DOMINGO LIBRO / URUGUAY BUSCA AL SUCESOR DEL PEPE

La lección de Mujica

En El revolucionario Pepe Mujica, el periodista Walter Pernas recorre la vida del presidente que hoy empieza a finalizar su mandato. La intensa historia política y personal del ex guerrillero que fue torturado por la dictadura militar, pero que asumió el poder proponiendo diálogo sin revanchismo. Aquí se revelan datos desconocidos de sus primeros enfrentamientos en
la lucha armada, su militancia clandestina y su prédica por la revolución.

PERFIL COMPLETO

Foto:Cedoc Perfil
Pepe saludó a Nene con una guiñada y arrancó por las calles del Paso de la Arena. Fue ahí, al ir saliendo del barrio, que sintió un nudo en el estómago, no por hambre –tampoco se sentía débil aunque no aceptó el pan caliente en atención a las clases teóricas de “chorro”– sino porque le invadió el temor de que algo saliera mal y que su amigo de toda la vida quedara, “de garrón”, en medio de un gran lío.
Todavía no se sentía preparado para “robar” una moto con fines de usarla en una “expropiación”, que así empezaban a llamarle los muchachos a este tipo de acción: la plata no era para beneficio propio, eso sería “robo”, a secas. Se asaltaba para financiar la causa revolucionaria o la autodefensa del pueblo.
A las dos horas, la encerada moto de Nene –ahora sin matrícula– tenía los guardabarros, el tanque y los caños cubiertos con papel de embalaje y de diario, estaba atada con piolines, alambre enroscado, y tapada de barro.
—¿Y eso? –el Termo Etchenique no lo podía creer.
—¡Así es como va! –se impuso Pepe.
A la hora indicada, Pepe y David –en el asiento trasero– llegaban a la zona de la Universidad de la República, a dos cuadras del objetivo. Bajaron por Acevedo Díaz, pasaron frente al IAVA, y observaron que en la puerta de la fábrica Sudamtex había unos empleados. Siguieron de largo, dieron una vuelta, y al volver a pasar ya no se veía gente en el lugar.
El Termo Etchenique andaba en otra moto, como apoyo, pero sin acercarse a la fábrica.
Era la hora en que el contador debía llegar con el portafolios...
—¿Cómo era, Luguetti, Duguetti? –preguntó Pepe, algo nervioso.
—Yo qué sé –respondió David–, lo único que me preocupa es que no viene...
La moto, de muy rara apariencia, siguió dando vueltas cortas, entrecortando la marcha en las cercanías de la fábrica.
La gerencia de la textil había tomado el recaudo de montar una guardia especial de dos operarios para ese último día del mes, en que el contador debía retirar unos veinte mil pesos del banco y volver a la empresa a fin de pagar los sueldos.
—¡Ahí viene! –llegaba un Volkswagen escarabajo. Se le fueron encima...
—¿Quééééé? –el tipo no era el contador.
—¡Mierda!
El hombre se fue horrorizado.
Los funcionarios de la guardia especial advirtieron los movimientos sospechosos de una moto aún más sospechosa, y al dar aviso a la administración de la fábrica, desde allí se telefoneó a la policía.
—¡La cana, la cana! –advirtió Mujica con el corazón a mil.
—Dale por ahí, por ahí –le indicó el Flaco.
—¡La puta madre! –la Triumph 500, envuelta para regalo, avanzó. Pero los patrulleros la seguían de cerca. Etchenique quedó lejos.
Cuando David echaba mano a su arma, la moto trastabilló, y aunque Pepe la dominó, la policía ya estaba encima...
El Flaco se bajó y corrió como le daban sus piernas –que le daban mucho–, fue directo hacia un grupo de niños que se encontraba frente a una escuela, y al cruzar el monte de túnicas blancas se escurrió de los policías, que se quedaron con las ganas de tirar del gatillo...
Pepe ni amagó a sacar su revólver, que quedó con las seis balas en el tambor.
Los policías lo inmovilizaron contra un árbol. Las manos a la espalda. Le patearon las piernas, lo desarmaron y esposaron...
—¿Quién es el otro?
—No sé.
Primera piña en los riñones.
—¿Quién es el otro hijo de puta?
—No lo conozco.
Lo subieron a las patadas en el patrullero, derecho a la Seccional séptima.
—¡Nombre!
—José.
—¡Nombre completo, carajo!
—José Alberto Mujica Cordano.
—¡Edad!
—Veintiocho –mintió, pero no por coqueto.
—¡Ocupación!
—Feriante.
—¡Estado civil!
—Casado –nunca había ido al registro civil, pero estaba diciendo la verdad.
Cuando el escribiente terminó de armar la planilla con los datos básicos, lo interrogó un oficial:
—A ver, Mujica...
—Lo primero que quiero decir es que la moto es de un amigo que nada tiene que ver en todo esto –el policía lo dejó proseguir, pues parecía un detenido con ganas de hablar–. Yo se la pedí prestada y él no sabía nada de lo que yo iba a hacer.
—Muy bien, ya veremos eso más tarde...
—¡Le pido por favor! Él no tiene nada que ver.
—Bueno, bueno, está bien, tranquilícese –el oficial hablaba con voz calma–. Usted no tiene antecedentes penales, Mujica. Vende en la feria, ¿qué vende?
—Flores.
—¡Muy bien! Compra y vende flores...
—Las cultivo.
—¡Pero qué bien! Usted es un labrador, Mujica –y tras decir esto al oficial le cambió la cara–: ¿Por qué mierda, entonces, le dio por salir a robar?
—Tenía la idea de comprar una chacra para plantar, y no robar más...
—Pero qué lindo, una chacra para cultivar sus flores, pero comprada con guita afanada.
—Los pobres no tenemos pa comprar una chacra.
—¡Hay que ser pobre pero honrado, Mujica! –gritó el oficial, y Pepe se acordó del Flaco David y una levísima sonrisa apareció en su cara.
—¡¿Pero de qué se ríe, imbécil?! –el policía lo zamarreó y casi lo tumba contra el suelo–. Usted se la va a pasar un buen tiempo a la sombra. ¡Vamos! ¡Déjese de pavadas y dígame quién es el otro!
—Un tipo de la vuelta, no lo conozco muy bien...
—Mujica, usted quiere que le demos palos. ¡Usted se está ganando los palos, Mujica! –gritó. El interrogatorio continuó en ese tono, y fue creciendo en
intensidad... (...)
Pepe estaba nervioso porque el auto no llegaba, y no pasó nunca a buscarlo. Por eso se perdió la reunión multitudinaria que se realizó en una casa de Parque del Plata –un balneario descampado a mediados de los años sesenta, a unos cincuenta kilómetros al este de Montevideo–, que congregó a todos los grupos del coordinador, también a representantes de los partidos políticos
vinculados de alguna manera a esa “orga” y a integrantes independientes.
Se juntaron para decidir cómo seguir la lucha, y se expusieron de manera abierta al menos tres posturas definidas: dejar de actuar como grupos separados en coordinación y crear una nueva organización; fundar una nueva organización pero como “brazo armado de la izquierda”; mantener el “coordinador” pero con un reglamento más estricto que tratara de evitar los incidentes y la confrontación entre los grupos.
En esa reunión, un grupo dentro del MIR –los que habían participado en la “expropiación” de armas que desaparecieron del pozo en el que estaban enterradas– planteaba un asunto espinoso:
—Todo muy lindo, pero que aparezcan los fierros —dijo uno de ellos en medio del debate—. ¿Dónde están los fierros?
—Compañero, es importante ese reclamo y hay que atenderlo –se le explicó desde la mesa que moderaba la discusión–, pero ahora estamos tratando otros puntos...
—¡Que aparezcan los fierros! –el hombre seguía golpeando la mesa.
Al final se decidió fundar una sola organización que concentrara todos los recursos humanos y materiales –ya no más “coordinador”, salvo con otras organizaciones–, se votó su estatuto de funcionamiento, así como la creación de una dirección única llamada Comité Ejecutivo, integrada por Raúl Sendic, Tabaré Rivero Cedrés, Eleuterio Fernández Huidobro y un representante
que designaría el MIR.
El contenido de la decisión era de carácter provisorio hasta que se convocara una Convención Nacional por parte del Comité Ejecutivo, en la que también se adoptaría posición respecto del nombre formal de la nueva organización: por ahora, algunos se decían Tupamaros, pero no todos.
—¡Bueno, muy bien, así me gusta! –dijo el hombre que reclamaba “los fierros”. También se aprobó la formación de una comisión para averiguar qué había pasado con las armas desaparecidas.
Según el estatuto, “la organización aspira a ser la vanguardia organizada de las clases explotadas en su lucha contra el régimen” y trata de “guiar al pueblo uruguayo por el verdadero camino de su liberación, junto a la de todo el continente americano”.
Y entre otros puntos, expresa que quien pretenda ingresar deberá contar con la aprobación del Comité Ejecutivo, órgano que también deberá prestar su consentimiento si la persona luego desea alejarse.
Cada miembro debe asumir el compromiso de participar en la vida política de la organización y luchar por el cumplimiento de sus resoluciones; militar en el lugar, momento y de la manera que la organización lo indique.
Observar la disciplina, ser sinceros y honrados, sin permitir que nadie omita o desvirtúe la verdad. El carácter de la organización es clandestino, por lo tanto su estructura deberá adaptarse a su carácter. (…)
—Yo estoy de acuerdo —dijo Mujica al leer el reglamento.
Pero de inmediato surgió una discusión con la mayoría de sus compañeros del MIR, que pretendían una organización de otro tipo.
—¡Hay que crear un partido marxista-leninista y maoísta! Y
nosotros, los del MIR, estamos bien preparados para ello –retrucó
Julio Arizaga–. La nueva organización debe ser el brazo armado de este nuevo partido...
—¿Te parece que podamos hacer una guerrilla como la de China?
—Por supuesto...
—¿Una guerrilla rural?
—Sí, claro, ¿para qué tenemos a tantos compañeros explorando en el interior del país?
Eso era verdad, muchos eran los del MIR que se habían dedicado a esta búsqueda, y en algunos casos creyeron encontrar lugares adecuados: esa Sierra Maestra uruguaya.
Pero a Pepe no le convencía la estructura de un partido.
Aunque respetaba mucho la organización que había adquirido el MIR, entendía que se caería en los mismos errores de la izquierda tradicional, y que al fin de cuentas la burocracia partidaria deglutiría el trabajo de campo, el de ese brazo armado del que se hablaba. Con la paralización en los hechos de esa organización clandestina –pensaba Mujica–, sería imposible la conquista de las masas para viabilizar la revolución.
Pepe veía una nueva bifurcación de caminos en su lucha...
En el marco de la represión que supone el “estado de sitio” en Uruguay, son detenidas cientos de personas. Cae Belletti como dirigente cañero y la policía lo tortura; los represores pretenden obtener información sobre Sendic. El Flaco queda más de veinte días incomunicado.
También atrapan a Arizaga, que termina en la Jefatura de Policía de Montevideo.
—¡Vas a cantar –le gritan– o vas a salir muerto!
Parado contra una pared, con los brazos extendidos y las piernas abiertas, siente cómo un represor tira desde la nuca la venda que le cubre ojos y nariz, lo que le provoca asfixia. Luego sobreviene golpe tras golpe, y la sesión sobre el colchón de alambre...
En su informe para los servicios secretos estadounidenses, Philip Agee, espía de la CIA en Uruguay –está en el país desde el 22 de marzo de 1964–, relata que tienen infiltrados en el Partido Comunista, alguno con contactos en el MIR, y que el inspector de la Policía Antonio Píriz Castagnet le dijo que “el subdirector de Investigaciones, inspector Juan José Braga, fue quien ordenó y supervisó las torturas. Se proponía con ello obtener información acerca del
MIR y de los tupamaros, cuya identidad y estructura organizativas se
desconocen todavía”.
Por si hiciera falta –está escribiendo a sus superiores, ningunos novatos en torturas–, explica que “por lo general, según Antonio, al individuo se le cubre la cabeza con un capuchón y se le ata a una cama y a continuación se le aplica la picana (un generador eléctrico manual) a los órganos genitales”.
—Esto no pasa desde hace tiempo –le dijo Agee a uno de
sus compañeros de tareas.
—¿Cuánto tiempo? –sonrió sarcástico su colega.
—Al menos desde la época de Tom –respondió el espía–. Flores aquí en la estación y Aguerrondo en la Jefatura de Policía eran una combinación feroz: la tortura se hizo habitual con los detenidos políticos. (...)
El compromiso de Pepe con la causa armada –lo había pensado bien en las horas de encierro y se cultivó bastante más en la teoría revolucionaria internacional– no tenía vuelta atrás. Estaba decido a “echar el resto” si era necesario, pero también comprendió que no podía andar “regalado” por la vida como un diletante de sueños de libertad. Debía estar preparado, estudiar, entrenar, e ir progresando en el campo de la revolución según se lo permitieran sus medios, conocimientos y destrezas.
Todo esto, por supuesto, luego chocó contra la realidad apremiante, y debió tomar atajos y animarse a aprender más que nada en los hechos, porque el tiempo que le debía dedicar a su trabajo como cultivador y vendedor de flores, y la colaboración como “apoyo” de las actividades ilegales del MIR, no le permitieron quizá leer todo lo que hubiera deseado, ni llegar a ser el guerrillero formado que hubiese pretendido para el día en que el grito de la revolución –como el de aquellos tupamaros de Artigas– retumbara.

Walter Pernas