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Guzmán, el narco más fugado

En El último narco, el periodista Malcolm Beith ofrece una documentada radiografía de líder del cartel de Sinaloa que la semana pasada escapó de una cárcel de máxima seguridad de México. Quién es, cómo piensa y actúa este oscuro personaje. La compra de lealtades y el asesinato de sus traidores con la impunidad del narcotráfico. En esta completa biografía, también se explica cómo está formado el ejército que custodia al Chapo.

PERFIL COMPLETO

Foto:Cedoc

El custodio Jaime Sánchez Flores hizo sus rondas habituales a las 9.15 pm en Puente Grande. Todo estaba bien, todos estaban en su lugar.

Había razones para estar particularmente atento. Temprano, aquel viernes 19 de enero de 2001 un grupo de oficiales mexicanos de alto rango había visitado la prisión de máxima seguridad, ubicada en el estado de Jalisco. Encabezaba la delegación Jorge Tello Peón, subsecretario de Seguridad Pública, y quien encabezaba su principal preocupación era un interno en particular: Joaquín Archivaldo “el Chapo” Guzmán Loera.
El Chapo había estado en Puente Grande desde 1995, donde se lo había transferido dos años después de su captura en Guatemala. Aunque había estado tras las rejas durante casi ocho años y nunca había tratado de escapar, había buenas razones para que Tello Peón estuviera preocupado.

Apenas unos días antes de la visita de los oficiales el 19 de enero, la Suprema Corte de Justicia de México, había determinado que los criminales enjuiciados en México podrían ser extraditados con más facilidad a Estados Unidos.
El Chapo, que enfrentaba cargos por tráfico de drogas hacia el otro lado de la frontera norte, pronto se vería en camino a una prisión de máxima seguridad en Estados Unidos.
Ningún traficante de drogas quería encarar tal destino, y Tello Peón lo sabía. Lo mismo el Chapo. El Chapo podía seguir dirigiendo su negocio desde el interior de los altos muros blanqueados de Puente Grande, con mínima dificultad. La corrupción en la prisión era rampante, y el estatus del Chapo como uno de los narcos más formidables de México era indisputable, incluso si estaba encerrado en una prisión mexicana.

Pero en Estados Unidos el Chapo se enfrentaría a la Justicia real, con consecuencias reales. Ese era el temor de todo narco: verse separado de su red de trabajo, de sus cómplices, para ser trasladado fuera del sistema mexicano, también plagado de corrupción. Durante la década de los 80, los zares de la droga colombianos habían lanzado una campaña de terror para echar abajo las leyes de extradición; los señores de la droga en México tenían un punto de vista similar. El Chapo no iría a los Estados Unidos. (...)
Entre 45 minutos y una hora después de que Sánchez Flores revisara por última vez al señor de las drogas, un guardia llamado Francisco Camberos Rivera, alias “El Chito”, abrió la celda del Chapo, la cual estaba cerrada de manera electrónica.

El prisionero de máxima importancia recorrió como si nada el pasillo y saltó al carrito de la lavandería que El Chito condujo fuera del Bloque de Celdas C3. (...)
El Chapo se quitó el uniforme beige de la prisión y los zapatos y saltó del carrito cerca de un Chevrolet Monte Carlo. El Chito dejó el carrito justo antes de trasponer la entrada principal, como siempre hacía cuando sacaba la ropa de la lavandería, y tomó el volante del coche preparado para la huida. Iniciaron su trayecto fuera de Puente Grande.
Un guardia los detuvo mientras intentaban salir del estacionamiento, pero su turno estaba a punto de concluir y no tenía ganas de hacer su trabajo a conciencia. Echó un vistazo rápido al interior del vehículo, haciendo caso omiso de la bota, y con una seña le indicó al Chito que pasara. El guardia y el Chapo se alejaron en el auto por la avenida Zapotlanejo. El Chapo estaba libre.

LA BUENA VIDA TRAS LAS REJAS

El día que el Chapo puso el pie en Puente Grande, el 22 de noviembre de 1995, impuso las reglas. Abordaba a guardias y empleados, con frecuencia a solas, y les preguntaba si sabían quién era él. “¿Tu supervisor te ha hablado de mí?”.
“¿Estarías dispuesto a trabajar para nosotros?”. En realidad no se trataba de una pregunta, y serían bien recompensados. Aun el personal de limpieza y de cocina era sobornado, y recibía entre cien y cinco mil dólares por su colaboración.
El dinero no era un obstáculo: el Chapo y sus aliados en Sinaloa le enviaban efectivo con regularidad. Pronto El Chapo y sus amigos habían establecido un sistema mediante el cual el personal de la prisión incluso llevaba a cabo el reclutamiento por ellos. “Te presento a otra persona que va a trabajar para nosotros”, le diría un guardia al Chapo al presentarle a un nuevo recluta. Los nombres y los roles eran debidamente anotados por uno de los secretarios del Chapo, los cuales también eran prisioneros.

Aunque los hombres del Chapo mantenían un registro detallado de la función de cada persona, los trabajos específicos no siempre se asignaban a los que estaban en la nómina. En ocasiones les pagaban por trabajo; casi siempre, la cantidad se entregaba mensualmente. Uno de los asociados del Chapo anotaba un mensaje en clave (“Tengo una entrega del director de la escuela”, era uno de esos mensajes, el cual significaba que el guardia debía recoger su pago en un lugar predeterminado de Guadalajara) en una servilleta, y lo entregaba a uno de sus empleados.
La idea era tener a toda la prisión a la entera disposición del narcotraficante. El Chapo quería dirigir Puente Grande como si fuera suya, y nada lo detenía. Toleraría su condena hasta que llegara el momento de salir. (...)

Al principio, recuerdan los custodios, las exigencias eran pequeñas, más bien como peticiones. El Chapo y sus cómplices querían alguna cosilla especial para la cena: ¿podrían los cocineros idear algo? Una amiga estaba de visita; ¿podrían permitirles un poco de tiempo extra para una visita conyugal? Gradualmente, Puente Grande se convirtió en el patio de recreo personal del Chapo. Las fiestas en el bloque de celdas donde se hallaban recluidos el Chapo y su cómplice principal, Héctor Luis Palma Salazar alias “el Güero”, se volvieron algo normal. Andaban por donde querían al interior de Puente Grande, también conocido como Cefereso 2, y disfrutaban del contrabando de alcohol, cocaína y marihuana, y ni qué decir de las visitas conyugales de mujeres que no eran sus esposas ni novias. El Chapo tenía afición por el whisky y los cubalibres (ron con refresco de cola). Se daban festines con comidas preparadas especialmente para ellos –al fin y al cabo, el personal de cocina también estaba entre sus empleados– y prestaban poca atención a las reglas de esa prisión de máxima seguridad. Dos cocineros en particular, Oswaldo Benjamín Gómez Contreras y Ofelia Contreras González, eran responsables de preparar “festines” para el Chapo, de acuerdo con la Procuraduría General de la República, más comúnmente conocida por su acrónimo en español, la pgr. Más tarde a ambos se les fincaron cargos por crímenes relacionados con las drogas en los cuales se habían involucrado en Puente Grande por órdenes del Chapo.

Al menos en una ocasión se llevó un conjunto de mariachis a la prisión para entretener al Chapo y a sus compañeros prisioneros. Después de la fuga del Chapo, un custodio recordó que para una fiesta de Nochebuena un camión entregó más de 500 litros de vino en la prisión como si se tratara de una celebración privada. Cenaron sopa de langosta, filete mignon y una selección de quesos, y bebieron whisky con soda hasta altas horas de la noche.
A veces, la diversión y los juegos eran competitivos: al Chapo le gustaba jugar ajedrez con un reo en particular, un antiguo miembro de la guardia presidencial que había sucumbido a la corrupción. También jugaba basquetbol y voleibol. “Era bueno en todo”, recuerda el reo. El Chapo se hallaba en excelente forma para ser un hombre de cuarenta y pocos; también tenía la fortuna de poseer una “fuerza de voluntad asombrosa”. El Chapo aparentemente también tenía un lado ligero. En ocasiones, los grupos musicales que tocaban banda sinaloense llegaban a la prisión; como era un ávido bailarín, el narcotraficante los adoraba. En ocasiones, el comedor de Puente Grande se convertía en cine; el Chapo y otros reos veían película tras película en una pantalla grande, mientras comían palomitas de maíz. A veces comían helado y chocolates. A ratos el Chapo era un tanto sentimental, de acuerdo con un reo: “Vimos La Cenicienta juntos, comiendo palomitas. ¡Imagínese!”.



Malcolm Beith