DOMINGO

Cristina: poderosa, viuda y sin amigas

El libro de los Wiñazki, padre e hijo, revela la historia secreta de cómo una mujer militante y con padre ausente se transformó en la mandataria más rica y confrontativa de la Argentina. La Dueña explica en detalle cómo la Presidenta siempre se sintió sola.

Foto:Cedoc

La Dueña está sola. Es viuda. Fue y es maltratada. Ella tiene múltiples rostros, como Proteo, la deidad de las mil caras de la mitología griega. Ella es Ella, pero Ella también es Lázaro, Ella es Boudou, Ella es Jaime. Ella es Néstor. Ella es Máximo. Ella es Cabandié. Ella es Cristina y es el cristinismo. Ella es Guillermo Moreno. Ella es la masacre de Once. Ella es el rostro polifacético que incluye en sí todos los rostros de la década K. Entró vestida de blanco y se va vestida de negro. Entró casada y se va viuda. A Cristina le queda negociar consigo misma la salida del poder. El modelo se le muere, conciben muchos. El modelo se diluye en su contorno. Se termina la canción. Tiene que buscar una manera eficaz de avanzar con la historia, y la escena que se viene —consideran muchos— es la del saludo final y el mutis por el foro. Pero no hay que subestimarla.

Su capacidad sigue existiendo, y también el discurso ideológico que montaron con Él para acumular tanto poder como fuera posible. Hay una confusión filosófica con el término «ideología», connotado positivamente en la Argentina. De acuerdo con el marxismo clásico, la ideología es la falsa conciencia. Es la superestructura discursiva para ocultar los hechos. La ideología aquí funciona, en rigor, según la concepción del marxismo clásico: es un artilugio para robar.

Cristina no tiene amigas. Ni una sola. Es cierto que transita por las cornisas arduas de la hostilidad que aún provoca el hecho de ser mujer, una mujer con tanto poder. El atávico machismo argentino la tacha de histérica, y parece percibirse, sobre todo desde el luto que no se quita, una especie de anatema tácito que le llega precisamente por ser mujer: el de bruja. Incluso, en algún sentido, el de viuda negra. En ese sentido, corre con desventaja respecto de Néstor, que tenía a su favor lo opuesto, el prestigio simbólico que le daba ser hombre, primus inter pares entre los machos peronistas. El Estado cleptocrático autoritario tiene, con Ella, cara de mujer. La relación de Cristina con los hombres es asimétrica. Ella tiene el poder. (Solo con su marido era simétrica y horizontal.) Desde su muerte, ningún hombre la domina y Ella domina a todos.

¿Cómo es su relación con las mujeres? Con su cuñada Alicia, el vínculo no fue históricamente bueno. Tras la muerte de Néstor, recuperaron algo de respecto y afecto mutuo, pero los viejos enconos familiares volvieron a distanciarlas en privado. Lo cuentan quienes tuvieron trato cara a cara con ambas cuando Cristina estuvo internada. Se trata, efectivamente, de cuestiones privadas, pero con indudable efecto público en este caso. La relación con su madre es la esencia de todo. Ofelia es terca, dura, estoica, de Gimnasia y peronista. Cristina es terca, dura, estoica, de Gimnasia y no es visceralmente peronista. Es mucho más cristinista que peronista, según todos los que la conocen bien. A veces ha tenido destellos de peronismo por comparación. Después de conocer a Hugo Chávez, la Dueña le decía a Kirchner, arrobada:

¡Es Perón, este tipo es Perón!

Cristina ha sido chavista, en todo caso. Para Ella, Chávez es Perón idealizado.

Con su hija Florencia, Cristina ejerce de madre a distancia. Florencia estuvo siempre apegadísima a Néstor, y viceversa. Con su hermana Giselle, Cristina mantiene una relación muy compleja. Giselle la pone nerviosa, literalmente. Ella está en la cúspide y su hermana transita por fronteras psíquicas que la eclipsan desde siempre. Con su suegra, María Ostoic, Cristina era agradecida y respetuosa. La lloró sinceramente en su velorio.

Cristina parece tener relaciones pendulares con las mujeres. Ocurrió con Lilita Carrió. Se respetaban, pero al final se convirtieron en contrafiguras acérrimas.

Otra mujer políticamente relevante para Cristina fue Graciela Ocaña. Es una historia que comenzó con una admiración asimétrica. «Una gran admiración», enfatiza Ocaña hasta hoy. Compartió con Cristina la Comisión de Lavado, en la que también estaba Lilita Carrió. Corría 2001, y las tres mujeres se respetaban.

—Era una mujer que peleaba —evoca Ocaña con lenguaje coloquial—. Cristina decía las cosas que había que decir. El PJ la puteaba por las cosas que decía. La mina siempre tuvo una posición frente a los hechos de corrupción, por la transparencia.

»Es cierto —señala Ocaña— que ya entonces, en 2001, todo el mundo decía lo del Sur —en relación con la corrupción de Santa Cruz—, sobre todo Rafa Flores, que era compañero nuestro, del frente.
Pero aquello, en ese entonces, era interpretado como una pelea de pago chico, entre Flores y los Kirchner.

Lilita se peleaba ya con Cristina por sus miradas diferentes en la Comisión de Lavado, pero se felicitaban mutuamente cuando una había triunfado sobre la posición de la otra. No eran amigas, pero tenían buenas relaciones en el Congreso, trataban de sacar proyectos, de hacer alianzas sobre determinadas cuestiones. Cristina era bastante difícil en la Cámara. Era proclive al maltrato de su propia gente.

A pesar de todo, Ocaña reconoce que «Ella era una mina muy laburadora» (...)

Lo interesante es la simulación. Cristina fue lo más diferente de sí misma que alguien pudiera imaginarse. Este es el punto central. Su transmutación de socialdemócrata retórica en líder brusca y personalista revela tal vez el rasgo central de su personalidad. Antes de acceder al poder total, sabía mostrar su lado luminoso. Ya en el poder, exhibió su lado oscuro. Se trata, diría tal vez Élisabeth Roudinesco, de un caso de perversión.

Es algo más profundo y grave que la demagogia. Es más que cinismo, es una característica que no solo remite a Cristina sino a la sociedad toda. Dice Roudinesco: «Los perversos son aquellos a quienes las sociedades humanas, preocupadas por desmarcarse de una parte maldita de sí mismas, han designado como tales». La cuestión aquí es que Cristina fue designada como perversa por una parte de la sociedad, depositando en Ella todo el mal, conjurándose como sociedad, exorcizándose. Pero, para otra parte de la sociedad, Ella es infalible, bella, indiscutible. Esa es la fractura. Es el espacio profundo de la división argentina. (...)

Para un sector de la sociedad argentina, Ella es una bruja. Y para otro sector, Ella es una reina virgen, alejada de todo mal. No hay términos medios.

¿No ocurrió algo muy parecido con Evita? ¿Una mujer con poder en la Argentina podría escapar al sentido dicotómico que estigmatiza o santifica a las mujeres de acuerdo con esa lógica medieval y divisoria? (...)

Eva encarnaba lo que los antropólogos denominan coincidentia oppositorum: marginal y central. Esa coincidencia de opuestos operó como vector para su entronización mitológica.

¿Será Cristina un mito argentino?

¿O Esta mujer, que no es Esa mujer, quedará limitada al despreciable panteón de los corruptos?

Es que la corrupción escapa al juego de los simbolismos. Es lo que es y sin retórica ni otro sentido que el robo mismo. Es la dimensión maldita en sí. La corrupción no tiene exorcismo posible.

Es lo que no se comprende desde los filosofemas de Carta Abierta, que excluye la corrupción de sus análisis. Todo es discutible, excepto la corrupción. De ahí la obsesión en contra del periodismo. Más allá de todas las críticas justas hacia los periodistas, la corrupción se ha hecho visible por las investigaciones periodísticas. Y eso es lo que Cristina no puede ni quiere perdonar. La Dueña se concibe como dueña de la información. Pero eso es una utopía.

Como sea, Ella al fin tendrá que desandar el camino del retiro, del olvido quizás. Y la negociación interna y personal relativa a ese tránsito no es simple, ni para Ella ni probablemente para nadie que haya tenido tanto poder. El reconocimiento es, luego del poder que ya fue detentado, la última ambición. Porque el dinero ya está guardado.

Deberá culpabilizarse por no haber logrado —paradójicamente ellos, que tuvieron a la juventud como gran destinataria y espectadora— ningún sucesor. Máximo no mide. No sabe hacer la vertical tampoco en la política. No se sostiene. No se para de manos en el piso para levantar los pies y conmover a ninguna hinchada.

Los presidenciables, los íntimamente presidenciables de La Cámpora —¿el Cuervo Larroque?— deberán esperar y reacomodarse en el futuro. Tal vez en veinte años, con una Cristina anciana dando su venia desde El Calafate, sea la máxima aspiración de retorno como movimiento de estos cuadros que se desdibujan en la mesa chica final.

Quedarán los viejos impresentables que ella usó y encubrió, que detestó a veces y que no pudo limpiar. Los que saben todo de Él. Quedará Máximo, para decirle la verdad. Para traducirle la verdad que no soporta.

Cristina estuvo ausente de la escena de las últimas elecciones, el 27 de octubre. Una carambola del destino potenció su ausencia junto con la de Él. Néstor murió el 27 de octubre de 2010. Exactamente tres años después, Ella perdía. Y Sergio Massa triunfaba. El kirchnerismo parece mutar hacia un peronismo de otro signo.

¿Cómo salir sin incendiar todo, para poder volver a presentarse a elecciones luego del período siguiente?

¿Cómo negociar las causas judiciales?

¿Cómo mantener la impunidad para los casos de corrupción?

¿Cómo callar a los dolidos, a los despechados, que fueron expulsados de los anillos de Saturno del poder y que comenzaron a hablar?

¿Cómo leer las cifras de un INDEC recuperado el día después del final?

¿Cómo ser jefa del justicialismo con otro gobierno peronista?

¿Cómo envejecer frente a la sociedad, con su pelo largo rojo y sus vestidos negros?

Esta mujer no es Esa mujer. Santa Evita no se reencarnó en Santa Cristina. Pero Cristina es Santa Cristina, para ella misma y para sus últimos apóstoles. Tal vez sean dos y nada más que dos los que así la consideran.

Su hijo Máximo y Guillermo Moreno.

Santa Cristina se quedó sola. Y otra vez se llenó de lágrimas (...).

Se ha acusado a los Kirchner, superficialmente, de fascistas. Es un esquematismo. No lo fueron. El kirchnerismo no es fascismo. Esto es fascismo mágico, que es otra cosa. Los escraches fascistas eran una condena a muerte. El escrache en la Alemania nazi hacia los judíos, o en la Italia de Mussolini hacia los no fascistas o los homosexuales, o en la España de Franco hacia los republicanos fatalmente auguraba sangre.

El fascismo histórico era geométrico, euclidiano, marcial, militar y militarista. Y letal. Produjo millones de muertos y la tragedia más grande de la humanidad. Señalar al enemigo era imprimir una primera cicatriz, un signo que le indicaba al resto que matar al réprobo era lícito y aun deseable.

El fascismo mágico, por el contrario, no es euclidiano, ni militarista, ni letal, al menos en un sentido primario. Pero sí es letal en otro sentido. Mata con ficción, como en Once. Tratando de incriminar inocentes. Negando la realidad, imponiendo palabras que borran la irrefutable materialidad de las cosas mismas.

El fascismo mágico solo ofrece propaganda; aunque a veces el delirio propagandístico no puede acallar a los testigos de la realidad y brotan balas asesinas. Es el reino imperativo de lo imaginario.

El delirio cristinista es la etapa superior del pragmatismo furioso y corrupto de Él. La matriz del fascismo mágico aquí es el INDEC; es la maquinaria básica de la difusión del simulacro primordial. La inflación no existe. Desde esa falsificación se ha montado un sistema de descalificación, que esencialmente apunta a quienes escapan de la ficción probando con evidencias lo que es real. Por eso, el periodismo ha sido objeto dilecto de los dislates y de la parafernalia orquestada para degradarlo.

La magia de este neofascismo mágico y cleptocrático es la suposición de que reina la ficción. Y quien rompe el hechizo, debe ser escrachado. Ese es el origen filosófico de las persecuciones simbólicas en la Argentina contemporánea. La verdad es negada y quienes enuncien hechos ciertos deben ser de algún modo señalados.

El escrache en los tiempos del fascismo mágico fue una manera de suponer que se hace justicia insultando, propagando el insulto, montando onerosos vectores comunicacionales para distribuir burlas a todos los que no son oficialistas, invadiendo la ciudad con pancartas con el rostro de los maldecidos por los nuevos magos del fascismo mágico, nuevo y añejo a la vez, que opera así, ahora como antes, descalificando, difundiendo eslóganes, pancartas y representando actos admonitorios contra la Justicia, los medios, o contra cualquiera que no se subordine al pretendido poder de la palabra fabuladora. 

Claro, el escrache tiene una lógica ancestral.

El escrachador suele ser escrachado después.

Y de pronto, como en un bumerán sin brújula, son escrachados quienes no fueron escrachadores, pero sí formaron parte de un colectivo con poder escrachador. Así ocurrió siempre. Ahora, Axel Kicillof fue víctima de un escrache, imperdonable porque estaba con su familia, y porque los escraches son imperdonables.

Pero hay una genealogía del escrache. En tanto se implantó como metodología kirchnerista, fue aceptado tácita o explícitamente por el aparato propagandístico oficial, practicado desde el pináculo del poder, y ponderado. A la inversa, cuando los funcionarios kirchneristas son escrachados, esas acciones se condenan. Y en verdad son condenables en uno y en otro caso.

El escrache, a la vez, es siempre magnético para los rufianes de distintas índoles. En el fútbol, alguien puede ser escrachado y agredido tras ser señalado por vestir una camiseta del equipo contrario, y en la política de los punteros y la extorsión, por no subordinarse o no ser del grupo que más pesa en un territorio determinado (...).

El escrache inyecta temor y paraliza lenguas. Un parámetro K para escrachar fue la dictadura. La lectura muchas veces manipulada del rol que cumplieron en la dictadura los diversos actores sociales.
Para los K, cualquier pecado perpetrado durante la era del Genocidio resulta perdonado y ocultado. Para quienes no son K vale cualquier cosa, incluso las difamaciones más rudimentarias para asociarlos con el gobierno militar, aunque no hubiera habido asociación alguna (...)


Miguel Wiñazki y Nicolás Wiñazki