DOMINGO

“La felicidad es un camino de chispazos”

A los 40 años, es un director prodigio: tiene once largometrajes, premios internacionales y el apoyo del público. Habla de la película que marcó la vuelta de Inés Estévez al cine, de la ductilidad de Francella, y asegura que la belleza de las cosas depende de la perspectiva.

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Foto:Enrique M. Abbate

E n este fin de semana llegan al medio millón de espectadores. Sin duda la respuesta del público a El misterio de la felicidad viene a añadir otro episodio exitoso en la carrera de este hombre joven (40 años), creativo, talentoso y entusiasta.
—Sí, es un montón de gente –reflexiona Daniel Burman frente a los números que se publican–. Y la verdad es que estoy muy, muy contento.
—Con respecto a “El abrazo partido” que fue realmente un hito para muchos que amamos el cine (y me imagino que para vos, también), ¿ésta es una nueva etapa?
—La verdad es que yo reniego de las expresiones autorreferenciales. Por eso entonces me cuesta mucho pensar sobre mí mismo, acerca de cuál es el momento en el que estoy y todo ese tipo de cosas. Y reniego de eso porque creo que ya, de por sí, en mi profesión el narcisismo es el peor enemigo. Entonces cualquier reflexión que implique un regodeo sobre algo que uno ha hecho atenta sobre aquello que hay que cuidar. En fin, pero obligado (en el buen sentido de la palabra) ahora a reflexionar te diría que todas las películas son un punto de inflexión. Filmo cada película un poco en contra de la anterior y también continuando algo que he dejado pendiente. Comprendo que ésta es una dialéctica muy extraña de la cual, como te decía, no soy consciente. Pero indudablemente si miro para atrás observo que las películas son reactivas unas con otras, pero por otro lado, hay semillas que surgen en algunas películas y, luego, crecen en otras. Este es un mecanismo muy inconsciente que uno no maneja, pero a veces me encuentro con colaboradores con los que hemos filmado mucho y la gente que me rodea me advierte cuándo estoy articulando una cosa de una u otra película.
—¿Por ejemplo?
—En El misterio de la felicidad hay un momento en el que Francella camina por el departamento del socio. Es algo muy parecido a lo que vimos en El nido vacío con Oscar Martínez. Por suerte no soy consciente de esas articulaciones porque si no todo sería muy premeditado y perdería la magia que tiene, para mí, el hecho de hacer una película.
—¿Cuántas has filmado?
—Este es mi noveno largometraje. Además, tengo un documental y formé parte de dos largometrajes episódicos, Historias breves y 18J. Así es que, como películas estrenadas, te hablaría de once, pero yo siento que cada una es la primera. No experimento el peso de las películas anteriores.
—Volviendo al presente, lo que es muy interesante en “El misterio de la felicidad” es que vos te hacés preguntas que creo todos nos planteamos: ¿qué es realmente ser feliz de acuerdo a las miradas de uno u otro? Y no sé si me equivoco, pero en las primeras escenas le estás dando una clave al espectador cuando iluminás los ojos de Fabián Arenillas de una manera muy particular. Es decir como si ya estuviera contemplando otros horizontes ¿Es así?
—Sí, absolutamente. El dice, por ejemplo, “ella no está en la foto… está en el lugar del cual nunca se quiso ir”. Y esto es así porque todos somos soñadores más allá de lo que podemos hacer. Los artistas están sobrevalorados: todos tenemos sueños, sin que importe dónde trabajamos o lo que hacemos realmente. Y te diría que la mayoría o no hemos cumplido nuestros sueños o al realizarlos ya estamos pensando en otros. Hay una frase que señala, creo que es de Lacan, que el deseo se defiende de ser consumado. Me parece una imagen extraordinaria: como un tipo que está parado ahí, pero que cuando te acercás, te pega. No quiere que lo toques. Y si uno se acerca, desaparece. Se va para otro lado. Con la felicidad pasa lo mismo y en estos tiempos en los que vivimos un exceso de coyuntura y de realismo, la felicidad parecería que siempre se monta en elementos, personas o lugares determinados. Sin embargo, olvidamos algo que es bastante evidente y que yo no he inventado. Me refiero a que la felicidad es un territorio, una geografía en la cual uno se adentra y, por momentos, se producen chispazos de eso que llamamos felicidad, pero es sólo un camino, un recorrido. No es llegar a la meta. Entonces a mí me interesaba hacer una película que saliera un poco de la coyuntura que tanto nos ahoga y reflexionar sobre esto que nos toca a todos.
—Bueno, la pareja que componen en la ficción Inés Estévez y Arenillas transmite la sensación de que no son particularmente felices ni particularmente desgraciados. No. Por eso tu película está tan bien filmada. Tiene un comienzo absolutamente cotidiano (los socios que van a la oficina) que –y hago un paréntesis– filmaste desde un helicóptero, no es verdad?
—Sí.
—Y todo esto es sólo la apariencia rutinaria de una historia que se ha ido armando durante mucho tiempo.
—Yo no quería naufragar en el lugar común de la mina hecha pelota y el tipo que se va… Ese es un lugar muy fácil. En realidad ésta es una pareja más o menos feliz o más o menos infeliz y justamente el planteo de la película es cuándo uno puede acomodarse a su cotidianeidad de tal manera que construye algo que cree es la felicidad. Y a veces esto, en cambio, consiste en crear sueños en base a lo que uno tiene justamente para no sentir frustraciones acerca de un sueño que creemos no vamos a alcanzar. Y un mecanismo que me apasiona (porque es fundamental en la raza humana) es el mecanismo de la negación. Es un mecanismo muy desarrollado en las madres –Burman se ríe–. Pero, también, de manera secundaria y menor en los padres hace que uno niegue los aspectos negativos de su vida y con los otros construya una realidad supuestamente deseable. Siempre está el famoso cuento de “se fue a comprar cigarrillos y no volvió”. Es la historia de aquel que se anima a decir “no”, patea el tablero y cree que puede haber otra vida posible. Y la pregunta es entonces, ¿esto se puede hacer sin causarle dolor al otro? ¿se puede romper un pacto de manera no traumática? En principio parecería que no, pero también, muchas veces, vivimos atados a pactos que ninguno de los dos quiere seguir manteniendo con determinadas personas. Muchas veces los pactos se cumplen por el propio peso que tienen y no por el peso de la emoción que los une. Es muy común ver parejas en las que si el hombre propone “me quiero separar” ella asiente y dice “yo también”. A veces tardan diez años en decirse esto. Quizás soy un poco utópico pero creo que es posible que exista un lugar (también el cine es utopía) en el que podamos liberarnos de pactos que ya no tienen ningún sustento emocional en nuestros sentimientos. Creo que la película navega por ese territorio. Un territorio, convengamos, bastante delicado, pero que vale la pena explorar.
—Una cosa que me desconcertó (y justamente vos hablabas de la libertad de los territorios) es la secuencia en la que Inés Estévez como esposa del hombre que desaparece (y podemos decirlo puesto que esto ocurre en las primeras escenas) lleva a Francella a un club nocturno que es casi una casa de citas donde ella solía ir a bailar con el marido desaparecido. Con lo cual el espectador también se pregunta, pero ¿cómo? Esta pareja que tenía obviamente otros horizontes compartía, sin embargo, una libertad sexual importante. Explicame cuál es entonces tu enfoque.
—Bueno, esto fue adrede. El personaje vive en aquello de “¿qué hubiera pasado si…?” Todos llevamos eso en algún lugar… ¿Qué hubiera pasado si…hubiera estudiado tal o cual carrera…? ¿Si a ese hombre lo hubiera seguido otra mujer? Y ese hombre tiene un “¿qué hubiera pasado si…?” desde mucho tiempo atrás y va hacia eso. No tiene que ver con los problemas de pareja. Muchas veces cambiamos y nos convertimos en otras personas. Por eso yo no quería instalar el tema en “no tienen sexo, no tienen piel… no se aguantan y por eso, etc.” Este es un lugar muy común que no me interesaba transitar. Me interesa el lugar del tipo que se quedó en una decisión, que quizás fue equivocada, pero que lo lleva a un viaje hacia el pasado. También en la escena del club nocturno que vos mencionabas recién, Francella descubre que no sabía nada de su socio del que creía que ni siquiera sabía bailar mientras que, en cambio, él iba a bailar allí todas las semanas con su mujer. En una palabra: qué poco conocemos a los que creemos conocer. No es cuestión de una doble vida, sino que todos tenemos múltiples vidas con muchísimas facetas. Esto es bastante evidente, pero lo olvidamos en lo cotidiano. Esto no tiene que ver con la hipocresía, sino que somos como un diamante con muchas facetas y nos apoyamos en la faceta más cómoda, en la que mejor encajamos. Todos queremos que nos amen, pero reitero que tenemos muchas aristas y nos vamos apoyando en las más confortables.
—¿Cómo explicás, por ejemplo, que el personaje de Francella que, sin ser homosexual, está como enamorado de su socio, su “gomía” al cual admira, a su vez no tenga a ninguna mujer en su vida?
—Yo creo que el planteo de la película señala que toda amistad tiene un contenido homoerótico, lo cual no quiere decir que haya una sexualidad desarrollada, sino que sublima el amor de otra manera. En la cancha, en el trabajo. Hay un amor que se sublima a través de la amistad y el personaje que interpreta Francella es un hombre que ha tenido mujeres. Mujeres ocasionales en encuentros de índole sexual, pero nunca ninguna relación lo ha llenado tanto como la amistad con su amigo y socio. Es un personaje muy interesante. Cuando el investigador privado le pregunta: “¿pero usted tuvo pareja?.” “Sí, alguna vez” contesta. “¿Y ahora?.” A lo cual el personaje de Francella rememora “es que tantos años siempre con mi socio de aquí para allá”. A mí, entonces, me pareció un personaje muy interesante. Muy precario emocionalmente que nunca pudo suplir o salir de ese vínculo adolescente con su amigo. Cosa que, en cambio, su amigo pudo hacer. Por eso tomó la decisión de la que tanto habla la película.
—Al mismo tiempo transmite la sensación de que, muchas veces las mujeres somos más serenas, menos inmaduras que los hombres. El personaje de Inés Estévez afronta una circunstancia bastante terrible como es un abandono con un pragmatismo notable.
—Sí, yo creo que la mujer tiene la característica de iniciar los procesos mucho antes que los hombres. Entonces cuando ocurren los hechos aparentemente lo pueden transitar más rápido. Y quizás no es así: no es más rápido. Hace diez años que la mujer siente que su hombre se está yendo. Y la desaparición física confirma un sentimiento previo. Como los hombres somos más rudimentarios y básicos tenemos como una economía de palabras, pero que también es una economía de los elementos mínimos necesarios para sobrevivir. Por ejemplo, ante un mismo hecho, un hombre y una mujer que son abandonados por el mismo hombre que ambos aman de distinta manera, también tienen reacciones muy distintas. De alguna manera son dos amantes abandonados por el mismo hombre.
—Posiblemente, también, la gran cantidad de público que ha logrado la película parecería demostrar que cada uno encuentra un pedacito de historia propia en ese relato.
—A mí me impresiona mucho cuando me llegan mails o cartas de personas muy diferentes entre sí. Incluso, el otro día, se me acercó una persona muy emocionada recordando que tuvo una novia en Bahía y que sentía deseos de ir a buscarla. En una carta me decían también que la película le había hecho replantear muchas cosas de su matrimonio. No quiero que me hagan cargos por esto –se ríe. La película tiene un final lleno de preguntas. ¿Son realmente nuestros sueños o los que decimos tener son sólo un pretexto para ocultar los verdaderos? En ese aspecto comprendo que la película genera una serie de interrogantes a los cuales se puede tener ganas o no de responder.
—¿Cómo lograste que la excelente Inés Estévez volviera a hacer cine?
—Yo no la convencí. Inés Estévez se convence sola. Yo la conocí hace tiempo. No éramos amigos, pero siempre la respeté mucho como actriz. Mientras escribía el guión no me imaginaba que otra persona pudiera ser la protagonista. La llamé, ella me explicó un poco su situación y le dije que no quería cambiar una decisión suya de vida, sino que leyera este guión. Tuvimos una hermosa charla en un bar de Colegiales. Comprendí un montón de cosas acerca de la decisión que ella había tomado y le di el guión. A la semana siguiente me llamó para avisarme que quería hacerlo y esto me llenó de orgullo y, al mismo tiempo, de una responsabilidad enorme. Una de las cosas que más me enorgullece es saber que ella la pasó muy bien durante la filmación y que fue muy feliz al hacerlo.
—También debe ser un placer trabajar con Francella.
—Sí, desde ya. No sólo es un actor muy dúctil, sino que se involucra con el texto y con el proyecto de una manera increíble. Son meses de reuniones y trabajo en los que se discute cada detalle de lo que luego vemos en pantalla. Y cuando empieza el rodaje, Francella es un soldado del guión. Avanza y ya no queda más nada por discutir. Esta es una dinámica muy interesante: se charla todo para llegar de la mejor manera posible al rodaje. Y, cuando empieza el rodaje, Guillermo agarra el guión y avanza.
—También vos cuidás mucho los detalles. Hace un rato comentábamos las excelentes tomas desde el aire en las que mostrabas los dos autos de los socios circulando por Buenos Aires, pero también me estaba acordando que, cuando filmaste “El abrazo partido”, a nadie se le había ocurrido filmar una galería comercial del Once hasta que vos lo hiciste y pescaste esa cosa laberíntica que puede tener una galería.
—Vos sabés que después de El abrazo partido vino un equipo de holandeses a hacerme una entrevista y cuando pasamos por el Once los tipos buscaban dónde estaba lo atractivo. Y les explicaba “es esto”, mientras ellos se miraban como diciendo “¿pero dónde está lo lindo?”. Por supuesto que son cosas que dependen del punto de vista con las que las mires. Creo que la perspectiva que uno adopta para los escenarios al articularlos con el relato hace que algo sea bello en el sentido más amplio de la palabra



Magdalena Ruiz Guiñazu