Taddía sale corriendo hacia la izquierda de la Guardia, desarmado, y cae, inerte. Los dos responsables militares de la Guardia de Prevención retroceden hacia la cancha de fútbol. Están desbordados por el fuego de los atacantes. Escalante y Sosa no pueden saberlo entonces, pero los trece hombres que los obligan a replegarse son militantes del Movimiento Todos por la Patria (MTP), incluidos algunos de sus dirigentes. Forman un grupo de distintas edades y diversas trayectorias personales y políticas. Algunos tienen experiencia de lucha armada, compartida durante la revolución sandinista en Nicaragua, como Roberto “el Gordo” Sánchez (40), su sobrino Iván Ruiz (20), José Luis “Gallego” Caldú (31), José Alejandro “Maradona” Díaz y el poeta sandinista, nacido en Chile, José “Chepe” Mendoza (26). El mayor de este grupo, el mendocino Carlos “Quito” Burgos (49), trae a cuestas largos años de militancia en el peronismo de izquierda, que comenzó de adolescente en tiempos de la Resistencia. Otros también cuentan con una trayectoria de luchas políticas y gremiales, como el profesor y escultor salteño Rubén “Kim” Álvarez (48) y el sindicalista azucarero jujeño Julio Arroyo (39). También integra el grupo Jorge Baños (33), una de las figuras públicas del MTP y reconocido como abogado de derechos humanos. Otros de los atacantes de la Guardia del RIM 3, en cambio, tienen una militancia más reciente, como el activista barrial Sergio “Queco” Mamani, el dirigente estudiantil Fernando Falco (18), el obrero Félix Díaz (23) y el militante barrial Ricardo Veiga (29). El mayor Horacio Fernández Cutiellos es la máxima autoridad entre los ciento veinte militares que hay en el regimiento cuando escucha tiros en el Puesto Uno. Está frente al  espejo, en bombacha de combate y alpargatas, afeitándose. Su habitación está en el primer piso de la Mayoría y desde allí detecta el despliegue de civiles armados. A sus 37 años, Fernández Cutiellos, muy católico y nacionalista, padre de cuatro hijos, tiene una carrera promisoria en el Ejército. Cuarta generación de militares, orden de mérito 17 de la promoción 103 del Colegio Militar, durante la guerra de Malvinas fue movilizado y puesto al mando de paracaidistas de elite, pero no entró en combate. Casi como un mandato biológico, el mayor toma su fusil y desde lo alto empieza a tirar sobre el grupo que toma la Guardia y que empieza a distribuirse entre los árboles y la garita. Desde la Mayoría, Fernández Cutiellos ve sus objetivos a unos 50 metros, tal vez sean 70. Está motivado y es buen tirador. Apunta, hiere dos veces al Gordo Sánchez y los asaltantes le responden el fuego. Unos minutos después mata de un tiro en la cabeza al Gallego Caldú, que intentaba cubrirse entre los autos estacionados en la calle Belgrano, la principal del interior del cuartel, que nace en el Puesto Uno. A muy pocos metros de Caldú, Queco Mamani recibe un tiro en la cintura dentro de la caja de la camioneta Toyota y le pide a gritos a Mendoza que lo ayude. Pero Chepe Mendoza tiene poco margen para rescatar a su amigo. Buscando sofocar la posición de Fernández Cutiellos, se mueve hacia el edificio de la Compañía de Comandos y Servicios y ahí cae muerto, con un tiro en el estómago. Igual suerte corre el azucarero Arroyo. Maradona Díaz queda herido en la cabeza; Veiga tiene un balazo en el hombro y Baños está herido en el pecho. Los sobrevivientes se reagrupan en la garita de la Guardia. El último en llegar es Baños, con el rostro desencajado como si lo persiguiera la certeza de que va a morir. Kim Álvarez y Quito Burgos se quedan en la entrada de la Guardia y desde allí dan ánimo, como para contrarrestar la evidencia de que perdieron la iniciativa. Para recuperarla, Sánchez agarra el arma antitanque RPG 2 y lanza una granada y luego otra contra la Mayoría. Ambas hacen blanco en el edificio, pero no alteran el orden del conflicto. Los tiros de Fernández Cutiellos siguen haciendo daño a los guerrilleros.

—¡Soldado! —le grita Fernández Cutiellos al conscripto Sergio Amodeo, que cumple su turno de guardia en la Mayoría. Le da una escopeta Ithaca y le ordena que baje con él. En la planta baja del edificio, Fernández Cutiellos golpea la reja que separa la Mayoría de las oficinas del Escuadrón de Exploración de Caballería Blindado 1. El llamado lo escucha el conscripto Gustavo Adrián Antonópolos, de turno en las oficinas. Con él están sus compañeros de colimba, Mario Cristal y José Luis Olivares.
—¿Tienen armas, soldados?
—No —contesta Antonópolos.
—Bueno, se me van para las ventanas que dan a la Guardia y me dicen las posiciones del fuego enemigo.
—No, mi mayor... no tenemos armas.
—¡Pero vayan! ¡Soldados cagones! (...)
La batalla continúa y Fernández Cutiellos no se detiene. Se coloca con su FAL en el marco izquierdo de acceso al edificio y se pone a tirar contra la Guardia. Amodeo queda debajo de la escalera, rellenando los cargadores que le tira el mayor.
—Andá arriba y llamá a la policía y a la Brigada de La Plata.
Amodeo no logra comunicarse, pero Fernández Cutiellos llega, marca y logra dar con la Brigada de Infantería Mecanizada X para pedir apoyo. Poco después lo llama el jefe del regimiento, el teniente coronel Jorge Zamudio, que estaba de vacaciones en su casa, y le pide que defienda el cuartel.
—Quédese tranquilo, que voy a morir en mi puesto.

Desde la casilla y los árboles de la Guardia, Ruiz intenta batir a Fernández Cutiellos. El resto también tira. Entre ellos circula Falco con las cargas del lanzacohetes chino RPG 2, las municiones para los FAL y algún cartucho de escopeta. Falco tiene una pistola ametralladora Uzi, que dispara dos veces y se traba. En el puesto de comunicación, ubicado en el edificio de la Guardia pero separado de ella por un ambiente sin uso, el cabo Ortiz tiene sobre una mesa una teletipo, un teléfono y una radio Motorola. Primero intenta transmitir el alerta al Estado Mayor del Ejército con la teletipo:  “Atento TTA, Atento TTA, Aquí TTQ3, están atacando la Guardia de Prevención”, tipea el cabo; pero no obtiene respuesta y duda de que el mensaje haya sido recibido. Llama por teléfono: “Están atacando el regimiento. ¡Están haciendo mierda todo!”, grita nervioso Ortiz y pide ayuda. El suboficial que recibe el llamado, dice, escueto: “Está bien. Te recibí”. Agotando las vías de alerta, Ortiz acciona la Motorola: “Atento la red Charly, atento la red Charly. Soy el cabo primero Ortiz. Están atacando la Guardia…”. Silencio del otro lado, pero poco después modulan: “Aquí Charly, ¿hay un llamado de auxilio de ese lugar?”. “Sí, contesta Ortiz, del Regimiento de Infantería 3, están atacando, por favor, apúrense, que están rompiendo todo” En el edificio de la Guardia, entre confundido y sorprendido, Sánchez despliega a sus hombres por los ambientes. Ya tiene un tiro en la cabeza, otro en el hombro y un tercero en el torso. A poco de entrar, su pelotón está diezmado y todo hace suponer que el resto de los grupos sufre una situación similar. En los calabozos están tres infractores al Servicio Militar: Daniel Salas, que ese día cumple 27 años, Renee Rojas y Oscar Miranda, ambos de 22.

—¿Y ustedes, qué hacen acá? —les pregunta Ruiz.
—Nada, somos desertores —contesta Salas.
—Bueno, tranquilos, que la cosa no es con ustedes. No les va a pasar nada.
Desde la Guardia, el Gordo Sánchez modula por radio: “Atento Córdoba, atento Córdoba, objetivos uno y dos tomados. Manden refuerzos, pero cuidado que están tirando de afuera”. El único cordobés de los que entraron al cuartel es Juan Manuel Murúa, que tiene como objetivo tomar los tanques. La siguiente comunicación de Sánchez es con su mujer, Claudia “la Negra” Acosta. La militante, de 32 años, encabeza el grupo que debe tomar el Comedor de Tropa, a unos 300 metros de allí, al otro lado de la Plaza de Armas. Le cuenta que mataron al Chepe Mendoza. Acosta también habla con otra de las mujeres que integran la fuerza atacante, Claudia Lareu, de 35 años, una de las fundadoras del MTP. Su grupo tiene como objetivo tomar la Compañía A, sobre uno de los laterales de la Plaza de Armas. Son más de las 8 y la Policía Bonaerense ya tiene cerca de cien efectivos de la Unidad Regional La Matanza desplegados por la avenida Crovara. En el cerco también hay algunos hombres del Departamento de Protección del Orden Constitucional de la Policía Federal. Las armas cortas de sus efectivos no influyen en el enfrentamiento, pero complican una eventual salida del cuartel, salvo que se haga arriba de los tanques. Además, comienzan a sumarse a la batalla militares que vuelven de los francos de fin de semana. Incluso llega un colectivo de transporte de cuadros con treinta y dos hombres que van a buscar armamento a la Escuela de Gendarmería de Ciudad Evita, sin éxito, y luego al Grupo de Artillería I de Ciudadela, donde sí logran pertrecharse. La reacción al ataque desborda lo institucional: se suman efectivos sin encuadramiento y hasta “carapintadas” autoconvocados. Todos ellos descargan sus armas contra los guerrilleros acantonados en la Guardia. Entretanto, el grupo que debe tomar los tanques no llega a su objetivo. Con el fuego creciendo sobre su posición, Sánchez le dice por radio a su mujer:
—Negra, estoy muy malherido. Hay que salir. Tienen que salir.
—No podemos romper el cerco con los compañeros heridos y no los podemos dejar de ninguna manera.
—Bueno, Negra… que sea Patria o Muerte (...)
El Gordo se decide a terminar con el tirador que tanto daño les está haciendo desde la Mayoría. Iván Ruiz y Kim Álvarez intentan neutralizarlo desde las ventanas del museo de la Guardia, pero Fernández Cutiellos economiza sus disparos y cambia de posición. Tras un breve descanso en uno de los sillones de la Guardia, Sánchez toma el fusil y sale con la idea de rodear la entrada de la Mayoría y sorprender al jefe del regimiento. En la Mayoría, Fernández Cutiellos se queda sin blancos, sale al pórtico y se parapeta en una de las cuatro columnas del edificio. Por su derecha se acerca Sánchez muy lentamente, sin tirar, arrastrándose. Cuando lo tiene en la mira, a unos veinte metros, el Gordo gatilla el FAL y le pega al mayor en el omóplato derecho.
—¡Tomá, la puta que te parió! —festeja el jefe guerrillero.

 

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