DOMINGO PENSAMIENTO ECONÓMICO DE ALFONSO PRAT-GAY

El cambio por venir

En El futuro es hoy, libro compilado por Elisa Carrió, el nuevo ministro de Hacienda y Finanzas de Mauricio Macri, escribió un capítulo titulado “El desarrollo económico y social”. Allí anticipó su visión sobre temas prioritarios: cómo combatir la inflación y atraer inversiones, cuál debería ser la decisión a implementar sobre el tipo de cambio, qué medidas tomar para impulsar la actividad de las pequeñas y medianas empresas, a la vez que recordó su paso por el Banco Central. Un adelanto del futuro posible.

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Foto:Cedoc

El fin último del desarrollo es que las personas vivan mejor. Por eso, en nuestra visión del desarrollo, cuidar el medio ambiente es prioritario. Se puede crecer y al mismo tiempo tener agua limpia, aire saludable y buena calidad de vida. Es por eso que para convertirnos en un país desarrollado tenemos que cuidar dos frentes simultáneamente. Por un lado, el crecimiento, definido como la capacidad de generar de manera sostenida un salto en la inversión, la innovación y la tecnología, que nos permita producir más y mejores bienes y servicios. Por otro lado, debemos garantizarles más seguridad a las personas, pero seguridad definida en un sentido amplio, esto es, generar el sentimiento de que no hay imponderables que las dejen desprotegidas, que puedan sentir que pertenecen a una nación que genera una red de protección y que promete una calidad de vida adecuada a las futuras generaciones. En síntesis, hacer de la Argentina un país para vivir y para quedarse. (….)

Las condiciones para el despegue

La incertidumbre es un componente esencial de la vida humana. A la vez, no es menos cierto que, reduciendo la incertidumbre, la balanza de precaución versus acción puede inclinarse hacia esta última, liberando iniciativas y energías creadoras que permitan crecer más rápidamente y de manera diversificada.
El rol más básico de las políticas macroeconómicas es el de disminuir al máximo posible la incertidumbre inevitable que enfrentan quienes constituyen las arterias y las venas del cuerpo económico: los trabajadores, los empresarios, los ahorristas, los inversores, los emprendedores.
La primera gran incertidumbre que enfrenta nuestra economía es la inflación. La inflación creciente de los últimos años revela una gran inconsistencia en la política económica y constituye una grave herencia para el próximo gobierno. Es que sin moneda no hay desarrollo. Para crecer es necesario un medio de pago, esto es, una moneda que sea aceptada por todos. Una unidad de cuenta, o sea, una moneda que sirve para que los precios de los distintos bienes se expresen y se comparen con una medida común. Una reserva de valor, esto es, una moneda que sirva para ahorrar. Y por último, una moneda que sirva como un patrón de pagos diferido, es decir, que sea aceptada como pago futuro de una obligación adquirida en el presente. ¿Cómo planificar, cómo proyectarse, cómo extender el horizonte temporal sin crédito de largo plazo ni denominador común? La inflación destruye cada una de las cuatro funciones de la moneda.
La primera medida para luchar contra la inflación es reconociendo la existencia y la magnitud del problema. Hay que volver a hacer del Indec (Instituto Nacional de Estadística y Censos) una institución respetable que mida bien la inflación. A continuación, hay que anunciar un sendero de inflación objetivo para los siguientes cuatro años, con valores descendentes que al final del proceso converjan a un rango de entre el 2% y el 6% anual, quizás en un segundo mandato presidencial. Debe haber un compromiso formal y moral muy potente del gobierno con esa inflación descendente, ya que tiene que convencer a empresarios, sindicalistas, consumidores y ahorristas de que ese sendero descendente es tan deseable como realista. Y las autoridades deben ser creíbles. Sólo así, a la hora de tomar sus decisiones, dichos agentes lo tendrán en cuenta y evitarán el costo recesivo de expectativas inflacionarias elevadas y erradas.

Hay que asegurarle al Banco Central la independencia de los instrumentos que maneja, para que la institución pueda concentrarse en una política monetaria consistente con ese sendero de estabilidad. De igual forma, se necesita introducir penalidades para su directorio cuando se registren desvíos respecto de los objetivos.
El fin último de la política monetaria es privilegiar una inflación baja y predecible, que asegure que la actividad económica esté dando su máximo potencial. Para expandir este máximo potencial es imperiosa la vuelta del crédito genuino de largo plazo, lo cual requiere, precisamente, una inflación baja y predecible.
Las tasas reales de interés deben dejar de ser un estímulo para financiar el consumismo de corto plazo de unos pocos, y dar lugar en cambio a la vuelta del crédito a tasas fijas nominales en pesos de largo plazo. Esto posibilitará el retorno del crédito hipotecario y del financiamiento genuino de proyectos de inversión productivos, que por su naturaleza son de largo plazo. También hay que quitarle el sesgo inflacionario a la política fiscal.
En los últimos cinco años, el gasto público ha crecido a niveles altísimos, y muy por encima de la recaudación tributaria. Esto implica una expansión en la demanda agregada interna equivalente a dos puntos del pbi, en años en que lo aconsejable era juntar fondos para contrarrestar eventuales problemas futuros, y para tener un mejor equilibrio en la ecuación crecimiento-inflación, de modo que en los años en que el crecimiento económico esté por debajo del potencial, el gasto público pueda crecer por encima de la recaudación (y viceversa en los años de alto crecimiento).
Dicho de otra forma, hay que construir un fondo de ahorro en los años buenos, para hacer menos traumáticos los años difíciles. Parte de la corrección de la política fiscal pasa también por eliminar gran parte de los subsidios concentrados que terminan beneficiando a quienes no los necesitan. Para un país como el nuestro, sujeto a shocks externos, es imprescindible contar con el máximo de instrumentos para utilizarlos cuando sea oportuno. La política cambiaria es un capítulo importante de esta necesidad de poseer instrumentos para ayudar a amortiguar los ciclos. Un tipo de cambio flotante permite amortiguar los shocks externos, tanto los favorables como los adversos. Esta flotación permite, además, al Banco Central enfocarse en lo que deben ser sus objetivos excluyentes: la estabilidad de precios y el pleno empleo. Esta flotación debe cuidar los extremos, de manera de evitar sobrevaluaciones o subvaluaciones que puedan generar recesiones o inflaciones que nos alejen del sendero óptimo de expansión económica con estabilidad.
Con políticas monetarias, fiscales y cambiarias adecuadas, muchos factores que, en las últimas décadas, contribuyeron a la incertidumbre, dejarán de hacerlo. Esto, de por sí, es un cambio enorme, y sencillo de hacer. Sólo requiere tener claridad en las estrategias y la decisión política correspondiente.

Cuando me tocó presidir el Banco Central a fines de 2002 heredé una inflación instalada en el 40% anual y con expectativas que hablaban de cifras similares o mayores para 2003, lo que incluso había influenciado para que las autoridades monetarias que me precedieron aceptaran un plan monetario muy duro exigido por el fmi. Convencidos de que no hacía falta boicotear la incipiente recuperación económica con un brusco freno monetario para derrotar la inflación, comenzamos desde la entidad monetaria la tarea de explicarle a la sociedad que no había razones para una inflación creciente, ya que la economía tenía muchos recursos ociosos, por lo que la oferta estaba en condiciones de responder a la mayor demanda. Desde el inicio de nuestra gestión al frente del Banco Central tuvimos una clara conciencia de que ganar la confianza ciudadana dependía centralmente de una comunicación continua de nuestras intenciones y logros (y también de nuestras eventuales insatisfacciones). Debíamos asumir compromisos e informar en detalle sobre nuestras acciones y sus resultados, evitando todo tipo de sorpresas, retaceos u ocultamientos. (…)
Reconstruyendo los instrumentos principales, comunicando de modo transparente nuestros objetivos y resultados, y cumpliendo con lo que fuimos prometiendo (era la primera vez en la historia que el bcra cumplía con sus metas periódicas), quedaron demostradas la eficacia de la política monetaria y la posibilidad de administrar sanamente una moneda propia y estable.
Nuestra paciente tarea de información amplia y detallada, confrontando abiertamente nuestras aspiraciones con los avances producidos, implicó una suerte de docencia permanente que terminó dando frutos. La recuperación de la confianza en nuestra capacidad para contener la inflación condujo a una sana y generalizada convergencia de las expectativas sociales. Fuimos creíbles en nuestros argumentos y logramos derribar las expectativas que alimentaban la inflación. Logramos que en los años 2003 y 2004 la economía siguiera creciendo el 8% anual y que la inflación pasara del 40% en 2002 al 4% anual en el promedio de 2003 y 2004. A los representantes del Fondo Monetario sólo les quedó reconocer que de no haber corregido el plan que proponían, hubiéramos crecido mucho menos.
En resumen, se puede derrotar la inflación sin ajuste ni recesión. La experiencia realizada a la salida del régimen de convertibilidad, que tuvimos el honor de liderar, nos debe entusiasmar y renovar la esperanza. No fue hace tanto y no fue tan difícil. (…)

Hacer explotar la creatividad y la innovación

Podemos aspirar a un país más integrado social, geográfica y productivamente. Para ello, es esencial el desarrollo de las pequeñas y medianas empresas, junto con el impulso a la innovación y la creatividad. Las pymes son actores centrales del desarrollo productivo y del cambio social, explican el 80% del empleo en nuestro país, pero generan sólo el 10% de las exportaciones.
La estrategia hacia las pymes está en relación con el conjunto de las políticas distributivas, que no sólo permitirán fortalecer el mercado interno, sino también el papel del territorio y de los sistemas productivos locales conformados principalmente por empresas pequeñas y medianas. El objetivo es fomentar la creación de nuevas pymes, consolidar las existentes y densificar el entramado productivo que ya tiene el país.
Así, corresponde definir una estrategia para el sector. En primer lugar, eliminar las trabas administrativas para el normal funcionamiento de las pymes ya existentes en nuestro país. Lejos de despejarle el camino, para las pymes actuantes en la Argentina el Estado es hoy alguien a quien sobrevivir. Es increíble, por ejemplo, que las pymes financien al Estado a través de una administración tributaria que las obliga a pagar lo que todavía no cobraron. Es preciso también impulsar una red de innovación, servicios tecnológicos, adaptación y transferencia de tecnologías, que reúna a institutos tecnológicos, universidades y otras entidades de investigación, nacionales, provinciales y privadas. Todo esto impulsa los llamados clusters: grupos de empresas que funcionan en sectores afines con eslabonamientos hacia atrás y hacia delante en la cadena productiva, lo que les permite innovar, ser más eficientes y exportar.
No menos importante es facilitar la creación de nuevas empresas: pensar en una industria o actividad de la que se espera desarrollo, respaldar sus necesidades de inputs públicos y sumarle algunos subsidios para que la rueda privada comience a girar. Muchas de las actividades promovidas fallarán, pero la ausencia del fracaso es una señal segura de que las políticas industriales del gobierno son demasiado tímidas. El test definitivo que determina si una política funciona no tiene que ver con la capacidad de un gobierno para escoger ganadores, sino con la de descartar a los que fallan. (...)



Alfonso Prat-Gay