DOMINGO LEGADO POLÍTICO DE UNA CARICATURA

La Mafalda militante

En Mafalda: historia social y política, Isabella Cosse propone una lectura sociológica de las últimas cinco décadas de la genial historieta de Quino. Reflexiones sobre ideología, autoritarismo, libertad de expresión, exclusión social, feminismo y educación que constituyeron la realidad de una época. En este adelanto, se ofrece el capítulo donde se da cuenta de la tarea de los editores para contrarrestar la censura y publicar la tira bajo la dictadura.

PERFIL COMPLETO

Foto:Cedoc

En prisión, Daniel Divinsky fue trasladado de la Superintendencia a la cárcel de Caseros. Cuando estaba llegando allí, mientras avanzaba hacia la revisación médica carcelaria, caminando desnudo y cabeza gacha, según las instrucciones de los guardias, sintió un murmullo a su alrededor y llegó a escuchar “Ahí va el que hace Mafalda”. Lo dejaron parado abajo de una bombita de luz y el guardiacárcel se acercó y le preguntó: “Jefe, después de que pase todo esto (refiriéndose a la revisación), ¿no me dibujaría una Mafaldita para los pibes?”. Es decir, un integrante de las fuerzas represivas, que habían usado a Mafalda para la revancha y la amenaza, no dudaba en utilizar el poder sobre un prisionero, al que creía el creador de la historieta, para pedirle un dibujo y, con ello, manifestarle su admiración.

No fue la única incongruencia. Durante la dictadura, la editorial siguió en pie: “Sobrevivió gracias a la fidelidad de Quino, de Fontanarrosa y a Elisa Miller, que se hizo cargo de su funcionamiento”, según las palabras de Divinsky. Mafalda, el emblema antiautoritario, no fue censurada en Argentina. Quino tampoco sufrió la censura del Gobierno, aunque algunos de sus dibujos fueron objetados por los propios editores. La cuestión no es menor. En principio, contrasta con la alarma que había despertado la tira en el escenario del Chile dictatorial. En julio de 1975, algunos medios de prensa chilenos habían criticado la decisión del canal estatal de incluir a Mafalda en su programación en el horario central, luego del noticiero, en sustitución de la Pantera Rosa. Consideraban que la historieta era una “muestra intelectual marxista”. El coronel Héctor Orozco, delegado del gobierno en el canal nacional y asesor de comunicación del propio dictador, explicó que él sabía que la tira tenía esa tendencia, pero agregó: “No hay cuidados de ningún tipo, ya que todos los capítulos fueron especialmente seleccionados por un equipo del departamento de psicología militar”. La decisión resulta paradójica. La historieta era incorporada al canal oficial de la dictadura chilena a pesar de que sus autoridades la consideraban comunista y, por ello, la censuraban.

¿Qué sabemos de la circulación de Mafalda en el país? En diciembre de 1973, dejó de publicarse en el diario Río Negro y en febrero de 1974 en el Córdoba. Pero habrían seguido vendiéndose los libros –según Daniel Divinsky, durante toda la etapa dictatorial–, aunque no me fue posible saber si se publicaron nuevas tiradas o sólo se distribuyeron las realizadas anteriormente, que eran de decenas de miles de ejemplares, ni qué sucedió con el volumen de ventas. En 1980, Juan Sasturain, como analizo más adelante, afirmaba la vigencia de la tira a partir de su presencia en los quioscos y de la popularidad que tenía entre los más jóvenes. El informe de la Dirección Nacional del Derecho de Autor, en 1982, consignó una nueva edición. No hay dudas: Mafalda pasó de una generación a otra en lecturas resignificadas. Como intuyó Leila Guerriero, en dictadura la tira era “un caballo de Troya muy incómodo” porque la historieta estaba “plagada de alusiones políticas que siguieron vigentes durante mucho tiempo”.

Para quienes eran niños, por entonces, según la periodista, la curiosidad propia de su edad podía ser peligrosa cuando exigía a los padres responder sobre qué sucedía con los derechos humanos, quién era Fidel Castro o qué significaba la autodeterminación de los pueblos. En palabras de Guerriero, el registro de esas preguntas para quienes empezamos a crecer entre el último gobierno de Perón y la dictadura militar de 1976; entre los colegios que no nos permitían llevar el pelo suelto y los libros prohibidos enterrados en el patio de nuestras casas; entre la euforia del Mundial ‘78 y los amigos de nuestros padres cuyos nombres había que decir en voz baja. […] nos ayudarían a saber quiénes eran, y quiénes éramos, y qué cosas hacían de nosotros.

No me ha sido posible reponer esas preguntas de los niños a sus padres, pero he intentado reconstruir un cuadro de las situaciones en las que Mafalda fue leída y descubierta por nuevos lectores durante la dictadura.

Para muchos lectores de la tira, la posibilidad de volver sobre los libros significaba mantener –e incluso revivir– las experiencias culturales, políticas y afectivas que habían tenido en el pasado, entonces inmediato. Por ejemplo, para Manuel Díaz –estudiante de sociología a comienzos de los 70–, los cuadernos de Mafalda se mantuvieron desparramados entre su biblioteca y su mesa de luz y volvía a releerlos con frecuencia. Le gustaba que sus amigos los encontrasen al husmear entre los libros porque le daba la posibilidad de recordar con ellos los personajes y las tiras y, al hacerlo, revivían momentos y anécdotas, compartidos con amigos de los que nada sabían y en espacios que habían sido desestructurados por la represión.

Era, entonces, la cotidianidad dictatorial la que quedaba resignificada por los libros. En cambio, Daniel Rey Piuma, un joven uruguayo de 1973 y que estuvo infiltrado en el servicio secreto en la Marina uruguaya, le dio otro sentido a la tira. Eligió, como alias, llamarse “Felipe”. Lo hizo porque “Felipe es el más inocente de todos [los personajes de Mafalda]. Cree en todo, en la bondad de los hombres”. La explicación adquiere sentido en el contraste con las tareas desarrolladas por Rey Piuma: fotografió secretamente a los militantes políticos torturados en los centros de detención de la Armada en Uruguay y a los cuerpos de los desaparecidos en los centros de detención argentinos encontrados en Uruguay, luego de lo cual logró salir del país con cientos de negativos cosidos a su ropa que entregó a la Corte Interamericana de Derechos Humanos. El vínculo resultó mucho más lábil en otras situaciones. María Rinifort, cuyos padres eran psicoanalistas y vivían en Belgrano, descubrió la historieta a los 7 años, en 1975, en la casa de una familia amiga cuando los grandes se quedaban conversando y se instalaba en la habitación de los hijos, que, como eran mayores, tenían libros desconocidos para ella. Leía medio “librito” de un tirón.

No entendía las referencias políticas, pero le interesaba la historieta. Después, cuando esa familia debió irse del país, sus padres comenzaron a comprarle la historieta. Esos gustos la hacían sentir diferente de sus compañeras de escuela, que leían Susy, secretos del corazón. Es decir, la historieta pudo haber tenido una potente significación sin que mediara una conexión con las experiencias de militancia política. Así, por ejemplo, una lectora recuerda que cuando estaba embarazada, en 1980, decidió hacerle a su hija una Mafalda de trapo y la colocó en su cuna antes de que naciera. La niña conservó la muñeca e hizo suya la admiración por el personaje, cuya figura acompaña sus correos electrónicos al pie de su firma.

Los nuevos lectores, en muchos casos, asumieron a Mafalda como herencia de sus mayores: sus padres, pero también sus hermanos. Mario Amado –hoy vendedor de libros y revistas– recuerda que “mi madre era una mujer típica de la clase media. No tenía interés en nada de lo social y, además, estábamos pasando por problemas económicos muy serios. Pero mi hermana me mostró uno de los libritos de Ediciones de la Flor. Me abrieron un mundo. Los seguí consiguiendo yo en librerías de usados”. En otros casos, fueron las madres y los padres los que facilitaron el encuentro con la historieta. Como los mencionados por Leila Guerriero, muchos aceptaron responder las preguntas de sus hijos. Les transmitían el legado de un país que los niños no habían conocido por sí mismos. No faltaron las reacciones opuestas de progenitores que creyeron proteger a sus hijos mediante el silencio o la censura. A Miguel Rep, quien había descubierto Mafalda cuando estaba en quinto grado de la escuela a comienzos de los años 70, más adelante, su padre le hizo despegar el afiche con el “palito de abollar ideologías”, que tenía en el cuarto donde él dibujaba. Según sus palabras, para su padre el afiche estaba “sospechado de panfleto político”.

Sin embargo, eso no significó que él dejase de leer Mafalda. Por el contrario, la historieta lo acompañó a lo largo de los años. Conseguía con amigos esos maravillosos libritos, de lomo duro, tapa cartón mate, de Ediciones de la Flor. Todo era placer, las dedicatorias del autor, las citas (“juro que no morí de Paul McCartney”), los pies de imprenta […] Lecturas y relecturas. Mirar los detalles. Recuerdos como aquella inaudita espera en Almagro, subir a ese departamento tan parecido al de Libertad y sus padres, aquel Mafalda 5 de tapa celeste, aquella sustracción. El párrafo alude a la íntima relación –afectiva, estética y social– de este lector con la historieta y su autor.

En cualquier caso, la historieta representó un objeto material en el que subsistían –en forma explícita, abierta y directa– marcas estéticas y políticas de los años sesenta y setenta que, además, estaban unidas a momentos personales y colectivos significativos para muchos jóvenes y adultos. Desde ese ángulo, Mafalda se engarzó con el mantenimiento o la transmisión generacional de esa sensibilidad que percudía y atravesaba las disímiles –y muchas veces contrapuestas– claves de lectura. Pero, además, la historieta asumió nuevos sentidos que no estaban unidos con las experiencias del pasado. Recordemos que para los militares la “condición subversiva” no estaba acotada a quienes participaron de modo colectivo –con o sin armas–en contra del orden político, sino que incluía a cualquiera que se manifestara a favor de un cambio social y que atacase la intangible “esencia nacional”. Esta era equivalente, en el discurso militar, a la religión católica, la familia y las tradiciones de la “Patria”, concebida como una entidad uniforme e inmutable. Con el ascenso al poder, las Fuerzas Armadas reforzaron la importancia otorgada a lo cultural, entendido como campo de batalla.

De allí que la tira no sólo reponía un pasado en clave de memoria, sino que, también, expresaba una configuración cultural que se contraponía a la matriz dictatorial que se podía encontrar, comprar y leer dentro del país.

Mafalda quedó ubicada en los intersticios entre aquellas producciones que –en forma notoria– subvertían el orden instituido, pero que, paradójicamente, no habían sido censuradas. No fue posible establecer por qué fue así. Podría pensarse que ello resultó de las propias incongruencias del sistema de censura, que hacían que una obra que reproducía tiras de aparición diaria en la prensa y que se habían editado sin censura tiempo atrás lograran pasar desapercibidas. Podría, también, argüirse que la enorme popularidad de la historieta facilitó que los censores la tolerasen o que la escasa atención que le otorgaron los medios entre 1976 y 1980 haya facilitado que se mantuviese en circulación. Justamente, el hecho de que la prensa le haya dado una limitada cobertura parecería indicar que reconocieron el carácter disruptivo de Mafalda con respecto a la ideología dictatorial. Mientras que con anterioridad al golpe de Estado aparecían con asiduidad notas a página completa que festejaban a la tira y a Quino, luego de marzo de 1976, éstas fueron escasas. Fue, justamente, su consagración internacional –expresada, por ejemplo, en el otorgamiento del Premio del XXIII Salón Internacional de Bordighera– lo que legitimó que se atendiera a la figura de Quino, como hizo La Nación en una brevísima “pastilla” de información.

Recordemos que el plan sistemático y extenso de aniquilamiento mediante el secuestro, la tortura, la muerte y la desaparición de personas orquestado por las Fuerzas Armadas ocultó todo rastro del acto represivo.

Este carácter clandestino de la represión y el asesinato protegió a los represores y llevó al paroxismo el aislamiento y el miedo entre quienes pensaban que podían caer bajo su mira. Entre el 24 de marzo de 1976 y finales de 1977, según el informe de la Comisión Nacional sobre la Personas (Conadep), se produjeron el 77% de las desapariciones que fueron denunciadas. En 1978, las conducciones de Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) habían sido diezmadas y los dirigentes con vida estaban en el exilio. En la visión de las Fuerzas Armadas, la victoria antisubversiva debía abrir una etapa de reordenamiento de la sociedad basado en el disciplinamiento social, el mercado y la eficacia, que, a largo plazo, desembocaría en una transición hacia un gobierno electo con participación de las Fuerzas Armadas. Con esa intención, los militares llevaron adelante, conducidos por José A. Martínez de Hoz, un plan económico que favoreció al capital financiero y las inversiones extranjeras e intentó controlar la inflación.



Isabella Cosse