DOMINGO REPORTAJE A GUSTAVO GROBOCOPATEL

“Espero que nadie me pague con Cedines”

Acaba de anunciar una inversión de 400 millones de pesos para el desarrollo de nuevas tecnologías genéticas. Dice que con otra política hacia el campo se podría producir mucho más y sostiene que el blanqueo “siempre es una barbaridad.”

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Y el Rey de la Soja fue a Casa de Gobierno y anunció una inversión de 400 millones de pesos.
—Es una inversión con la que la empresa trata de adelantarse a las nuevas tecnologías que, creemos, van a implementarse en los próximos tiempos –explica Gustavo Grobocopatel–. Creemos que estas nuevas tecnologías van a otorgarles mayor importancia a la genética, a las semillas, a las moléculas químicas. También a los fitosanitarios que van a acompañar a esas semillas. No hay que olvidar los bioproductos, los inoculantes, es decir, productos biológicos que favorezcan el crecimiento. Y cuando hablo de semillas me refiero a las que están previamente tratadas; están también listas para ser usadas y crean un servicio al productor. Buscamos que haya una mayor comodidad justamente para ese productor que, cuando va al campo, pueda trabajar menos. Y esto se logra cuando el trabajo se ha cumplido previamente en las plantas. Estas inversiones, como le señalaba, incluyen la compañía de fitosanitarios, plantas de tratamiento de semillas. Es decir, acompañando el desarrollo tecnológico de lo que pensamos que va a ocurrir de aquí en adelante.
—¿Y cómo analiza estas medidas de fuerza que la Mesa de Enlace ha tomado en los últimos días con un apoyo masivo del campo?
 Hay serenidad en la mirada de este hombre muy alto, cuyo bisabuelo, víctima de los pogroms en los que se masacraba a los judíos de Ucrania, llegó a nuestro país a comienzos del siglo XX. Terribles persecuciones que dieron origen a la generosa e inteligente iniciativa con la que el legendario barón Hirsch los trajo a la Argentina y, en este caso, a Carlos Casares, donde había fundado su primera colonia. Y Gustavo Grobocopatel contesta pausadamente:
—Mire, para mí, cualquier tipo de medida de fuerza denota un fracaso. Es decir, en este caso, un fracaso en el diálogo. Este hecho lamentablemente ocurre porque no hay diálogo y la responsabilidad de ese diálogo corresponde a todas las partes. Pienso que, para que haya diálogo, justamente las partes deben colaborar con el ciento por ciento del esfuerzo. Además, me parece que crear un futuro gritando en la calle tampoco ayuda para nada. Lamentablemente, no existe ese diálogo. Hace ya mucho tiempo que ha cesado un intercambio razonable, desde la crisis del campo... Quiero ser optimista. Espero que en algún momento esto se quiebre y podamos volver a conversar, a dialogar y a construir en los lugares más adecuados. Por ejemplo, en las mesas de diálogo, con conversaciones sin prejuicios y con confianza...
—Pero daría la sensación de que eso no funciona. Por lo menos por ahora... Y esto es penoso en un país como la República Argentina, donde el campo siempre ha tenido una enorme importancia. Una situación de puertas cerradas.
—Sí. Yo creo que es un error. Que el Gobierno debería generar ese espacio. Y le explico por qué: no es lo mismo la responsabilidad que tiene el Estado que aquella que pueda corresponderles a los privados. El Estado es el que debe generar el espacio, aun cuando esté en desacuerdo con lo que vienen a plantearle. Creo que hay que preservar ese espacio y, lamentablemente, mientras esto ocurra se pierde el tiempo, nos distraemos y las cosas no van a la velocidad a la que tienen que ir.
—No sé si me equivoco, pero parecería que, en este aspecto, estamos perdiendo terreno frente a Brasil.
—En general, sí. El mundo sigue demandando los productos que producimos nosotros y Argentina, francamente, podría producir más. En lugar de producir cien millones de toneladas podría estar en una producción de 130 millones. Le estoy hablando en general: producción de trigo, de maíz, de soja. Es decir, de todos los productos, como el girasol, la cebada... también, claro, las carnes. Productos de economías regionales. Por ejemplo, leche. La leche es muy importante. Le diría que es casi más importante que la soja porque, por ejemplo, con respecto a los chinos, uno de los puntos que más demandan es justamente ése: leche. Pienso que podríamos darle a la sociedad mucho más. Y a partir de condiciones que no son muy importantes. Es decir que, con pequeñas cosas, podríamos modificar mucho, y menciono estas pequeñas cosas porque no implican un sacrificio importante para el Estado.
—¿Por ejemplo?
—Bueno, le hablo de todo lo que es la parte comercial. La comercialización de trigo o de maíz, leche (tal como le mencionaba), carne... Creo que, en una mesa de diálogo, generar algo en lo cual estemos todos de acuerdo sería un gran paso. Me refiero a cómo hacer las cosas, ¿no es cierto? Por supuesto que hay correcciones sobre temas impositivos que acaban de ser anunciadas por el Gobierno. Por ejemplo, la restitución de las retenciones. El concepto es correcto, pero habría que hacerlo de manera que el productor le crea un poco más a ese proceso. Y esto quizás se logra haciendo lo mismo pero dándole espacio a la gente para que opine y escuchemos, entonces, otras voces y otras propuestas. Quizás aparezcan propuestas mejores, pero insisto en que deberían surgir de una mesa de consenso.
 Y aquí Grobocopatel admite:
—A mí a veces me ocurre en la empresa: de pronto puedo tener una idea genial, la expongo y no pasa nada. Quizás aparezca entonces una idea no tan brillante pero la construimos entre todos y esto funciona mejor.
—¿Le parece una actitud conciliatoria la visita de los inspectores de la AFIP controlando cuánto guarda el productor en su silobolsa?
—Yo pienso que la AFIP tiene que controlar, y no porque en el sector haya más evasión que en otros. Tiene que controlar. No me parece mal. Y también es cierto que todo este clima hace que cualquier cosa pueda interpretarse como un símbolo tanto hacia un lado como hacia otro. Por ejemplo, decir que el productor guarda en la silobolsa porque quiere perjudicar al Gobierno. Me parece que, en cambio, el productor guarda en la silobolsa porque toda la vida se guardó... Fíjese que el productor cosecha durante 15 días y con ese producto de 15 días tiene que vivir todo el año. No va a vender el 100% en un día para quedarse con los pesos e ir gastándolos para cubrir los gastos durante el año. Va vendiendo a medida que va necesitando, y me parece que no hay una lógica política en esa decisión sino una lógica de racionalidad económica. Incluso, sana. Porque si el productor vendiera todo, quedando así expuesto a los riesgos, es probable que ese productor luego se desfinancie y quiebre. El productor que guarda mantiene su fortaleza.
—Y de acuerdo con su larga experiencia, ¿cómo ve el mapa global en un mundo donde hay tanta gente con hambre?
—Sí, hay mucha gente con hambre pero ése es un hecho asimétrico: hay lugares del mundo donde hay más hambre que en otros. Sí estamos viendo que es un proceso en el cual menos gente tiene hambre. Creo que en los últimos veinte o treinta años el capitalismo ha generado menos pobres, más capacidad de trabajo y ha incorporado a la mujer en el área laboral. Sí, se ha generado más trabajo. Por supuesto que hay más diferencias entre ricos y pobres, y que el proceso no es absolutamente parejo en todos los países. Hay lugares más beneficiados que otros. Lo que sí existe es una formidable salida de la pobreza de gente perteneciente a países donde había multitud de gente pobre. China estaba a la cabeza, también la India, también países de Africa, también Brasil. Hay un proceso en el que más gente come y demanda una mejor calidad de vida. Por supuesto que en otros puntos subsisten muchos problemas. Vemos movimientos en los países árabes, en Turquía... ahora en Brasil, mismo en Europa. Estamos viviendo un proceso de turbulencia, de cambio y transformaciones que, a veces, no es interpretado correctamente por la gente. Se realizan lecturas equivocadas y, en general, el Estado no está a la altura de las circunstancias...
—¿Por qué?
—Porque es mucho más lento para entender esta dinámica de cambio, y tarda en reaccionar o lo hace en forma desacertada. Sin embargo, yo creo que todo esto se va a ir reconstituyendo. Va a nacer un nuevo capitalismo.
—¿Por qué piensa que los capitales son tan remisos en venir a invertir en la Argentina?
—Me parece que, en general, los inversores globales o el flujo de inversores globales se dirigen hacia lugares donde tengan determinadas certezas. Es decir que, así como colocan allí su dinero, también lo pueden sacar. La cuestión es que invierten en los lugares donde tienen la seguridad de que las reglas de juego con las cuales analizaron un determinado negocio se van a mantener durante la vida de ese negocio. Ahora, esto no quiere decir que uno se abra a la entrada y la salida ilimitada de capitales porque, justamente, muchas veces los capitales son puramente especulativos. En ese caso uno está a la merced de la voluntad de alguien que no necesariamente está pensando en el corto o largo plazo. Por eso se le pueden imponer ciertas restricciones. En general, en el mundo hay restricciones a la entrada y la salida de capitales. Esto depende de cada país. Pero lo que no hay es discrecionalidad. Hay reglas de juego conocidas por todo el mundo. La discrecionalidad es algo que limita, ¿no?
—¿Y cómo ve entonces que, a través del blanqueo indiscriminado, podamos convertirnos en una especie de Islas Caimán? Cualquiera podría llegar a la Argentina y... blanquear.
—Yo creo que el blanqueo siempre es una barbaridad. Hay gente que trabaja fuera de la ley y sigue estando fuera de la ley. Muchos economistas han escrito sobre estas cuestiones. Cuando alguien blanquea, vuelve a blanquear, y a los cuatro años repite el operativo; bueno... genera un incentivo para que la gente o no blanquee o entre en negocios ilegales para luego poder blanquear. Nunca voy a estar de acuerdo con el blanqueo porque me parece que hay otros mecanismos de incentivo más justos.
—¿Es cierto que sólo tenía 13 años cuando su papá le dijo que usted se ocuparía del patrimonio de la familia?
—Sí...
—... pero es una carga muy pesada para un chico. Implica pagar impuestos y tener una actividad particularmente delicada y absorbente...
—Fue así. En mi caso, siempre tuve una tolerancia muy baja para ciertas cosas como las que usted mencionaba recién. Siempre me preocupé por hacer una empresa que cumpliera con las reglas y fuera transparente. Que tuviera, también, un estándar de calidad y demás.
—¿Le molesta que lo llamen “el Rey de la Soja”?
—Lo que me molesta es la distracción sobre los temas centrales. Cuando se habla del Rey de la Soja se piensa en un tipo que siembra mucho (y relativamente no soy de los que más siembran). Tampoco creo estar entre los diez mayores. Ni siquiera ahora. Nuestro negocio no es sembrar. Y no es soja. Es un negocio de servicios y hay otros cultivos.
Hace una pausa y, pensativo, sigue:
—Tampoco vivo como un rey. Trabajo muchas horas por día. También los fines de semana. Mis lujos son muy medidos y básicos... Tengo una casa y otra casa en Carlos Casares. Me gusta viajar. Este sería, sí, mi único lujo, pero no tengo otros. Con lo cual, si me llaman “el Rey de la Soja” no puedo hacer nada en contra de eso, no puedo evitarlo, pero no me llena de orgullo... es como si hablaran de otra persona.
—Usted era el único varón entre tres hermanas mujeres, ¿no? ¿Y sus hijos siguen sus pasos?
—Mis hijos siguen mis pasos en cuanto al interés por las cuestiones públicas, por lo que ocurre, por el compromiso y las responsabilidades. Mis hijos estudian ciencia política y economía, y la más chiquita dice que va a ser filósofa.
—¿Por qué no?
—A mí me parece bien. Creo cada vez más en las carreras básicas que brindan una formación inicial, y luego cada uno elegirá el trabajo o el desarrollo que más le guste. El tema no es tan restringido como antes. Ojalá el gerente general de mi compañía sea, en el futuro, un filósofo.
—Cuando usted se recibió de ingeniero agrónomo, el país era bastante diferente al que tenemos hoy...
—Era muy diferente. De hecho, ser ingeniero agrónomo en ese momento no era algo necesariamente bien visto en el campo. Era un mundo mucho más atrasado. El campo no era totalmente productivo. Por ejemplo, había mucha gente de campo que decía: “Para fundirte: caballos de carrera, mujeres e ingenieros agrónomos”. Era una frase famosa, y yo he sido testigo y protagonista de un cambio enorme del campo como el que ha ocurrido en estos últimos treinta años. Esta revolución agrícola no tiene más de veinte años. En la década del 80 se discutía si la agricultura iba a tener futuro o no.
—Y actualmente ¿cómo estamos ubicados en el mundo?
—Argentina tiene una serie de fundamentos estructurales muy positivos. Por capital humano, por recursos naturales, por cultura, por infraestructura. Y también tiene una actitud enorme de desafío. Siempre digo que estamos en una especie de Revolución Industrial verde en la que las plantas van a ser las fábricas de la revolución industrial inglesa. Fábricas sin chimeneas. Inglaterra fue el centro de la Revolución Industrial anterior y el gran perdedor fue China. Y fíjese que China podría haber sido protagonista, pero luego tuvo que enfrentar 200 años de pobreza, hambre, muerte y demás. Argentina puede ser Inglaterra y también puede ser China. La elección está en nosotros en la medida en que tengamos un país más integrado al mundo. Más abiertos y con más emprendedores vamos a ser Inglaterra. Si nos cerramos y destruimos la capacidad creativa de la gente, si no hay investigación ni innovación, seremos China.
—Quizás eso sea lo que están evaluando los inversores...
—Sí, los inversores de afuera tienen otra lógica, distinta a la nuestra. Un inversor de afuera quiere saber que va a poner su dinero en un lugar de donde luego lo podrá recuperar o sacar. Es lo que yo haría si pusiera dinero en otro lugar: en Uruguay, en Brasil... Es decir, tener la disponibilidad de ese dinero. Y, en la medida en que haya restricciones, el inversor no quiere venir.
—Uruguay está exportando más carne que nosotros, ¿no?
—Y Paraguay también. El caso de la carne es un caso del que hay que extraer enseñanzas. También el del trigo. Son dos casos paradigmáticos, porque de ser países ganaderos y trigueros (como era Argentina: trigo y carne) pasamos prácticamente a no poder exportar y a tener riesgos, a cambio, de importar.
—¿Y cómo nace en Argentina el tema de la soja?
—Es un caso muy particular: fue a medida que la gente empezó a comer más carne en Europa, y luego en Asia-Pacífico se advirtió que la soja es la materia prima para hacer carne animal: pollo, cerdo, vacas y también leche. Las vacas comen entonces alimentos concentrados basados en la proteína de soja. En Europa, con el mal de “la vaca loca” se reflexionó acerca de las proteínas que se consumían: eran de hueso, de carne, etc., y se prohibieron para evitar el contagio. Fue entonces cuando aumentó la demanda de la proteína de soja. Fue una demanda consistente y mundial que no ha cesado en los últimos 15 años, y por otro lado, dos de los pocos lugares en el mundo donde se podía hacer soja eran Argentina y Brasil. Es decir, esta región del mundo que ha crecido enormemente. También recordemos que, una vez que se establece la demanda, el ecosistema de negocios se va armando.
—Dentro del ecosistema me imagino que estará el estado de las rutas.
—La infraestructura es otro de los grandes desafíos que tenemos. Para llevar esta producción de cien millones de toneladas a 160 millones, tal como dice el plan estratégico agroalimentario, para 2020 será fundamental transportar el 60% de las cargas, y para eso son necesarios autopistas y servicios en el interior, salud, hospitales... Algunas cosas se hacen, pero tendríamos que tener un Estado mucho más activo y mucho más eficiente y con más calidad que genere servicios públicos.
—Una última curiosidad: ¿lo asustan los Cedin, que ahora se podrán usar para comprar campos y materiales de la construcción?
 Grobocopatel lanza una carcajada:
—No. No me asustan. No voy a tener Cedin. Y espero que nadie me pague con Cedin.



Magdalena Ruiz Guiñazú