DOMINGO LIBRO / HISTORIA DE LA HIJA DE ESTELA DE CARLOTTO

La militancia de Laura

En Laura, María Eugenia Ludueña reconstruye la vida de la madre de Guido Carlotto en una época oscura, donde primaban la violencia y la represión. Un apasionante relato contado a partir de los testimonios de la familia, de las amigas de juventud, de los compañeros de la política, de los hombres que la amaron y de quienes compartieron el cautiverio con la joven de 22 años que fue secuestrada y desaparecida a fines de 1977.

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Foto:Pablo Cuarterolo

El viaje más largo de su vida empezó la tarde de invierno en que recibió la citación policial. Estela Barnes de Carlotto sintió temblar el papel entre los dedos. Hacía nueve meses que recorría el camino inverso a una gestación, el abismo. Leyó: “para los progenitores de Laura Carlotto”. “Carácter urgente”. “A efectos que se le notificarán”. “Comisaría de Isidro Casanova”.
Ese 25 de agosto de 1978 ella –Estela, la madre de Laura, “Ñata”, la directora de una escuela primaria– y él, su esposo –Guido, el tano de sangre hirviente, el dueño de una pequeña fábrica de pintura– sintieron una rémora de esperanza. Era la primera vez que recibían noticias de la mayor de sus cuatro hijos, de la que sabían muy poco desde el 26 de noviembre de 1977.
Un rato después, pasaron a buscar a Ricardo, el hermano menor de Estela, el padrino de Laura. El condujo el Rastrojero beige de Guido durante ochenta kilómetros de incertidumbre, desde la ciudad de La Plata hasta el suroeste del Gran Buenos Aires. Debieron tomar por varias rutas, bordear suburbios y barriadas entre autos desvencijados y bocinazos, cruzar vehículos militares repletos de soldados y ametralladoras, en el tránsito enredado y lento del anochecer. Cada tanto, Ñata comentaba las hipótesis alentadoras. Quizás fueran a encontrarse con Laura. ¿Y si les entregaban al bebé del que les había hablado aquella desconocida? A pedido de su hija, se había acercado a la pinturería de Guido a contarles que había estado encerrada con ella en un chupadero y esperaba un bebé.

Guido iba en silencio. La información que otros murmuraban, la que los diarios no contaban, la llevaba en su cuerpo: hacía un año lo habían secuestrado. Después de veinticinco días en uno de esos sitios, había regresado como un espectro. Lo habían torturado, le habían preguntado por sus hijas militantes, Laura y Claudia. Había visto cómo los jóvenes eran obligados a formar largas hileras, cómo les inyectaban una sustancia que los hacía tambalearse, vomitar y caer desmayados. Había escuchado a los guardias preguntarse entre sí en qué bolsas iban a poner los cuerpos. Al final, a Guido lo habían liberado. Aquella noche, ya en su casa, había hablado durante seis horas seguidas.

Pero en la camioneta hacia la comisaría no sabía qué decir. Las palabras no estaban hechas para esas situaciones; la mano de su esposa, Ñata, apretada contra la suya, sí. Parecía que no iban a llegar nunca, como si el tiempo se hubiera congelado en ese día de agosto. La primera hija, tan esperada, tan soñada.

Al principio, Laura había sido para Estela y Guido el nombre de una canción, una película; pura fantasía. Una noche de 1944, Ñata y Guido eran dos adolescentes en el inicio de un noviazgo y salían de un cine de La Plata. Mientras caminaban abrazados hasta la parada del tranvía supieron que algún día iban a tener una hija y se iba a llamar Laura. Como el título de esa historia de amor y suspenso que los había impactado, la película de Otto Preminger, un clásico del film noir. Basada en la novela negra más famosa de Vera Caspary, elegida por Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares para integrar la colección El Séptimo Círculo. La protagonista de la película era Gene Tierney, la mujer más bella de la historia del cine. El misterio de Laura Hunt: cuadro, reloj, escopeta, investigación, muchos sospechosos. Su heroína no era la tradicional. Laura era misteriosa, vulnerable, bella. Flotaba en una música suave, la de David Raksin, la que los enamoró.
La que los acompañó desde aquella noche en tantos momentos de intimidad, hasta que se casaron.

La banda de sonido de una vida pasada. Esa letra que decía: Laura es el rostro en la luz brumosa// pasos que se oyen debajo en el hall// la risa que flota en una noche de verano// que nunca puedes recordar lo suficiente// Y ves a Laura en un tren que está pasando// esos ojos, qué familiares parecen// ella te dio tu primer beso// esa fue Laura, pero ahora es sólo un sueño.

(…) “¿Cómo era Laurita? Era una hija, una hija es todo, todos los hijos son todo y uno los quiere a todos por igual. Siempre hago una distinción en Laura, sin querer ofender ni herir a mis otros hijos, porque yo daría la vida por cada uno de ellos también. Con mi marido, desde muy jovencitos nos pusimos de novios. A los pocos días de empezar a estar juntos cumplí quince, él tenía un año y medio más que yo. Fue un noviazgo largo, interrumpido con rencillitas. Los noviazgos de aquella época eran lentos, nos tratábamos de usted. Recién al año Guido me tocó un dedo. Ahora es tan distinto que aquello parece una novela del tiempo de ñaupa. Ibamos mucho al cine, nos gustaban las películas norteamericanas. Hubo una que nos cautivó, así descubrimos el tema de Laura. Fue el fondo musical, poético, romántico de nuestra vida. Empezamos a soñar todas esas cosas que sueñan los novios. Con tener una hija que se llamara Laura. El quería cinco hijas, con las mujeres era muy tierno, fue muy tierno, porque falleció en 2001. Con los varones tuvo otro trato.

Laura Estela Carlotto nació el 21 de febrero de 1955, cuando Estela tenía 24 años.
“Me puse más gordita, más linda de cutis, más todo. En cada uno de mis embarazos me ocurrió eso, mejorar. Tenía una pancita bien hacia adelante. Con los embarazos no me costó engordar lo necesario, ocho o nueve kilos. El ajuar se lo preparé yo, en esa época se tejía y se bordaba todo, el moisés también”.

Estela estaba tranquila porque la esperaba para marzo. El parto se adelantó. El 20 de febrero era un día domingo de carnaval. Estela y Guido habían ido a bailar a la confitería París, en La Plata, con su marido y su hermano, su cuñada y unos tíos. No bailó, pero estuvo hasta tarde en los festejos del salón del primer piso. Se fue a dormir de madrugada. Desde temprano a la mañana empezó a sentir molestias.

“Me levanté, me acosté, le dije: ‘Guido, parece que estoy teniendo dolores de parto’. Los hombres, antes, no intervenían en estas cosas. Después, la generación nuestra cambió un poco esto. A las ocho y media llegó mi hermano con su esposa y mi tía, traían unas varitas de carnaval, habían seguido de farra en Punta Lara. Empezaron a gritar ‘¡Ey! ¡Arriba que es carnaval!’, y yo: ‘¡Cómo nos vienen a despertar a esta hora!’. Macana: ya estaba despierta. Les dije: ‘¡Prepárense porque dentro de un rato los despierto yo a ustedes!’. Aunque en el fondo no creía que fuera a nacer ese día, le dije a Guido: ‘Vamos a la casa de mamá y a hacerme ver, porque sigo con estas molestias’. Ese día mi mamá tenía visitas, mis tíos, y ya estaba preparando el almuerzo. Y yo: ‘¡Mamá! ¿Me acompañás porque Guido va a ir a buscar el ajuar…?’. Y mamá seguía cocinando. ‘¡Mamá, dejá de hacer albóndigas, por favor!’. Fuimos al Hospital Italiano, donde atendía mi médico, pero estaba de vacaciones. Me interné doce y media, a la una nació Laurita. Yo estaba con mi mamá, mi marido había ido a buscar el bolso. Me acuerdo de que en la sala de partos, por una ventanita se veía el cielo. Pensé: ‘Gracias a Dios ya nació’. ‘¿Es sanita?’, pregunté. ‘Sí señora, está toda bien’. Y se me cayeron unas lágrimas dulces, lágrimas de la maternidad, de mi primera hija, de poder verla.”
Estela fue de lo más juguetona con sus hijos chiquitos. Les hablaba en diminutivo, les inventaba cuentos. Para que Laura se durmiera le susurraba a su esposo: “Vení papá, mirá a la nena cómo se duerme, mirá, ya cerró los ojitos, papá, ya está dormida, no hables”. En ese juego Laura se iba quedando dormida.

“Todo eso con Laura. Quizás muchas cosas con Laura. Porque las fotos que le sacaba en las casas de fotografía y mostraba a mis compañeras no se las saqué a los que vinieron después. Ella siempre fue muy coqueta. A los 2 años se ponía la ropita que quería”.

Estela se iba a trabajar a la escuela y dejaba a Laura con sus padres, en la casona familiar en el centro de La Plata. A la noche la pasaba a buscar. Así fueron los días hasta que nació Claudia. Laura tenía 2 años y medio.

“No recuerdo escenas de celos, ni que haya querido volver al chupete. En 1959 llegó Kibo y tres años después, Remo, nuestro hijo menor. Laura siempre fue bastante más seria para su edad, fue una chiquita de mucha personalidad, llena de convicciones. Me quedó la sensación de que vivió apurada.”

Un 24 de marzo de 2011, al cumplirse 35 años del golpe militar de 1976, Facebook le preguntó a Claudia Carlotto: “¿Qué estás pensando?”, y ella respondió en su muro con una fotografía de familia y otra pregunta: “¿Cómo sería hoy tomar un mate con mi hermana Laura?”.

Claudia: ojos agudos, acechantes, falda arriba de la rodilla, botas largas de cuero. Hace unos años que cumplió 50, pero su rostro vital y sus piernas ejercitadas a pura adrenalina, podrían mentir su edad sin proponérselo. Sentada detrás de su escritorio, enciende un cigarrillo y habla rápido, con una voz asertiva, ligeramente grave, segura de sí, inconfundible:
“Lo que recuerdo de cuando éramos chicas es a dos hermanas muy cerca. Compitiendo. Ahora llego a la conclusión de que yo le tenía celos. Nos peleábamos mucho. Laura era la niña perfecta. Cosía, tejía; muy prolija, bien vestida. Y yo era más rebelde, fatal, normal.

”Incluso físicamente éramos como la antítesis: ella era un palo y yo más gordita. Hasta el día de hoy me dicen la gorda. Mirá esta foto del Facebook que tengo en la compu”.
La foto que posteó ese 24 de marzo parece de concurso. Dos nenas, Claudia y su hermana Laura, sentadas en una cama, enfrentadas. La mayor debe rondar los 4 años. Es menudita y lleva un vestido floreado sin mangas, con un moño delicado en el cuello y una pollera corta plisada. Apoya una mano en la rodilla y en la otra sostiene un helado de palito, del que chupa su hermana menor, que no debe tener más de 2 años. La piel acolchada de los bebés, rellenita y embutida en un bombachón a rayas. La mayor mira expectante a la más chica. La más chica mira el helado con cara de no saber si le gusta o no. Esa nena rellenita ahora es Claudia, la esbelta, la del pelo con un tinte ciruela. La que quería ser médica, la que vivió en Paraguay, Brasil, Suecia, España y México.

Su oficina es pequeña. Está en el segundo piso de un edificio en el microcentro porteño. Allí, a metros de los rascacielos, los pubs irlandeses y la Bolsa de Comercio, funciona la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (Conadi). Claudia es la directora de este organismo y forma parte de él desde que se creó, en 1992 para buscar a hijas e hijos de personas desaparecidas y asesinadas por la dictadura, como es el caso de su hermana Laura.

Desde su escritorio Claudia habla por teléfono mientras responde un mail y fuma con ganas. Está sentada de cara a la puerta de entrada de la oficina. Celebra cada vez que uno de esos bebés y niños robados durante la dictadura logran atravesarla, hacerse un análisis de ADN para conocer su identidad y saber cuál es el día en que se festeja con una torta de cumpleaños, cómo es su apellido, quiénes son –eran– sus padres, qué deseaban, por qué hay quien crece sintiéndose ajeno a la que cree su familia biológica.

Algún día, un sobrino suyo debería entrar por ahí y enterarse de que Claudia es su tía, así como lo hacen tantos otros que no son sus parientes y ella celebra como parte de una gran familia, hermanada por dobles lazos de sangre. La de la sangre derramada cuando ella era una muchacha como su hermana, que no quería dar una limosna a los pobres. Ellas no mendigaban paliativos. Deseaban algo descomunal, algo que se respiraba en el aire, algo que jóvenes como ella rozaron con las manos, más allá de los matices y las diferencias ideológicas: cambiar el mundo. Para eso tenían que ponerlo patas para arriba. Claudia, Laura y tantos otros que estaban dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias.

El hijo de su hermana Laura es uno de los cuatrocientos nietos, nacidos entre 1976 y 1983, que fueron robados, apropiados o entregados a otras familias, y todavía viven con la identidad falseada. Claudia es una persona lo bastante pragmática como para no fantasear con que cada varón de 30 a 37 años –la edad de esos nietos en 2013– que se acerca a la Conadi dudoso de su identidad, puede ser su sobrino. Ese bebé que Estela esperaba le entregaran aquel día de agosto cuando recibió la citación policial. Guido, el sobrino que no encuentran, el nieto de Ñata, cumplió, el 26 de junio de 2013, 35 años de vida.
Claudia tiene seis hijos. Sonríe como sólo sonríen las madres muy experimentadas. (…) La hija mayor de Claudia nació unas semanas después de que Laura desapareciera. “Yo no fui influenciada por mi hermana en la militancia. A pesar de que nos llevábamos dos años y medio, era bastante en esa época. No teníamos mucha relación. Cuando nos quisimos acercar más empezaron las cuestiones de seguridad. No teníamos cómo ni dónde compartir lo que nos pasaba. El más compinche de ella era mi hermano Kibo.” “Con Laura éramos muy cómplices. Ella era cuatro años mayor que yo. Entre mis dos hermanas, bastante seguidas, la relación era otra. Y con Remo, el menor, Laura se llevaba ocho años, había más distancia. Conmigo tenía muy buena conexión. Me ayudaba con el estudio y con algunos quilombos con los viejos. Vivíamos riéndonos y tentándonos, poniéndole sobrenombres a la gente. En una de las últimas cartas me decía: ‘Si conocieras a mi compañero, ya estarías pensándole un apodo, porque habla como la gente del interior, te cagarías de risa’ –recuerda Kibo”. “Es el tercer hijo, el primer varón, y se llama como su padre, Guido. Pero todos lo conocen por su apodo. Nació en enero de 1959, días después del triunfo de la Revolución Cubana. A fines de los setenta tuvo que exiliarse en Nicaragua.

Algunas noches siente que haberse convertido en una criatura política no fue una vocación, ni siquiera algo que eligió. Fue el destino torcido de un pibe que amaba la música, estudiaba guitarra y lo que más quería en el mundo era ser rockero.

Kibo cree, como sus hermanos, que después de lo que vivió su familia, la inmersión en el ámbito de los derechos humanos fue el único camino posible.
(…)  Remo creció mirando a sus dos hermanas. Cómo se vestían, qué música escuchaban, qué había en la biblioteca de la habitación donde ellas dormían.(...)

“¿Cómo era Laura? Tenía una mirada tan potente que te ojeaba. Era un poco tozuda: yo construyo un relato sobre los relatos en los que confío, de las personas más próximas. Tenía una personalidad fuerte, más bien estricta. Tal vez no soy el más indicado para hablar, porque la diferencia de edad hizo que el contacto entre nosotros fuera tangencial. La relación más fuerte empezó después, cuando la época se puso dura.” (...)

Cada tanto, Remo reconoce ciertos rasgos de Laura en una de sus sobrinas, o en alguno de sus cuatro hijos. Son momentos en que las preguntas lo merodean sin que su mente pretenda atraparlas. ¿Cómo sería Laura hoy? ¿Qué sería? (...)

Remo cree que su madre es hoy, esencialmente, la misma persona que era. Pero está convencido de que la historia de Laura despertó a su madre a otros universos.

“Le abrió los ojos. Pudo convertir el dolor en lucha, búsqueda, trabajo, solidaridad. Es lo que mi hermana transmitió, su legado. Mi vieja lo repite, es parte de su fundamento. Le contaron que Laura le dijo a una compañera de cautiverio: ‘Mi mamá nunca les va a perdonar esto a los milicos’. Tal vez, esa frase resonando en su mente, hizo que ella fuera quién es. Esto. Formas en que se transmiten los mensajes.”



María Eugenia Ludueña