DOMINGO REPORTAJE A MENCHI SABAT

“Hay un monólogo del Gobierno contra Clarín”

El dibujante, hoy presidente de la Academia Argentina de Periodismo, hace un recorrido histórico y de sus orígenes, del humor político y de los medios gráficos, y considera que hay gente que la trata a la Presidenta como si fuera una diosa o una virgen.

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Foto:Aballay

En efecto, Hermenegildo Sábat (tal como rezan sus documentos) es hoy el nuevo presidente de la Academia Argentina de Periodismo. Y es un homenaje al espíritu que sea así. Mientras nosotros, periodistas, usamos letras y signos para expresar nuestro pensamiento, este hombre talentoso dibuja prolija y bellamente los pensamientos, amores, odios y deseos del género humano.

—En realidad –explica Menchi– yo diría que lo que ha pasado conmigo es una cuestión genética. Mi abuelo (que también se llamaba Hermenegildo Sábat) murió un año y medio antes de mi nacimiento. Era dibujante, pintor y docente: todas cosas que yo he querido ser. Así que me crié mirando las cosas que hacía este hombre, a quien no conocí. Es importante recordar también que, a principios del siglo XX, a mi abuelo le ocurrió algo particularmente importante: Batlle y Ordóñez lo llamó para que trabajara y colaborara con él en el diario El Día. En realidad lo correcto sería decir que lo utilizó en lo que fue su campaña para separar la Iglesia del Estado, una de las cosas más felices que hizo Batlle, ¿no? En ese sentido Uruguay es un país respetuoso de cualquier creencia e ideología y yo, te repito, me crié mirando eso. Todo indica que mi abuelo fue un hombre muy respetado. Incluso llegó a colaborar con Pedro Figari en la llamada Escuela de Artes y Oficios. Fijate –y aquí a Menchi se le ilumina la mirada– que en mi casa tengo un documento que está firmado por Pedro Figari y Hermenegildo Sábat. De allí resultó también la íntima amistad de mi padre con Pedrito Figari (hijo de aquel pintor maravilloso) porque, entre otras cosas, los dos eran hinchas de Peñarol. Iban a todos los partidos en el estadio Centenario y, aunque resulte extraño, para mí fue un maestro que no conocí pero de quien observé la manera en la que operaba en las caricaturas políticas.
—Quizás una de las interpretaciones más complicadas del humor...
—Esto lo asimilé desde chico: un lenguaje que es válido en la medida en que no se usen palabras. Y bueno –termina con una gran sonrisa–, gracias a eso estoy hablando hoy aquí contigo. Si yo hubiera acompañado mis dibujos con palabras hoy sería “boleta”, como suele decirse ahora. Pero realmente la posibilidad de expresarse con imágenes sin comentarios al pie conforma un lenguaje diferente. Y te explico por qué: el otro mecanismo, es decir el dibujo con palabras abajo, mayormente se ha usado en la caricatura política argentina desde el principio.
—¿Desde el comienzo de la República?
—Claro. En El Mosquito y El Antón Perulero (con “e”, y del que tengo la colección que compré una vez en San Telmo) me enteré de las cosas que provocan los dibujos políticos. Fijate que, por ejemplo, a Nicolás Avellaneda, que era un hombre muy menudo y de escasa estatura, lo dibujaban con tacos altos. Pensá que Avellaneda sólo tenía 48 años cuando murió, pero en esa época no se salvaba nadie. Te diría que la caricatura política en los años 70 del siglo XIX era una cuestión… bueno, la palabra no me gusta… una cuestión mucho más militante. Es decir que el equilibrio comenzó recién con la publicación de Caras y Caretas.
—¿Tan antigua es “Caras y Caretas”?
—Sí, nació en 1898 y duró hasta 1936. Sin embargo, en un determinado momento se produjo una escisión en la revista, y como la había fundado un señor que se llamaba José S. Alvarez (más conocido como Fray Mocho) la revista se dividió y apareció una publicación paralela que se llamaba casualmente Fray Mocho. Pero el éxito de Caras y Caretas fue tan grande que a fines de la década de 1910 y hasta principios de 1920 sacaron la revista más lujosa que se ha hecho aquí. Se llamaba Plus Ultra y era maravillosa. Allí intervenían los principales dibujantes, que eran todos de origen gallego. También había otros dibujantes españoles como Alejandro Cirio, un artista maravilloso. Tan notable era que Enrique Larreta le financió un viaje a Sevilla para que ilustrara La gloria de Don Ramiro, su obra más destacada. En esas circunstancias los dibujos que hizo Cirio fueron realmente maravillosos, de altísimo nivel internacional. También en aquellos años, un inglés muy joven que se llamaba Aubrey Beardsley y murió antes de los 30 años fue el predilecto de Oscar Wilde… Sin embargo, yo diría que Cirio fue muy superior a Bearsdley. Unos años después se consagró dibujando en el suplemento cultural del diario La Nación, y durante el viaje a Europa que te mencioné hizo unos apuntes inolvidables. Obviamente se trataba de un viaje en barco, y con esos apuntes que luego publicó Peuser hizo un libro que se llamó De Palermo a Montparnasse. Pero volviendo a la caricatura política, lo importante de Caras y Caretas es que ellos eran totalmente independientes y muy respetados... –Sábat hace una larga pausa–. Yo creo que nadie es definitivamente independiente. Yo no soy independiente ni otros tampoco. Pero somos “casi” independientes. Lo cual ya es mucho.
—A ver… ¿independientes de qué? De nuestra circunstancia histórica, desde ya. Pero somos independientes con respecto a nuestro pensamiento, ¿no?
—Bueno, somos necesariamente independientes. Debemos serlo, pero no somos jueces de nuestros semejantes. De esto se trata. Entonces también hay que tener en cuenta (y te lo recalco) que la memoria (tristemente) por aquí a veces dura sólo fracciones de segundo. Caras y Caretas murió en 1936 de muerte natural. Eran los días postreros de la presidencia de Agustín P. Justo, y a comienzos de la década del 40 empezaron a surgir algunas revistas satíricas.
—¿Por ejemplo?
—Bueno, Cascabel, donde intervinieron Juan Carlos Colombres, Landrú; Oski, que así firmaba Oscar Conti, y algo más tarde Rico Tipo ya en la época militar. Cascabel no duró mucho, pero produjo cierto tipo de sátira política.
—¿Y qué pasó con “Rico Tipo”?
—Bueno, ya estaba prohibida la caricatura política. Perón la prohibió –Menchi se ríe bajito–. Este es un tema en el que hay que recalcar lo obvio. Con Rico Tipo sucede una cosa muy curiosa: la gente, en vez de hablar de los políticos hablaba de los personajes de esa historieta. Por ejemplo: de el doctor Merengue, de Pura Pinta, de Pochita Morfoni y de todos los personajes que aparecían en la revista. También, a veces, pero de manera muy sesgada, aparecía una crítica velada. De otra forma hubiera sido imposible hacer algo que tuviera que ver con la caricatura política. Fijate que esto sólo pudo volver a hacerse durante la presidencia de Arturo Frondizi a través de las páginas de Tía Vicenta de Landrú (Juan Carlos Colombres).
—Fascinante personaje, Landrú.
—Es un hombre al que yo celebro siempre –acota Menchi–. Y recalco lo obvio, algo muy valioso, como es la ausencia de celos ante el talento ajeno. Esto ocurría en Tía Vicenta, que fue clausurada por Onganía, y estas cualidades le valieron a Juan Carlos el premio Moors Cabot. También hay otro hecho muy interesante, como fue la incorporación de la caricatura política en un diario. Ocurrió cuando se fundó La Opinión, en el que yo intervine. Esto generó la importancia de La Opinión. Pero no estoy hablando de mi trabajo, sino de que esto permitió la apertura de otras revistas que evolucionaron y se convirtieron después, por ejemplo, en la revista Humor.
—Pero volvamos a “La Opinión”. ¿Timerman tenía sentido del humor?
—Te voy a contar las cosas tal como fueron: en La Opinión, Timerman me hizo incorporar a gente que había trabajado conmigo en Primera Plana, por ejemplo, los mellizos Argañaraz y Horacio Verbitsky, que conocía mi trabajo aun cuando no hubiera trabajado conmigo. A Jacobo yo no lo conocía, y al comienzo actuaba de manera muy curiosa: por ejemplo, llamaba por teléfono a funcionarios (recuerdo a Francisco Manrique y al intendente Montero Ruiz) para pedirles disculpas por los dibujos que yo había hecho. ¿Qué pasó, entonces? Bueno, al mes de salir La Opinión en 1971, veo (un sábado por la mañana) que Jacobo cruza toda la redacción, y con un tono algo sandrinesco (por Luis Sandrini) me pregunta: “¿Viste el Herald?”. Yo no lo había visto pero había allí una nota del gran amigo Bob Cox. O sea que el Buenos Aires Herald publicó la única nota que se ocupó de la salida de La Opinión, y al hablar de las características del diario decía que éste tenía el mismo aspecto (sin fotos) que Le Monde de París, y añadía: “¿Para qué necesitan fotos teniéndolo a Sábat?”. Bueno, esto cambió mi vida y por eso te lo cuento. A partir de ese momento, y porque lo había dicho Bob Cox, Jacobo me trató bien.
—Bueno, y si pegamos un salto en el tiempo creo también que es la primera vez en nuestra historia que en la Plaza de Mayo un presidente constitucional (en este caso una presidenta) habla de un dibujante político al que califica por esbozarle una sonrisa “cuasi mafiosa”. Toda la Plaza de Mayo escuchó esto.
—Sí, había allí fácilmente unas 60 mil personas, según mi modesta estimación, pero en este caso lo que yo creo es que el matrimonio Kirchner estaba acostumbrado a un periodismo muy local, como el de Río Gallegos. Cuando llegan a Buenos Aires se sorprenden con esto y (lo digo en condicional) ella se habría sentido descolocada y no sabría cómo actuar. Esto ocurrió en mayo de 2008 y, claro, no dije nada. Sin embargo, hubo gente que se ocupó de mí positivamente. Incluso Horacio Verbitsky.
—¿Qué dijo Horacio?
—No lo recuerdo exactamente, pero elogió mi trabajo y defendió la posibilidad de expresarse de aquella forma.
—Bueno, Horacio es un periodista con el que se podrá disentir o no, pero sin duda es un periodista.
—De esto no me cabe ninguna duda, y sé que intervino positivamente cuando yo expresé opiniones o cuando ingresé en Clarín. Pero éste fue un caso. Después, cuando hice otro dibujo de la Presidenta con el ojo hinchado, lo que llama la atención es el grupo de gente que está a las órdenes de la defensa de la señora. Incluso hay allí gente culta, o por lo menos que no es ignorante y que trata a la Presidenta como si fuera una diosa o una virgen. Es decir, un personaje intocable. La verdad es que nunca me imaginé que los dibujos pudieran generar ese tipo de reacciones –Sábat hace una pausa y luego agrega–: mirá, son actitudes directamente reaccionarias que son aplicables para mí como para cualquier otro periodista que escribe y que manifiesta algo diferente de la opinión de quienes gobiernan. Y aquí insisto en lo que te decía hace un rato: en estos casos se notan peligrosamente actitudes de corte filonazi o directamente nazi. Siempre recuerdo que Hitler decía: “La modestia es enemiga del progreso”. Entonces esto querría decir que la petulancia y la soberbia son los motores del desarrollo. Lo cual, tal como está planteada la cosa, muestra que hay un monólogo del Gobierno contra Clarín y el Grupo Clarín y todo lo que significa. Puedo decir con claridad y precisión que hace ya cuarenta años que trabajo en Clarín y nunca me dijeron lo que tenía que hacer. Y no porque yo sea un tipo susceptible y que si me tocan me ofendo y me voy. No, no. Pero habla verdaderamente de una actitud periodística. Es una actitud de respeto aun cuando uno pueda equivocarse. No somos infalibles.
—También quería que hablaras de Ramón Columba.
—¡Ramón Columba era extraordinario! –A Menchi se le ilumina la mirada–. Editaba su propia revista. Era taquígrafo del Senado de la Nación y por eso conocía todo ese mundo muy de cerca. Creo que publicó dos libros que se llamaban El Congreso que yo he visto en los cuales, además de mostrar los dibujos, contaba biografías e impresiones personales de los políticos de aquella época. Te repito: Columba era extraordinario. No sólo como dibujante sino también como político. Inolvidables caricaturas de Yrigoyen, Dickman, etc. También aquí hubo un caricaturista peruano maravilloso que se llamaba Julio Málaga Grenet y a quien no quiero dejar de nombrar. Ahora bien, la sensación que tengo, tal como se han planteado las cosas y se seguirán planteando, es que quienes nos ocupamos del trabajo diario no vamos allí a dibujar con la idea precisa de darle con un caño al señor Moreno o a la Presidenta. No, no. Yo me ocupo de la información diaria y lo hago dentro de la redacción. ¡No trabajo por fax ni por internet!
 Sin duda, Sábat tiene una visión del periodismo de inteligente concordancia:
— Los que nos ocupamos de manera diferente no somos enemigos. Ese es un concepto absurdo. No puede ser así y no debe ser así. Muchas veces, aquí entre nosotros, se habla y se abusa al citar los derechos humanos. Pero rara vez (o casi nunca) se mencionan los derechos individuales, que son muy importantes. ¿Dónde están los derechos individuales? ¿Qué ha pasado para que no se los mencione? Creo entonces que no sólo hay un deseo de tapar (como se pueda y de cualquier manera) las opiniones adversas sino de aniquilarlas si posible. Que conste que no estoy hablando en primera persona. Esto es algo que afecta a la profesión.
—Sin duda. Pero cuando hablamos de profesionalismo a mí me impresiona tu olfato político. Te imagino llegando a la redacción habiendo leído quizás los cables por internet y pensando, durante el viaje, de quién te vas a ocupar ese día. Pero lo notable es que ese dibujo tuyo tiene la importancia de una columna política diaria.
—Yo sé lo que tengo que hacer día a día. Con quién tengo que vincularme. Los lunes me reúno con Alcadio Oña, los martes con Eduardo van der Kooy, los miércoles con Canedo, los jueves con Julio Blanck y los viernes me informo sobre las notas que escribe Jorge Lanata… En realidad nunca tuve un espacio real, ni de un tamaño especial. Lo mío ha sido siempre acompañar otras cosas, lo que me causa una gran satisfacción.
—Cuando a las cinco de la mañana llego a la radio y veo tus dibujos siempre pienso, Menchi, que si en el Renacimiento hubieran existido diarios los pintores seguramente hubieran vivido en un determinado castillo, de un determinado reino, para saber lo que tenían que pintar. Es decir, lo que la comunidad les estaba pidiendo.
—Bueno, eso se dio especialmente en España. Por ejemplo, Velázquez vivió en el castillo real, y sobre todo Goya, que fue un pintor de interiores. Es decir que los retratos que hacía de la familia real eran “opiniones” de Francisco de Goya sobre esa familia.
—…y esos terribles fusilamientos…
—Claro. Todo eso lo hizo un hombre de avanzada para la época y de una vigencia que va más allá de la maravillosa factura plástica de su obra –Menchi se detiene y reflexiona–. Te comento una última cosa: el famoso cuadro Las meninas de Velázquez es claramente una opinión sobre aquella familia reinante. A mí siempre me ha hecho gracia el hecho de que el rey de España enviara a Velázquez a Italia para que se refrescara y para que adquiriera obras que, siglos después, son parte de la colección del Museo del Prado. Pero sobre todo ese hombre nos transmitió una manera de vivir. El diario Clarín puede salir sin mis dibujos pero yo quiero que salgan en el diario Clarín. Ese es el tema. Yo creo que no pasa por una mera relación contractual, laboral. Pasa por un deseo de sostener la profesión…
—No es usual que el presidente de la Academia de Periodismo de Argentina sea un pintor. Pero, sin duda, a través de su arte es un testigo del tiempo que le ha tocado vivir. Es la primera vez que ocurre esto.
—Sí, es una rareza –admite Menchi, y con su habitual sentido del humor añade–: Espero que no sea una exageración.



Magdalena Ruiz Guiñazú