DOMINGO FRANCISCO, EL QUE LLEGó DEL FIN DEL MUNDO

El papa de los pobres

Evangelina Himitian, Elisabetta Piqué, Sergio Rubin y Francesca Ambrogetti son algunos de los autores que publicaron libros sobre el papa Francisco, que reflejan su trayectoria religiosa, su manera de pensar y los momentos claves antes de consagrarse como el primer latinoamericano en ocupar el trono de San Pedro. Todas estas obras coinciden en la personalidad sencilla y de bajo perfil de este porteño de firmes convicciones que supo cosechar amigos y enemigos en la Iglesia y entre los gobernantes, pero que, sobre todo, se mantuvo al lado de los que menos tienen.

Foto:Cedoc

El deber de hablar a las autoridades

En sus homilías, la reflexión evangélica se combinaría con la denuncia social y política, un cóctel que se volvía explosivo cuando quienes estaban sentados entre la audiencia no eran otros que el presidente y las autoridades locales. No le tembló la voz para trazar delante de los gobernantes un diagnóstico meridiano de la situación del país y tampoco para señalar a los responsables. Más de un mandatario debe de haberse sentido tentado de levantarse e irse, con el costo político que ello habría implicado. Fiel a su estilo enigmático e indirecto, Bergoglio nunca apuntó en forma abierta contra ellos.

Delante de Carlos Menem habló de los que sirven “una mesa para pocos”. Con Fernando de la Rúa –que sucedió a Menem en la presidencia– sentado en primera fila, cargó contra los que actuaban como un cortejo fúnebre “en el que todos consuelan a los deudos pero nadie levanta al muerto”. Frente al presidente Néstor Kirchner habló de la corrupción, el exhibicionismo y los anuncios estridentes. Ese fue el último de los tedéums de Bergoglio al que asistiría el matrimonio Kirchner.

Bergoglio no tuvo una ceremonia de asunción. Como su nombramiento se había producido por la muerte de su predecesor, no hubo actos ni pompa. Desde el momento en que dirigió la misa exequial por monseñor Quarracino, ante la presencia del entonces presidente Carlos Menem y del embajador argentino ante la Santa Sede, Esteban Caselli, Bergoglio se convirtió en la máxima autoridad de la arquidiócesis de Buenos Aires. El papa Juan Pablo II envió sus condolencias en un telegrama dirigido al nuevo arzobispo y en ese mismo acto, de forma casi automática, lo nombró en el cargo.

Luego del deceso de Quarracino, el 1º de marzo de 1998, Bergoglio se recluyó en un retiro de ejercicios espirituales. Su primera aparición pública fue en el homenaje que Menem le rindió al nuncio apostólico Ubaldo Calabresi, al cumplir cincuenta años de sacerdocio. En el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, el 18 de marzo de 1998, las miradas no estaban dirigidas sólo al nuncio o al primer mandatario. “¿Quién es el que está sentado a la izquierda de Menem?”, preguntó un funcionario de primera línea. Aquella tarde, Bergoglio pagó el tributo a su bajo perfil, a su sostenido rechazo por la figuración pública. Para el entorno presidencial, su imagen era completamente desconocida.

No había pasado un mes desde su asunción como arzobispo cuando Bergoglio comenzó a cambiar las reglas de juego. Durante la Pascua, delegó en sus obispos auxiliares la tarea de lavar los pies a aquellos que se habían acercado a la Catedral Metropolitana para ser parte de la misa crismal. En cambio, se fue al hospital de enfermedades infecciosas Francisco J. Muñiz, en la ciudad de Buenos Aires, y les lavó los pies a 12 enfermos de sida. Y se los besó. También celebró una misa, de la que participaron personas internadas, médicos, personal auxiliar y familiares. (...) Era la primera vez que un arzobispo llegaba hasta allí en Pascua. Y no fue la última. Desde entonces, cada año Bergoglio refrendó ese compromiso de sacar el rito de las iglesias y llevarlo a los lugares más marginados de la sociedad.

Al año siguiente, la puerta descascarada de la cárcel de Villa Devoto se abrió en la noche del Jueves Santo y un sacerdote, en clergyman negro y portafolio, salió a la calle oscura de ese sector de la ciudad para tomar el ómnibus 109 y volver a su casa. Era Bergoglio, que salía de celebrar la misa para los internos, después de haberles lavado los pies a 12 de ellos. Había conversado con los presos e intercambiado direcciones de correo, y les había dado consejos. Durante muchos años mantuvo vinculación con las personas detenidas que se le acercaron en ésa y otras visitas que realizó al establecimiento. Le escribían cartas y él respondía todas, con la máquina de escribir eléctrica que se había traído de Alemania. (…)
En su tercer Jueves Santo como arzobispo de Buenos Aires, Bergoglio trasladó la misa de la cena del Señor al hogar San José, en el barrio porteño de Balvanera, donde duermen ochenta hombres sin techo y almuerzan a diario otras 250 personas. (...)

Cinco años antes de convertirse en papa, la misa se trasladó a la Villa 21-24 de Barracas. Los 12 apóstoles escogidos fueron jóvenes que luchaban por superar su adicción al “paco” –pasta base de cocaína– en el Hogar Hurtado, instaurado por los curas villeros. Cuando estos jóvenes se enteraron de que esa misma persona ahora era el Papa, volvieron a juntarse en la iglesia de Nuestra Señora de Caacupé. Los 12 habían logrado dejar atrás la droga que más vidas se cobra en las villas argentinas. Y desde entonces, cada día luchan por mantenerse firmes y lejos de esa adicción que los subyugó durante tanto tiempo. Ese fue el estilo que comenzó a marcar el nuevo arzobispo, que ya desde temprano dejaba en claro cuál sería su perfil: cercano a la gente, siempre buscando llevar la Iglesia allí donde alguien pudiera necesitarla.

 

El día de la elección en Roma

Llovizna. Diversos autobuses están listos para llevar en tandas a todos los cardenales desde el Palacio Apostólico hasta la Domus Santa Marta. (…) Bergoglio quiere ir a pie, algo permitido, pero la garúa y el frío se lo impiden. Necesita tomar aire, pensar. Sabe, lo siente, lo intuye, que esta vez el peligro de quedarse en Roma es mucho mayor que en 2005. (…) “Preparate, querido”, le dice Sandri a su compatriota, quien ha entendido que hay un grupo consistente de cardenales, entre los cuales se cuentan latinoamericanos, asiáticos, africanos y algunos italianos, dispuestos a catapultarlo al trono de Pedro, una verdadera papa caliente. (...)

13 de marzo. El desayuno en la Domus Santa Marta es entre 6.30 y 7.30. (...)

El ruido de tazas y cubiertos se mezcla con el murmullo de los purpurados –60 europeos, 14 de América del Norte, 19 latinoamericanos, 11 africanos, 10 de Asia y uno de Oceanía– que se preparan para un día memorable. Afuera sigue lloviendo.

A las 7.45, como prevé el cronograma, los autobuses trasladan a los cardenales al Palacio Apostólico. Allí celebran una santa misa en la Capilla Paolina.

Media hora después se inicia el segundo escrutinio. (…)

Como la noche anterior, la Plaza de San Pedro se va llenando de gente. Curiosos, turistas que quieren estar ahí en un momento histórico, devotos que rezan por el nuevo papa. También hay argentinos con banderas. Otra vez el tiempo es inclemente. Llueve, pero no importa. Todo el mundo espera la nueva fumata. También en Twitter la expectativa es altísima: muchos me preguntan a qué hora será la fumata, algo imposible de contestar.

Después de dos escrutinios, a las 11.39 sale la segunda fumata negra. Nadie ha alcanzado el número mágico: 77.

Bergoglio, sin embargo, ha tomado la delantera. Tanto en la segunda como en la tercera votación de la mañana ha sido el más votado, cosechando más de cincuenta votos y superando a los demás papables. Es claro que la candidatura de Scola no despega. Tampoco toma vuelo la del canadiense Ouellet, ni la de Scherer, el brasileño, candidato de los antirreformistas según han simplificado algunos vaticanistas.

Los cardenales vuelven a la Domus Santa Marta para almorzar. Durante la pausa, de tres horas y media, se entiende que ya no hay vuelta atrás, está claro que, por primera vez en la historia de la Iglesia, el papado cruzará esa tarde el océano Atlántico. (...)

En la Argentina hay cuatro horas menos: a las 11.39 de Roma son las 7.39 en Buenos Aires. Pero muchísimos están despiertos, siguiendo el cónclave como si se tratara de un partido de fútbol del Mundial. (...)

A las 16.50 comienza su cuarta votación. Llueve. Y sigue llegando gente a la Plaza de San Pedro. No me acuerdo que hubiera tanta en 2005, cuando era abril, no oscurecía tan temprano y no llovía. Miro el reloj. Los cardenales ya están votando y hay compás de espera. (...)

En la cuarta votación, Bergoglio, rostro serio pero sereno, entregado, ha estado muy cerca de los 77 votos. Es claro como el agua que se encamina a ser el próximo papa.

Y ahora, en la quinta, está a punto de alcanzar y superar con creces el mágico umbral de los 77 votos. Pero pasa lo inesperado: después de la votación, antes de la lectura de las papeletas, el cardenal escrutador, que primero mezcla las papeletas depositadas en la urna, se da cuenta, al contarlas, de que hay una de más: son 116 y no 115, como deberían ser. De hecho, parece que, por error, un purpurado ha puesto dos papeletas en la urna: una con el nombre de su elegido y la otra, en blanco, que quedó adherida a la verdadera. Cosas que pasan.

No hay nada que hacer, esa votación es inmediatamente anulada, sus papeletas serán quemadas más tarde, sin ser vistas, y se procede a una sexta votación. La tensión, ahora, está por los cielos.

Sandri, que tiene a Bergoglio justo enfrente de sí, cada vez que pasa por allí para ir a depositar el voto en la urna lo embroma. Y a través de gestos, le dice: “¡Te toca a vos!”. (...) Cuando Bergoglio llega a los 77 votos, en la Capilla Sixtina estalla un fuerte aplauso. Un aplauso liberador de emociones y tensión. El primero que abraza al cardenal primado de Buenos Aires electo papa es su amigo y compañero de banco, el cardenal brasileño Claudio Hummes. “No te olvides de los pobres”, le dice, en una frase que entra en la mente y el corazón del primer papa argentino, el primer latinoamericano, el primer jesuita.

La elección del nuevo papa, que roza los noventa votos, ha sido plebiscitaria. (...)

El cardenal Giovanni Battista Re, otro viejo conocido del cardenal argentino, como indica el ritual, le pregunta:

—¿Aceptas tu elección canónica para sumo pontífice?
—Soy un gran pecador, pero, confiando en la misericordia y en la paciencia de Dios, con sufrimiento, acepto –contesta, seguro.

 

Razones para confiar en el porvenir

El siglo XX arrancó envuelto en optimismo. ¿Acaso alguien podía imaginar las dos guerras mundiales? ¿O el genocidio armenio? ¿O el Holocausto del pueblo judío? ¿O la crueldad stalinista a gran escala? Los evidentes progresos políticos, sociales, científicos y tecnológicos no alcanzaron para sacar de la penuria a vastas capas de la población mundial y posibilitar que la libertad y la justicia social dejaran de ser un bien escaso.
En rigor, la brecha entre ricos y pobres se profundizó. El hombre fue protagonista de grandes hazañas, pero también autor de terribles calamidades. Las religiones debieron afrontar los desafíos de la modernidad, la amenaza de los fundamentalismos y ataques, a veces muy virulentos. La Argentina pasó de estar entre los primeros países del mundo a quedar rezagada. ¿Cómo se presenta el siglo XXI?

En la última charla no queríamos arrastrar a nuestro interlocutor hacia el papel de adivino. Pretendíamos saber si cuenta con razones ciertas para tener esperanza, cuáles son sus principales expectativas, pero también sus grandes preocupaciones frente al futuro. ¿Es de los que piensan que todo tiempo pasado fue mejor y que el mundo va de mal en peor? ¿O se cuenta entre los que creen que la humanidad, con sus más y sus menos, vista en perspectiva, avanza irreversiblemente?

¿Vamos hacia un tiempo más religioso, o lo trascendente perderá irremediablemente terreno? ¿Cuál deberá ser el papel de la Iglesia Católica en la construcción de una sociedad mejor? ¿Es una utopía pensar en la reunificación del cristianismo? ¿Qué le espera a la Argentina?

—Vamos por partes. Para mí la esperanza está en la persona humana, en lo que tiene en su corazón. Creo en el hombre. No digo que es bueno o malo, sino que creo en él, en la dignidad y la grandeza de la persona. La vida nos va planteando las cuestiones morales y vamos poniendo en práctica o no los principios, porque a veces quedamos atrapados por las circunstancias y sucumbimos ante nuestras debilidades. El siglo XX tuvo muchas cosas fantásticas y otras espantosas. Ahora bien: ¿estamos mejor o peor que antes? Si uno observa la historia, nota que tiene altibajos. Por ejemplo, sobre los chinos se señala que son como un corcho: en ciertas circunstancias se hunden, pero luego vuelven a salir a flote. O sea que siempre resurgen. Creo que esto también es aplicable, en general, a la naturaleza humana, a todas las personas y todas las sociedades. (...)

—¿Le preocupa el descenso de la natalidad en el primer mundo y el aumento de la gente sola?
—Claro que me preocupa. Es una forma de suicidio social. En 2022, en Italia no tendrán ingresos suficientes en sus cajas jubilatorias, o sea, el país no contará con fondos para pagarles a los jubilados. A fines de 2007, Francia festejó que llegó a los dos hijos por mujer. Pero Italia y España tienen menos de uno por mujer. Eso significa que habrá espacios físicos y realidades sociales que serán sustituidos; implica que emergerán otras culturas y, acaso, otra civilización. La invasión de los bárbaros en el 400 será, probablemente, reemplazada por otra modalidad, pero el territorio que unos dejen lo ocuparán otros. Por las migraciones, Europa puede experimentar cambios en su cultura. Aunque, en rigor, ése no es un fenómeno nuevo. No olvidemos que las grandes comunidades cristianas, que existieron durante varios siglos en el norte de Africa, hoy no existen.

—A propósito, ¿cómo imagina el futuro de la Iglesia Católica? ¿El nuevo siglo será religioso?
—La Iglesia debe estar acompañando el desarrollo de los pueblos: el existencial, el moral, el humano con todo su nuevo potencial. Tiene que hacerlo crecer en humanidad porque, en el fondo, el hombre es objeto de la Revelación de Dios, imagen de Dios. Como cristianos, no podemos abjurar de esa concepción ni negociarla. Por lo demás, creo que el nuevo siglo será religioso. Ahora, habrá que ver de qué manera. La religiosidad, reitero, a veces viene acompañada por una especie de teísmo vago que mezcla lo psicológico con lo parapsicológico, no siempre por un verdadero y profundo encuentro personal con Dios, como los cristianos creemos que debe ser.

—¿Cree que se avanzará en la reunificación de las confesiones cristianas?
—Comienzo celebrando los pasos que se han dado y se siguen dando con el movimiento ecuménico. Católicos y evangélicos nos sentimos más cerca, conviviendo con las diferencias. Se busca una diversidad reconciliada. Yendo directamente a la pregunta: desestimo que, por ahora, se pueda pensar en la uniformidad o en la unidad plena, sino en una diversidad reconciliada que implica un caminar juntos, orando y trabajando juntos, y juntos buscando el encuentro en la verdad.

—¿Y cómo imagina el futuro de la Argentina?
—La sociedad tiene reservas morales, culturales… Felizmente nuestro pueblo, cuanto más sencillo, más solidario. Es cierto que, en ocasiones, se producen hechos inquietantes como, hace un tiempo, un incendio en una villa de emergencia de Buenos Aires producto de una pelea de pobres contra pobres, que atentó contra esas reservas solidarias, pero todavía no las perdimos. El desafío es estar alertas y contenerlas. Cuando los políticos empiezan a buscar soluciones mediante pactos, se equivocan si ellos no se asientan en la solidez de la reserva moral de nuestro pueblo. De lo contrario, constituyen un mero contrato que podemos romper cuando se nos viene en gana. Es cierto que el pueblo está vapuleado, inmerso en una situación un tanto anárquica, pero estamos a tiempo de hacer cosas buenas por la patria porque, insisto, contamos con reservas.

—¿Por qué usa el término “patria”?
—Me gusta hablar de patria, no de país ni de nación. El país es, en última instancia, un hecho geográfico, y la nación, un hecho legal, constitucional. En cambio, la patria es lo que otorga la identidad. De una persona que ama el lugar donde vive no se dice que es un paisista o un nacionalista, sino un patriota. “Patria” viene de padre; es, como ya dije, la que recibe la tradición de los padres, la lleva adelante, la hace progresar. La patria es la herencia de los padres en el ahora para llevarla adelante. Por eso, se equivocan tanto los que hablan de una patria desgajada de la herencia como aquellos que la quieren reducir a la herencia y no la dejan crecer.

—En síntesis, tiene una visión moderadamente optimista del futuro del país y del mundo…
—Es lo que siento. Puedo equivocarme. Nosotros no lo veremos, lo verán nuestros hijos.


Redacción de Perfil.com


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