DOMINGO LIBRO / UNA IMAGEN QUE CAMBIÓ LA HISTORIA DEL PAÍS

Esa foto de Cabezas

En Cabezas. Un periodista. Un crimen. Un país, el periodista Gabriel Michi reconstruye la génesis de la foto que su compañero José Luis Cabezas obtuvo del entonces todopoderoso Alfredo Yabrán, en el verano de 1997. La adrenalina de una instantánea que modificaría el rumbo de la política argentina y le costaría la vida a su autor, que hoy es un símbolo de la lucha por la memoria y contra la impunidad.

Contrastes. Una de las fotos que obtuvo Cabezas aquel verano en Pinamar: el empresario toma sol junto al mar. Una de las protestas tras el asesinato del fotógrafo y la tapa de Noticias.
Contrastes. Una de las fotos que obtuvo Cabezas aquel verano en Pinamar: el empresario toma sol junto al mar. Una de las protestas tras el asesinato del fotógrafo y la tapa de Noticias. Foto:Cedoc Perfil
Adrenalina periodística. Y mucho de temerarios. Muchos lo describirán como una enorme valentía. Y los resultados podrían darles la razón. Para nosotros era un desafío profesional, con condimentos sociales. Cuando con José Luis Cabezas conseguí la información necesaria y él capturó la foto de Alfredo Yabrán caminando en forma relajada junto a su mujer, María Cristina Pérez, por las playas de Pinamar, supimos al instante que esa imagen era uno de los mayores logros periodísticos de los últimos tiempos. Yabrán era el hombre más buscado por la prensa argentina. El hombre sin rostro. El hombre más enigmático y poderoso del país. El enigma que había desvelado a tantos. El mismo que se había jactado tiempo atrás de que “ni los servicios de inteligencia tienen una foto mía” o que había sostenido que “sacarme una foto a mí es como pegarme un tiro en la cabeza”, en una síntesis de que sus enemigos podrían ser también muy peligrosos. O una demostración tácita de su transitar por un mundo donde las leyes o son hechas a medida o son adulteradas en sus límites de acuerdo con las conveniencias y la impunidad del poder (...).

Pero ¿cómo se consiguió la famosa foto? En esa temporada, con José Luis, habíamos reforzado nuestra red de contactos y fuentes periodísticas, lo que nos sirvió para enterarnos de los movimientos y llegadas de personajes famosos a las playas de Pinamar. Incluso teníamos identificadas las tres carpas que la familia Yabrán había reservado en el balneario Marbella, pese a que sabíamos que el magnate no estaba aún en Pinamar porque había viajado a los Estados Unidos para someterse a una operación de vesícula. Sin dudas, semejante nivel de detalles delata la precisión de la información con la que contábamos, incluso con personajes del entorno directo del empresario y algunas “viudas del poder” (como en el periodismo de investigación se menciona a quienes participaron del ejido de un determinado espacio, pero que por alguna razón quedaron relegados).

Lo cierto es que después de una temporada muy exitosa en materia periodística, y cuando ya casi estábamos preparando las valijas para volver a Buenos Aires, el miércoles 14 de febrero de 1997, recibí un llamado de una de mis fuentes más confiables.

—Gabriel, mañana llega “el Tío” (una de las formas elípticas en que mencionaban a Yabrán, para no nombrarlo, por el temor que despertaba y por la posibilidad de que nuestros teléfonos estuviesen intervenidos por sectores de los servicios de inteligencia que tenían vínculo o directamente reportaban al magnate).

Además de tener el dato de cuáles eran los números de las carpas que había reservado Yabrán en el balneario Marbella, una de mis fuentes me había anticipado que el empresario era bastante estricto –y casi marcial– con sus costumbres. Y entre ellas, la de ir a la playa. Me decía que Yabrán iba religiosamente alrededor de las 16 horas y era un dato central para nuestra búsqueda.

Justamente a esa hora fue cuando con José Luis pasamos por el ingreso de Marbella. Estábamos junto a mi mujer de entonces, Laura Luz Ojeda. En eso llego a ver en el estacionamiento una de las camionetas del empresario. Le digo a José Luis que se detenga y que me bajaba para rastrillar esa playa con el objetivo de encontrar al magnate. Bajamos del vehículo con mi mujer, mientras José Luis se quedaba en el auto. Descendimos por la escalera del balneario y llegamos a la arena. La imagen era la de dos turistas más recorriendo los balnearios. En eso, mientras recorríamos el borde de la costa, allí donde los últimos vestigios de las olas llegaban a acariciar suavemente la arena apenas mojada, veo aproximarse a un hombre corpulento, alto y canoso, que traía en sus manos una reposera. A medida que nos aproximamos, mientras él deposita su silla en la arena justo al lado de nuestro transitar, mi mujer me pregunta:
—¿Es como este tipo?
—No es como este tipo. Es él –le respondo con cierta certeza por las fotos antiguas que había observado con obsesión durante mucho tiempo.
Pero necesitaba tener más seguridad. Entonces fui hasta el auto donde me esperaba José Luis y le dije:
—Mirá, José Luis. Acabo de verlo en la playa. Estoy casi seguro que es Yabrán, pero necesito de tu mirada fotográfica para asegurarnos del todo.
Entonces, José Luis estacionó el auto. Juntos bajamos por el balneario de al lado, Salvador Gaviota, dejamos a mi mujer y las cosas allí para no alertar de nuestra presencia. Y fuimos caminando hacia el sector donde había visto al magnate.
Pasamos por al lado y José Luis me lo ratificó con entusiasmo.
—Sí, es éste.
Entonces regresamos a buscar el equipo fotográfico. Fuimos al estacionamiento de Marbella y desde allí observamos que con el teleobjetivo de José Luis se podía ver en primer plano a Yabrán sentado en una silla playera.
José Luis me pidió que le haga de trípode ya que con esa lente de aproximación –que encima son bastante pesadas– cualquier movimiento saca de foco el objetivo. Mi hombro fue el lugar de apoyo. Esa extraña situación le llamó la atención a un chico que estaba jugando en el estacionamiento y nos preguntó que estábamos haciendo. Le dijimos que una foto. Y se fue.

José Luis consiguió así unas tomas de Yabrán sentado al borde del mar en una reposera playera, algunas en la que incluso se ve pasar a un perro por delante. Relajado y gozando ya a pleno de sus vacaciones, el empresario nunca notó nuestra presencia. Lo mismo que su custodia que, después me enteraría, estaba por allí también camuflada de turistas y con sus armas escondidas entre las toallas. Ellos nunca se percataron de nuestro trabajo periodístico.

Al rato, Yabrán deja su posición y lo perdimos de vista. Fuimos con José Luis hasta el balneario contiguo, donde estaba mi mujer esperándonos y decidimos permanecer allí para poder “vigilar” lo que hacía el hombre más buscado por la prensa argentina.

Desde donde estábamos, lo observábamos a simple vista, ya que sus características físicas lo delataban entre la multitud de esa playa pública.

Fue ahí cuando lo vimos venir caminando con su mujer hacia nuestra playa. Encaraba una caminata costera pero la cantidad de gente y la proximidad entre el lugar desde donde salía el empresario y el nuestro impidieron que José Luis pudiera fotografiar ese momento. Decidimos esperar con la lógica del sentido común, que señala que si se fue tiene que volver. Y esa lógica funcionó. Nos quedamos atentos mirando para el norte y después de 40 minutos vemos a la distancia que Yabrán y su mujer se aproximaban hacia donde estábamos y supimos que ése iba a ser “el” momento. Entonces, con mi mujer nos pusimos en pose de turistas mientras que José Luis simulaba que nos fotografiaba. Pero en realidad estaba fotografiando a Yabrán y a su mujer. Ambos caminando en forma distendida por la playa. Nosotros en un primer plano ficticio y en paralelo pero detrás, la verdadera fotografía. La del hombre más enigmático de la Argentina, gozando de la invisibilidad que había construido por años.

Cuando el matrimonio Yabrán se acercó demasiado a nuestras posiciones, José Luis escondió su cámara debajo de una mochila que habíamos llevado. Y justo en el momento que pasan a nuestro lado, a unos escasos cinco metros, observamos que Don Alfredo y su mujer, María Cristina, se detienen y se dan un pico, un pequeño beso en la boca. José Luis protestó en voz baja:
—¡¡¡La puta madre!!! ¿Cómo me perdí esa foto?
—Tranquilo –le respondí–. ¿Las otras fotos las pudiste hacer?
—Sí, se los ve bien en primer plano, caminando. Están es-pec-ta-cu-lar. Pero me da bronca haberme perdido ésta…
Así era José Luis. Un perfeccionista. Un obsesivo por conseguir siempre un poco más en su labor profesional. Nos temblaban las piernas por el logro. El nerviosismo que habíamos tenido durante esas horas tenía su premio. Esa adrenalina que seguía pero ahora con la certeza de que el objetivo estaba logrado.
Al rato vimos que Yabrán se iba de la playa, secundado por mucha gente. Era su familia, pero también sus disimulados custodios. Nos golpeamos las manos y abrazamos con José Luis por el éxito obtenido y los nervios se transformaron en algarabía. Sabíamos que era un enorme logro periodístico (…).

Dos universos
De un lado, un fotógrafo. Del otro, un empresario multimillonario. En la cadena, una estructura criminal para acabar con la vida del reportero gráfico. Cada eslabón era un símbolo de un sector delictivo. Juntos, una radiografía de un país impune.

Lo que desnudó el crimen de José Luis Cabezas no fue otra cosa que una síntesis de todos los males de la Argentina de aquel entonces. Un diagrama homicida donde figuraban: una banda de delincuentes comunes (los Horneros Horacio Braga, Sergio Gustavo González, José Luis Auge y Héctor Retana), algunos de ellos barrabravas de clubes de fútbol que hacían trabajos para punteros políticos, que a su vez se relacionaban con policías asesinos y/o corruptos de la Bonaerense (Gustavo Prellezo, Sergio Cammarata y Aníbal Luna) que gozaban de la protección de la “zona liberada” por la comisaría local (a cargo de Alberto Gómez), uniformados que también se vinculaban con un ejército de custodios privados (Gregorio Ríos y sus discípulos) con contactos con represores impunes de la dictadura militar, y que todos ellos remitían a un empresario hiperpoderoso (Alfredo Yabrán) con peligrosa sintonía con el poder político, económico, judicial, eclesiástico, sindical, militar y de los servicios de inteligencia. El verdadero poder detrás del poder. Todos ellos, capaces de segarle la vida a quien pudiese poner luz sobre sus oscuros “negocios”. En este caso, José Luis Cabezas.

O sea: una pirámide criminal cuyos estamentos eran delincuentes comunes, policías corruptos, custodios sin control y empresarios voraces, complotados para el silencio y la muerte. Todos operando desde las sombras. Con protección especial. Evitando, como sea, quedar revelados ante una sociedad que era víctima de sus atropellos y mezquindades. Y donde la prensa independiente podía poner en peligro sus subterráneos negociados.

José Luis Cabezas sacó esa foto reveladora. Antes y después de muerto. Retrató al hombre más oculto de la Argentina. Pero también retrató a esas mafias. Eso le costó la vida. Y el acusado jerárquico de ese crimen, el hombre para el que tener poder era sinónimo de impunidad, se suicidó.

La Justicia determinó la responsabilidad del empresario Alfredo Yabrán en la autoría intelectual del asesinato, ordenando a su jefe de custodia, Gregorio Ríos, quien a su vez instigó al policía Prellezo, que se valió de la ayuda de los Horneros y los otros uniformados para matar a Cabezas, en medio de una “zona liberada” por un comisario de la Bonaerense.
Ese hecho aberrante conmovió a la sociedad argentina, que salió a la calle a reclamar justicia bajo el grito “No se olviden de Cabezas”. Y nadie se olvidó. Y hubo justicia como pocas veces antes. Y después, nuevamente, impunidad.

El hombre que quería mantener en secreto su imagen y que había logrado capitalizar miles de millones de dólares y poder, manejando los negocios más sensibles en la puerta de entrada y salida de la Argentina a través de los negocios aeroportuarios, además de la circulación interna a través de correos y clearings, y hasta acercándose a la confección de los documentos de todos los ciudadanos, creía tener sus razones para conservar su anonimato. Tenía la convicción de que sus enemigos eran tan peligrosos como él. Algunas marcas en su vida le dejaron muchos temores. Y desconfianzas. Incluso con aquellos que tenían la misión de protegerlo. Y espantar a sus fantasmas.

Lo que quedó en limpio, después de tanta hojarasca, fue que a José Luis Cabezas lo mataron por su trabajo. Por sus fotos y por nuestra búsqueda informativa. Que su crimen fue un intento de silenciarlo a él y a toda la prensa. Que fue ordenado por un empresario poderoso en complicidad con su guardia pretoriana y con policías que trabajaban con delincuentes comunes y que gozaban de la inmunidad de las “zonas liberadas”. Que, lejos de las falsas dicotomías, Yabrán y la “maldita policía”, custodios armados y delincuentes comunes, todos se confabularon para coartarle el camino de la vida a José Luis.

También, que el crimen fue planificado desde tiempo antes, que hubo inteligencia y seguimientos sobre nosotros, que la forma de concretarlo fue brutal y que el intento por encubrir a los responsables fue escandaloso. Pero también que los medios, los periodistas, algunos jueces, muchos dirigentes políticos y sociales, y sobre todo la sociedad en su conjunto decidió decir “¡Basta!”. Y actuó en consecuencia. Ya nadie se pudo hacer el distraído.

José Luis Cabezas dejó de ser simplemente nuestro entrañable compañero para convertirse en un símbolo colectivo contra la impunidad y el olvido, componentes imprescindibles de todos los males de la Argentina. Y sus compañeros y amigos cumplimos la doble misión de investigar e informar (tal como reza el ABC de nuestra labor) y de movilizar y recordar para que la desmemoria y la injusticia no ganaran de nuevo.

Gabriel Michi