DOMINGO LIBRO / VIVIR Y ENFERMARSE A LA VERA DEL RIACHUELO

Entre aguas turbias

Marina Aizen, en su libro Contaminados, busca responder, a través de testimonios de vecinos, industriales y funcionarios del Estado, la pregunta que lleva varios años en la agenda política y de organizaciones no gubernamentales: ¿es posible recomponer el medio ambiente del gran cordón que rodea a la Ciudad de Buenos Aires desde el Sur? Una investigación que plantea los desafíos que implican limpiar esta cuenca.

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Foto:Cedoc Perfil

Cuando empecé en 2008 a navegar por las aguas fétidas del Riachuelo tenía –como todos– una foto mental: la imagen triste de sus riberas, que parecían olvidadas y anónimas. Un río con historia pero sin historias. Sin embargo, por suerte, no todo lo que parece es. Ese espacio, que desde la mirada inmóvil de la barca tenía el aspecto de haberse caído del mapa, era en realidad un sitio muy disputado, ya sea por empresas o por ocupantes marginales, que vivieron en paz y también en tensión, en ambas márgenes de ese río por el que transitaba, entre bolsas de basura hundidas y flotantes. La vista engaña. A medida que atravesaba ese paisaje me iba construyendo una historia imaginaria, asociada a la peor decadencia, a los mundos sin destino, porque ese Riachuelo sucio y con mucha basura era tremendamente feo, especialmente durante los días nublados y grises. Se me congela el alma de sólo evocarlo así. Pero nuestras impresiones superficiales como visitantes pasajeros carecen del contenido de la experiencia. La realidad tiene otras cosas para contarnos, muy distintas a lo que concebimos desde el prejuicio construido a la distancia. Entendí todo esto en el momento en que crucé el umbral de la casa de Valentina y Ricardo, justo abajo del puente Bosch, del lado de Avellaneda.
Había visto su casucha torcida y enclenque un día en que al salir nomás del puerto de La Boca se largó una lluvia despiadada sobre nuestras cabezas. Había que refugiarse en la única parte techada de la barcaza, donde el motor vomitaba emanaciones de gasoil que me dejaron de muy mal humor y descompuesta. En el medio de esa nube tóxica, pensé que sólo la desgracia podía haber acorralado a sus ocupantes hasta ese triste lugar. Después de todo, una vivienda construida bajo las vías del ferrocarril es una de las postales de la extrema pobreza. Pero todo era más complejo.
“Cuando pasa el tren no se habla. Es un código que hay en el barrio”, contó Ricardo al recibirme. Acababa de pasar un tren y dentro de cinco o diez minutos iba a pasar otro, así que nuestra conversación tuvo que tener hiatos tan largos como los recorridos de los vagones sobre nuestras cabezas. “Los chicos no se pueden dormir si no escuchan el tren”, me decía. Nunca antes había pensado en el Roca como una canción de cuna.
Ricardo había llegado al lugar cuando Valentina estaba embarazada del primero de los cuatro niños, entonces con dos meses de gestación. La madre los había echado de la casa, a instancias de su pareja nueva. Unos días por aquí, otros días por allá… pronto el Riachuelo se convirtió en una alternativa. El cartoneo los fue acercando hasta este confín que terminaron adoptando como propio. Cuando mostraba su casa construida con chapas, maderas, cartones corrugados, Ricardo se enorgullecía. “Son ochenta metros cuadrados”, repetía, como si fuera agente inmobiliario. “Fue un alivio venir acá, porque era un lugar. El estaba en la panza –dijo señalando al hijo más grande– y ahora teníamos un techo”.
Detrás de la casa, justo al lado del baño, al que se llega atravesando la pieza donde dormían los seis integrantes del clan, estaba el río. Todo lo que se tiraba por el inodoro iba a parar directamente a él. La habitación tenía una cama matrimonial, dos cunas, otra cama más chiquita. Todo recogido de la basura. El aire era espeso, y se mezclaban los olores humanos con las emanaciones propias del Riachuelo. (…)
El jamás me hubiera dicho que su lugar era malo o sucio. Hablaba dándose ínfulas, afirmando que una casita así tal cual se la llevaría a cualquier lado. Que no la cambiaba por nada, ni por un departamento en Palermo, donde no podría hacer lo que se le diera la gana, como un asado o poner música fuerte, a todo lo que da. Valentina compartía totalmente su visión del hogar. Ambos lo querían.
¿Es que Ricardo y Valentina ignoraban la contaminación? ¿No la querían reconocer? ¿O sólo la reducían a una cuestión de olor feo? Sin embargo, en algún rincón de su ser ellos sabían que sus hijos se estaban enfermando por estar en contacto con el río, y elegían hacerse los boludos, por lo menos ante mí: ya sea por necesidad o conveniencia. Todos habían tenido episodios respiratorios, alguno con más de una internación. “Yo sé que el día de mañana ellos van a tener problemas de respiración, pero hoy lo que me preocupa es que tengan techo, comida y educación”, me decía Ricardo. Pero ese futuro parecía intangible. El presente era el techo. Ese techo.
Ricardo hablaba y hablaba. Pero lo mejor no era lo que él creía decirme textualmente, sino los detalles que se le escapaban en la conversación, cuando bajaba la guardia. Por ejemplo, que las ratas eran tan grandes que se peleaban con los perros. Que muchas veces las ratas se habían comido a los cachorros. (...).
Mi encuentro con Ricardo fue mi bautismo con los habitantes de la ribera. Luego descubrí mucha gente como él, con la misma visión de su cosmos villero. (…)

Los sueltitos
Asentamientos así explican una gran parte de la contaminación del Riachuelo, que no quepan dudas. Además de los desechos del baño, que iban directo al agua, producían una enorme cantidad de basura, que luego flotaba o se hundía. Fue una tarea casi titánica, por ejemplo, limpiar las márgenes de la Villa 21-24, donde había una gran barranca formada por basura acumulada a lo largo de demasiados años. El camino de sirga tenía que despejar ese espacio y devolverle la perspectiva al río.
Pero la obra pretendió avanzar linealmente sobre problemas sociales complejos, que al principio no fueron tenidos en cuenta, porque al Estado o al juez no les interesó o porque demoraría todo mucho más. Por eso, no llama la atención que se hayan cometido arbitrariedades, afectando vidas puntuales de mujeres, hombres, niños y ancianos.
La peor parte la llevaron los llamados “sueltitos”. Ellos eran familias que vivían en la vera del río del lado de Capital, pero que no estaban organizados en ningún barrio, como el resto de las villas ribereñas. Era gente que vivía en casuchas de morondanga; otros se habían construido viviendas de material, decoradas con gran esmero. Así era, precisamente, la casa de Marcos, su mujer Teresa y una nena de 9 años.
La noche anterior a la que llegaran por sorpresa las topadoras a demoler la casa se habían ido todos a dormir muy contentos, porque habían pintado el cuarto de la chiquita de rosa. Lo habían decorado con una guarda de princesas de Disney para hacerlo todavía más lindo. Por el olor a pintura (no el del río), ella pasó esa noche en la habitación de sus papás; iba a estrenar el cuarto al día siguiente. No tuvo tiempo. Llegó un escuadrón de la Policía Federal y de Infantería, que los obligó a abandonar el lugar, sin siquiera poder rescatar las cosas. Venían con un papel del juzgado federal de Quilmes que decía que “el personal actuante se encuentra facultado para usar la fuerza pública”. Fuerza pública contra una familia. Imagínense el desconcierto de un tipo común, que un día se despierta y se encuentra con una orden en contra suyo de un juzgado federal. Eran unos doscientos agentes contra personas desarmadas. La niña sufrió un estrés tan tenaz después del desalojo que contrajo una enfermedad degenerativa en las manos, llamada deglodermia, que le causa unos dolores espantosos. A su padre lo obligaron a aceptar un subsidio de setecientos pesos por todo concepto, a pesar de que habían vivido en ese lugar muchos años. Hasta que no aceptó firmar el subsidio no le devolvieron el DNI. En dos horas habían demolido todo. ¿Esa era la forma adecuada de llevar adelante el saneamiento del Riachuelo? (...)
Un río es lo que una sociedad quiere que sea. Pero ¿qué queremos del Riachuelo? La Corte mandó a recomponer el ambiente. Sin embargo, este mandato poderoso no tiene un significado específico. Tenemos que dotarlo de uno. Si no es ahora, en unos años. Tal vez ese significado se vaya cambiando con el tiempo y sea, así, un desafío constante. En todo caso, hay que empezar la discusión.
De cualquier manera, “recomponer” no podrá ser nunca volver al río de nuestros querandíes, que aprendieron a usarlo de una manera mucho mejor que todos los habitantes que se instalaron después en la zona. No podremos recuperar los meandros originales que han sido canalizados, las lagunas que han sido rellenadas, o los valles de inundación que han sido ocupados prácticamente en toda su extensión. Toda la dinámica hidráulica de este sistema cambió. Los lechos de muchos arroyos han sido cementados inútilmente.
La desembocadura en el Río de la Plata fue modificada. Y la que conocemos actualmente está taponada, lo que ejerce presión aguas arriba, o sea, en las zonas socialmente más sensibles, que se inundan, colocando a su gente en una situación desesperante a cada rato. Desde que Armella prohibió la navegación comercial y los barcos dejaron de transitar, la acción del Río de la Plata hizo que se empezara a sedimentar la boca de salida (la circulación constante canalizaba el lecho, abriendo el paso); al final, la decisión del juez resultó ser otra de esas intervenciones que acaso se pensaron para bien y terminaron para mal, como la famosa rectificación del río, que le dio aspecto de canaleta triste.
Entonces, ¿se puede recuperar un río? ¿Se puede recuperar este río? ¿Qué supone la recuperación de un río? ¿Cómo se usará el río? Ninguna de estas preguntas tiene una respuesta rápida. Todo sistema natural tarda décadas en volver a tomar los bríos que perdió por la intervención humana brutal, como fue la que sufrió el Matanza-Riachuelo. Le pasó esto al Támesis, en Londres, a la ría del Nervión, en Bilbao, al río Charles, en Boston, sólo por mencionar algunos. En todos estos casos, la primera premisa fue hacer lo que aquí, con más o menos pericia, se trató de llevar a cabo: cortar las fuentes de contaminantes.
No sólo industriales, sino también los desechos cloacales. No sueñen con peces mientras haya caca. Estos tampoco serán criaturas de colores. No imaginen el paisaje de biodiversidad de un arrecife de coral. Será fauna acuática autóctona. La posible.
En estos primeros años de puesta en práctica de las tareas de limpieza se empezaron a ver signos de recuperación en algunos arroyos de la cuenca. (...). Y, sin embargo, con un mejor manejo y control, incluso con las pautas de vuelco actuales –que están lejos de ser las ideales–, se empezó a ver una mejora en las especies más sensibles a la contaminación. Son los bioindicadores que nos avisan que se puede.
Se están viendo algunos resultados, todavía parciales, incipientes, pero alentadores. (...)
En 2009, el Consejo Directivo de Acumar –o sea, todos los representantes de las partes involucradas, CABA, Provincia y Nación en conjunto– dictaminó una resolución que la sociedad civil consideró como muy polémica y tomada a sus espaldas. Que el objetivo de todo el proceso sería lograr lo que se llama el “uso IV del agua”, o sea, el uso pasivo recreacional sin contacto. En otras palabras, conformarse con un río sin olor a podrido, pero igualmente sucio. Un mirame y no me toques. ¿Era eso recomponer el ambiente? ¡Qué decepción! Entonces, en vez de maldecir esa resolución, me pareció mejor ir a hablar sobre ella con quien en 2013 era aún director ejecutivo de Acumar, Oscar Deina.
(...).Me explicó que el objetivo de máxima no era decir “llegamos al uso IV y listo”, sino ir logrando cada vez más la sustentabilidad de la cuenca. Es decir, que funcione cada vez más con sus propios recursos, dependiendo menos de los servicios ambientales de otras regiones. ¿Qué quiere decir esto? Que no haya que importar tanta energía o químicos para hacerla funcionar; que cada vez se necesite mucho menos de su energía y sustancias o, por caso, de agua en los procesos productivos; que se utilicen progresivamente técnicas más novedosas e innovadoras para fabricar y para reconvertir los pasivos, que antes simplemente se tiraban; que no haya que mandar residuos a otro territorio, como hoy se hace con la basura que se envía a la Ceamse, cuyo relleno sanitario queda en la cuenca del Reconquista; que se empleen productos cada vez menos tóxicos en los procesos industriales. Puesto así, sólo el cielo es el límite.
La introducción de tecnología nueva es constante, y acaso, algo que ni se podía pensar en 2009, cuando se dictaminó el objetivo del uso IV, vaya siendo posible ahora. Por ejemplo, hace años, instalar un filtrado por ósmosis inversa en una fábrica de Lanús hubiera sido una utopía, porque era muy costoso.
Hoy hay una curtiembre que la tiene, lo que le permite reutilizar el agua que antes liberaba sucia directamente a los pluviales que marchan al Riachuelo, y lo contaminaban como nadie. (...). Mientras lo escuchaba, me quedaba una pregunta sin responder, que se refiere a lo de la famosa “maldición argentina”: esa que deja los proyectos a medio hacer, que se atrancan con cada fin de ciclo. Esa cuestión también parece preocuparle a la Corte, porque insistió mucho en ella en cada audiencia pública que realizó sobre el Riachuelo. ¿La sustentabilidad como política de Estado para una región entera y crítica? Si eso realmente pudiera perdurar en el tiempo estaríamos dando un inmenso paso adelante. Entonces, el proceso de limpieza del Riachuelo no sólo habrá sido una lección sobre cómo recomponer un río, sino también un modelo para replicar en muchas otras regiones del país. Y acaso, de otros países de América Latina. De hecho, hay delegaciones extranjeras –por ejemplo, de Colombia– que se están empezando a acercar para ver qué se está haciendo y qué se puede llevar como lección para reproducir en otros sitios. En ese sentido, este momento es muy interesante.
Una de las cosas que quizás garantice la continuidad de este proceso es la presión judicial. La empresa que no cumple con Acumar tiene un doble problema: uno administrativo y otro penal. Por lo tanto, no puede funcionar si incumple. Al menos, en teoría. Deina me aseguró que esto finalmente empezó a calar, aun en la cabeza del empresario chúcaro, ese que se resistía por deporte a la norma, e incluso de los propios sindicatos.
“Nadie quiere la cucarda de agente contaminante”, me dijo. Aunque aún es muy pronto para cantar victoria. (Ya vimos en estas páginas cómo a la sociedad le gusta burlarse de los controles y cómo la cuenca –y la Argentina toda– está llena de chantas, capaces de hacer cualquier cosa sin escrúpulo alguno.)



Marina Aizen